Somos buenos amigos, siento nuestra confianza. Podría poner la cabeza sobre su hombro. Puedo tocarle y dejar que me toque. Podemos compartir una silla, muy cerca, que ya no me pasa nada. Ya no mido las reacciones, ni calculo las consecuencias. Otra lección aprendida.
Resulta muy tranquilizador aprender según que cosas.
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Sabía que iba a cruzármelo. Es "La noche en blanco". Las tiendas están abiertas, la calle llena de gente. Era imposible que él no estuviera. Corro a abrazarlo, "¡cuánto me alegra encontrarte!". Él me besa en la mejilla y detiene su brazo en el aire, como en un marcaje de basket, como sin saber muy bien qué hacer con aquel abrazo. "Y eso, ¿por qué?".
¿De verdad es necesario que se lo explique? ¿De verdad es necesario que me justifique por querer saber de él, saber que está bien, que es feliz y que aún podemos preocuparnos por el otro y abrazarnos, después de tantos años? ¿De verdad esperaba que me comportase como una completa desconocida?
"No, por nada. Porque hace mucho que nos vemos".
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Paseo con Juno cuando lo detecto, unos metros más arriba. Ojalá fuese Truman, pero no lo es. Si hubiera sido Truman, me las habría ingeniado de cualquier forma. Hubiese agarrado al gato engrifado por la cola, para evitar que huyese, y a mi perra engrifada por el hocico, para evitar que se lo comiera. Me habría sacado un zapato y hubiera marcado el número de Ornelia con los dedos del pie. Lo que fuese. Pero creo estar segura, tan sólo, de que es el gato de los carteles. Así que lo más que voy a hacer es intentar localizar a sus dueños.
Entro al veterinario -que, por suerte, está ahí al lado y está abierto- en busca del letrero que han debido dejarles. La correa es extensible y respeto el deseo de Juno de esperarme por fuera, de no volver a ese lugar que apesta a desinfectante y anestesia para bichos. En el tablón, hay machos con certificado de semental que buscan pareja, cachorros sin raza que buscan hogar; ninguna foto del minimo pidiendo auxilio. Así que corro en dirección a la calle en la que sé que la vi.
Tirado en un banco de la plaza, hay un hombre mayor, sucio y magullado. Tiene el pantalón medio bajado y le asoma una bolsa del súper a la altura del trasero. Dudo de si es un improvisado pañal o la falta de respeto de algún niñato bromista. Parece dormido. O, tal vez, no. Me detengo un segundo, dos, hasta que su raído jersey se desplaza unos milímetros al compás de una imperceptible respiración. También yo respiro entonces, mucho más perceptiblemente. "No está muerto, porque se mueve", me tranquiliza el chico de las muletas que vive en la casa- garaje de unos metros más arriba, y que me ha estado observando.
Vive. Nada se puede hacer. Vayamos a buscar al dueño del gato, pues.
Vive. Nada se puede hacer. Vayamos a buscar al dueño del gato, pues.
Tiro de la perra, que sigue con dificultad mi paso acelerado y nervioso. Tendría que estar llamado a la Cruz Roja para que le trajeran una manta y café caliente al hombre del banco. Tendría que hacer una pausa para que mi pobre Juno -que no puede con sus patas traseras- recobre el aliento, en vez de esforzarme tanto por devolver a su hogar a un animal desconocido, que ni siquiera sé si es el que yo creo.
Por fin llego a la calle. Reviso cabinas, buzones, paredes. Ya no hay ni un sólo cartel.
...He tenido que echar flix en el poyo de la cocina. Las hormigas habían abierto ruta hacia un grano de pienso de la perra que yacía abandonado en el suelo. Sólo era cuestión de tiempo que encontrasen el cacharro, a la propia perra y a mí.
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Tanta LOCE, tanta LOGSE, tanta I+D. Pero lo del amor y las pertenencias nos lo explicaron todo mal.
A los niños, en la escuela, deberían enseñarles las tablas de multiplicar, las reglas ortográficas y el desapego.
(Música: Kiko Veneno, "Echo de menos")
A los niños, en la escuela, deberían enseñarles las tablas de multiplicar, las reglas ortográficas y el desapego.
(Música: Kiko Veneno, "Echo de menos")



















