Yo pensaba que estas cosas no pasaban sino en las pelis. Y no entiendo por qué lo pensaba, la verdad, porque viendo cómo funcionan la justicia y la solidaridad, no sé de qué me sorprendo. Soy una ilusa, definitivamente.
Resulta que es cierto que esos marineros que tienden su ropa al sol en barcos destartalados y herrumbrientos -tan típicos del Puerto de la Luz como las góndolas lo son de los pontones de Venecia-, han sido, efectivamente, abandonados a su suerte por sus armadores. Se pasan meses enteros en este muelle o en aquel, en países que no son el suyo, cuyo idioma, seguramente, desconocen, sin familia, sin amigos y sin dinero, porque no cobran sus salarios ni reciben los fondos para el combustible o los víveres; y sin víveres, por lo tanto, alimentados gracias a la caridad de las asociaciones benéficas y con la amenaza de que les embarguen el navío (encima), por no poder pagar las deudas que arrastra el malnacido que los dejó desamparados. Condenados a quedarse y a esperar no se sabe muy bien qué.
Hay tantas formas posibles y aparentemente sencillas de convertirse en un apátrida, en un emigrante ilegal, en un homeless, en un exiliado, que da miedo. Ni siquiera es necesario tener ideas políticas, ni haber nacido en el Tibet, ni tan sólo pasar hambre. Basta con que uno se levante a trabajar un lunes por la mañana para que el viernes se sorprenda preguntando cómo hacer para regresar a su casa, porque no firmó el contrato, porque se fio de alguien. Basta con llevar barba y llamarse Sadam, y encontrarse el día "D" en la estación de metro menos adecuada, para acabar vestido de naranja, con capucha negra y escuchando a AC/DC, día y noche, a todo meter. Basta con no haber sellado bien un papel para terminar aburrido y solo, contando los días en la zona muerta de un aeropuerto internacional. Basta con tener un mal día en la oficina para arrastrar, un tiempo después, el carro del supermercado lleno de cartones y para ir al cajero, no a sacar pasta, sino a pasar la noche. Cualquiera de esas cosas basta para convertirse en la bola candente que nadie quiere sostener demasiado tiempo entre las manos, para ser la molestia de todos, el problema de nadie.
Y luego vendrán fanáticos directores de periódico a tratar de convencerme de que odio a los de la isla vecina, a los de la península de enfrente, de que mi sitio es el mejor del mundo y de que todos los demás son una mierda; recibiré mensajes en el Facebook incitándome a reclamar la estrella de más que merezco en mi bandera, un bucio y un taparrabos; repitiendo absurdas arengas de loro aleccionado para que luche por lo mío, que es mío y de nadie más, expulsando rabia, ignorancia y espumarajos por la boca.
Ay, qué harta estoy de las fronteras. Especialmente de las mentales.
(Música: Jorge Drexler, "Frontera")























