jueves 29 de octubre de 2009

Fronteras




Yo pensaba que estas cosas no pasaban sino en las pelis. Y no entiendo por qué lo pensaba, la verdad, porque viendo cómo funcionan la justicia y la solidaridad, no sé de qué me sorprendo. Soy una ilusa, definitivamente.
Resulta que es cierto que esos marineros que tienden su ropa al sol en barcos destartalados y herrumbrientos -tan típicos del Puerto de la Luz como las góndolas lo son de los pontones de Venecia-, han sido, efectivamente, abandonados a su suerte por sus armadores. Se pasan meses enteros en este muelle o en aquel, en países que no son el suyo, cuyo idioma, seguramente, desconocen, sin familia, sin amigos y sin dinero, porque no cobran sus salarios ni reciben los fondos para el combustible o los víveres; y sin víveres, por lo tanto, alimentados gracias a la caridad de las asociaciones benéficas y con la amenaza de que les embarguen el navío (encima), por no poder pagar las deudas que arrastra el malnacido que los dejó desamparados. Condenados a quedarse y a esperar no se sabe muy bien qué.

Hay tantas formas posibles y aparentemente sencillas de convertirse en un apátrida, en un emigrante ilegal, en un homeless, en un exiliado, que da miedo. Ni siquiera es necesario tener ideas políticas, ni haber nacido en el Tibet, ni tan sólo pasar hambre. Basta con que uno se levante a trabajar un lunes por la mañana para que el viernes se sorprenda preguntando cómo hacer para regresar a su casa, porque no firmó el contrato, porque se fio de alguien. Basta con llevar barba y llamarse Sadam, y encontrarse el día "D" en la estación de metro menos adecuada, para acabar vestido de naranja, con capucha negra y escuchando a AC/DC, día y noche, a todo meter. Basta con no haber sellado bien un papel para terminar aburrido y solo, contando los días en la zona muerta de un aeropuerto internacional. Basta con tener un mal día en la oficina para arrastrar, un tiempo después, el carro del supermercado lleno de cartones y  para ir al cajero, no a sacar pasta, sino a pasar la noche. Cualquiera de esas cosas basta para convertirse en la bola candente que nadie quiere sostener demasiado tiempo entre las manos, para ser la molestia de todos, el problema de nadie.

Y luego vendrán fanáticos directores de periódico a tratar de convencerme de que odio a los de la isla vecina, a los de la península de enfrente, de que mi sitio es el mejor del mundo y de que todos los demás son una mierda; recibiré mensajes en el Facebook incitándome a reclamar la estrella de más que merezco en mi bandera, un bucio y un taparrabos; repitiendo absurdas arengas de loro aleccionado para que luche por lo mío, que es mío y de nadie más, expulsando rabia, ignorancia y espumarajos por la boca.

Ay, qué harta estoy de las fronteras. Especialmente de las mentales.

(Música: Jorge Drexler, "Frontera")

miércoles 28 de octubre de 2009

Penélope en la oficina



Tú no lo sabes pero, cuando parece que no te miro porque leo en la pantalla, en realidad, sí que lo hago. A través de la diáfana mampara del despacho, te voy tomando medidas. Tricoto pacientemente un olor para tu cuello, un sabor para tu lengua y una forma de tocarme.

De pronto suena el teléfono, llega la jefa, entra un correo. Yo tiro rauda del hilo y desbarato toda la labor, sin pena. Prefiero empezarte cada vez para que no te termines nunca.

Y así me paso los días. Tejiendo y destejiendo mis ganas.

(Música: La cabra mecánica, "Como Penélope en la estación del AVE")

martes 27 de octubre de 2009

Rosso vivo



Pillé la entrevista empezada, así que no sé cómo se llamaba aquella mujer, pero me enganchó desde el momento en que dijo que no se había sentido fotógrafa la primera vez que hizo una foto, sino la primera vez que reveló una. Cuando la entrevistadora le preguntó si la fotografía es una técnica que requiere alma, ella respondió rotunda, inmediata: "No. Es un alma que requiere técnica".
Luego, la periodista se interesó por el uso del blanco y negro, sobre si lo prefería porque le parecía más dramático, más profundo. Ella contestó que, en realidad, era una gran amante del color. Que se había formado en una escuela de Bellas Artes, entre litros de pintura, rodeada de colores, y que siempre se vestía de color, preferentemente de rojo que, junto con el blanco, le parecía el más puro. Entonces, la entrevistadora le habló de un estudio que había leído en el que, al ser preguntados unos cuantos señores sobre qué era lo que más les llamaba la atención en una mujer, buena parte de ellos había coincidido: “que lleve puesto algo rojo”. Y debe de ser verdad porque, esa misma tarde, mientras paseaba con Juno, nos cruzamos con una chica que caminaba distraídamente de un lado al otro de la acera hablando por el móvil; su ropa era toda negra, pero calzaba unos impresionantes tacones escarlatas. A su lado había un muchacho -sudado y con atuendo deportivo, como si acabara de jugar un partido- que le miraba embelesado a los zapatos, mientras se pasaba lentamente la lengua por las comisuras de la boca. No sé si lo que estaba pasando por su cabeza en ese momento tenía que ver directamente con aquella chica o con aquellos tacones, pero lo cierto es que parecía un pensamiento suculento y que, mientras lo tenía, no podía dejar de contemplarlos.
La entrevistadora insistió: “pero, en el blanco y negro, el rojo se pierde”; y la fotógrafa la corrigió, dulce pero tajante, una vez más: “el rojo no se pierde nunca”.

Me ha apetecido contar esto porque ayer, mientras escuchaba la radio y, después, mientras lo recordaba paseando con la perra, me di cuenta de que iba vestida de blanco y negro, y de que llevaba mis zapatos rojos. Últimamente tengo siempre la sensación de que todo en mi vida son señales, concatenaciones misteriosas de los sueños con la vigilia, de lo que leo con lo que me dicen, de las fotos de la prensa con los rostros que se me cruzan por los pasillos, como si, desde algún lugar remoto y desconocido, alguien estuviera tratando de hacerme llegar un mensaje. Claro que puede que sea sólo que necesito encontrar sentido, razones, y por eso percibo todas esas cosas: porque estoy receptiva, predispuesta. El caso es que, desde hace algún tiempo,  me pasa también que tengo ganas de aprender a hacer fotos.

(Música: Gilberto Gil, "Nega (Photograph blues)"

lunes 26 de octubre de 2009

Dialéctica

1. Tesis.



2. Antítesis.



3. Síntesis.
O acabamos todos sonriendo.


(Música: Fito Páez, "Tu sonrisa inolvidable")

domingo 25 de octubre de 2009

Aromas




Una de las pocas cosas buenas que, a mi juicio, ha traído toda esta majadería de la crisis, es el resurgir de las fruterías, al menos, en mi ciudad. Hasta hace nada, para comprar fruta fresca o las verduras para el potajito, había que limitarse, entre semana, al consabido supermercado o a la gran superficie, donde el producto (generalmente almacenado durante días en cámaras frigoríficas) se caracteriza por ser lindo y lustroso por fuera, e insípido por dentro. Y, eso, en el mejor de los casos; a veces, por dentro, directamente putrefacto. Pero, de repente, en los locales donde antes había tiendas de telefonía móvil y sospechosas entidades dedicadas a asfixiarnos un poquitín más -sólo que más sutilmente-, unificando todas nuestras deudas en una sola al triple de interés, ahora abundan las manzanas, las fresas, las lechugas y las coles; y los letreros mega-fashion con nombres ultramodernos y logos súper pensados, han sido reemplazados por cartulinas escritas con rotulador que rezan cosas como “La recovita vieja” o “Casa Paqui”.

Las fruterías de verdad deben estar regentadas por gente de campo, conocedora del valor de una papa que no se grela a los cinco minutos de haberla sacado de la bolsa; que entienda que un buen tomate para la ensalada tiene que oler a la tomatera que lo parió, y que saber un poco ácido y otro poco dulcito, y que derramarse jugosamente destripado por la barbilla al morderlo, y no parecer lo mismo que si uno estuviera mascando una pelota relajante de gomaespuma.
Siempre me gustaron las ventas de barrio, las panaderías de leña. Arístides me dijo una vez que esta ciudad había dejado de ser lo que era el día que doña Brígida cerró su pequeño negocio de la calle de La Sota y que doña Antonia dejó de hornear, para siempre, sus inmensos bizcochones en la tahona que estaba un poquitito más allá. Cuánta verdad encierra esa reflexión. Recuerdo los aromas del pan recién enhornado flotando, acera abajo, en el viento de mi calle, donde he vuelto a vivir, ya de grande, resignada a echar de menos la tentadora fragancia de los coditos crujientes aguardando, calentitos, frente a la plaza de la iglesia los domingos, después de misa. Quedan algunas ventitas resistentes en el casco, es cierto, pero sospecho que ya no huelen a embutido fresco y a queso recién cortado como antes, porque todo viene demasiado envuelto, demasiado plastificado.

Lo que pasa es que tengo miedo. Del paso del tiempo, fundamentalmente. Pero no del abstracto, ni de crecer, o envejecer, sino del efecto unificador, devastador y concreto que el invento de la globalización y el supuesto progreso están ejerciendo sobre las cosas auténticas y necesarias de la vida, como los verdaderos aromas, los sabores y las sensaciones. Y también del cambio climático, ya que estamos.
Queenpar no puede oír hablar a Punset; si le nombras la inmensidad del universo o la descomposición infinitesimal de las partículas, te expones a provocarle un tremendo ataque de ansiedad. La entiendo. Hay un capítulo de “Futurama” en el que algunos personajes caen por error dentro de la cápsula cibernética en la que Fry ha llegado, mil años después, hasta Nueva Nueva York. Pero la máquina no está programada, así que se quedan florando en un ingrávido espacio en blanco, en medio de la nada más absoluta, sin posibilidad humana ni divina de salir ni regresar. No puedo soportarlo. Cada vez que lo reponen, cambio angustiada de canal. Me agobia la infinitud casi tanto como la pérdida progresiva de las referencias más cercanas.

Ahora que la ropa de invierno aguarda en los escaparates, aspirando a invocar al frío más que a protegernos de él, y que los hermosos osos polares tendrán que mutar en anfibios para lograr subsistir, siento real el temor de que las cosas ya nunca vuelvan a ser como antes. Porque nunca volverán a serlo. Las cosas que estaban bien como estaban, quiero decir: el calor en el verano y la nieve en el invierno; las pequeñas tiendas donde comprar fruta que no pareciera de cera y pan que no pareciera de chicle; las cafeterías donde la gente se saludaba cordialmente con la cabeza y el camarero no necesitaba preguntarte qué querías tomar; las botas de agua porque había charcos, y lluvia.

Ay, dios. Me estoy haciendo mayor.

(Música: Lenine, "Paciência")

jueves 22 de octubre de 2009

Sinceramente tuya

No creas que no sé que, si yo no hubiese dicho todas esas cosas, sino justo las contrarias, ahora sería tu corazón -y no el mío- el que estaría metido dentro de una cajita tallada, con candado y combinación secreta. Que serían mis dedos -y no los tuyos- los que balancearían la delicada llavecita de plata delante de mis ojos. Que sería yo -y no tú- quien, con los pies apoyados encima de la mesa, me preguntaría, aburrida, qué hacer con esa llavecita; si un bonito colgante para mi cuello o si, directamente, arrojarla al fondo del mar, donde quizás un pescador solitario llegara a encontrarla, algún día.

No creas que no sé que podrías estar ahora mismo comiendo de mi mano, besando el suelo que piso, adorando el eco de mi nombre que resuena en los recovecos misteriosos de tu cabeza, sin que nada pudieras hacer para acallarlo.

Lo sé. No creas que no me doy cuenta.

Pero es que yo soy así de sacrificada.

De sincera.

De tonta.


(Música: Radio Futura, "La estatua del jardín botánico")

miércoles 21 de octubre de 2009

Magno (y II)

La adolescencia tiende a las manifestaciones exageradas, a las expresiones excesivas, cualquiera que sea el rumbo que tome. Mientras algunos sienten que van a devorar el mundo, que todo está por llegar, otros se comportan como si el mismo mundo se fuese a terminar al día siguiente. Los extremos progresan hasta tocarse y los resultados, en un caso y en el otro, llegan a ser muy similares. Como les gusta justificarse a los avergonzados concursantes de los realitys cuando se ven en los resúmenes de la tele, ahí dentro todo se magnifica.
Supongo que, por eso, no era raro convivir con uno de aquellos pájaros sombríos que anidaban en la cabeza de Alejandro, cuyo nombre indio hubiera sido "Acecho de la Tragedia". Él presentía que algo malo iba a pasarle y debo decir que, de alguna manera, yo también. No sabría explicar por qué, pero siempre tuve la impresión de que el muchacho que yo conocí se quedaría allí, eternamente, en aquel momento y de la manera en que era cuando nos encontramos. En todas las dedicatorias de los libros, en todas las cartas, las notas y los versos, el sentimentalismo y la ternura quedaban enturbiados por una nube oscura con amargo regusto a despedida. Recuerdo, por ejemplo, que una de aquellas citas robadas -no sé si de una canción- que solíamos regalarnos decía, “algún día moriremos tú y yo”. Siempre flotaba a nuestro alrededor el extraño perfume de lo que no podría ser, éramos románticos a lo siglo XIX, como una de esas parejas condenadas a no poder quererse plenamente, salvo en otro mundo perfecto creado sólo para ambos, quizás en otra vida... Pero, con quince y diecisiete años, ¿quién se cree eso de verdad?.

La noche que soñé con él, hacía  ya bastante que no nos veíamos. Le había destrozado el corazón dejándolo de aquella manera y, tras algunos intentos por recuperarme -discretos y delicados, porque no era hombre de estridencias-, sencillamente, desapareció. Y, claro está, se enamoró de otra chica, lo que desbarató mi armadura y me borró la estúpida sonrisa, incluso, de la máscara. Cuando entendí que era él quien, definitivamente, me había abandonado, traté patéticamente de que volviéramos a vernos. Como cabía esperar, él no quiso y tuve que comerme solita aquel dolor que, por otra parte, tan concienzudamente me había buscado.
Pasé la mañana con su imagen palpitando locamente en mi cerebro. Me fui a clase pensando en él y pensando en él bajé de la guagua, decidiendo que quizás podría llamarlo, que podríamos tomar un último café y tratar de que las cosas quedaran bien entre nosotros, después de todo. Fue construyendo esta estrategia que pasé por la puerta de una grasienta hamburguesería en la que jamás se me hubiese ocurrido buscar a nadie conocido; pero miré para adentro y allí, sentado en la barra, leyendo el periódico, estaba él. Me detuve durante un instante, con el pecho bombeando a mil por hora, acordándome del sueño, de mi firme determinación de hacía tan sólo unos minutos, dándome perfecta cuenta de que aquella era la oportunidad que había estado invocando, inconscientemente, desde la noche anterior. Pero fui incapaz de entrar. Seguramente  farfullé alguna excusa del tipo “ya habrá otra ocasión mejor” y, aprovechando que él no me había visto, escapé. De nuevo. De mí.

Nunca hubo otra oportunidad mejor. Tal vez la culpa fue suya por no mirar a ambos lados al cruzar. O tal vez el conductor iba demasiado deprisa, jamás lo supe. Pero aquel coche lo levantó por los aires como a un muñeco un día que salía de la facultad y, al caer, recibió un golpe certero de consecuencias fatales para su preciosa cabecita. La siguiente vez que lo vi, luchaba en la cama de un hospital por despertarse del coma. Y despertó, aunque nunca del todo.

Hoy es veintiuno de octubre. Tampoco he podido olvidar esta fecha, que es el día en que empezamos a salir. Tal vez haya sido por eso que me he estado acordando de él últimamente, no sé. O tal vez sí existan las casualidades, después de todo, y yo debería apagar mi maquinita. Sé que carece de todo sentido pensar en lo que podría haber sido y no fue. También sé que, probablemente, si a él nunca le hubiese ocurrido nada malo, yo le habría ido olvidando poco a poco. O quizás hasta nos hubiéramos vuelto a encontrar, quién sabe, pero es lindo imaginarlo...
Resulto ser una desastrosa combinación de soñadora nihilista, que lo mismo que construye deliciosos castillos en el aire, los destroza de un plumazo con la certeza de que no hay más realidad que la presente. Mientras la nihilista está consiguiendo que pierda progresivamente mi fe en el amor, la soñadora disfruta inventando cosas, como que existe un lugar mejor para las grandes personas que tuvieron mala suerte, una especie de paraíso de las segundas oportunidades. Yo no soy una gran persona, aspirante apenas a buena gente y no sé si lo consigo, así que no reclamaré el mío. Pero, sinceramente, espero que Alejandro me encuentre en el suyo.



(Música: El último de la fila, "Andar hacia los pozos no quita la sed")

martes 20 de octubre de 2009

Magno (I)



Todavía no he visto “El curioso caso de Benjamin Button”. No sabría decir muy bien por qué, pero creo que tengo algún tipo de prejuicio con esa película, que la presupongo cursi y eso me echa para atrás (aunque luego me vuelva agua un viernes por la noche con “Once”, si es que no tengo remedio…). Sin embargo, hoy me he puesto a recordar mi historia con el primer chico con el que salí, digamos, en serio y he pensado que, seguramente, lo de vivir para detrás podría tener su gracia de vez en cuando; lo de nacer con cierta experiencia acumulada para no desaprovechar por inmadurez y falta de preparación las buenas oportunidades que a veces nos brinda la vida.

Tuve la dudosa suerte de tener un primer amor a la edad en la que se supone que esas cosas deben tenerse. Digo “dudosa” porque, cada vez que recuerdo al muchacho en cuestión, me pregunto por qué no pudimos conocernos unos cuantos años más tarde, pongamos hoy, pongamos ahora. Supongo que, si tomo en cuenta el posterior devenir de los acontecimientos, todo cobra un cierto sentido para explicar que fuera entonces y no después, pero eso son cosas mías y de mi manía de buscar una razón para todo, de no dejarle el más mínimo margen a la casualidad. Reflexionando sobre lo que ocurrió, lo menos que debería hacer es alegrarme por la fortuna que tuve al tropezarme con él cuando todavía era él; por haberlo conocido, por haberlo querido y que él me quisiera mientras todavía pudo querer como quería...

Aparte de tener el precioso nombre un afamado conquistador, Alejandro era un chico muy alto, muy delgado, muy guapo y muy listo. ¿Se puede pedir algo más? Aunque suene a que no quiero parecer una superficial, juro que me hubiera dado lo mismo que le faltase todo lo primero, porque de sobra lo habría compensado tan sólo con lo último, ya que tenía una cabecita llena de originales y bonitos muebles, aunque también de algunos oscuros pájaros; porque era imaginativo, simpático, enigmático, romántico, profundo y sensible. Y, encima, venía en un precioso envoltorio; insisto, ¿se podía pedir más?
Éramos unos pibes por aquel entonces; supongo que, con la pátina del tiempo derramándose sobre todas las cosas, resulta fácil caer en la idealización. Pero, si para algo me ha servido irme haciendo mayor, ha sido para aprender que la buena gente no cambia, en esencia; que uno estará hecho de por vida del mismo material con el que fue fabricado. El mal bicho lo será, aunque lo disimule, también por toda la eternidad (o, al menos, mientras viva).

Yo era la chica “llenita” del grupo (y estoy siendo benevolente, pero ya me fustigo demasiado, por lo general, como para meter más adentro el dedo en las palpitantes llagas de mi memoria). Quien ha sido gordo alguna vez sabe que -como dice la publicidad de una película en cartelera-, llevará un gordo dentro para siempre; el espíritu no adelgaza jamás y se sentirá perpetuamente una solidaria empatía hacia el potencial sufrimiento de quien convive con el sobrepeso, no por ninguna clase de lástima derivada de su aspecto o de sus dificultades, sino porque se conoce bien que hay gente que puede ser muy, pero que muy cabrona.
Se podrán imaginar que la combinación de kilos con adolescencia resulta bastante terrible y, a pesar de que yo era una chica querida y bien aceptada, de que tenía muchos y muy buenos amigos (y hasta algún admirador), me hicieron el daño y los escarnios suficientes como para que quedara considerablemente herida y llena de vergüenza, de complejos y de miedo a la gente, lo que trataba de compensar haciéndome la sobrada siempre que podía. Pero he aquí que, de entre todas las chicas delgadas y preciosas que formaban parte de la pandilla, él se fijó en mí. De entre todas, se fijó en mí.

Estuvimos juntos durante un maravilloso y prácticamente perfecto año y medio. Me gustaban sus labios carnosos, sus ojos casi negros, su voz en el auricular, sus dedos largos. Me gustaban las cosas que me leía y las que me escribía en servilletas de papel en las cafeterías. Y él estaba loco por mis huesos, o por mis carnes, lo mismo da. Todavía soy capaz de recordar el teléfono de casa de sus padres, porque nos quisimos en serio. Pero un día, sin que mediara enfriamiento gradual ni razón aparente por la que las cosas debieran estropearse, sencillamente, lo dejé. Me pasó lo que me ha venido sucediendo durante años, más o menos hasta que conocí a mi ex y me planteé seriamente resolver ese problema debido al cual, cuando se me acercaba alguien que merecía la pena con intenciones de quedarse, yo salía huyendo en la dirección contraria, para acabar lamentándome de mi terrible equivocación una vez que el elemento en cuestión ya había conocido a otra.
Fui una abandonadora nata hasta ésta, mi última relación, que también abandoné, aunque no sin antes haberlo intentado en varias ocasiones, haberlo sopesado mucho y muy gravemente. Esta vez se podría decir que desistí, más que escaparme. Porque supongo que escaparse es lo que se hace cuando se tiene tan poca autoestima como para concebir la posibilidad de merecerse algo bueno de verdad, pero yo no me estaba dando cuenta... Ya voy aprendiendo a merecerme las cosas. Lo que pasa es que el amor, lamentablemente, no sólo se deja; también se termina.

(Música: Niños mutantes, "Como yo te amo")

lunes 19 de octubre de 2009

Vaquera de mediodía


En este sueño conduzco por una carretera llena de curvas. Cuando trato de pisar el embrague para reducir y frenar, caigo en la cuenta de que llevo los pies enmarañados en una enorme sábana de color carne, que se enrolla al mismo tiempo en los pedales y me impide controlar el coche. Quiero mirar hacia abajo para tener una noción exacta del lío en el que andan metidas mis piernas, pero temo perder la calzada de vista durante demasiado tiempo. Me agobio. No recuerdo nada más.

Cuando se ha tenido miedo alguna vez a las cosas más absurdas (como hacer cola en el supermercado o volver dando un paseo del trabajo a casa); cuando ese miedo ha salido de un lugar difícilmente identificable, recóndito, irracional; por más que una se haya hurgado en las entrañas a conciencia, se haya desenmascarado frente al espejo y haya puesto en orden el desbarajuste de amarillentas fotos del álbum familiar, siempre queda el temor a que la locura regrese del mismo modo aparentemente inexplicable en que apareció. Sacar el carné de conducir a la primera supuso, para mí, la constatación de que había ganado una batalla muy dolorosa, no contra la flagrante depredación de las autoescuelas (que anda que no hacen su negocio cobrando hasta por el desgaste de la tapicería), sino contra mí misma, contra la persona rabiosa y llena de agujeros que fui, sin saberlo, durante demasiado tiempo.
Conducir es un acto mecánico, cansino y hasta puede que estresante para gran parte de los que nos vemos obligados a hacerlo diariamente; y, sin embargo, cada vez que soy consciente de que llevo entre las manos, bajo los pies, sometido a mi control, un artilugio que es una potencial máquina de matar y de matarse, me dan ganas de darme besos, palmaditas en la espalda, de llorar y ponerme medallas. No lo hago porque no es aconsejable soltar el volante en según qué situaciones. Lo digo en serio. Puede parecer una soberana estupidez, pero yo no puedo dejar de asombrarme, hasta de vanagloriarme, por haber conseguido alcanzar esa meta (alguna vez tan lejana para mí), metáfora del agarrar el timón de mi existencia, toda una declaración de independencia y de fe en mí misma.

Eso no quita para que me sigan dando cierta cosa las autopistas, porque todavía paladeo, por allá atrás, como un retrogusto, la conocida sensación de la agorafobia. El regreso de la oficina en hora punta supone, a menudo, tener que pasar un mal rato. Pero a veces suceden cosas que me hacen experimentar una efímera sensación de poderío. Como el día aquel en que circulaba por el segundo carril cuando, a mi derecha, vi aparecer un flamante deportivo plateado, de esos que las mujeres solemos relacionar con hombres llenos de complejos. Se incorporaba a la vía y, por fuerza, tenía que ir a menos velocidad que yo, así que no me resultó difícil adelantarlo. Fue, claro está, una ilusión pasajera. Pero, sentada en mi pequeño utilitario lleno de raspones, me sentí, por un instante, la reina del mambo.

(Música: Arlo Guthrie, "Every body is talking at me")

domingo 18 de octubre de 2009

Sentencias


La abuela de Queenpar tiene una frase sensacional que atesoro en mi cofrecito con la esperanza de toparme un día, por fin, con una buena razón para utilizarla. No creo que ella la inventara para usarla en los mismos términos en que yo me imagino pronunciándola. Tampoco conozco a la señora más que por fotos, pero sí a la nieta y sé que de casta le viene al galgo. Me basta con haber visto reproducida la calidad de esa piel tersa, nutrida, que ni los implacables aguijones del tiempo han sido capaces de agujerear; la firmeza de las manos, vigorosas y precisas a pesar de los años; la mirada tremenda cuyo gesto, entre severo y maternal, traspasa la cámara implacablemente sin necesidad de fruncir ningún ceño para reforzarse, para imaginar a los nietos corriendo atemorizados a esconderse después de haber hecho alguna trastada, al oír ese magnífico “ven aquí, que yo te digo cómo es”.

Insisto: confío en no tener que llegar a abuela para poder utilizarla, para empezar porque no veo nada claro (y, actualmente, poco factible) lo de los hijos; pero, sobre todo, porque fantaseo con dirigírsela con una intención, digamos, menos didáctica, a algún tipo, digamos, muy interesante (no sé si me estoy explicando). Se me ocurre, por ejemplo, el chico que ha llegado nuevo a la oficina (léase el bar del desayuno de los fines de semana) al que, por su aspecto y por esa forma en que arrrrrasssstrrrra sussssurrrrrrante las errrressss y las essssessss, hemos bautizado “el albano- kosovar”. Cansada como estoy de tantos sábados de meloso, fanfarrón e infructuoso acento argentino, esta adquisición ha resultado ser un verdadero estímulo para las hormonas de las que llegué a renegar hace apenas unos días, toda una "promesa del este", vamos. Me gustan los hombres con aspecto peligroso y confieso que, a la vista de sus brazos, a la luz de su sonrisa, me daría exactamente igual que en su tiempo libre se dedicara a desvalijar chalés, porque no veo la hora de acorralarlo en los lavabos y reproducir frente a él la sentencia fatal.

Definitivamente, la gente sabia es artífice de esas grandes frases susceptibles de ser empleadas en los momentos más trascendentes de la existencia, dejando una huella indeleble en el recuerdo (y una boca bien abierta en sus rostros) de los interlocutores. Me refiero a los “sabios de la vida” (a las abuelas y a los locos de los bancos de las plazas), no a los de las bibliotecas; aunque suene a topicazo, ellos son los verdaderos gurús, los auténticos filósofos. Como aquel portero de la Universidad Autónoma de México, en la que nuestro amigo J. trabajaba hasta hace algunos meses, que, al ser invitado por los muchachos a felicitar a uno que acababa de aprobar la tesis, respondió un incontestable “lo doctor no quita lo pendejo”.

Y, hablando de todo un poco, gran fiesta, por cierto, la pseudomexicana que J. y su chica celebraron, ahora que ya están de regreso, para inaugurar su flamante casa; gran invento el tequila con chiles macerados que, contra todo pronóstico, es capaz de despejar al más borracho del profundo aturdimiento de la curda y dejarlo como nuevo para volver a empezar; y gran concierto el que dio esa noche la inmensa Paquita la del Barrio, otra inigualable sentenciadora: quién como ella podría decir aquello de “¿me estás oyendo, inútil?”.

(Música: Paquita la del Barrio, "Rata de dos patas")

viernes 16 de octubre de 2009

Fe de erratas


Hace tiempo leí en la revista de El País un reportaje sobre la meditación. Parece ser que las personas humanas tenemos del orden de cuarenta mil a sesenta mil pensamientos al día. Bueno, estoy bastante de acuerdo con esa estimación. Porque hablamos de cuarenta mil a sesenta mil MILLONES de pensamientos, ¿verdaaaad? O, ¿acaso me pasa a mi sola? El “mono loco” llaman los budistas a nuestra cabecita pensante que discurre sin parar. Es como tener una radio encendida todo el día dentro de la cavidad craneal, afirmaba el periodista. Supongo que, por eso mismo, lo primero que hago cuando llego a casa, cuando me subo al coche, es poner a funcionar la de verdad, a ver si, así, mi emisora particular se está calladita durante un rato.
Que yo tengo tendencia a hundirme con relativa facilidad no es nada nuevo. Soy insegura y cavilo demasiado. No sé si una cosa estará directamente relacionada con la otra (aunque tendría sentido, en realidad) pero, sea como sea, la combinación de ambos factores resulta fatídica. A veces, basta un mínimo desencadenante, inocente, pasajero, para que la trituradora entre en acción y empiece a machacar sin piedad todo lo que, con convencimiento, escribí y rubriqué alguna vez en mis papeles; para que la bola de demoler arrase con todos mis muros, destrozando mis cuadros de nuevos y flamantes marcos dorados, colgaditos en paredes recién pintadas de lindos colores, y los entierre bajo los escombros de lo que fuera una construcción aparentemente sólida. Entonces, toda yo me convierto en una inmensa casa de muñecas con las habitaciones al descubierto (preciosa metáfora que le estoy robando a Sam Savage). Y siento vergüenza.

Ayer, sin ir más lejos, eso fue lo que me sucedió. El detonante pudo ser una frase que leí en el Diario de Ariel y que me hizo reflexionar (como casi siempre, no sé qué tiene ese muchacho, o sí lo sé, que me desbarata los esquemas con una facilidad apabullante); me hizo reflexionar –retomo- sobre si será una falta total y absoluta de consciencia, por mi parte, despellejarme de esta manera delante de los demás y sacar para afuera hasta lo que, normalmente, se barre, por pura compostura, debajo del felpudo de la entrada (seguirá estando ahí, cierto es, y todos lo sabremos, pero no hace falta irlo mostrando); me hizo preguntarme sobre qué derecho tendré yo a hablar de los demás (de las cosas que piensan, que sienten, de las que me dicen o las que les suceden cuando están conmigo); a nombrar a alguien, a alguien que no sea yo, en las confesiones que me permito el lujo de largar en esta pantalla. Me dio vergüenza. Vergüenza.
Busqué en el menú del blog la forma de hacer desaparecer para siempre lo que se me antojó un inmeso despropósito de principio a fin, y a punto estuve. Pero, como me conozco bien (afortunadamente, hace tiempo que aprendí lo importante que es darse cuenta de las cosas, aunque uno se vuelva a equivocar, pero darse cuenta), me olí que todo fuera producto de una tristeza pasajera, del mal día, de la mala semana dándole y dándole vueltas a las cosas (a las que son y a las que no son y a las que podrían ser…). Así que me limité a guardar una copia de seguridad, por si, llegado el caso, poseída por la rabia o presa de otro ataque repentino de pundonor, seleccionaba sin pensar demasiado la opción “suprimir” y luego me arrepentía. Es que, además de una insegura, debo ser una egocéntrica, lo que tampoco está nada mal como cóctel explosivo.

Hoy me siento un poco mejor (a la vista está, no sólo conservo el blog sino que lo estoy engrosando con algunas más de mis tonterías). Hace un momento hablaba con A. (quien, amablemente, pidió que me trajeran un cortado de la cafetería porque yo me había levantado de mi mesa) sobre los dudosos beneficios de seguir tomando leche cuando una ya es una mamífera adulta. “La ginecóloga me contó no sé qué cosa de las hormonas de las vacas, que se juntan con nuestras hormonas y entonces, imagínate…”; y, mientras ella iba tratando de convencerme de algo de lo que, por otra parte, estoy absolutamente segura, con alguna clase de explicación pseudocientífica que no logró desenmarañar del todo, yo sólo podía repetirme mentalmente, “hormonas, las muy zorras de las hormonas, ahí está, ellas son las responsables de todo”.

Supongo que eso me podrá servir. Seguiré vaciando mis cajones, sacudiendo mis alfombras a la vista de quien quiera mirar, dando fe de que toda yo puedo ser un inmenso error de cálculo, un diseño defectuoso, complicado y majadero porque la Madre Naturaleza, Dios Todopoderoso o LlámaloX se han empeñado en llenarme de nocivas y contradictorias sustancias glandulares hasta el cogote; y, encima, yo me obstino en añadir las de unas cornudas rumiantes de dudosa estabilidad mental. El caso es echarle siempre la culpa a otro. El mono loco, la vaca loca, qué más dará.

(Música: Kiko Veneno, "Reír y llorar")

miércoles 14 de octubre de 2009

Ámsterdam


Siempre querré volver a Ámsterdam. No sé qué me pasó con esa ciudad, que es bonita (pero no sé si tanto, en realidad) y animada y populosa y todo eso. Pero no sé si fue… Yo creo que hubo una suma de amor en el aire (eran los buenos tiempos) y amanecida bajo un cielo nuevo y distinto, tras una larga noche de aeropuertos; de canales con casas- barco y frío y mucha, mucha civilización. Pocos sitios me han parecido más cívicos y respetuosos, pocas personas tan tolerantes y discretas, como Ámsterdam y sus pobladores. Y no lo digo por los hongos alucinógenos en las vitrinas de las tiendas, el chocolate con chocolate en las mesas de los coffees ni los escaparates del Barrio Rojo. Todo eso forma parte, para mí, más del tópico que de la realidad. Me refiero a un señor acercándose a preguntarte en el tranvía si necesitas ayuda cuando te ve desplegar el mapa, a otro señor avisando a dos turistas despistados, que están parados, sin saberlo, ante la casa- museo de Rembrandt, de que ese día la visita es gratis (y a esos dos mismos turistas desconfiando, porque nadie en su país es tan amable sin pretender, por lo menos, que comas en su restaurante); me refiero a las cajeras del supermercado esforzándose por decir “gracias”; me refiero a los semáforos que cambian de color y a nadie pegando un bocinazo si tardas medio segundo en meter primera y acelerar; me refiero a bicicletas enredadas de yedra y flores de plástico apoderándose de las calzadas, con niños chicos y perros chuchos en improvisado sidecar; a vecinos invadiendo las escalinatas de acceso a las casas de ladrillo (copa de vino en una mano, cojín o alfombra en la otra) cuando un cálido rayo de sol se abre paso entre las sombras de la arboleda y alegra los corazones; me refiero a inmensas cristaleras sin cortinas, a alféizares decorados con libros, tulipanes en floreros, gatos de escayola o gatos vivos que lo parecen, atontados por el calorcito, y a tenues lámparas encendidas en vacías salas de estar en medio de la noche, invitando a que entren la luz o las miradas, según la hora que sea; me refiero a ninguna voz más alta que otra, a ninguna mirada inquisitiva, preguntona, a menos, claro está, que procedan de algún extranjero.

Uno de los sitios que más me impresionó fue el antiguo edificio de oficinas, remozado exteriormente, en cuyas habitaciones traseras hubo de ocultarse la pequeña Ana Frank con su familia tras la ocupación de los nazis. Lo he recordado estos días porque la fundación que lleva su nombre acaba de colgar en el tubo unas imágenes inéditas de la niña (apenas veinte segundos), en que se la ve asomada a una ventana el día de la boda de unos vecinos.
Recorriendo las estancias que les sirvieron de refugio (convenientemente tamizada la luz con persianas traslúcidas, para potenciar la sensación de ocultación y aislamiento, debidamente rematada la visita con una sala dedicada al exterminio y sus horrendas consecuencias), nada me sobrecogió tanto como ver las marquitas de lápiz que las hermanas Frank fueron haciendo en la pared a medida que crecían, el mapa de Europa señalado con alfileres por su padre según iban avanzando las fronteras del horror. No es demagogia, lo juro, ni discurso lleno de impostada corrección política, ni nada de eso. Es que me puse triste en serio y el vello se me erizó, mucho más que con las terribles imágenes de esqueletos con la piel pegada paseándose en pijama tras el alambre de espino. Tal vez porque llegué a tener (gracias a aquellos tímidos pero verídicos rastros de lo cotidiano) la sensación física de que hubo personas escondidas en aquel lugar; y de que hay lugares que, quizás, sí hayan aprendido a ser amables y solidarios a fuerza de escarmentar con su pasado, y me dio pena hacer la comparación (idealizada, lo sé, por la felicidad que siempre me produce viajar, porque, después de todo, también existe la bárbara ultraderecha holandesa). Pero lo cierto fue que percibí como algo posible (no sé si me explico), como algo rotunda y absolutamente real, aquello que sólo conocía por las páginas de un diario infantil y algunas películas.

Claro que, a pesar de las imágenes, siempre habrá alguien dispuesto a defender que Ana es una invención más del lobby pertinente. Como el comentarista que apuntó, bajo el vídeo de Youtube, que hace tiempo que se sabe que el Diario no existió, que es “otra manipulación pos- israelí puntual”. Lo mismo que el Holocausto, supongo. Y pensar que Nelson Mandela dijo del libro que su lectura le transmitió fuerzas para aguantar los días de cautiverio bajo el terrorífico Apartheid… Bueno, todos sabemos que eso no fue más que otro invento, en este caso de la familia Obama, que ya estaba pensando por aquellos días en colocar a un negro en el Despacho Oval.

(Música: Coldplay, "Amsterdam")

martes 13 de octubre de 2009

Ciclos


Desde que tuve uso de razón, en medio de la plaza donde se celebran las fiestas de mi ciudad recuerdo haber visto una fuente. No estuvo siempre allí pero, el que tuvo la idea de ponerla, anduvo bastante acertado. Si bien en este lugar no tenemos costumbres bárbaras del tipo lanzamiento de cabras desde campanarios o decapitación manual de patos colgados boca abajo (de ser así, yo me habría borrado hace tiempo del padrón y me habría nacionalizado polinesia, donde también tendrán costumbres bárbaras, oh, dios, acabaré volviéndome una apátrida sin remisión), en fechas de celebración cometemos algunos excesos, como casi todos los pueblos. En concreto, el día del Cristo se festeja con una larga y vistosa exhibición pirotécnica que culmina con la gran traca final. Hasta aquí, todo normal. Sólo que la traca no es lanzada desde lo alto de la montaña que hay frente al santuario, como el resto de los fuegos, sino que se coloca en larguísima hilera doble de imponentes y enormes petardos rodeando el recinto cuan grande es, sobre las cabezas desprotegidas de los orgullosos nativos. Así pues, si la cosa te pilla en medio del mogollón, nunca está de más que haya agua en las proximidades donde poder sofocar las incipientes llamas que prenden la falda o el abrigo, donde refrescar unos cabellos humeantes. Y no exagero: mi madre solía referirme como un año el palo de un volador atravesó de lado a lado el sombrero de mi abuelo (mientras lo llevaba puesto, se comprende). Aunque, de haber seguido su trayectoria tan sólo unos centímetros más abajo, dudo de que la pileta le hubiera servido de mucho al pobre viejo.

Como ya he dicho, la fuente no estuvo siempre allí. Antes, en medio de la plaza donde se celebran las fiestas de mi ciudad, lo que hubo fue un templete. Era lo que se llama una "arquitectura efímera", que albergaba la imagen del Cristo durante los fuegos (para evitar que un volador le atravesara el sombrero, supongo) y se quitaba después. Pues bien, un buen día, algún alcalde brillante y respetuoso con la tradición tuvo la feliz idea de quitar la fuente para recuperar el templete. Lo bueno de su ocurrencia fue que, en lugar de colocar un horrible “falso histórico” (una de esas malas imitaciones junto a la que los turistas se sacarían fotos como si se tratase de una verdadera antigüedad), se propuso hacer una “relectura moderna” del quiosco. Y lo malo fue que la reinterpretación contemporánea del antiguo cenador resultó ser un adefesio, compuesto por cuatro horrendos, inexplicables y gigantescos pilares de hierro oxidado que ni cubrían nada ni encerraban nada, iluminados por inmensos focos de cancha de fútbol, de campo de concentración, que lo convertían en la otra construcción humana perceptible desde el espacio exterior, junto con la Gran Muralla China. Aquel helipuerto para extraterrestres (que, a juzgar por sus dimensiones y el material del que estaba hecho, debió costarnos a los ciudadanos un ojo de los impuestos), trajo poco orgullo y bastante indignación al ánimo de mis convecinos, y permaneció en el lugar de la fuente (que era fea pero que, al menos, ya estaba amortizada y tenía alguna utilidad) durante unos cuantos y vergonzantes años.

Hace no mucho, los ferrugientos pilares se esfumaron en mitad de la noche. Oí entonces a algunos preguntarse dónde habrían ido a parar, pero a nadie soliviantarse seriamente por el despilfarro hecho (tan corta es la memoria de los bolsillos cuando el dinero parece no ser nuestro, tan horrendos y tan grandes eran los mojones). Poco tiempo después, empezaron a florecer en las empedradas calles del casco histórico unas bonitas y modernas señalizaciones turísticas: minimalistas estelas con letras troqueladas, iluminadas desde en interior, cuyo acertado diseño todo el mundo convino en admirar. ¿Adivinan de qué material están hechas? El hierro oxidado es lo que tiene, que combina de maravilla con la piedra volcánica de las viejas fachadas, con la losa verdosa de las calles peatonales. Y, hace unos días, leí en la prensa local que la plaza podría recuperar su fuente, pero no la antigua, sino la elegida previa convocatoria de un concurso de ideas (tiemblo sólo de pensar en las "relecturas modernas" que habrán de venir).

No es lo que están pensando, por favor. No es que la política municipal apeste a pequeños chanchullos cotidianos, a juegos de manos más o menos descarados, más o menos sutiles, que van sumando desfalcos con disparates, arruinándonos las arcas mientras nos distraen las nuevas luces navideñas (tan brillantes, tan hipnóticas), cambiándonos el panorama doméstico y las flores de los parterres de la noche a la mañana, según sea el primo del alcalde representante de una empresa de mobiliario urbano, o dueña de algún vivero, su mujer. La realidad es mucho menos siniestra, mucho más filosófica y científica, y está bien clara en los libros de texto de todas las escuelas, así que no nos empeñemos en pelear como gatos panza arriba contra el inevitable devenir humano y disfrutemos del helado sentados en nuestros estilosos bancos de diseño italiano.
Tesis- antítesis- síntesis, la vida es pura dialéctica, movimiento pendular, ciclos. Y las fuentes aparentemente permanentes, los templetes pretendidamente efímeros, el hierro forjado, las piedras, las ideas y el dinero público, lo mismo que la energía, ni se crean ni se destruyen: simplemente, se transforman.

(Música: Jorge Drexler, "Todo se transforma")

domingo 11 de octubre de 2009

Una vez


La primera razón para abrir el blog fue que empecé a inventarme cosas que a algunos les gustaba leer. Marta me insistía en ello desde hacía mucho, pero yo ponía como excusa que ya pasaba demasiadas horas delante del ordenador en el trabajo como para, además, tener que dedicarle cuidados a esta especie de hijo exigente que, en el fondo, soy yo misma. Entonces, J. me propuso que creáramos uno donde escribir cuentos a cuatro manos, cadáveres exquisitos, como alguna vez hicimos jugando a través del Messenger. Pero, poco a poco, mis trozos fueron encontrando cada vez más razones para convertirse en historias enteras, así que le dije a J. si no le importaba buscarse otro compañero y me largué a fundar la Víbora. Lo único que tenía más o menos claro al comienzo eran el nombre y las ganas de contar mi sueño de un par de noches atrás, como cuando, en mis meses de terapia en busca de una cura para las fobias (y de una reconciliación con el pasado), los escribía para P.
Las cosas que me fueron saliendo empezaron a ser de todo menos ficticias. A menudo siento un poco de pudor por esta falta total del mismo que despliego a la hora de desnudar mi interior delante de la gente. No es tanto por los amigos, que saben de qué cien pies cojeo y lo más que hacen es interrumpirme cuando voy a hablarles de algo que me ha pasado, con un paciente “ya te leí”; sino por los desconocidos (para mi contento, bastantes más de los que nunca hubiera imaginado) que, sorprendentemente, encuentran interesante lo que tengo que decir y me dejan comentarios empáticos y agradables.

La segunda razón fue la música. Primero había pensado en un myspace pero, los mismos amigos que me animaron con lo del blog, me dijeron que aquello era un poco rollo y que en un diario virtual tendría ocasión para mostrar ambas facetas en un solo sitio. Y, bueno, que me convencieron, aunque, al final, he acabado colgando la música de todo el mundo menos la mía. La excusa que me he inventado, en esta ocasión, es que A. está trabajando todavía en la maqueta y que, si bien nos vamos acercando al sonido que queríamos (algo moderno, pero no demasiado, más acústico que marciano, con más sabor a banda que a ordenador), aun no está listo para enseñarlo. Como subterfugio para no publicar los temas eso me podrá servir durante algún tiempo más, hasta que A. me haga entrega del cd y tengamos que descorchar alegres el champán y cortar la cinta roja. Pero, desde luego, no es válido para explicar por qué desde que volví de mis vacaciones en Cádiz no había vuelto a coger la guitarra; por qué, un año y pico y veintitantas canciones después, sólo he buscado actuaciones en dos lugares y mi idea de arreglarlas con algunos colegas músicos se ha quedado en vagas e imprecisas conversaciones de bar.

El viernes por la tarde escuché en alguna parte un trocito de una melodía que se me incrustó en el cerebro hasta que, ya de noche, logré averiguar dónde la había oído antes. Tuve que correr a alquilar “Once”, como poseída por una fuerza superior, porque necesitaba volver a verla. Protagonizada por músicos de verdad, llena de buenas y emocionantes canciones, medio social, medio romántica, la película habla, sin pretenciones ni dramatismo, de la lucha de la gente sencilla por buscarse la vida, de la necesidad de encontrar calor y compañía en medio de la soledad, del valor que es necesario tener para no guardar eterno luto por las ausencias e ir en busca de los propios sueños. Y todo con una simplicidad pasmosa, sin finales de cuento de hadas ni orquesta sinfónica. Uno de esos sueños que la película invita a perseguir es, precisamente, la música.
Cuando acabaron los créditos, me levanté del sofá absolutamente removida por los acordes, conmovida por la belleza de las melodías, por la sinceridad y el desgarro de las letras; y así, en pleno trance, agarré la guitarra y compuse una canción de cabo a rabo en quince minutos. En honor a su fuente de inspiración, la he titulado “Una vez”.

El sábado, mientras E. y yo pintábamos las paredes de colores, concentradas y en silencio, de pronto me preguntó, "¿cuándo vuelves a tocar?". Le conté toda esta historia.

No puedo dormir tranquila si no he encontrado a lo largo del día al menos una razón que justifique alguna de mis cuitas. Pensando en esta experiencia, extraigo la enseñanza de que se me tiene que quitar este complejo de triste que tengo, de que tengo que dejar de confundir la emoción con el dolor. Debería entender que la vergüenza que tan a menudo siento de mostrarme como soy no es en absoluto compatible con la forma en que, sin embargo, necesito buscar formas de enseñar lo que llevo por dentro. De no ser así, ¿qué sentido tiene este teclear en el que llevo sumida la última media hora?, ¿qué significado le doy al hecho de haber escrito tanta música en los últimos meses, si no tenía pensado hacer nada con ella después? He de aceptar que ésa es una parte de mí que está pidiendo a gritos encontrar proyección, destinatarios.
Sin que sirva de precedente (porque el consejo que estoy a punto de darme suele ser, teniendo en cuenta mis remolinos interiores, una pésima idea viniendo de mí misma), no me vendría mal escucharme con más atención, aunque sólo fuera de cuando en cuando. Y hacerme un poquito de caso, para variar, aunque sólo fuera por una vez.

jueves 8 de octubre de 2009

Cada oveja


Una de las cosas que más me costó, cuando empecé a trabajar en esta empresa, fue aprenderme de qué jefe era cada despacho y de qué cosa era jefe cada uno, porque aquí no utilizamos aburridos cartelitos con letras de molde:

Sr. PERICO PÉREZ
JEFE DE ALGO

no, no.

En esta empresa hemos optado por un moderno (a la par que desconcertante y sutil) sistema de identificación, fundamentado en los indiscutibles beneficios del feng shui. En lugar de los (paradójicamente) impersonales letreros identificativos en antipáticas puertas cerradas, se ha dispuesto que en el interior de cada oficina haya una bonita imagen de gran formato relacionada con la competencia directa de cada quien. Y, como en esta compañía nos dedicamos a la gestión del sector primario (¿¿??), todo está lleno de fotos de vacas, tomateras y tortugas marinas (mis favoritas).
La cuestión -se estarán preguntando- es cómo se hace si el cuadro, por grande que sea, cuelga DENTRO del habitáculo y NO EN EL EXTERIOR, para saber de qué director de qué departamento estamos hablando. Pues es muy sencillo: paredes de cristal. Una va por el pasillo y nunca recuerda bien quién ocupa cada lugar, porque somos tantos… Basta, entonces, con asomarse por la cristalera y mirar la foto; mirar la foto y mirar al que está sentado enfrente del ordenador, y ¡voilà!, dilema resuelto. “Ahhh, claaaro, éste era el sitio de la señora esa de pelo ensortijado, encargada del negociado de chocos y pejines”. Y, para evitar que nadie trate de escaquearse, se distraiga o se parapete y se eche una siesta, tenemos prohibido el uso de mobiliario alto, así como colgar fotos de los nenes o del perro en los muros transparentes, que empañen la diafanidad al conjunto. ¿Es o no es todo de un feng shui que tira para atrás?

Lo de los nombres propios, eso cada uno se lo tiene que estudiar, porque, insisto, los rótulos, en general, quedan muy poco orientales (podríamos ponerlos en chino, que quedaría oriental, sin duda, pero que no se entiende). Mi sistema, al principio, consistió en rebautizar a los jefes mentalmente con motes como “el hortera de las corbatas horteras”, “la antipática que muerde manzanas con aburrimiento” o “el guapo que nunca va a dejar a su mujer para fugarse conmigo”. Ahora, ya, los conozco a casi todos por el nombre, aunque como hay cinco mil Josés Marías, a muchos los conozco, sobre todo, por el apellido.

Volviendo al asunto de las fotos, para que se hagan una idea, en la oficina de la responsable de agricultura hay una imagen de fértiles bancales sembrados, y el responsable de ganadería tiene una de cabritas pastando. Las paredes de los del área de pesca lucen fotos de chalanas pintadas de blanco y azul, refulgentes bajo la luz del atardecer, y de límpidos fondos marinos donde nadan inquietantes morenas y gigantescos meros. Mi jefa, como es la jefa, tiene un poquito de cada cosa: una composición con molinos, dunas, riscos y palmeras (todo muy general y muy inconcreto, que no parezca que hay más pasta para una división que para las otras).

Hasta aquí, el organigrama impone una lógica aplastante: quesos para el de los quesos. Pero hay departamentos en los que la cosa podría no estar tan clara y, sin embargo, opino que el chino que hizo la selección atinó de pleno en la asignación de imágenes. Por ejemplo: para los que llevan los asuntos financieros hay fotos de populosos bancos de pescado azul y abigarrados cestos de papas negras. Teniendo en cuenta lo carísima que es esta variedad del tubérculo y lo difícil que se está poniendo la pesca del atún, se me antojan una perfecta metáfora de la crisis, que transmiten al personal un subliminal mensaje de ahorro y recorte presupuestario, a la par que, para el inocente visitante, son iconos de opulencia y sobreabundancia.
La jefa de servicios jurídicos tiene un cuadro con erizos de castañas, espinosos como demandas por despido improcedente; a las chicas de prevención de riesgos les ha tocado un balayo rebosante de judías (¿habrá cosa más peligrosa?), y en recursos humanos (departamento desde el que se envían las cestas de frutas para las recién paridas y los cheques para los recién casados, en el que se gestan las fiestas de navidad y demás tenderetes) cuelga una imagen de las vides de La Geria, rebosantes de uva con la que hacer rico vino para las celebraciones.

Hasta hoy, nunca me había fijado en las fotos que tengo en mi despacho: dos impresionantes picados de El Golfo, en la isla de El Hierro, y la Caldera de Taburiente, en La Palma; dos profundas, insondables y escarpadas depresiones que se generaron por el hundimiento de sendos edificios volcánicos. Vamos, dos enriscaderos, como gustamos de decir por aquí. Yo veo varias lecturas posibles:

a) El puesto de secretaria de dirección facilita la obtención de una visión global de la realidad de la empresa y su día a día.
b) El puesto de secretaria de dirección favorece un control absoluto de todo cuanto se cuece, como a vista de pájaro.
c) El puesto de secretaria de dirección conduce a la depresión, hunde a cualquiera e incita arrojarse al vacío.

La madre del feng shui.

(Música: 091, "La vida qué mala es")

miércoles 7 de octubre de 2009

Complejo de conejo

-Ay, Reina, siempre te estás marchando.

R. tiene razón. A falta de reloj de bolsillo (a falta de cualquier tipo de reloj), abro y cierro la tapa del móvil compulsivamente, cual moderno Conejo Blanco, y repito una y otra vez aquello de “llego tarde, llego tarde”. Podría parecer que llevo una vida de estrés y agitación, que mi agenda social es un sindiós. Pero la verdad es que no. Aparte de alguna semana que otra al mes en el trabajo, de algún disgusto ocasional, sólo cafés, paseos con perra, paseos con amigos, sobrinos, exposiciones, cines.
No es por eso. Es por los restos de culpa y por la inercia por lo que me cuesta disfrutar del momento. Todavía.

En este sueño estoy en una casa que debería ser la mía pero que es mucho mejor. Sobre un acantilado, junto al océano, en los ventanales abiertos se agitan cortinas color salmón al compás irregular de la brisa marina, el salitre y el rumor de olas. Yo no puedo gozar de ello porque tengo prisa. En el reloj que sí llevo veo que pasan cinco minutos de mi hora del Pilates y todavía no me he cambiado. Pero mis cosas están en la habitación contigua y la puerta que conduce hasta ella es un agujero muy pequeño a la altura del zócalo de la pared, como las ratoneras en los dibujos animados. Me pongo a cuatro patas para mirar al otro lado y compruebo, con desesperación, que todo cuanto necesito (todo cuanto creo necesitar) está allí. Es como si hubiera mordido el pastelito con la palabra "CÓMEME" escrita en letras de grosellas y me hubiese vuelto gigante; o, más bien, como si ese único acceso hubiera menguado repentinamente, porque mi ropa y mis tenis en la otra estancia sí son del tamaño del que deberían ser. Ante la sola idea de atravesar reptando el estrecho paso (como si eso fuera, en verdad, posible) y quedarme allí, atrapada, noto que me falta el aire, que me invade la claustrofobia. Mientras trato de meter la mano, de estirar el brazo para alcanzar lo que pueda, oigo una carcajada fresca que pocede de la sala, transportada en el embate vivificante del viento marino. Vuelvo la cabeza y, detrás de mí, las chicas juegan pícaramente a intercambiarse la lencería sin desvestirse. Si hubiera algo impúdico o perverso en su travesura, la ingenuidad, el desembarazo infantil con que se desenvuelven no me deja percibirlo. Lo pasan tan bien porque están haciendo algo que es ilógico, prohibido, porque se sienten como niñas, porque son cómplices. Pero yo no puedo acompañarlas. Llego tarde. Llego tarde.

Podría parecer la pesadilla de una vigoréxica obsesionada con el paso del tiempo, cuyas amigas son unas absolutas guarras (en cualquiera de las múltiples acepciones del término). Pero me temo que no sea el caso. Cuando recuerdo las palabras de R., identifico en esta fantasía de mi subconsciente el sentimiento de quien, durante mucho tiempo, se privó de disfrutar de cualquier placer que la vida pudiera brindarle, porque alguien a quien quería, a quien necesitaba, estaba sufriendo. No es que se pudiera hacer mucho; o es, más bien, que lo poco que se podía hacer era tan simple que no supo verlo. La cuestión es que empezó marchándose antes de hora de todos los sitios divertidos, diciendo que no a todas las propuestas apetecibles, a todas las fiestas y a todos los viajes, y acabó por encerrarse siempre en casa, por sentir culpa del sexo, de la risa. Simplemente, dejó de permitirse pasarlo bien, no se perdonaba tratar de ser feliz en aquellas circunstancias.

Los expertos en la materia tienen un nombre más serio para mi complejo de conejo; lo llaman “la depresión del cuidador”. Juro que me estoy esforzando por aprender a vivir en el País de las Maravillas.

(Música: Bill Withers, "Ain't no sunshine")

martes 6 de octubre de 2009

Soufflé de nada


El sábado, ojeando el periódico mientras desayunaba, me di de bruces con un anuncio que hizo que se me atragantasen el café y los churros de pura y dura indignación. El libro en cuestión se titula “La nueva cocina del bienestar emocional para niños”, y los editores del señor o la señora Koni Selinger (que me perdonen mis congéneres, pero yo voto porque es una mujer) publicitan el invento con la siguiente parrafada: “recetas para preparar deliciosos platos que ayudan a resolver los conflictos emocionales más comunes en la infancia”.
Esta mañana, mientras hacía lo propio en el bar de los camioneros poligoneros (otro gran nombre para una banda de rock sucio), me tropecé con un titular que rezaba: “Dieta mediterránea contra la depresión”, y el subsiguiente artículo explicando cómo un estudio de la Universidad de Navarra, realizado con más de diez mil voluntarios, ha concluido que dicho régimen alimenticio previene hasta en un cincuenta por ciento los casos del temido mal.
Así que era por eso, ¿ehhh? Así que era tan fácil…

No seré yo la que disctuta que la comida proporciona felicidad. Pocas cosas encuentro tan agradables, satisfactorias y hasta divertidas como disfrutar de ricos manjares en buena compañía. No seré yo quien desmitifique las propiedades curativas del chocolate, cuyos efectos ansiolíticos y antidepresivos más, muchísimas más de diez mil mujeres (sufridoras en carnes propias de las devastadoras consecuencias del síndrome premenstrual) podríamos refrendar, sin necesidad de que medien universidad ni estudio alguno. Ni seré, tampoco, la que niegue que una dieta saludable ahorra, con seguridad, muchos achaques; previene, con seguridad, muchos males. Pero, ¿comida contra los traumas infantiles?, ¿aceite de oliva contra la depresión?
Dios me libre de atreverme a opinar legítimamente sobre semejantes interrelaciones, a mí que soy una profana, desconocedora absoluta de cualquier entresijo científico, de las cavernosas profundidades de la ciencia médica. Pero no puedo evitar que la palabra “patraña” se dibuje sinuosa y ondulante (como cuando el blog exige la clave para dejar un comentario) en mi pantallita mental.
No me cabe la menor duda de que un niño es infinitamente más feliz con un plato de tarta de cumpleaños que de espinacas, ni de la total satisfacción que debieron experimentar las diez mil y pico afortunadas cobayas que se habrán pasado el estudio de la Universidad de Navarra engullendo como dioses de la antigua Grecia. Pero, de ahí a curar la falta de amor, la necesidad de atención, los complejos corporales (y, particularmente, los complejos corporales), la inseguridad, la rabia, la pérdida o el dolor profundo, con caramelos o tomates, según la edad que se tenga, no sé yo, no sé yo… A mí me parece que la fórmula "problema + comida" da como resultado bulimia.

Sonrío pensando en M. que, cuando supo lo que se le avecinaba, me advirtió de que, como a alguien se le ocurriera recomendarle zumo de remolacha con aloe para lo suyo, no respondía. Y también me río al acordarme de cierto fisioterapeuta zen al que un compañero de nuestra escuela de Lanzarote me mandó por un hombro que no me dejaba vivir; dado el tiempo que había transcurrido desde la lesión, se negó muy seriamente a cualquier manipulación y me recetó potaje de zanahorias biológicas con mojo verde (de cilantro de cultivos ecológicos, obvio) como todo tratamiento. Y eso en una isla donde las zanahorias no crecen ni echándoles hormonas radiactivas (no te quiero contar si es sólo con agua); donde la verdura, hasta congelada, se paga a precio de oro.
Me da la sensación de que hay mucho terapeuta freudiano al que se le terminó el chollo metiéndose a escritor de libros de cocina. Y mucho cocinero listo vendiendo (literalmente) humo de esto y espuma de lo otro, como secreto para el bienestar. Se deben haber dado cuenta de que, con tal de no parecer unos retrógrados, ignorantes y garrulos, o con tal de no arriesgarnos a ser unos infelices, estamos dispuestos a pagar lo que haga falta por un plato de aire frito, por un flan de paz interior. Siempre que sean biológicos, claro.

(Música: Kevin Johansen, "Guacamole")

lunes 5 de octubre de 2009

All that jazz

En jaque por esta suerte de gripe A que no termina de atacarme, a media mañana me he tenido que volver del trabajo en taxi, presa de convulsos escalofríos y un profundo mareo que me aconsejaban dejar el coche aparcado en la oficina. Ya en casa, sin fuerzas para nada más (ni siquiera para “Firmin”), me he puesto un pantalón de chándal y me he tirado en el sofá a ver cualquier cosa en la caja tonta. Y, cuando digo cualquier cosa, estoy siendo de lo más benevolente.
Si yo fuera capaz de asesinar a alguien escogería sin dudarlo a una tal Emma García, presentadora de ese esperpento llamado “Mujeres y hombres y viceversa”. No voy a invertir ni un segundo de mi tiempo, ni un gramo de mi ahora mismo escasa energía, en analizar su contenido; resumiré diciendo, simplemente, bazofia. Por suerte para mí (que miro poco la tele, pero que la miro casi todos los días, un rato mientras como, otro rato mientras ceno), debieron de cambiar esa cosa incalificable de hora y, como, por lo que se ve, ahora la echan mientras estoy trabajando, no corro el riesgo de tropezarme (a menos que sea, como hoy, por accidente) con la estúpida maliciosa que trata de camuflar la basura que encabeza argumentando que su loable porpósito final es guiar a jóvenes corazones solitarios al encuentro con el amor. Ahora mismo me vendría muy bien el “polo de soja con inhibidor de arcadas” que un Hugh Grant de dibujos animados saborea en el capítulo de "Los Simpsons" (quienes, para mi regocijo, habitan otro canal en el mismo horario).
Cuando era pequeña, si algo me daba miedo o me producía pesadillas, corría temblando a la cama de mamá y ella me acariciaba la espalda, y me decía que pensara en cosas bonitas. Decido, pues, seguir tan sabio consejo y combatir este irrefrenable instinto homicida rememorando el mejor momento del buen día que pasé ayer.

Le había pedido a mi ex algunas brochas y rodillos, porque este puente que viene quiero dedicarlo a poner la casa bonita. Con esa excusa, quedamos para comer en un agradable restaurante que, como su sugerente nombre indica (“La marea”), se asoma sobre el agua azul oscuro y la negra costa de Bajamar. La comida estaba rica; el café en el balcón de su apartamento, frente a la playa, y el baño de después en la piscina tampoco estuvieron mal. Pero, sin duda, lo mejor fue recorrer el trayecto en coche hasta que llegué a su casa.
En los cursos de arte que doy ocasionalmente, para explicar a los alumnos eso tan aparentemente complejo que es “la abstracción”, suelo decirles siempre lo mismo: si quieren conectar con esa forma de expresión deben tratar de abstraerse en la medida en que la pintura lo hace. Les aconsejo que no intenten leer los cuadros en clave figurativa o narrativa, como si representasen o contasen algo reconocible; sino que procuren identificar, al menos en el primer vistazo, solamente la esencia del lenguaje pictórico: luz, color, forma y movimiento. Siendo cualidades que forman parte de todas las cosas que nos rodean, que conocemos, tomadas en sí mismas, exentas de la materia a la que definen, nos permiten salir de la realidad inmediata y componer otra distinta. Eso es abstraer. Y ayer, mientras iba al encuentro de mi ex, me di cuenta de que con el jazz pasa lo mismo.

Aunque sea música construida a partir de elementos perfectamente reconocibles (sonidos, ritmos), la particular forma en que estos se combinan -en una escala y un tiempo distintos a los convencionales-, la convierte en una entidad independiente, lo que no implica, ni mucho menos, que sea desordenada o aleatoria, como tampoco lo es la pintura abstracta. Y, siendo como es la música el más inaprensible y etéreo de todos los lenguajes artísticos, esa emancipación respecto de la realidad inmediata puede multiplicarse por mil.
El jazz es una música perfecta para sumirse en ese estado de semiinconsciencia (o mejor, de automatismo) que permite evadirse en la medida justa en la que no se deja, sin embargo, de reaccionar ante las alertas. El jazz es ideal para conducir. No, desde luego, para la conducción presurosa, desconfiada (agresiva, si me apuro) de la autovía en hora punta. Para eso es mejor AC/DC o Chopin, según el momento. Pero conducir es, también, ese placer poco apreciado cuyas delicias, a menudo, se me olvidan. Creo que pocas cosas me resultaron tan gratas de vivir en la extraterrestre y mágica Lanzarote como transportarme cada mañana por carreteras sin tráfico, tornándose la rutina hipnótico trance cuando los volcanes o los islotes del Chinijo aparecían inquietantes en el retrovisor.

Ayer, pues, mientras bajaba por la preciosa carretera hacia la costa, jalonada de verdes viñedos y casas de teja, primero, luego de barrancos imponentes y escarpadas montañas (el mar todo el tiempo de fondo), fue necesario un cochecito circulando a cuarenta por hora delante de mí para obligarme a reducir y tomar consciencia del increíble regalo que era aquel momento: trompeta, piano, contrabajo y escobillas alternando sus latidos sincopados en la radio; imprescindible, certero piloto automático en una mitad de mi cabeza y nada en la otra, salvo pura combinación de notas descriptivas, sensaciones, matemáticos compases ajenos al mundo cotidiano, perfectos en su extrañeza, abstractos.

Gracias, Emma querida -a ti y a tu troupe de insustanciales-, porque, después de todo, es cierto que cumples con un noble cometido: hacerme valorar las cosas que verdaderamente merecen la pena.

(Música: John Coltrane, "Greensleeves")

domingo 4 de octubre de 2009

Chau, Negra


El sábado, después del desayuno, Queenpar y yo nos fuimos a comprar camisetas, que estaban a sólo tres euros en la tienda hippy de la Avenida. Y, a pesar de lo baratas, y de lo algeres y coloridas, lo cierto es que ella se llevó una casi más por compromiso con el dueño, que nos fue acompañando de percha en percha repitiendo aquello de "éstas y éstas cuestan sólo tres euros". Y yo no me compré ninguna. Estábamos desganadas.

No sé si era radio o disco; tampoco sé si casualidad u homenaje, pero sonaba "Gracias a la vida". Queenpar me miró y me dijo, extrañada, "pero ésta es Pasión Vega". Porque, claro, esa canción es tuya, Negra. Quiero decir que Pasión Vega es mucha cantante, pero "Gracias a la vida" es la canción de "La Negra Sosa". Entonces Queenpar preguntó, así, como al aire, "y cómo estará Mercedes Sosa". Y, al ver mi cara de sorpresa, me contó que estabas muy, muy malita. Pero, como te has pasado la vida mala y cantando, y yo, siempre que te vi en un escenario, te vi mala y cantando, con ese chorro de voz y ese sentimiento, le dije, "pues nada, mala y cantando, como siempre". Sólo que, esta vez, no ha sido como siempre, porque hoy por la mañana escuché que, ahora sí, te habías muerto. Y bueno, lo primero, lo primero, me puse triste, bastante triste. Pero mira, luego pensé, "es La Negra, La Negra Sosa, qué coño" (con perdón, pero así lo pensé). "Y, a esta hora del día, ya estará otra vez cantando. Muerta, sí, y qué. Muerta y cantando".

(Música: Mercedes Sosa, "Zamba para no morir")

viernes 2 de octubre de 2009

Concatenaciones (y II)

A las diez y media tenía listo el texto para la presentación de la jefa y lo enviaba para que me dieran el visto bueno. Desde las siete estaba sentada delante del ordenador, con los ojos como chernes. Como chernes secos, eso sí. Jareas de cherne (un buen nombre para un grupo, ahora que lo veo así, escrito). A la una llegaba la respuesta y el texto no estaba tan mal. No me lo podía creer. La asesora de la jefa en cuestiones de marketing y publicidad es una especie de Pocahontas en menudito, con el cabello negro hasta el culo, y la sonrisa juguetona y pícara de una niña pequeña, cuando está de buenas; gran amante de los perros, como una servidora. Pero peor que Enrique VIII cuando se trata de hacer comentarios y corregir cosas: no deja títere con cabeza. Me sentí útil y hasta un poco lista, después de todo. Y pasé la presentación para que se encargaran de ponerla bonita, con sus fotos de cabras y quesos.

Sin noticias de M. Es pronto, es pronto.

A la una y media, revolución en la empresa, “…pues alguien tiene que ir a Las Palmas en busca de esta firma, no podemos esperar a mañana”. “Cuando dices ‘alguien tiene’, ¿quieres decir ‘alguien TIENES que ir a Las Palmas’?”. Pues sí, eso mismo quería decir. Billete para las cinco, regreso para las ocho. Son casi las cuatro y la presentación no está terminada. “No podemos enviársela por correo, pesa demasiado. Vas a tener que esperar para llevársela en un pen”. Hoy tampoco tocará comer, por lo que parece.

Mensaje para Queenpar mientras espero, desesperando: “¿se sabe algo de M.?”. “Negativo”.

Sin tiempo para pasar por casa. Pero yo no vuelo sin mis pastillas. Tengo que llevarlas en el bolso, por lo menos. Son como el amuleto para el supersticioso o el crucifijo para el creyente. Soy una ex fóbica y (quien lo ha sido, lo sabe) eso es casi lo mismo que decir una ex alcohólica o una ex drogadicta: como te arriesgues a probarlo otra vez, la has cagado. Corriendo al aeropuerto (sin almorzar, pero con drogas), para llegar a la misma ciudad donde M. debe haber salido ya de su operación y no poder verla.

No hay noticias, nadie sabe nada.

La jefa está agotada pero contenta. Las cosas están saliendo bien, ningún queso derretido (al menos, ninguno que no debiera estarlo). Tomamos un café mientras observo con compasión sus ojeras, profundas como surcos para plantar papas (ya que estamos con las comparaciones agrícolas y pesqueras, tan de mi gremio accidental). Ella tiene que volver rápidamente a lo suyo. Yo tengo que aguardar al taxista que quedó en recogerme justo enfrente de “La Regenta”. Hay una nueva exposición de Alexis W y no puedo entrar a visitarla porque el avión de vuelta, lleno de ejecutivos agresivos, no esperará por ninguna aspirante a amante del arte disfrazada de secretaria.

Mensaje para M., ya no puedo más. Amigas convalecientes, viajes que no disfrutaré, exposiciones que nunca veré… Qué clase de día de torturas es éste.

Entonces, en el taxi, una llamada inesperada del redactor-jefe-fantasma de mi revista de ocio. Mi crítica de este mes le debe haber parecido un asco y va a no-despedirme porque no-me-paga. “Reina, mira, que he hablado con Alexis W, que ha leído lo que escribiste sobre su exposición en el TEA y le ha encantado y, bueno, para que sepas que le he dado tu número porque te quiere telefonear”.

M. no ha contestado. Pero Alexis W me quiere llamar porque le ha gustado lo que digo sobre su obra. Estoy medio contenta, medio asustada. La cosa mejora un poco.

Aterrizaje. Busco el coche en el parquin y, milagrosamente, lo encuentro a la primera. A las nueve estoy en casa. Paseo con Juno (que lleva todo el día sola, metida en casa, la pobrecita).

Llamada a Queenpar, “¿sabemos algo?”, “no, y mira que no habérsenos ocurrido pedirle el número de su chico, para poder preguntar…”. Ella lo dice mejor que yo. Esto es aguantar la respiración debajo del agua, una hora tras otra.

De pronto, mensaje de número desconocido. Será Alexis W... No. ¡No!, ¡mucho mejor!, ¡es el chico de M.! “Todo ha salido bien, un poco más largo de lo esperado porque hasta para eso es marciana, la niña, pero los ganglios de alrededor no están afectados y…”.

“Todo ha salido bien” y “ganglios no afectados”. “Bien” y “no afectados”. No puedo retener nada más, no puedo pensar en otra cosa. Llamo corriendo a Queenpar, "¡¿leíste el mensaje?!". A ella le ha entrado hasta hambre. Yo me desinflo, por fin. Por fin lloro.

Concatenaciones (I)


El día se prometía raro ya desde la madrugada. Durmiendo un sueño inquieto por tantas cosas perturbadoras (la operación de M., la presentación para la ponencia de la jefa en el seminario, que no sabía si iba a ser capaz de preparar -con esta cabeza mía metida en un infierno de batas verdes, cuajo y lactosa-, los mosquitos, que me rondan cada noche de este no-otoño –por qué demonios les gustará tanto mi sangre a esos pequeños vampiros camuflados, por qué me harán reacción sus picaduras como si me hubiesen inyectado una dosis de Ébola-), de pronto, me devolvió de la semiinconsciencia la magnética, triste, dolorosa y bellísima melodía de “Eye in the sky”, versión Noa. Me quedé como una zombi, escuchando hasta que acabó.

[De mis tiempos de locura, fobias e insomnio, conservo la mala costumbre de dormir con auriculares. Las horas en vela, con la losa de dos mil toneladas oprimiendo el pecho, se hacían más llevaderas escuchando la voz de algún otro ser humano hablando de cosas sin importancia a las tres de la mañana (“llámenos y cuéntenos qué es lo más absurdo que se ha puesto usted en su vida”). Cualquier día me despertaré con uno de los cascos incrustado en el oído interno, estrangulada por el cable de mi pequeño transistor. En realidad, es un hábito que perdura de los tiempos en que compartía la cama porque, salvo a la perra, a nadie podría molestarle ahora el ruido, pero la rutina defiende inercias que la razón no entiende…]

Siempre pensé -por aquello de “soy el ojo en el cielo, mirando hacia ti, puedo leer tu mente”-, que esa canción hablaba del amor después de la muerte; pero, leyendo la letra (traducida, no me las voy a dar yo aquí de…), veo que, de lo que habla, más bien, es de la muerte del amor. Fue parte de la banda sonora de estas vacaciones en Cádiz y, desde que volví de allá, Marta y yo apenas nos hemos comunicado un par de veces por correo electrónico. El día antes, me había enviado uno al que no respondí, así que interpreté que aquel momento sublime en medio de la oscuridad había sido un inequívoco recordatorio de que tenía que contestarle. Y, sin embargo, la presencia fantasmal, la idea de la muerte, no me abandonó cuando me fui a trabajar y aun después de haberle escrito.

Sin tiempo para ver la prensa en el despacho, ojeaba los periódicos en el rápido desayuno cuando tropecé con el rostro ajado de tiempo y de experiencias, con sus ojos mansos, sabios, como los de un viejo bardino, y me sacudió el titular: “Rafael Arozarena ha muerto”.
No diré que es porque haya sido una gran seguidora de su obra. Aparte de “Mararía”, si leí alguna otra cosa suya en el pasado, no lo recuerdo. Solía decir de ese libro que ni siquiera se reconocía en él, que sólo eran cosas que le habían contado, así que, aunque fue el que lo catapultó a una fama más bien territorial y discreta, no era el trabajo que más le enorgullecía. No fue por el escritor, pues, sino por el hombre -al que tampoco conocí más que por unas breves horas-, por lo que me puse triste de verdad.

Cuando yo era pequeña, Rafael vino al colegio a hablarnos de “Mararía”. Gracias a la pasión de mi padre por la literatura, teníamos en casa un ejemplar casi de cualquier libro imaginable, así que llevé el mío para que me lo firmase. “Para Elisa, aunque yo no sea Beethoven”, fue lo que me escribió. Sentí una rotunda punzada de íntima conexión con aquel hombre de ojos transparentes, porque mi padre había elegido ese nombre para mí, precisamente, porque su otro gran amor era la música. Y yo, que tuve más biblioteca que padre, deseé que Rafael me adoptase inmediatamente; pero, como debía ser más o menos consciente de la complejidad de los trámites necesarios, me aferré al libro firmado para aplacar mi insuficiencia filial.
No sé a quién carajo, ni en qué momento de ofuscación, se me ocurrió prestarle esa joya. No entiendo cómo pude no pensar que el mundo está lleno de desaprensivos que no devuelven los libros dedicados a sus legítimos propietarios. Hay algunos que se dejan a fondo perdido, es cierto, pero no “Mararía” con la rúbrica de su autor debajo de una anotación tan certera. Nunca me perdonaré no recordar a quién se lo di.

Me pasé la mañana con la pena por Rafael y los nervios por M., tarareando por los pasillos de la oficina “I am the eye in the sky, looking at you- u- uuuu, I can read your mind”, los compañeros mirándome como si estuviera loca –como casi siempre, porque canto mucho en el trabajo-. Todos salvo Rosi, la chica de la recepción que, cuando paso canturreando algo en dirección al baño me dice, invariablemente: “esa canción me la tienes que enseñar” o “me tienes que decir qué canción es esa, para el iPod”.
Pero Rosi está de vacaciones. Me sentí realmente sola (sin noticias de los vivos, con señales de los muertos) en mi lánguido paseo de camino a los aseos.

(Música: Noa, "Eye in the sky", de Alan Parsons Project)