domingo 29 de noviembre de 2009

I+Des-



Quedo con J. para ver una peli en el museo. Llego justa, él ya está dentro. Siempre he llevado mal lo de la impuntualidad de la gente pero, desde hace un tiempo, soy yo la impuntual. Aprendo una lección, de tolerancia, supongo.
Somos buenos amigos, siento nuestra confianza. Podría poner la cabeza sobre su hombro. Puedo tocarle y dejar que me toque. Podemos compartir una silla, muy cerca, que ya no me pasa nada. Ya no mido las reacciones, ni calculo las consecuencias. Otra lección aprendida.
Resulta muy tranquilizador aprender según que cosas.
...

Sabía que iba a cruzármelo. Es "La noche en blanco". Las tiendas están abiertas, la calle llena de gente. Era imposible que él no estuviera. Corro a abrazarlo, "¡cuánto me alegra encontrarte!". Él me besa en la mejilla y detiene su brazo en el aire, como en un marcaje de basket, como sin saber muy bien qué hacer con aquel abrazo. "Y eso, ¿por qué?".
¿De verdad es necesario que se lo explique? ¿De verdad es necesario que me justifique por querer saber de él, saber que está bien, que es feliz y que aún podemos preocuparnos por el otro y abrazarnos, después de tantos años? ¿De verdad esperaba que me comportase como una completa desconocida?
"No, por nada. Porque hace mucho que nos vemos".
...

Paseo con Juno cuando lo detecto, unos metros más arriba. Ojalá fuese Truman, pero no lo es. Si hubiera sido Truman, me las habría ingeniado de cualquier forma. Hubiese agarrado al gato engrifado por la cola, para evitar que huyese, y a mi perra engrifada por el hocico, para evitar que se lo comiera. Me habría sacado un zapato y hubiera marcado el número de Ornelia con los dedos del pie. Lo que fuese. Pero creo estar segura, tan sólo, de que es el gato de los carteles. Así que lo más que voy a hacer es intentar localizar a sus dueños.
Entro al veterinario -que, por suerte, está ahí al lado y está abierto- en busca del letrero que han debido dejarles. La correa es extensible y respeto el deseo de Juno de esperarme por fuera, de no volver a ese lugar que apesta a desinfectante y anestesia para bichos. En el tablón, hay machos con certificado de semental que buscan pareja, cachorros sin raza que buscan hogar; ninguna foto del minimo pidiendo auxilio. Así que corro en dirección a la calle en la que sé que la vi.
Tirado en un banco de la plaza, hay un hombre mayor, sucio y magullado. Tiene el pantalón medio bajado y le asoma una bolsa del súper a la altura del trasero. Dudo de si es un improvisado pañal o la falta de respeto de algún niñato bromista. Parece dormido. O, tal vez, no. Me detengo un segundo, dos, hasta que su raído jersey se desplaza unos milímetros al compás de una imperceptible respiración. También yo respiro entonces, mucho más perceptiblemente. "No está muerto, porque se mueve", me tranquiliza el chico de las muletas que vive en la casa- garaje de unos metros más arriba, y que me ha estado observando.
Vive. Nada se puede hacer. Vayamos a buscar al dueño del gato, pues.
Tiro de la perra, que sigue con dificultad mi paso acelerado y nervioso. Tendría que estar llamado a la Cruz Roja para que le trajeran una manta y café caliente al hombre del banco. Tendría que hacer una pausa para que mi pobre Juno -que no puede con sus patas traseras- recobre el aliento, en vez de esforzarme tanto por devolver a su hogar a un animal desconocido, que ni siquiera sé si es el que yo creo.
Por fin llego a la calle. Reviso cabinas, buzones, paredes. Ya no hay ni un sólo cartel.
...

He tenido que echar flix en el poyo de la cocina. Las hormigas habían abierto ruta hacia un grano de pienso de la perra que yacía abandonado en el suelo. Sólo era cuestión de tiempo que encontrasen el cacharro, a la propia perra y a mí.
...

Tanta LOCE, tanta LOGSE, tanta I+D. Pero lo del amor y las pertenencias nos lo explicaron todo mal.
A los niños, en la escuela, deberían enseñarles las tablas de multiplicar, las reglas ortográficas y el desapego.

(Música: Kiko Veneno, "Echo de menos")

jueves 26 de noviembre de 2009

Des-



Útimamente se me olvida por sistema comerme los kiwis de por la mañana. Tal vez por eso mi yo interior esté más concentrado en el deficitario funcionamiento de mis intestinos y no me llege riego suficiente a la cabeza, y vaya con el piloto automático a todas partes y me importe, la verdad, un soberano pimiento.
Escribo esto como podría estar no haciéndolo. Es casi más una cuestión tranquilidad, de que nada perturbe mi imperturbabilidad. Digamos que lo veo como un mal necesario, porque me enerva pensar que el blog se irá quedando igual un día tras otro, suspendido en mitad de ninguna parte. Y, para eso, mejor lo borro. Y no lo borro porque, si me arrepiento (que sería lo más probable, teniendo en cuenta mi tendencia a cambiar de intención cada siete segundos y medio), menuda pereza me va a dar empezar uno de nuevo.
En el fondo, a quién carajo le pueden importar estas majaderías, Reina. Qué coñazo es ser un coñazo. No me extraña que mi novio me dejara. Le dejé yo, en primera instancia, pero ahora él ya me ha dejado a mí. Y no me sorprende, digo. Si yo fuera él, no habría tardado ni media década en decidirme.

No es que todo me resbale, no. Me importa bastante que mi perra envejezca con cierta dignidad, que vuelva Truman, que M. no se quede sin resuello, ni sienta que va navegando todo el rato (con lo malamente que le sientan los barcos, pobre mía), por culpa de (ironías de la vida) la venenosa química salvadora. Me resbalo yo, básicamente. Yo y lo que se me pasa por la cabeza.
No es que no se me ocurran historias, se me ocurren cientos, miles. Ni que no sueñe nada interesante, tengo un filón de locuras por destripar. Es que no me apetece contarlas. Escribo ahora mismo con la misma pasión con la que prepararía una presentación  Power Point repleta de machanguitos con bombillas encendidas encima de sus anónimas cabezas de imagen pre- diseñada.

¿Mi libido? Bien, gracias, supongo. Donde quiera que esté. Podría presentarse el informático en mi despacho una de estas tardes en las que me quedo casi sola en el edificio, arramblar de un manotazo con todo mi material de oficina y poseerme apasionadamente encima de la mesa, que no creo que me inmutase.
No tengo frío, ni pena, ni hambre. No tengo ganas. Eso creo que es lo peor. Lo creo, porque ni siquiera lo siento. Puede que sea sólo que, en esta naturaleza bipolar en la que me manifiesto, ahora me haya vuelto a tocar el personaje nihilista. Y está bien, lo reconozco. Desilusionarse por andar constantemente ilusionada resulta tan agotador, que prefiero estar cansada sólo de trabajar, como todo el mundo.
Me siento tranquilizadoramente aburrida. Menos complicada y absurda. Menos loca. Menos rara. Y hasta puede que un poco normal.

(Música: Tahures zurdos: "Que entre la luz")

martes 24 de noviembre de 2009

Martes trece, pero no

De camino al garaje, me encuentro con el señor que pasea al perrillo de pelo cardado. El animal me recuerda a Rocío Jurado en plena actuación, a las abuelas de cabellos violetas que salen de la escuela de peluquería que hay justo al lado de casa. Me pregunto qué misterioso misterio impulsará a un hombre que tiene pinta de estar ya muy jubilado a sacar a la mascota antes de las siete de la mañana. O el bicho tiene incontinencia urinaria o el caballero padece de insomnio. Sea como fuere, ambos pensamientos me conducen a una misma conclusión: vejez y deterioro. Me pongo triste. Más.

Un poco más abajo, ya casi en la puerta metálica, veo a un tipo que camina de manera extraña delante de mí. Se tambalea ligeramente, titubea y se arrastra por las fachadas de los edificios. Me preocupa un poco que no se encuentre bien, pero me da más miedo que otra cosa. Porque aún es de noche, este dato es importante. No me atrevo a accionar el mando de la cochera, me asusta que el ruido revele mi presencia y que el hombre de caminar desasosegante se gire repentinamente y me ataque, completamente ebrio o drogado. De pronto, como si me hubiese leído el pensamiento, se para en seco, dándome la espalda. No me queda otro remedio que pulsar el botón o no llegaré nunca. Rezo para que el ruidito del sistema automático de apertura sea más discreto que nunca, pero es casi imposible que no se escuche en medio de esa nada silenciosa que es mi calle a las seis y pico de la madrugada. Entro corriendo, cuando la puerta  apenas deja una rendija suficiente para poder colarme (menos mal que ayer no pude almorzar y que cené sólo ensalada).
Cuando salgo conduciendo, veo al hombre de caminar desasosegante sentado en un portal, medio torcido hacia un lado, hablando por el móvil (o intentándolo). Tal vez le esté dando un infarto, o se encuentre al borde de un coma diabético e intente llamar al unounodós o despedirse de sus seres queridos. Yo llego tarde al trabajo. Qué le vamos a hacer.

Quisiera estar en cualquier otro sitio. En cualquiera, excepto donde estoy. En la cama, por ejemplo, ahogada en mantas, soñando los sueños que no me apetece escribir.
La falta de ilusión a mi edad, con la vida que llevo, debería estar tipificada en el código penal como delito muy grave.

(Música: Paul Carrack, "Satisfy my soul")


lunes 23 de noviembre de 2009

Amanece, que no es poco

Tiene razón el simpático locutor que me hablaba hace un ratito desde la radio del coche: no por mucho madrugar, una se acostumbra. Ni amanece mejor, ni más temprano. Ni, por supuesto, amanece más tarde, para ver si así nos podemos quedar un poquito más acurrucados entre las sábanas.

Amanece, en cualquier caso. Y no es poco, no. Aunque yo haya amanecido del revés, como el sol en la película.




(Música: Wilco, "Monday")

sábado 21 de noviembre de 2009

Empatía



Acabo de matar a un bicho muy mono mientras me cepillaba los dientes, por intentar no matarlo. Era como una mosquita chica con una trompa muy larga. Una mezcla de mosquita y escarabajo, o de mosquita y elefantito, no sé bien. El caso es que caminaba todo apurado por dentro del lavamanos y, para evitar ahogarlo en goterones de pasta de dientes, he tratado de ayudarlo empujándolo un poquito con el dedo hacia arriba. Entonces se ha quedado muy, muy quieto.
A estas alturas ya debería saber que muchos animales, cuando se sienten amenazados, se hacen pasar por muertos. Yo misma, cuando me noto en peligro, hago como que no estoy ahí, como que me he ido, al más allá o a cualquier otra parte. Pero, más que eso, me ha dado la sensación de que me había pasado con la energía del impulso y de que me lo había cargado. Así que lo he seguido observando mientras terminaba de lavarme los dientes y, cuando por fin me he dispuesto a enjuagarme, completamente convencida de que su inmovilidad era síntoma inequívoco del lamentable deceso, he dejado el agua correr por encima de su cuerpecillo transparente. Y ahí sí, ahí a empezado a agitar las patas y a aletear como un desesperado, mientas el remolino se lo tragaba, sumidero abajo. Me he sentido una asesina y una torpe, y he optado por consolarme pensando que eso le pasa por falso; o porque, en vida, fue un gran actor.

Una vez, hace ya mucho, harta de encontrar mis paños de cocina roídos y apestando a orín de ratón, me dio por comprar un pegamento especial que vendían para capturarlos. El sistema funciona de la siguiente manera: se esparce el producto por una superficie "s" (pongamos un trozo de cartón), se dispone sobre él un cebo "c" (digamos un trozo de queso), se coloca todo en un lugar "l", discreto y oculto (supongamos, detrás de la nevera) y se espera. Los horribles chilliditos de desesperación y agotamiento del animal atrapado durante horas -si ha tenido la más que probable mala suerte de caer durante la noche, cuando aparentemente nada amenazaba su salida en busca de comida (pobre iluso)-, nos avisarán del éxito de la operación.
Juro que traté de despegarlo, pero fue mucho peor. Después de tanto tiempo retorciéndose, intentando escapar de su horrible cautiverio, el ratón, exhausto por el esfuerzo y aturdido por los vapores de la sustancia, yacía medio muerto, pero todavía vivo, con la mitad de su cuerpo irremediablemente adherida al cartón. Tuve que asumir mi responsabilidad en aquella tortura y acabar con su sufrimiento de una pedrada certera. Pocas veces en mi vida me he sentido más miserable.

Vivo en una casa grande y vieja, con un patio que da a una huerta que da a un barranco. Era obvio que los ratones volverían. Y sólo fue cuestión de tiempo que acabasen avisando a sus hermanas mayores. Pero yo ya no iba a ser capaz de exterminarlos; no volvería a pasar (ni a hacer pasar) por ese suplicio. Así que, unos meses después, contraté un servicio de desratización. Desconozco si el veneno es un método más rápido o menos doloroso que la muerte por empegostamiento, pero al menos es bastante más discreto y no pesa tanto en mi atormentada conciencia: los roedores entran, comen y van a morirse a sus madrigueras, donde nadie los ve y  nadie se da cuenta de las terribles consecuencias de sus actos.

Excepción hecha de las cucarachas, cuya presencia en este planeta debería ser erradicada sin ningún tipo de miramientos ni consideraciones, me fastidia cargarme a otro ser viviente sólo porque tenga más pelo, más patas, más alas o más antenas que yo. Y hoy me siento un poco rata, un poco bicho, bastante rastrera e inmunda. Por ello he decidio, en homenaje a la cosa que acabo de matar, a aquel ratón al que hice sufrir lo indecible, pedirles perdón públicamente por tener la soberbia de considerarnos "la raza superior". Esa clase de pensamiento nunca condujo a buenos puertos. Y es una pena que haya amores imposibles, posturas irreconciliables, difíciles convivencias.

(Música: Tom Waits, "All the world is green")

viernes 20 de noviembre de 2009

Motivo nº 20

Cada día me dan menos miedo la soledad y las autopistas.




(Música: Pedro Guerra, "Oasis")

miércoles 18 de noviembre de 2009

Y cosas que importan



Cuando la profesora de Pilates nos dice aquello de “disfruten de la lentitud, llevan todo el día corriendo”, yo, invariablemente, me echo a llorar.

Llevo todo el día corriendo. Toda la vida corriendo. Corriendo y peleándome. Pensando y vuelta a correr. Mis mandíbulas son un cepo implacable que atrapa el aire y no lo deja entrar limpio, a borbotones, refrescante; que no permite que mis pulmones se hinchen y revienten de pura felicidad, de puro alivio. Por qué será que nunca puedo parar, permitirme un descanso sin preguntas.

Por qué.

Preguntas.

Está mañana, C. entró en el despacho que ahora compartimos A. y yo. C. es toda una profesional, una verdadera currante. No afloja, no se permite un error, una pausa. Suele ser un poco fría, no se desmorona nunca, nunca muestra demasiado sus emociones, no mezcla el trabajo con nada más. Por eso es difícil quererla. Porque cuesta conocerla.
Pero hoy, cuando vino a saludarnos sin otro motivo aparente más que ése, tenía una mirada imprecisa, perdida; como atontada y curiosa, entre incrédula y serena. Se sentó con los codos apoyados en la mesa y se dejó caer hacia delante, blanda y relajada. “Chicas, les tengo que decir una cosa”. “Ay, qué miedo”. A. y yo estábamos realmente asustadas. Esperábamos una mala noticia, otro cambio, más tensión. Nos miramos, temerosas. “Estoy embarazada”.

Tremenda facilidad para llorar, la mía. No es que el reloj biológico me siga dando patadas en el vientre, eso ya se me pasó. Y tampoco es que le tenga un cariño especial a C. No es que seamos cómplices, amigas. Es por el milagro. Podría resultar menos exagerado decir "la sorpresa" pero, para mí, es el milagro.
“Voy a ser mamá”, repitió. Y no sonreía. Era como si tratase de creérselo y, al mismo tiempo, como si estuviese absolutamente convencida de la oportunidad de aquel acontecimiento. Porque es que C. no es de ésas con vocación de cambiar pañales. C. es una todoterreno, una máquina de echar horas delante del ordenador. Y resulta que está empezando su cuarto mes y no tenía ni idea, porque no se había dado un minuto para preguntarse qué le pasaba por dentro. Y resulta que había tenido sangrados, alto riesgo de aborto, y pensó que era su regla, porque en ningún momento se detuvo a revisar si las fechas eran las que tenían que ser, porque no había tiempo. Y resulta que se pasó un montón de semanas comiendo mal y a deshora, porque había que traer todos los quesos del planeta a esta caquita de mosca flotando en mitad del océano. Y no durmió lo suficiente, ni tuvo cuidado de no hacer esfuerzos, y no buscó ni provocó nada. Pero ahí estuvo, todo el rato. Ahí sigue, en su interior. Y creo que, por eso, ese momento fue tan emocionante para las tres. Porque, siendo lo más improbable del mundo, siendo ella la menos indicada, pasó. ¿De verdad es exagerado emplear la palabra “milagro”?

C. sabe que las cosas tendrán que cambiar, pero nada más parece importarle. Las prioridades, de pronto, son otras. Nada de lo que tenía una relevancia vital o era impostergable, ninguna de las razones por las que la empresa se hundiría en los abismos, el planeta estallaría y la especie humana estaría condenada a su extinción, cuentan ahora.

De verdad, es que no merece la pena seguir corriendo. La vida es otra cosa.

(Música: Grizzly bear, "Two weeks")

martes 17 de noviembre de 2009

Cosas que importan



Yo pensaba escribir hoy sobre cualquier otra cosa, pero, entonces, llegó la orden: “que A. se pase a tu mesa y tú, a la mesa de M. A partir de hoy, cambio de funciones”. A. y yo temblábamos como hojas, porque no nos gusta este trabajo pero menos nos gustan los cambios, no saber a qué atenernos, la falta de certezas que cada alteración de los papeles asumidos trae consigo.
Eso fue pecata minuta en comparación con lo que vino después. Resulta que mandamos a los jefes a una feria a Madrid y… ¡taráaaannn!, la feria es MA-ÑA-NA. Y, aunque el fallo no fue de A., ni tampoco mío, sino de otra pobre muchacha temblorosa que se hizo un lío con las fechas en las agendas (y aunque nos descojonamos imaginándonos sus caras al llegar al recinto ferial, las cosas como son), todo eso da lo mismo porque, si tú sacas el billete, tú te lo comes por no haberlo comprobado. Así que, mañana, a su regreso, habrá chaparrón. Chaparrón como el que cae al otro lado de los cristales, que digo yo que ¡por fin! y también digo que, qué miedo, porque no sé si lo de los coches flotando por las barranqueras ayer tarde en este norte habrá sido cosa mía y de mis deseos de danzar como una loca sobre los charcos.

Pero nada de eso importa, en realidad. Nada importa porque, lo que significa un cambio de mesa por un cambio de funciones, es un cambio de equipos informáticos, un ir y venir de impresoras, torres, pantallas, faxes y líneas telefónicas. Y lo que todo ello supone es que tú tienes que bajar a mi despacho a organizarme la vida, una vez más.
En esta ocasión, entraste simpático y dispuesto, preguntando animoso, a ver, qué es lo que había que mover y a dónde. Te colocaste justo detrás de mí, con tu brazo extendido justo por encima de mi hombro, tecleando en mi teclado, manejando mi ratón, justo como a mí me gusta. Y yo fui olfateando el aire de tu alrededor, como tantas veces he visto hacer a mi perra, buscando en él el olor de tu cuello. Hasta que al fin lo encontré, y era suavito y masculino, tan rico.

Mientras configurabas esto de aquí y reiniciabas aquello de allá, me hiciste algunas bromas y sonreíste las mías. Pude verte más de cerca que de costumbre y me di cuenta de que tienes los ojos chiquitos y traviesos como los de un niño pequeño. Y de que te peinas justamente igual que uno al que hubiera peinado su mamá, con tu raya indiscutible a un lado, ahora que llevas el pelo corto y que te queda tan bien. Y hasta me contaste cosas verdaderamente importantes, como, por ejemplo, que ayer fuiste a la piscina. Eso me aclaró el porqué de la espalda que intuía tan bonita por debajo de la camiseta, de tus hombros grandes, siempre derechos, y sentí inmensos deseos de morder el trocito de cintura que te asomaba (pero no demasiado) por encima de los vaqueros y de los calzoncillos de moderno (pero no demasiado).
Así, mientras tú debías de pensar que memorizaba obedientemente tus instrucciones (control-alt-suprimir, contraseña de más de seis caracteres, una mayúscula y un número...), yo pensaba en desnudarte. Y en volver a ponerte la ropa, para desnudarte otra vez. Sólo que, para aprovechar mejor el poquito tiempo que te tengo para mi sola, me inventé que tu cuerpo no estaba encerrado por antipáticos botones, amarrado con interminables cordones, vedado con peligrosas cremalleras. Te vestí mucho más fácil, con pestañas de papel, como si fueras un recortable.

(Música: Andrés Calamaro, "Jugar con fuego")

lunes 16 de noviembre de 2009

Círculo vicioso



Me contaron que, en el facebook, mi ex recomendaba fervientemente la última película de Meryl Streep, ""Julie & Julia". Y yo, simplemente, no podía dar crédito. No sólo porque la vi y me pareció bastante aburrida y un poco noña, sino porque (gustos aparte que, como el culo, todos tenemos el nuestro) me cuesta bastante imaginármelo disfrutando de algo en donde no salgan chinos pegando brincos y cosas así.
Cuando estábamos juntos, en las pocas ocasiones en que compartimos un cine (porque  sobre el particular teníamos criterios bastante dispares), yo siempre imponía mi autoridad (como en la mayoría de las cosas, pobre mío) y terminábamos viendo algo argentino, o serbocroata con subtítulos en japonés, que a él, lógicamente, le aburría bastante (probablemente a mí también, pero lo disimulaba porque una tiene su orgullo). El caso es que, cuando supe de su entusiasmo por un filme de esas características y me lo imaginé  soltando unas tiernas lagrimitas finales al visionado de la presente, sólo pude pensar:
a) éste no es mi ex, que me lo han cambiado;
b) ha conocido a otra, han ido al cine juntos y, en ese estado de ingravidez que proporciona el amor recién estrenado, la película le ha parecido deliciosa.

Ese pensamiento me produjo bienestar y aflicción a partes iguales. Últimamente me he estado acordando muchísimo de él. Sé que se debe, fundamentalmente, a que a menudo me siento muy sola y a mi problema de invisibilidad, claro. Y me apetece llamarlo porque, durante los últimos casi diez años de mi existencia, ha sido la persona que con más claridad me ha visto, y echo de menos que las pulipas brillantes de otro me devuelvan mi reflejo, saber que siempre existo para alguién más.
Luego pienso en que, si ronda tanto por mi cabeza, es, precisamente, porque ya no da señales nunca, porque ya habrá dejado de verme, y esa es, en verdad, una gran señal. Señal de que está a sus cosas, de que se ha soltado de mí. Es como que tiene que ser. Y me jode un poquito. Entonces vuelvo a sentirme sola e insignificante para el género humano, en general, y para el masculino, en particular, y tengo de nuevo deseos de llamarlo y... Ay, dios.

En "Días de cine", definían al personaje que encarna Blanca Romero en "After", más o menos, como a una treintañera con una enfermiza necesidad de afecto difícilmente conciliable con sus constantes deseos de independencia. ¿Me conocerá el señor que escribe los guiones para ese programa? Porque ésa soy yo. No tengo el cuerpo de Blanca Romero pero, por lo demás, podría haber sido su doble si se hubiese roto una pierna; lo habría bordado. Necesito tanto de la aprobación de los demás, tanto que me quieran, que me perdonen, que me consideren. Y, al mismo tiempo, soy tan experta en abandonar, en querer hacerlo todo yo sola...

Razonándolo un poco, resulta bastante más probable que mi ex se haya descargado la peli en su ordenador (espero que Ramoncín no sea seguidor de este blog) y que la haya visto solo en su casa. De todos modos, quién sabe si se habrá enamorado realmente -porque, qué tendrá que ver eso con Meryl Streep- y qué bueno sería, lo digo en serio. Lo que me asombra es esta inmensa facilidad mía para enredarme en mis propios pensamientos, para dar vueltas sobre mi propio eje, como una peonza paranoica, obstinada en su reiteración. Además, ahora que el pilates empieza a mostrar sus interesantes resultados, pronto no encontraré ninguna dificultad en enroscarme y morderme la cola, como una pescadilla viciosa.
Debo de tener por ahí una palanquita que ponga on/off, seguramente en la espalda, porque yo no me la encuentro. Por favor, que alguien se compadezca de mí y me apague.

(Música: Olga Román y Carmen París, "Me asomo")

domingo 15 de noviembre de 2009

Culo veo



Después de lo último que escribí, me quedé pensando en las tortugas. Porque, en realidad, teníamos dos. En realidad, teníamos dos de cada cosa viviente que se pudiera considerar mínimamente una mascota: hámsters, curieles, peces, pájaros, tortugas, ranas... Y perros, por supuesto. Aquella casa parecía el arca de Noé.

Pero, volvamos a las tortugas. Se llamaban Berdino y Tortugueta. Mi hermana les daba de merendar trozos de tomate, sentada al sol en la terraza, y les limpiaba la boca con una servilleta. Daba gusto verlas pegar aquellos bocados pausados y masticar parsimoniosamente, balanceando las lenguas carnosas y grisáceas lentamente, de un lado al otro de sus bocas, como si mascaran chicle. Eran verdadermente grandes, y estaban sanas y robustas.
El caparazón de una era chato y brillante; el de la otra, una cúpula musgosa. Las patas de una eran casi aletas, alargadas y aerodinámicas; las de la otra, poderosas pezuñas rugosas de animal prehistórico. Una se deslizaba sobre las baldosas con aleteos torpes y nerviosos; la otra, avanzaba muy lentamente, arrastrando las rotundas extreminades como si pesaran miles de años. Una era de agua y la otra, de tierra.

Supongo que, en algún momento de sus vidas, debieron de compartir las grandezas de sus respectivas existencias; de intercambiar información sobre los innegables beneficios de sus fisonomías, sobre las ventajas incontables de su medio. Porque, la que se estiraba como un elástico bajo el diluvio, era la terrestre, mientras que, la acuática, solía enterrarse en las macetas no bien llegaba el invierno.
Por lo que se ve, esta cosa de las envidias, del desear lo que no se tiene (la mujer del prójimo, el tipazo de la vecina), es un mal bastante más común de lo que parece. Eso o, como casi todo, nos confirma que dan igual el nuevo iPod, los tenis molones, la pretendida sofisticación que nos envuelve: en lo esencial, seguimos portándonos como animales.

(Música: Valderrama y Ana Belén, "Envidia")

jueves 12 de noviembre de 2009

Lluvia de noviembre




Bajo la incipiente lluvia de noviembre, Ornelia no abre el paraguas. En vez de eso, se defiende con una teoría, tal vez sin mucho fundamento, pero sustentada en la esperanza y el optimismo: esta es una lluvia buena, purificadora. Hay que dejar que nos moje.
Ella es mujer de tierra quemada, volcánica y solar. He vivido en su isla, cuyo paisaje apocalíptico adoro (y a ella, la adoro también); así que entiendo que se resista como pueda al invierno. Y me admira que no lo haga a los gritos, a las patadas, sino inventando conjuros mágicos, poéticas bendiciones. Pero es que ella es un remanso.

Los laguneros, en cambio, crecemos criados entre capas de musgo, como figuritas del portal de Belén. Necesitamos el legendario frío que cala los huesos, la humedad que tiñe las paredes, aunque duela el cuerpo. Cuando al fin toca ponerse la bufanda y las botas de agua, salimos a la calle como caracoles hambrientos, sacando los cuernos a la nube gris, tormentosa.
Yo me ahogo si no hay lluvia, me asfixio bajo el implacable sol de mediodía, entre polvo y sequedad.

De pequeños teníamos en casa una tortuga gigantesca que vivía en la terraza. Cuando empezaba a diluviar como ya nunca lo hace, el animal se estiraba hasta el límite por fuera del caparazón, como si quisiera salirse de él por completo, volverse pez, mojarse entero, y fluir libre y resbaladizo entre la corriente.
Yo me siento esa tortuga. Ansío una lluvia gélida y torrencial, una ducha de gotas inmensas, jugosas como sandías, derramándose por mis cristales y por mis pómulos. La espero para despojarme del opresivo caparazón y salir desnuda al huerto, a danzar con los pies descalzos sobre el barro, como una salvaje.

(Música: Jamie Cullum, "Singin' in the rain")

miércoles 11 de noviembre de 2009

Sagitario. Miércoles, 11 de noviembre de 2009

Amor: gran necesidad de afecto que difícilmente se verá saciada.
...

Estoy pensando seriamente en vendarme la cabeza, en ponerme una gabardina, un sombrero y unas gafas de sol. O en volver a fumar y echarme el humo por encima, como el Hombre Invisible cuando quería que alguien lo viese. No sé… Lo de las vendas y el sombrero quizás sea contraproducente. Tal vez es un problema de exceso de ropa, más que de invisibilidad. Igual tendría que decantarme por los escotazos, las mini- minifaldas, los súper- súper tacones. Esto último ya he empezado a ponerlo a prueba (muy modestamente) y he de admitir que funciona. Ahora, que no creo que sea por eso de que el tacón estiliza la pierna y bla, bla; ni siquiera por un problema de altura. Es una cuestión de ruido, básicamente, de hacerse notar.
Me compré unos zapatitos monos (en mi estilo “niña chica” pero con una cuñita de unos cuatro centímetros, no más) con la excusa de que tenía que presentar a J. el día que inauguraba su última exposición. Para no parecer muy bajita en las fotos y eso. Y me animé a traérmelos a la oficina. Reconozco que son muy cómodos pero es que, además, al paso de mi “clas, clas, clas” sobre las pulidas baldosas, no hubo elemento masculino que no levantara la cabeza de los papeles. Las chicas ni se inmutaban, porque están acostumbradas a escucharse, supongo. Pero ellos... Es casi una reacción inconsciente a una primitiva llamada de atención (o, quizás, una llamada de atención sofisiticada a su cerebro primitivo). Da una gran sensación de poderío verse ahí, pelín más alta, haciendo un escandalazo cada vez que vas al baño o a la fotocopiadora y sabiendo que todos se volverán, aunque no quieran.

Hoy no me los he puesto y es una pena. Porque encontré la excusa perfecta para que te pasaras unos quince minutos metido mi despacho. Para que te sentaras en mi silla o, mejor, para que te pusieras detrás de mí, el olor de tu cuello muy cerca de mi nariz, tu brazo extendido por encima de mi hombro, manejando mi ratón. Ay, bendita impresora que no quería imprimir. Pero nada. Fue inútil. Invisible, lo que se dice invisible. Y con un sentido del humor bastante patético, por lo que se ve, porque no me sonreíste ni una sola de las bromas. En cambio, martilleabas nervioso con los dedos la superficie de la mesa, como si estuvieras deseando marcharte. Lo mismo te caigo fatal y yo culpando a los tacones.

E. dice que, en su opinión, no es un problema de cómo me perciben los demás, sino de cómo lo hago yo: a los demás y a mí misma. “Igual hay alguien por ahí, enviándote señales, y tú tienes el radar todo empañado”. De inmediato acuden a mi cabeza imágenes de fornidos marineros en el interior de un submarino, alzando vigoroso el periscopio sobre las procelosas aguas del océano insondable. Pero, allá afuera, es como Londres en una película de Jack "El Destripador": no se ve nada.
Dios santo, ¿y si tu tamborileo era, en realidad, un piropo cifrado, una invitación a quedar este fin de semana en código morse?

Me he quedado pensando un rato. Me he quitado las gafas. Las he limpiado a conciencia. Me las he vuelto a poner. Ahora que ya veo un poco mejor, no sé si pegarle una buena patada a la impresora.



(Música: George Michael & Queen, "Somebody to love")


martes 10 de noviembre de 2009

La memoria de los objetos (y III). El piano.



Mi madre estudió piano hasta el noveno año. Sólo le quedaba uno para terminar, pero una profesora -que no la soportaba y que le cerraba el método mientras estaba practicando-, consiguió amargarle la carrera y abandonó cuando estaba a punto de acabarla.
Mi abuelo Juan le había comprado un piano para que ensayara en sus ratos libres. Era un buen instrumento, sin duda; pero su supervivencia en esta casa antigua no era muy compatible con la de una familia de ratones que encontró, en su caja llena de cuerdas y martillitos, un verdadero parque temático. Así que, cuando mamá desistió de sus estudios y, con el tiempo, fue dejando de tocar, los animalitos se apoderaron del arpa y se la comieron. El piano terminó desafinado, sordo y cojo, para más inri, pues -no sé si por efecto de los mismos roedores, de las polillas o de las terribles peleas de mis hermanos varones-, una de las pesadas patas torneadas acabó colgando y, a cada rato, había que colocarla en su sitio haciendo complicados equilibrios.

Curiosamente, aunque mamá ya no volvió a sentarse en el taburete, ni a abrir la tapa, ni a pisar los pedales o a acariciar las teclas, inventó para nosotros un juego (que llegaría a convertirse en nuestro favorito) en el que sus hijos éramos el instrumento. Se aposentaba en el sofá y nos tumbaba boca arriba sobre sus piernas. Mientras nos hacía esperar muy quietos, nerviosos y conteniendo la risa, calentaba en el aire sus hermosos dedos delgados, con uñas rosas y anillos de pelo de elefante, haciendo movimientos rítmicos, estrafalarios y divertidos. De pronto, como poseída por el espíritu enfervorecido de Mozart o de Beethoven, alzaba las manos por encima de su cabeza, crispadas como garras, y, entonando un sonoro “tacháaaannnn”, comenzaba a interpretar su histriónica sinfonía.
Mamá se volvía loca, tecleando en nuestras panzas, en nuestros brazos y piernas, haciéndonos ligeras y ágiles cosquillas con una velocidad a la que sólo unas manos entrenadas en aquel arte serían capaces de moverse, al tiempo que tarareaba la imposible melodía; hasta que, completamente exhaustos de tanto reír, colorados y sin resuello, le suplicábamos que parase.

Durante mucho tiempo, tuve una tendencia enfermiza a dejar las cosas cuando ya casi las había conseguido. En mis tiempos de terapia, P. se sintió muy intrigado por esa facilidad mía para la renuncia y se empeñó en encontrar el origen. Un día conoció la historia del piano de mi madre y concluyó que, probablemente, aquello no había sido lo único de lo que ella había abdicado a lo largo de su vida. Le pareció razonable que, sin darme mucha cuenta, yo hubiese ido aprendiendo esa suerte de resignación como algo natural y me hubiera aplicado el patrón. Por ello, me enseñó una norma que me he empeñado en cumplir desde entonces y que, más o menos, me ha ido dando resultados: la constancia como clave para cualquier desarrollo. En cualquier caso, es una fórmula que aplico a casi todo menos, precisamente, a la música; de manera que, de seguir por este camino, la historia del piano de mamá podría acabar convirtiéndose en la de cualquiera de mis guitarras; o, aún peor, en la de mis cuerdas vocales.

Pero el recuerdo del piano no sólo me sirve para echarme estas auto regañinas. Su evocación también me ha valido para hacer un descubrimiento maravilloso. Un par de semanas atrás, mi hermana y yo jugábamos con los niños a la mesa de operaciones cuando, de pronto, al verlos allí, estirados sobre el sofá -quirófano improvisado-, a la vez y sin calcularlo, empezamos a tocar el piano como posesas en sus cuerpitos menudos y retorcidos de risa. Entonces, Lucía logró respirar y nos dijo que su papá (mi hermano) también jugaba con ellos a ese mismo juego.
Comprendí en ese momento, con una certeza absoluta, que la memoria del piano de mamá no está enterrada en el instrumento que yace, medio muerto, en el salón de mi hermano mayor; ni en el método que quedó malévolamente cerrado, para siempre jamás, por la obtusa profesora. Ahora sé que se ha grabado, como un código genético -la herencia más hermosa-, en cada uno de sus hijos. Que los hijos de sus hijos ya la llevan. Y que los hijos de los hijos de sus hijos conocerán también, algún día, la alegría musical que nacía en la punta de cada dedo de la dulce abuela Florita.

(Música: Rubén Blades, "Canto a la muerte")

lunes 9 de noviembre de 2009

La memoria de los objetos (II). Las tijeras del tío Pepe.



Están el mejicano dormido con la cabeza agachada que sirve para sujetar los libros y la vasija de barro, agrietada y carcomida por el fuego, que mi bisabuela usaba para asar castañas; la vieja máquina de coser Singer de la abuela Mercedes y la vieja máquina de escribir Remington del abuelo Juan. Pero, de todos los objetos fascinantes que sobrevivieron a mi infancia y a la de otros que vinieron antes que yo, y que siguen acumulando polvo y años en algún rincón de esta casa –tan vieja como ellos-, el que más poder de atracción ejerce sobre mí son las extrañas tijeras gigantes del tío Pepe.
La primera vez que las vi (los mangos larguísimos, desproporcionados en relación con lo que deberían ser las hojas de cortar y, en lugar de éstas, una extraña boca medio curva y dentada; el cuerpo herrumbriento y pesado, de forma que hay que coger cada lado con una mano), pensé que se trataba de una herramienta parecida a esas pinzas que se usan para recolectar higos picos de la penca y no pincharse las manos. Pero suelen ser de madera, mucho más livianas y frágiles, pues no es necesario (ni lógico) que sean tan fuertes y poderosas. ¿Para qué podrían servir, entonces?

El tío Pepe era el hermano de la abuela Mercedes, pescador. Un mal día, el mar se lo tragó cuando salió en su barquita y ya nunca lo encontraron. El tío Pepe solía coger morenas entre las rocas. Para sacarlas de sus escondrijos, era necesario emplear un instrumento alargado y potente que las atrapase muy firmemente y las mantuviera a distancia, y así evitar que se revolvieran demasiado, que se hicieran un nudo -como cuando atacan a sus presas- y mordieran con esos dientecillos torcidos y afilados como agujas de faquir. Porque, aunque no son venenosas, infectan con los restos de comida putrefacta que se quedan en sus bocas.
Yo nunca conocí al tío Pepe, como no conocí a la abuela Mercedes -que era maestra-, de la que dicen que heredé la forma de su cara y sus grandes ojos redondos. Tampoco conocí al abuelo Juan -que era maestro-, del que la nonagenaria tía Cándida cuenta apasionantes historias en voz baja (no sea que no hayan prescrito) sobre el contrabando en tiempos de hambre y la huída a Casablanca. No conocí a casi nadie, en realidad. Mis raíces, paradójicamente breves, hacen por enterrarse en lugares de difícil acceso; se sostienen de puntillas en una tierra muy dura, muy difícil de excavar: el pasado lejano, la separación y la distancia, la muerte pedregosa.
Me pregunto si las tijeras de pescar morenas del tío Pepe valdrán, también, para rescatar recuerdos huidizos y remotos, los de la familia que quise tener y no tuve, aun teniéndola. Me pregunto si podría sumergirlas en esas evocaciones imprecisas -cavernosas como refugios marinos, resbaladizas como cuerpo de pez-, que contienen las fotos amarillentas y los viejos objetos, para desatar sus nudos, para liberar con ellas alguna certeza que me sirva de guía hasta una sangre que tenga mis ojos.
Echo en falta haber conocido, tener una memoria de primera mano. Saber de dónde. Pertenecer.

(Música: Fito Páez, "Brillante sobre el mic")

domingo 8 de noviembre de 2009

La memoria de los objetos (I). Las muñecas rusas.


Últimamente, no paro de sorprenderme con la memoria infinita de los niños. Tal vez sea por eso que me dijo… creo que fue C., de que están como estrenándola, empezando a llenarla de cosas y, por lo tanto, es más lógico que tengan mucho espacio y mejor organización que los adultos. O, tal vez, por lo que me dijo su hijo Ángel, de seis años, de que “los niños no tienen el cerebro más pequeño que la gente mayor”. Intuyo que ésa era su manera de explicarme que no son medias personas, ni personas medio tontas, sino, sencillamente, personas con menos recorrido (y me atrevería a decir que el equivalente años- experiencia- madurez, no siempre se cumple, necesariamente). El caso es que Ángel se encargó de dejármelo muy clarito: los niños se acuerdan de todo aquello que les interesa.
Sea como sea, no deja de alucinarme que mi sobrina me pida que vayamos a sitios a donde la llevé cuando todavía no sabía caminar; que recuerde los nombres absurdos con los que bauticé para ella a los patos de la plaza cuando todavía no podía pronunciarlos. Supongo que es normal, lógico, que la memoria esté ahí mucho antes que los pasos, que las palabras; que precisamente es así como se aprende. Y que, si un pedagogo o un psicólogo leyera estas reflexiones, pensaría que soy absolutamente imbécil. Pero me estremece la precisa antigüedad que puede llegar a tener una memoria tan reciente. Claro que también me deja atónita el funcionamiento del fax en la era de Internet y del bluetooth, así que lo mismo es un problemilla que yo tengo.

Me sobrecoge, particularmente, la forma que los pequeños tienen de apoderarse de los objetos más cotidianos, más inútiles y absurdos, pero que, por alguna razón, atrapan su atención, y de convertirlos en sus juguetes. De manera que, con la llegada de los niños a una casa, los adornos de las estanterías de la sala, los tornillos, las manivelas, los lazos de papel y las cosas que no sirven para nada, se convierten en muchas otras que no eran, pero que serán, ya, para siempre. Y no sólo para ellos, sino para cuantos compartimos ese íntimo ritual por el que se obra su mágica transfiguración.
Cuando subimos a visitar a la nonagenaria tía Cándida, mi sobrina se lanza, indefectiblemente, a por el reloj de arena con arena de mentira en cuatro tubos de cristal, cada uno de un color diferente. O a por los gatitos de bronce y los pequeños morteros que, cuando era un bebé, yo utilizaba para simular que les daba de comer y de beber. Entonces, reproducimos cada paso de un ceremonial inventado en el tiempo en que aún la llevaba en brazos: preparamos el potaje imaginario y se lo damos a probar, los acostamos a dormir en el sofá y calculamos cuánto dura su siesta volteando el reloj hacia un lado y hacia el otro, para ver qué color gana. Y da igual cuántas veces lo hayamos repetido porque, no hacerlo, sería como traicionar un vínculo sagrado construido entre ella y yo.

La otra tarde, después de haber jugado ya con todas sus cosas, de haber visto todas las películas y dibujos animados, de haber leído y coloreado todos los cuentos, me pidió que le prestara mis muñecas rusas. Me quedé petrificada porque hacía muchísimo que no se las dejaba y ni siquiera estaban a la vista. Pero lo cierto es esas muñecas fueron el juguete perfecto para ella (en una casa en la que nunca hay juguetes) en esa edad en la que los niños aprenden metiendo y sacando unas cosas de las otras sistemáticamente. Me emocionó que las recordase, no sólo por cómo me apabulla la memoria silenciosa que atesoran los niños, sino porque las matrioskas fueron el último regalo de cumpleaños que le hice a mamá.
Últimamente no sabía muy bien con qué obsequiarla, me daba la sensación de que nada le hacía la suficiente ilusión. Pero, aquel veintiuno de septiembre, me acordé de que, cuando yo era una niña (a esa edad en la que los niños aprenden metiendo y sacando unas cosas de las otras sistemáticamente), había en casa unas muñecas rusas que le encantaban; y, obviamente, a mí también, porque me adueñé de ellas. Por esa razón, acabaron perdidas o rotas, pero mamá nunca me lo reprochó. Así que decidí recompensarla por su comprensión y su paciencia regalándole unas nuevas.
Cuando mi sobrina pidió volver a jugar con ellas me devolvió, sin saberlo, además de mi grata sorpresa por su infalible memoria, la memoria callada de mi madre, la memoria guardada de mi infancia.

(Música: José Mercé, "Te recuerdo Amanda", de Víctor Jara)

viernes 6 de noviembre de 2009

Sagitario. Viernes, 6 de noviembre de 2009

Soledad en el amor.
...

Anoche soñé que iba por toda la oficina empujando una carretilla aparatosa y ridícula. Se supone que estaba cargada de cartuchos de impresora gastados que yo debía apilar en algún sitio para llevarlos a reciclar. Pero eran cientos de botellines de agua vacíos, manchados de restos de tinta negra, que pesaban muchísimo más de lo que en el mundo despierto lo harían.
Estaba vestida con una falda de peto que me compré hace muchos años, cuando vivía en Granada, y que he dejado prácticamente de usar porque ahora me queda bastante larga, a pesar de lo cual, cuando hago limpia espiritual simbólica vaciando los armarios, nunca puedo regalarla, porque le tengo un cariño especial. Como en los sueños todo suele ser excesivo, me estaba infinitamente más ancha y más baja que en la realidad, así que, entre lo incómodo de la carretilla y lo largo de la ropa, iba tambaleándome y tropezando como una borracha. Por si eso fuera poco, a las ruedas les pasaba lo que tan amenudo a las de los carros de los supermercados, que se giraban continuamente hacia un lado, conduciéndome, por esa inercia y su peso,  siempre en la misma dirección. Y daba igual con cuánto empeño tratase de controlar mi torpe recorrido, porque acababa chocando invariablemente con él, como si sus pies fuesen un imán para aquel vehículo metálico.

"Él" es el chico para el que tricoto imaginarios sabores  y me invento dedos expertos y delicados; con el que establezco falsas e inexplicables conexiones oníricas. Es uno, aunque, en mis ensoñaciones, tiene trocitos de otros varios compañeros de trabajo a los que encuentro cierto interés o atractivo pero que sé que están casados, con hijos, o con novias. Así que se trata de una fantasía basada en hechos reales; o de un tipo real construido a golpe de fantasías, no sé bien. El caso es que es de los pocos solteros, como yo, y tiene una bonita espalda y una tierna manera de saludarme tímidamente a través del cristal de mi despacho.
No es que me guste tanto, en verdad. Es que estoy un poco empeñada en que me guste. Y tampoco es porque no sepa vivir sola y sin nadie en la cabeza. He ido aprendiendo poco a poco y la sensación no me parece nada mal. El problema es temo que el corazón se me esté volviendo un indiferente, un conformista. Tanto tiempo después de separarme, todavía noto inequívoca la punzada de haber perdido, por completo, la fe en el amor. Creo que he dejado de creer. Del todo. Siento que nunca más volverá a pasarme, que nunca más le sucederá a nadie conmigo. Y lo peor de todo es que esa certeza ni siquiera me produce pena o  dolor. Lo creo y punto. Lo noto y basta. Es como si esa parte de mí se hubiese muerto, como si me hubiese abandonado para siempre y yo me hubiera resignado, perfecta y pragmáticamente, a ser invisible para todos los que podrían sentir algo por mí; a no sentir nada por nadie, porque todos se han vuelto invisibles.

Por eso me empeño en mirar al muchacho de bonitas espaldas muy concrentrada, guiñando fuertemente los párpados, como haciendo fuerza; como mi sobrino de dos años y medio cuando le pido que mastique bien porque me da miedo que se atragante y, de pronto, se transforma en una especie de Increíble Hulk en chiquitito, apretando exageradamente sus pequeñas mandíbulas.
Necesito encontrar una razón para sentir. No es que me asuste estar sola. Tengo miedo de estar muerta.



(Música: Marisa Monte, "O que me importa")

miércoles 4 de noviembre de 2009

Kon ka de ruido



Hace un par de días, tuvieron que cerrar una calle del centro de la capital de esta isla -considerada por algunos el ombligo del universo- porque caían cascotes de la fachada de un edificio. La prensa local informaba hoy del malestar de los comerciantes de la zona -bajo el efectista y manido titular “El pulso de la calle”-, porque han estado a dos velas y sin ingresar un euro durante el tiempo que ha durado el corte. En realidad, eso a mí me da lo mismo. Lo que me llama verdaderamente la atención son los nombres de los locales afectados por el asunto. Entre los cuatro entrevistados (menudo pulso que le han tomado a la calle, por cierto), estaban la dependienta de la boutique "Lakra" y la de la peluquería “Caprikornio”. Esta kakofonía producida por tanta "k" innecesaria se me fue klavando en las pupilas mientas leía, komo kristales rotos y kortantes kuchillos. ¿Qué somos ahora?, ¿punkis?
Juro que nunca entenderé estas modas, esta manía de la gente hacerse la moderna o la ingeniosa poniendo a sus negocios nombres impronunciables, suma de las iniciales de todos sus hijos, nietos y sobrinos; o cosas como “5mentarios”, cuya gracia sería captada, en todo caso, por la seseante población isleña porque, el pobre que sí pronuncie la "c", estará todavía delante del cartel pescando fulas (expresión muy de la tierra, ya que estamos).

Lo mismo me estoy poniendo un poco radikal y tampoco es para tanto, pero es un efecto secundario de tanta letra agresiva y picona, de tanto ruido como hay. Un par de semanas atrás, escuché un espacio radiofónico dedicado a la bossa nova en el que la locutora se congratulaba de poder disfrutar de una música tan suave y sin estridencias, en un tiempo en el que todo el mundo se ha empeñado en pegar gritos. Aunque no lo dijo específicamente, por mi cabeza pasaron, uno tras otro, todos los chillones engominados salidos de Operación Triunfo. De verdad, qué necesidad hay de agredir, de molestar de esa manera; y cuántas formas -que aparentemente no lo son- hay de hacerlo.
Igual no será suficiente con que una pida, así, bajito, un poquitito de calma. Unos gracias y unos por favores de vez en cuando, y unas cuantas menos de pitas sonando histéricas por la calle, cuando ni tiempo ha dado de que te llegue al cerebro la orden de pisar el acelerador porque ha cambiado el semáforo. Tal vez si lo digo en su idioma sea más fácil hacerme entender. Probaremos, aunque pinche: ¡kállense ya, karajo!.

(Música: Joaquín Sabina, "Ruido", de Pedro Guerra)

martes 3 de noviembre de 2009

En sueños

Anoche te vi en mi sueño. No eras exactamente tú, pero lo eras. A ratos tenías el pelo más largo y más rubio, como decolorado cutremente en el lavabo con un bote de agua oxigenada. Y, a ratos, cuando reías, te asomaba una especie de implante extraño en un diente que, más que un empaste o un puente, parecía un micrófono o una diminuta cámara de espía con pocos recursos, en absoluto discreta, ridícula.
A ratos eras un amor de mi pasado y, a ratos, un chico que sale en una serie de televisión. A ratos te deseaba profundamente y, a ratos, me dabas grima.

Por eso, ni durante el transcurso del sueño, ni tampoco esta mañana, cuando me levanté; ni mientras me lavaba la cara y preparaba el café, ni cuando me despedía de la perra haciéndole cosquillas con el pie en la panza; ni mientras arrancaba el coche como una sonámbula y me paraba a repostar, antes de entrar en la autopista, supe que había soñado contigo. Porque no eras exactamente tú.

Fue cuando nos cruzamos en la entrada de la oficina, cuando me di cuenta. Yo subía del garaje, tú venías de la calle, de fumar. Se me revolvió en el vientre una mezcla loca de ganas de devorarte los labios y de llevarte por una oreja al dentista; de acariciarte el cráneo rapado pinchándome las palmas de las manos y de echarte la bronca por teñirte el pelo sin el consejo de un profesional. Entonces, hiciste algo que nunca haces: me miraste directamente a los ojos unos segundos y me diste los buenos días llamándome por mi nombre.
En un instante, la certeza adquirió en mi mente tu forma exacta, tu voz y tu manera de exhalar el humo por delante de los cristales de tus gafas, y ya no tuve ninguna duda. No sólo eras tú el de mi sueño, sino que también habías soñado conmigo.



(Música: The Police, "Every breath you take")

lunes 2 de noviembre de 2009

Sagitario. Lunes, 2 de noviembre de 2009

El dinero entrará con la misma facilidad con la que lo va a gastar.
...

Últimamente, no sé qué me pasa que atraigo el dinero con una simplicidad pasmosa. Hace un par de semanas, por ejemplo, pasé una tarde estupenda con las chicas y era tan bien lo que me sentía, y eran tantas las ganas que tenía de agradecerles el buen rato, que decidí convidarlas a la copa de vino y los montaditos que nos acabábamos de tomar en plan piscolabis. Siempre que puedo me gusta invitar, hacer regalos. Dar algún tipo de alegría a la gente que me hace feliz me parece, junto con viajar y comer, la mejor manera -y la única verdaderamente placentera- de gastar un salario.
De regreso a casa (un poco piripi), cruzaba el paso para peatones que atraviesa la gasolinera cuando vi un papelito enrollado, que en la semi oscuridad de la noche parecía medio grisáceo, medio azulado, con unas cositas plateadas que relumbraban bajo la luz de los focos. Me agaché como un resorte y, con un movimiento que duró media milésima de segundo, lo recogí y seguí caminando mientras pensaba, “¡qué suerte, qué suerte, un billetito de cinco!”. Y era de cinco, efectivamente: el que venía envuelto dentro del  de veinte. Recuperé la inversión hecha un rato antes en las muchachas, con intereses.
Cuando se lo conté a Ornelia, fue tajante en la adjudicación de lo que allí había pasado: era cosa del karma.

Este sábado hacía la compra en el súper y, al ir a pagar, entregué el importe casi exacto a la cajera, de manera que sólo tenía que darme algunas monedas chicas. Observé algo intranquila cómo, no obstante, iba sacando billete tras billete de la caja, como si yo le hubiese pagado con uno de quinientos o algo así; bueno, tal vez no tanto, pero iba a devolverme bastante más de lo que me correspondía. Por una milésima de segundo, casi tan pequeñita como la que había tardado en agacharme a recoger el dinero días antes, tuve la tentación de agarrar la pasta y marcharme silbando. Pero, no sé qué me pudo más -si la honradez o la vergüenza de que alguien de la cola se estuviese quedando con la jugada-, que tuve que confesar: “oye, que mi cambio son cuarenta y un céntimos”.
La muchacha de la caja, azorada y temblorosa, me dio las gracias mil veces por el marrón del que supongo que acababa de librarla (horas y horas venga a hacer y a hacer la caja); otra muchacha, la que esperaba detrás de mí, me miró con la palabra “panoli” claramente escrita en sus pupilas, en neones parpadeantes y relucientes de color rojo iracundo, porque unos minutos antes me había colado haciéndome la despistada y aquella equivocación iba destinada, en realidad, a acabar en sus bolsillos.

Desde entonces, vivo esperando mi karma. No tengo mucha prisa, la verdad. Acostumbrada a subsistir en la precariedad más absoluta, mi actual situación es un paraíso de tranquilidad pecuniaria, así que puedo permitirme aguardar con los pies sobre la mesa, tomando una cervecita, a que el señor que maneja este asunto de las compensaciones y los retornos me devuelva la buena obra.
Hoy puse los veinte euros para la peña de la lotería en la empresa y ya llega la navidad. Quién sabe si mi cuesta de enero consista, el próximo año, en encaramarme al Empire State o a la Torre Eiffel…



(Música: Pink floyd, "Money")

domingo 1 de noviembre de 2009

Mamá, quiero ser librera




El sábado, mientras desayunábamos, nos derretíamos al unísono mirando los ojos (y el culo) del albano- kosovar, que nos trajo el café de la manera exacta en que a cada una nos gusta tomarlo sin que tuviéramos que pedírselo. Y, mientras nos derretíamos (e inventábamos y proferíamos toda clase de ordinarieces en relación con aquel hombre y su cuerpo), nos dejábamos esposar por Ángel a la mesa, entre nosotras, con él y de nuevo a la mesa, completamente embobadas.
Si no fuera porque Ángel tiene seis años y porque las esposas eran de juguete, esto podría haber sido, bien un relato para la loca de los sueños, bien una perfecta performance para modernos, muy en sintonía con los pensamientos lascivos que este espécimen despierta en nosotras; escenificación que podía haber llevado por título el ya célebre “Ven aquí que yo te digo cómo es” (¡clinc!, caja para la abue de Queenpar).

Una vez terminados los churros y, con ellos, las excusas para seguir babeando sin que se nos notara que no era por la comida, nos fuimos a la librería de N. a por algunos regalos de cumpleaños y a por otros regalos para nosotras. N. es de esas libreras que se preocupa por el género que encarga y que, como la buena farmacéutica (o el buen camello), siempre te da la dosis exacta de lo que necesitas en cada momento: alguna novedad editorial, un buen libro de arte o diseño, un cómic curioso de su selecto repertorio... Gracias a N., sin ir más lejos, descubrimos a Liniers.
Pero debo confesar que, por lo que verdaderamente nos encanta visitarla (al menos a mí), es por su cuidada sección de libros infantiles. Hay que ver lo que se disfruta tirando de una pestaña para que algún personaje haga esto o aquello; manipulando cuentos torcidos, escritos del revés o en forma de caja rellena de murciélagos y espejos; pasando páginas donde, con bellísimas ilustraciones, se nos descubre la genealogía de las verdaderas brujas, se nos revela la naturaleza del elefanmero o la tortumélida. Cuando digo “éste para mi sobrina” o “éste para mi sobrino” es que, al final, los libros acabarán en mis estanterías o en las de algún amigo con bastante más de cuatro años.

N. nos brindó a café y se ofreció a ir a buscarlo, así que nos quedamos cuidándole un rato el chiringuito. Cuando ya estábamos solas, le confesé a Queenpar lo mucho que envidio a N. por ser la propietaria de un establecimiento tan bonito, lo mucho que me gustaría trabajar en ese lugar. Como Queen  tiene que lidiar cada día con clientes en su trabajo y estos (con lo de que se supone que deben tener siempre la razón) pueden volverse absolutamente insufribles, la idea, en principio, no la seduce demasiado. Ella aspira, más bien, a que el mito del buen salvaje (en su caso, la salvaje a secas) se materialice en sus carnes, a retirarse del mundanal ruido y pasar tres pueblos de la sociedad y sus majaderías. Me la imagino como una especie de Gollum de hirsuta cabellera, atrapando pejes con sus propias garras en el charco de La Aldea, encaramándose a cuatro patas por las rocas del barranco de Tasarte.  Yo la entiendo, la verdad. El horario comercial es un asco y la gente, a veces, puede ser un soberano coñazo. Pero, como durante algún tiempo conocí la ilusión de tener un negocio propio con mi ex, sé que, si te gusta lo que vendes, ser tu único jefe puede aproximarse bastante a la auténtica felicidad. Recuerdo los días tranquilos, sentada al solito, leyendo en la puerta de nuestra tiendita, oyendo la música que me apetecía y sin que pasara nada porque abriera cinco minutos más tarde o porque cerrase un ratito para ir a buscar un cortado.
Posiblemente esas reflexiones ablandaron la coraza de mi rocosa amiga (que, en realidad, pierde toda la fuerza por la boca y tiene un corazón de peluche, pues no conozco a ninguna salvaje con semejante agenda social) y me confesó que, una vez, había llegado a planear la forma de asesinar a N. para quedarse con la librería (bueno, sí, la ablandé, pero no tanto).

No creo que yo llegase a matar por hacer realidad este sueño, pero no perderé la ocasión de tirarle un tejo cibernético a nuestra querida librera: si algún día se harta del asunto y decide mandarlo todo a freír chuchangas, vaya por delante mi proposición de arrendamiento. Estoy segura de que si, llegado el caso, le ofreciera a mi Queenpar una perchita (como las de los loros finos) donde posarse a leer cada mañana, con tal de que me asesorase en la elección del material y de que me ayudase a aconsejar a los clientes, no iba a decirme que no. Le juro que ni siquiera tendría que hablar directamente con ellos.
Ya lo tengo todo pensado: la perchita para Queenpar, un escaparate exclusivo para los libros de M., cafetera y a vivir.

(Música: Rockpile, "When I write the book")