miércoles 30 de septiembre de 2009

Guaridas

El viernes por la mañana le mandé un mensaje a mi ex y ayer todavía no me había contestado. Por la tarde me llamó y me dio algunas explicaciones que no eran necesarias, en realidad. Estaba todo bien, no pasó nada. Si esto me hubiera sucedido unos cuantos meses atrás, me habría sentido el ser más insignificante sobre la faz del planeta, sola y abandonada como un abuelo en una gasolinera. Habría acabado llamándolo yo, con seguridad, para cerciorarme de que alguna causa de fuerza mayor (un secuestro exprés, un ataque repentino de amnesia o el extravío del móvil) le impidió dar señales. Pero esta vez no ha sido así. Si en algún momento, a lo largo del fin de semana, llegué a pensar que no me respondía porque estaba durmiendo con “X” o se había despertado con “Y”, seguramente me alegré por él, porque creo que explorar nuevos territorios es lo que ambos estamos necesitando.

No me apetece comenzar nada, no todavía. Porque es muy pronto (qué supone un año medio después de casi diez de amor y convivencia) y no me veo, aún, haciendo hueco a los calzoncillos en mi gaveta de la ropa interior, preguntando por enésima vez en qué consiste el fuera de juego; porque me debo un poco de soledad -de aprender a estar yo sola, quiero decir-, que es una conquista tan compleja y gratificante como pueda serlo el construir una vida conjunta; porque me apetece pendonear, también es verdad, aunque no me salga mucho; y porque, con esta inevitable sensación de fracaso que deja el que termine algo que tenía todas las papeletas para durar eternamente, me da una pereza espantosa ponerme a colocar ladrillos, a amasar cemento, nuevamente.
Pero, si hay una cosa (sí, hay una cosa) que echo de menos de tener pareja, es la proximidad de la anatomía masculina. De un cuerpo, un cuerpo de tío. Y nada más. Y no lo digo tanto (o sólo) por la cama; el cuerpo masculino (para quien los prefiera, claro está), cuando reúne los ingredientes necesarios para que cada quien lo encuentre atractivo, deseable, tiene (además de eso) algo de guarida, de refugio, de osera donde esconderse hasta que pase el frío invierno. Qué rico es, qué seguro, sentir unos brazos más fuertes que los propios, unas manos más grandes, abrazar la cintura desde atrás, y acoplar la curvatura de la espalda a un vientre más firme y más tibio, y sentir un aliento más espeso en la nuca, y besar unos labios que, por el rededor, raspen apenitas, como con barba de unas pocas horas. Contacto, puro y duro. Piel y calor. Ahora mismo, ni siquiera amor. Ahora mismo, ni siquiera sexo. Aunque, bien mirado, tal vez un polvazo carnívoro, voraz, de esos que acaban con gritos, derramándose como cera caliente sobre el colchón, me dejara lo suficientemente vacía durante un rato como para no pensar en que echo en falta un cuerpo, otro.

Ari dice que “si en todo momento fuéramos conscientes de lo que es realmente un problema grave, no gastaríamos la vida sufriendo por gilipolleces sin sentido". Ari tiene tantísima razón… Ojalá, en este momento, las preocupaciones de algunas de las personas a las que más quiero fueran una simple cuestión de ausencia de musculatura y vellos ajenos...
En realidad, lo que yo había venido a decir es que estoy pensando en ti, M. querida, porque, el otro día, con el renacer de tu olfato al universo de los aromas masculinos, conseguiste que se me abriera el apetito. Pero, si te digo la verdad, el único cuerpo que en este momento me interesa es el tuyo. Que esté bien. Que esté limpito.

Calla, calla, que ya sé que tienes novio.

(Música: Dinah Washington, "Mad about the boy")

martes 29 de septiembre de 2009

Sagitario. Martes, 29 de septiembre de 2009

Salud: consuma más productos dietéticos y biológicos.

Oráculo psicópata... Bueno, vale, puede que los bocadillos y los bombones no sean muy dietéticos, que digamos. Pero, ¿y el aire?, ¿qué me dices del aire?, ¿conoces algo más biológico que eso?, ¿eh?, ¡¿eh?!
So listo.


(Música: Martirio, "El huevo con papas")

Las mil calorías (Martirio)


Yo empiezo el día con las mil calorías,
y a eso de media mañana, me entra
una flojera, D. Manuel,
que me tengo que sentar.
Y me voy a la nevera y qué apuro,
lo que haya me lo como, seguro
y me dan unos temblores
y me dan unos calores, D. Manuel
y me tengo que acostar.
Y yo quisiera, como lo pienso lo digo,
te lo juro, lo que yo quisiera
es volverme invisible, D. Manuel
y que nadie me viera.

Paseando por la calle el otro día
me encontré con una amiga mía.
Y estaba, de verdad,
que es que no me lo creía:
se había quedado encanijá.
Yo no sé cómo puede, te lo juro,
ni lo sé ni lo quise preguntar,
¿cómo se puede vivir, D. Manuel
sin comé de ná?
Suerte que tiene, como lo pienso lo digo,
te lo juro, hay que ver qué suerte tiene,
porque el aire a mí me engorda, D. Manuel
y el vino no me conviene...

Me dicen la gordi,
¡y a mí que no me digan
total, yo por arriba no,
yo lo que tengo es barriga.
Y eso se pierde en un rato,
que yo no estoy como otras, D. Manuel
¡que se les caen las carnes por los zapatos!
Porque yo nunca fui,
como lo pienso lo digo, te lo juro,
un carro-carne
¡mi hermana si que era gorda, D. Manuel,
mi hermana Carmen!

Y no paso hambre, yo voy a D. Manuel.
estoy contenta con él
porque me trata mu bien,
me deja comé y no paso hambre.
Tiene paciencia conmigo,
él me pone unas ampollas, D. Manuel,
muchas gracias, D. Manuel,
me ha convencío.
Y yo sigo con el plan,
lo malo es que, además de las pastillas,
dice que tengo que andar.

Quizás


Quizás fue porque mis sobrinos se marcharon el domingo llevándose con ellos la poca energía de la que consigo hacer acopio durante el meteórico fin de semana. O, tal vez, por que ayer comenzó el segundo y definitivo asalto de once horas de trabajo diario ininterrumpido, de la dieta de bocadillos y bombones (que me trajo un amable desconocido tras haberse pasado dos meses dando la tabarra para conseguir quince minutos de audiencia con la jefa y entradas para la cata mundial de quesos); en el peor de los casos, de la dieta del aire. Puede que fuera por la laringitis, la tos, la sensación de que iba a morir asfixiada sobre el teclado del ordenador en cualquier momento. Pero el caso es que, ayer lunes, llegué a casa deseando con toda mi alma que alguien me desenmascare de una maldita vez y me echen a la calle.

No tengo los arrestos suficientes como para ser yo la que tome esa determinación porque este puesto, si bien no me hace feliz, tampoco me molesta en exceso y me proporciona una estabilidad hasta ahora desconocida para mí. Tratando de justificar mi falta de iniciativa, me he inventado una especie de justicia poética según la cual me he ganado, después de tanta penuria, vivir sin miedo al hambre ni a los embargos, harta como estoy de trabajos preciosos y edificantes pagados con pura y dura precariedad.

Luego está lo de mi exacerbado sentido de la responsabilidad y este cochino sentimiento de culpa que constituye lo peor de mi herencia genética, y que me impide dejar en la estacada a mi jefa antes de que acabe la legislatura. No quiero ni imaginarme la cara de chasco que pondría si un día le dijera que abandono el barco en plena singladura, no porque yo crea que ella cree que soy la persona adecuada para este puesto; sino porque -calada como me tiene- sé que me quiere (porque me quiere) justamente por las cosas que tendría que ser, pero no soy, dentro de estas cuatro paredes. Y yo la quiero a ella (porque la quiero) precisamente por las muchas cosas que es dentro de ellas y que no tendría por qué. La mayoría de la gente, en un puesto similar, (su antecesor, pongamos por caso) se limitaría a firmar los papeles y a delegar. Pero, por alguna misteriosa razón, ella cree en el compromiso y en la voluntad, y se está dejando la piel, la salud y las horas de estar en casa jugando con su niño por hacer un esfuerzo que nunca nadie le reconocerá lo suficiente. Supongo que, cuando nos miramos, cada una detecta en la otra (cada una a su manera) a una soñadora, a una idealista, comiéndose su respectivo marrón.

El caso es que, para no sentir que me he resignado del todo, me suscribí a uno de esos buscadores de empleo por internet, en los que uno rellena los campos básicos de un currículum tipo y la máquina los baraja con información virtual, que circula por no se sabe muy bien dónde, para hacer el resto. No digo yo que, al otro lado de este sistema, tendría que haber una secretaria eficiente, concienzuda y pulcra (vamos, que si se llamase Cristo yo sería el “anti”), que sopesase ordenadamente las posibilidades y contrastase objetivamente los datos, para ofrecer un puesto a la medida de cada uno a los ilusos que nos apuntamos a estas cosas y conservamos intacta la fe. Y es verdad que, como palabras clave para la recepción de ofertas, yo señalé "arte", "educación" y "cultura", que abarcan terrenos bien amplios. Pero, “profesora de baile flamenco” y “animadora- maga de juegos infantiles” me parece demasiado ampliar.
El remate del disparate se produce en momentos como, por ejemplo, cuando la jefa me reclama en su despacho y yo entro diligentemente, y ella me mira muy seria a los ojos y me pregunta: “¿qué tiempo hace hoy en Madrid?”. ¿Llevaré una estación meteorológica colgando de cada oreja y yo pensando “qué modernos mis pendientes”? ¿Tendré cara de saber leer los posos del café, de interpretar esotérica y meteorológicamente el dibujo que componen los post- it reburujados en la papelera?

A lo mejor todo es una señal de que nunca resolveré esta crisis de identidad, de que mi destino será seguir dando tumbos sin mucho tino, de aquí para allá, agarrándome a trabajos alimenticios -cuando los haya- y manteniendo, a base de colaboraciones no lucrativas, la esperanza de que soy la persona que una vez me propuse ser. Pero, mira, igual es porque algo hay de cierto en lo de la soñadora, la idealista, que hoy me da la gana de pensar que, cuando la gente me mira, ve a en mí a una mujer de infinitas e insospechadas posibilidades. Que puedo ser cualquier cosa imaginable. Cualquiera que me proponga.

(Música: Kevin Johansen, "Timing")

domingo 27 de septiembre de 2009

El hombre de las estrellas


Resulta que él se había venido a estudiar aquí -porque, obviamente, era de otro sitio, pero parece que aquí las estrellas se estudian divinamente-. Y resulta que teníamos muchos conocidos en común y, en particular, a uno de mis mejores amigos. Así que seguro que fuimos a las mismas fiestas, que nos sentamos cerca en los mismos cines y bailamos al lado en los mismos conciertos. Pero, en todo ese tiempo, no recordábamos habernos visto, ni nos presentamos ni llegamos a cruzar una palabra. Luego le dieron una beca y se fue bastante lejos. Y, casualmente, yo acabé emigrando a su ciudad (y no es que el arte se enseñara mejor allá que aquí, pero lo de las tapas fue una razón determinante).

Mi buen amigo fue a visitarme unos días. Volvíamos de pasear por las callejuelas del mercado árabe cuando me comentó que tenía que llamar a un colega suyo, que ya tenía que haber regresado de Centroamérica. Y, mientras me lo contaba, cruzamos la calle y allí estaba él. No sólo había vuelto hacía poco y acababa de instalarse en la ciudad (en realidad, era de un pueblo cercano), sino que lo había hecho en un piso justo enfrente del mío. Esa vez sí que nos presentamos y, puede parecer una cursilada pero, cuando nos miramos a los ojos, tuve la certeza de que algo iba a suceder en los meses venideros. En el tiempo que había pasado fuera, él había terminado una relación de muchos años y volvía a estar, digamos, receptivo. Por mi parte, yo acababa de aterrizar en un lugar nuevo, estaba sola, necesitaba gente y buenas razones para el arraigo. Sencillamente, era el momento perfecto para que las cosas se dieran. Y estoy convencida de que, por eso, se dieron.
Insisto en que me resulta ingenuo creer en lo de la predestinación y soy bastante escéptica al respecto. Por más que esté segura de que algo sucedió la primera vez que nos vimos, sé que eso es sólo el punto de vista de quien estuvo muy enamorada. Pero, para esta historia en concreto, tengo pruebas fehacientes, señor fiscal (aunque un pelín esotéricas, me temo).

Hablamos de unos doce años atrás. El correo electrónico y el móvil eran, todavía, modernidades reservadas a unos pocos privilegiados; inventos de Satanás que nos conducirían al caos y la destrucción. Él era un chico viajero, yo iba y venía de la isla a la universidad y éramos pobres, así que, para mantener vivo el amor, nos escribíamos y pintábamos corazoncitos de colores con creyón los sobres, que era lo más barato.
Estaba pasando el verano en casa y llevaba semanas esperando recibir su última carta, que sabía que tenía que haber llegado ya, pero cada día abría el buzón y allí no había más que facturas y publicidad. Un día, al salir del ascensor, una especie de energía cósmica, tan potente como misteriosa, me retuvo con los pies clavados en el suelo y los ojos fijos en las dos largas filas de buzones de las, al menos, treinta viviendas del edificio. Fui escrutando cada puertita minuciosamente en busca de alguna señal y, de repente, de una rendija lejana, muy lejana (de una casa del primer piso y vivíamos en el ático), vi que asomaba la blanca punta de un sobre blanco. No se distinguían el destinatario, el matasellos ni corazón alguno que pudiera darme la más mínima pista de que aquella era la carta que aguardaba. Y, sin embargo, armada de una seguridad casi sobrenatural, avancé hasta ella, tiré del papel y allí estaba escrito, con su familiar letra ondulante, juguetona, mi nombre.

Repito: que me chamusque en las llamas del infierno si alguna vez he concedido crédito a este tipo de cosas (y a la existencia del infierno, por cierto). Pero la verdad es que cuesta resistir la tentación de sentirse un poco Aramis Fuster cuando una las ha experimentado en propia piel; cuando te saetean el pecho y, con el impacto del flechazo, llega también la seguridad de que el destino reserva una nube ajardinada para dos. Y, durante el tiempo que persiste esa sensación, juro que no hay cosa tan definitiva.

(Música: Silvio Rodríguez, "Casiopea")

jueves 24 de septiembre de 2009

Gente de buena calidad


Soy una quejica, una majadera. Siempre está faltándome esto, sobrándome lo otro. Nunca estoy conforme con nada, nada me parece suficiente. Me acuerdo de la tan innecesaria “Vicky, Cristina, Barcelona” (cuán de acuerdo estoy con Ornelia en que se diría que a todos los grandes les haya dado por volverse infumables de puro ego); uno de sus escasísimos momentos aprovechables es, en mi opinión, la bronca histérica de Penélope Cruz a Bardem, a propósito de los cambios de parecer de la Johansson: “¡¡te lo dije, eterna insatisfacción!!”. Por unos segundos, al verla, me sentí un poquito Scarlett, que nunca está de más…
Soy un coñazo, con mis indecisiones, y mis idas y venidas, lo sé. Pero hay una cosa en mi vida por la que no creo que haya sido capaz de proferir una sola queja: mis amigos, la buena gente que me rodea. Tengo la suerte de haber ido juntando, con los años, una insólita colección de personas increíblemente inteligentes, que guardo como oro en paño en mi palpitante cajita de caudales. Cómo me ponen los cerebros bien amueblados, caray. Acude al mío (modesto pisito de catálogo de IKEA) otra frase de cine: “hay que follarse a las mentes”; y un vehemente Eusebio Poncela en estado de gracia tratando de aleccionar al perdido y frágil Martín “H”. Exprimo el contenido de esas palabras para quedarme con el sustrato; su esencia es, para mí, un principio fundamental, una verdad universal: nada hay más grande que la gente lista. Y cuando la gente es lista y buena, entonces, el placer de su compañía, la suerte de aprender lo que nos enseñan, de atesorar su amistad, es un regalo infinito, sin comparación posible.

Debería estar escrito en algún sitio que la gente lista y buena tendría que encontrar trabajos a su medida, donde se valorase su creatividad y se aprovechase su brillantez; la gente buena y lista no debería enfrentarse a los extractos del cajero con un nudo en la garganta, no debería malgastar su tiempo, su lucidez, en terrenales cálculos de final de mes. La gente buena y lista no debería tener fiebre, dolor en un costado, miedo; no debería tener que meterse en máquinas que te miran por aquí, por allá, dándote vueltas como un pollo a la parrilla; máquinas que te sacan fotos nada favorecedoras, que te hacen agujeritos y te incordian con sus aguijones de precisión milimétrica para no decirte, al final de tanto magreo, ni una sola cosa agradable. La gente buena y lista sólo debería desplazarse en avión para menesteres tales como comer helados en Venecia y babas de camelo en Lisboa.
Yo sé que todo va a salir bien. Lo sé, faltaría más. Pero la gente buena y lista no tendría que necesitar que nadie le dijera estas cosas. La gente buena y lista tendría que venir de fábrica con un certificado de garantía y un sello impreso en el culo, como el de las “muñecas repollo”, que rezara: “Tranquilo. A usted la vida le sonreirá siempre”.

La cruda realidad es que la vida es, a veces, de poco sonreír; a menudo, injusta. Caen bombas en los mercados cuando las madres salen a comprar comida porque acaba el Ramadán. Hay niños que juegan desnudos entre la basura y cabras que se precipintan desde los campanarios en honor del santo patrón. Si yo fuera Dios, me pondría a rediseñar de inmediato todo este puto sistema porque está muy claro que hay algo que no funciona. El problema es que, de existir, a Dios parece que le agradaran más las personas del tipo tonto y maligno, pongamos, no sé… ¿George Bush? Ahora, te juro, Mery, que yo me meto en internet esta noche y me empapo el BOE de cabo a rabo. Y como haya unas oposiciones a divinidad, mañana me compro el temario por gordo que sea. Y ésas, ésas te juro que me las saco.

(Música: Bob Marley, "No woman no cry")

miércoles 23 de septiembre de 2009

Etiquetas


-Señora, ¿muerde?
La niña me tira insistentemente de la manga, mientras me mira con ojos ansiosos. Siento la tentación de contestarle que sí y de gruñirle enseñándole los dientes, eso por llamarme señora. Pero me gusta que los críos acaricien a la perra, en clara desobediencia a sus histéricas madres, que suelen brincar medio metro en la dirección opuesta mirándome horrorizadas, como si llevara un dragón de Komodo amarrado a la correa. Tiendo a desconfiar de la gente a la que no le gustan los animales, admito que tengo un prejuicio con eso. Pero, contra todo pronóstico, esta madre también se acerca a tocarla.
-¿Cómo se llama?– pregunta la niña.
-Juno– respondo.
- Juno…- reflexiona un instante-. Y, ¿es chica?
¡Bingo!, una muchacha lista (o amante de los mitos clásicos, que todo puede ser). La reacción general cuando digo el nombre de la perra suele ser un perplejo “¿Uno?”, o un titubeante “¿Junio?”, seguido de un dudoso e inseguro “hoooola, Juuuniooo, boniiitooo…”, mientras nos miran a ella y a mí, alternativamente, con cara de estar pensando: “esta mujer está loca, este perro no tiene pito”. Pues claro que no tiene, señora, Juno es un nombre de chica. Nosotras no tenemos la culpa de que eligiera ciencias puras en el instituto, con lo díver que era el latín.
Pero ésta es una niña intuitiva y se ha dado cuenta en seguida de que Juno tiene cara de hembrita.
-Pastor alemán, ¿verdad?– apunta la madre, orgullosa, como si se sintiera en desventaja frente a la nena por haber estado pensando, un segundo antes, que yo era la loca del perro sin pito; como si fuera la descubridora de la vacuna del sida, del remedio contra la malaria. Teniendo en cuenta la archiconocida fisonomía de esta raza –el monstruo asesino por excelencia de los letreros de “¡Cuidado! ¡Hay perro!”-, que todo el mundo sabe que Rex es un perro pastor alemán, que a Rex sólo le falta firmar autógrafos y que, cuando ven a mi perra, grandes y pequeños suelen exclamar “¡mira, un Rex!”, yo diría que hacer esa pregunta es parecido a cruzarse con Brad Pitt con un piano sobre la cabeza e interpelarle, “disculpe, ¿es usted el señor Pitt? Bonito sombrero, por cierto”.
Entonces recuerdo que esta madre no es como las demás, que ésta es una madre acariciadora de perros, así que me esfuerzo en ser agradable:
-Digamos que es una buena imitación, sí...

Qué obsesión con clasificarlo todo, con encasillarlo todo y etiquetarlo, como premisa previa para cualquier forma de comunicación y entendimiento (¿estudias o trabajas?, ¿te gustan los hombres o las mujeres?, ¿eres de izquierdas o de derechas?, ¿del Barça, quizás, o del Madrid?). Me acuerdo de mi amigo Quique que, harto de que le interrogasen en todos lados por la misteriosa raza de su modesta perrilla “mil leches”, respondió muy convencido a una desconcertada señora: “ es albano- kosovar”.
La próxima vez que alguien quiera saber el nombre, edad, sexo, raza, religión y estado civil de mi mascota, creo que contestaré que es un caniche transexual sometido a múltiples operaciones de cirugía estética; que, después del cambio de sexo, decidí mantenerle el nombre de macho para no olvidar nunca que hemos llegado hasta aquí tras un duro pasado de lucha por la búsqueda de su verdadera identidad y en pos de su autoafirmación; y que es de marca “Dolce & Jarana”, como los falsos bolsos que las cruceristas falsamente millonarias se traen del Gran Bazar de Estambul.

(Música: Calle 13 & Café Tacuba, "No hay nadie como tú")

martes 22 de septiembre de 2009

Contactos

De "Secretaria desquiciada-25"... Bueno, vale, "33":

Te vi tocando en el pub “Hamelín”. Eras el flautista de "Los ratones". Nuestras miradas se cruzaron. Si tampoco has podido olvidarme y quieres pasar una noche imborrable, te espero en el recinto de ferias y congresos, la noche antes de la inauguración de la Cata Mundial de Quesos (dejaré la puerta abierta).

PS: No olvides traerte a tus colegas… y que vengan sin cenar.

...

Mujer invisible busca desesperadamente hombre con rayos X en los ojos que la ponga en evidencia.



(Música: The Rolling Stones, "Satisfaction")

lunes 21 de septiembre de 2009

Cosas que, a lo mejor, me pasaron con Liniers

Además de ser una secretaria impostora, hay muchas otras cosas por las que habitualmente me hago pasar, como, por ejemplo, crítica de arte. Una vez al mes, ataviada con antifaz negro, bolígrafo y cuaderno en ristre, y con cara de saber de lo que hablo, me dispongo a visitar alguna exposición para escribir la consiguiente reseña, que sale publicada en una agendita de ocio. Hace unos días hablaba con el redactor jefe (que lo mismo también es un impostor, porque no nos hemos visto nunca y no sé ni si tiene despacho) y acordábamos que la próxima sería sobre una muestra de grabados de Picasso que acaban de inaugurar.
Esa noche me llamó Lupe y me contó un sueño (que no osaré destripar), uno de cuyos protagonistas era Alfio, la bola troglodita, de nuestro venerado Liniers.
Con estos ingredientes del día y las neuras habituales de mi congelador, mi subconsciente cocinó un bonito pastel, que pueden catar a continuación:

Estoy en lo que parece una gran sala de espera abarrotada (de hombres, en su mayoría). Hay gente de pie por todos lados, y también humo abundante y animada charla (¿como en una inauguración?). Sólo faltan los cubatas. Y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me enjabono la cabeza. De pronto, entre el gentío, veo abriéndose paso con los brazos, sonriente, a Miguel.

[Para los fieles seguidores de este blog –y me consta que, al menos, somos yo y las voces de mi cabeza-, diré que Miguel es el protagonista de “Resortes”, el chico cuya billetera me encandiló mucho más que su belleza. Para los no seguidores… lean un poco, carajo, que no les va a venir mal. Si aun así se me rebelan y se niegan a leer, aclararé que Miguel era un hombre muy, muy guapo. Pero en el sueño está horrible. Su cabello -cortito pero recio, espeso, oscuro y brillante, de esos que a algunas mujeres nos gusta revolver durante los besos-, se ha convertido en una ridícula melena lacia a lo Príncipe de Beckelar y, en lugar de simpática camiseta marcando pectorales, viste una ñoña camisa blanca de botones con hombrecito a caballo jugando al polo. Está delgadísimo y no hay una cartera en el bolsillo trasero de su vaquero con pinzas que invite a contemplar su culo inexistente. Parece Borja Mari después de la dieta del sirope de savia de arce, vamos].

Miguel se me acerca encantado de la vida, me planta dos besos, se alegra de verme. Yo no sé si tanto, teniendo en cuenta que llevo cuernos de espuma, como cuando de pequeña compartía el baño con mis hermanos mayores; y, aunque él haya perdido buena parte de sus encantos, no deja de ser, en esencia, el tío bueno al que me permití el lujo de rechazar una vez. Así que me hago la espléndida, con mis cuernos bien tiesos y mi mejor sonrisa.
Charlamos durante un rato, mientras él no deja de acariciarme la cara, nervioso. “Te tengo que contar una cosa”, me suelta de pronto. “Ay, madre”, digo para mis adentros, “éste se va a casar, o va a tener un hijo, o las dos cosas”. Pero yo -sonrisa Profident y cuernos divinos de la muerte-, no altero el rictus de mi cara mientras me repito mentalmente, “resiste”.
-He reservado una habitación en uno de los mejores hoteles de por aquí porque mi novia va a venir a verme y…
-¡Y le vas a pedir que se case contigo! –interrumpo, mostrando toooodos mis dientes, como si estuviera realmente exultante con la noticia.
Nooo, qué va!, no es eso… -me responde, desechando mi ocurrencia con un gesto.
Entonces, empiezo a elucubrar: ¿será éste la clase de sádico que alquila una suite de lujo porque cree que su novia se lo tomará mejor si la abandona en un entorno refinado y selecto? O pensará dejarla primero y luego llevarme a mí a la suite, y me enjuagará la cabeza en la bañera de hidromasaje, a lo “Memorias de África"...

Antes de que pueda sacarme de dudas se produce la desbandada general, y Miguel y su estúpido peinado desaparecen engullidos por la masa. Yo me dispongo también a marcharme, abducida por el “efecto borrego”. Pero, justo antes de salir, con la sala casi vacía, miro al único sofá de la habitación y descubro a una misteriosa figura de colores hecha de fragmentos móviles -casi un dibujo animado- que, acostada en imposible contorsión cubista, se vuelve para mirarme. Y, aunque nada debería sorprenderme ya en este sueño, para mi asombro, tiene el rostro de una de las señoritas de Avignon.
“Oye, Liniers” -digo al verla, dirigiéndome a la persona que me precede hacia la salida-, “tienes que dibujarme una como ésa”. Pero Liniers no es Liniers, con sus orejas de conejo y sus gafas de pasta, como en las tiras… (¿o acaso no es ése el verdadero aspecto de Liniers?), sino una especie de Frida Kahlo, con traje de tehuana pero voz de hombre.
-Bueno -responde, dubitativo-, si quieres una igual te va a costar bastante cara.
-No seas listo –contesto yo, resuelta, sentándome junto a la picassiana figura que me tiene embelesada–, que yo sé que esto te lo has copiado.



(Música: Bob Dylan, "Like a rolling stone")

Efeméride


Me dio por especular: ¿con qué te habría soprendido yo este año...? Recordé que, de pequeña, me pedías que te cantara esta canción.

Sigo sin saber a dónde demonios pudo irse la dichosa golondrina. Pero el señor Gustavo Adolfo, que parece un tipo serio y de palabra, prometió que alguna volvería. Y con refuerzos.
De tanto en tanto me asomo por la ventana, deseosa de que venga a relatarme su viaje.

Feliz cumpleaños, mamá.

(Música: Caetano Veloso, "La golondrina")

sábado 19 de septiembre de 2009

Fantasmas


Anoche, mientras nos disponíamos a ir a cenar, a J. y a mí nos sorprendió el otoño. Fue una feliz coincidencia, porque hacía mucho que J. y yo no nos dábamos un homenaje conversando de nuestras cosas, y porque estoy ahíta de calor y el otoño me encanta.

Llegué a casa un pelín triste, un poquito nada más, acordándome de una frase de una película que no podía identificar, a pesar de que recordaba perfectamente la voz de la dobladora: “estoy enamorada de fantasmas”. Fue necesario echar unas lagrimitas delante del espejo para que se desocupara el espacio suficiente en mi cerebro y vinera la imagen nítida de Juliette Binoche, preciosa con el pelo mal cortado y un vestido raído, diciéndoselo a un Willem Dafoe sin pulgares en “El paciente inglés”.
También yo estuve enamorada de fantasmas. Y lo peor es que fueron fantasmas desde el mismo momento en que me enamoré. Pero, a veces sucede, en el transcurso de conversaciones aparentemente intrascendentes con los buenos amigos, que uno descubre cosas sencillas pero importantes. Y yo me di cuenta ayer de que los fantasmas no son impermeables. La lluvia los cala.

Éste pobre se iba empapando por el camino, arrugándose cada vez más, hasta que quedó convertido en un triste guiñapo abandonado en mitad de la calle Herradores. No sé J., pero yo, sin presencias incómodas, cené mucho más a gusto.

jueves 17 de septiembre de 2009

Una vez estuve loca


El miedo me sobrevino una mañana que bajaba a visitarla a la clínica. Entonces todavía no había sacado el carné (hice un primer intento cerca de los dieciocho, como casi todo el mundo, pero yo misma lo boicoteé convenciéndome de mi total inutilidad), así que cogía la guagua. Y fue una cosa muy rara, la verdad, porque no recuerdo que estuviese particularmente nerviosa (me fastidiaba terriblemente aquella situación de mierda que alteraba mis planes y coartaba mi independencia, cabreada como estaba, pero, por lo demás, todo normal). El caso es que, de repente, empecé a tener la sensación de que las cosas sucedían más deprisa a cada instante. Se aceleraba la guagua, al tiempo que se aceleraban las conversaciones de los viajeros y la música en los cascos de mis oídos. Empezaba a darme vueltas la cabeza, cada vez más rápido, también. Y el corazón se precipitaba al ritmo vertiginoso que iba adquiriendo todo lo demás. Sentía que me faltaba el aire, que mis pulmones no darían abasto para responder a la demanda de tantísimos latidos por segundo. Sólo quería gritar y salir, salir y gritar. Eso, o desmayarme para dejar de sentir aquel pavor a nada que yo fuera capaz de identificar; si acaso, a hacer el ridículo más espantoso perdiendo los papeles en público.

Ése fue el desencadenante. A partir de ahí, la cosa fue cada vez a peor. Empecé a tener miedo de estar en la cola del banco y del supermercado, en la oscuridad del cine. Miedo en las entrevistas de trabajo y, en los bares repletos, más miedo. Miedo y necesidad de tener una puerta siempre cerca, de detectar la vía de escape más rápida, de diseñar mentalmente un perfecto simulacro de huída por si, llegado el momento, tenía que salir corriendo. Miedo a la gente, miedo a la calle. Miedo. Miedo.
Algunas noches me despertaba (eso si conseguía dormirme) sintiendo que no podría volver a respirar hondo nunca más, que tenía una losa de doscientas, trescientas, mil toneladas sobre el pecho; notaba que cruzaba la línea, que mi cabeza se iba más y más allá, al sitio de donde no regresan las personas que se vuelven locas. Abría los ojos y me incorporaba como un tentetieso, y encendía la luz, desesperada, porque necesitaba con urgencia percibir la realidad. Eso fue antes de que lo echase de mi lado la primera vez. Él trataba de ayudarme, me recogía silencioso en las paradas de bus en las que había tenido que bajarme, presa del pánico; me dejaba usar sus camisetas (cuando aún las llevaba puestas) como paño de mis lágrimas inconsolables. Me abrazaba y me decía que todo iba a salir bien. Pero a veces se cansaba de no entender nunca nada y me preguntaba, suavito, con ojos llenos de angustia, “pero, ¿qué te pasa?”. “Tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo”.

Tuve que decirle que se fuera. Era demasiado para mí. Demasiado para ambos. Demasiado. Tuve que buscar la forma de resolverlo, de resolverme, porque ya estaba muy harta de llorar y no saber, y tener miedo. Alguien me habló de un hombre y fui a verlo, sin demasiada fe pero con verdaderas ansias. Él también me preguntó qué me pasaba, pero en sus ojos no había angustia, sino una cierta sonrisa que a mí se me antojaba burlona. “Fobias”, respondí. “Qué chungo eso, ¿no?”, dijo él, y ya no me quedaron dudas de que se estaba riendo. No volvimos a hablar del tema, nunca en los tres meses siguientes. Hablamos de muchas otras cosas, eso sí, pero jamás de guaguas, aviones o coches precipitándose en el vacío; de espacios irremisiblemente cerrados, minúsculos o tan abarrotados que fuesen potencialmente peligrosos. Los espacios potencialmente peligrosos estaban por todo mi cerebro y fue necesario invadirlos y limpiarlos, vaciarlos u ordenarlos. Entenderlos. Perdonarme.
El principio del fin llegó el día que me preguntó, "¿cuándo vas a dejar de pelearte?". Algo se me aflojó dentro del cuerpo y lloví torrencialmente. Entendí que tenía que parar.

Sí, es cierto, el miedo es un asco. Pero puede ser un buen indicio. Un indicio necesario, también. A veces todavía se asoma y me pilla conduciendo, porque ahora ya tengo carné. Entonces me acuerdo de un truquito que aquel hombre me enseñó -"piensa en tus pies"-, y me concentro en el contacto de cada uno de sus cinco dedos (reales, físicos, presentes) con la piel de mis zapatos y de éstos, con los pedales, mientras me voy repitiendo: "estás aquí. De regreso".

(Música: Queen, "I want to break free")

miércoles 16 de septiembre de 2009

Largar

[De un periódico cualquiera, leído una mañana cualquiera, con ojos tan legañosos como perplejos]

“Los vecinos exigen el inmediato desalojo del albergue para que el edificio se destine a usos de carácter social”.

De todos es sabido que dar cobijo y alimento a personas sin hogar e inmigrantes sin papeles se considera, mayormente, gestión de residuos.
...

[En el Telediario regional, de una entrevista a un visitante en las Fiestas de la Virgen del Paso, Alajeró, isla de La Gomera].

“Pues a mí lo que no me gusta son los tambores, que me vuelven loco…”

Supo de inmediato que nunca debió haber pronunciado aquellas palabras. El repentino silencio era tan ensordecedor como el estruendo de los redobles, que habían retumbado hasta hacía apenas un instante y que se detuvieron en seco en el preciso momento en el que vomitó la ocurrencia. Cientos de ojos entrecerrados por una mezcla de odio, desconfianza y profunda indignación, se clavaron en su nuca, al tiempo que las manos de los tocadores, congeladas en ese enérgico gesto ascendente que precede a la percusión, reorientaban lentamente las baquetas y las aprestaban a golpear, todas a una, no el cuero de sus instrumentos, sino su estúpida cabeza de torpe sacrílego. Un batallón de romeros -ejército de autómatas perfectamente sincronizado, con sus sombreros de paja y sus guirnaldas de flores-, se dispuso entonces a esperar la señal para agitar las inmensas chácaras, sin ningún tipo de piedad, justo al lado de sus profanas orejas de mentecato. Al reportero le tembló el micrófono. Al cámara le tembló la cámara. Y los dos tragaron saliva, al unísono, presintiendo la tragedia.
Tenía apenas un segundo para reaccionar. Y, por suerte, estuvo rápido: “… pero están bonitos”.
...

[De otro noticiero local, en una cadena de radio]

Presentadora: “…por lo que sol y más calor es lo que nos espera para los próximos días”.
Meteoróloga: “Efectivamente. Nubosidad variable con probabilidad de lluvias débiles y descenso de las temperaturas, es la previsión para esta semana en el Archipiélago…”

¿Será esto lo que llaman “entretiempo”?


(Música: Radiohead, "Video killed the radio star", de The Buggles)

martes 15 de septiembre de 2009

Do not touch



A la loca de los sueños hace tiempo que no la dejo escribir nada porque, últimamente, todos resultan ser, o demasiado inconfesables, o pesadillas espantosas que, más que imágenes nítidas, transmiten una horrible sensación de peligro inminente, de desazón y de angustia que a veces dura varios días.
La última, sin embargo, la recuerdo con bastante claridad y me ha dejado con idéntico sabor de boca, aunque no tanto por lo repugnante de algunas de sus escenas como por lo descorazonador de sus posibles significados. Ha sido una de zombis, muy en la onda de las “28 semanas después” de Juan Carlos Fresnadillo. Yo no soy una gran fan de las pelis de miedo, pero lo cierto es que ésta me sorprendió bastante. Me gustó -aparte de porque me pareció muy bien hecha- por la densa atmósfera de desencanto que flota sobre un argumento aparentemente convencional, por el mensaje de irremediable desesperanza que parece trascender lo meramente terrorífico para contar algo más profundo e importante. Ni siquiera los héroes se salvarán. El intrépido soldado no se quedará con la guapa doctora y los críos (potenciales salvadores de la Humanidad) para repoblar, algún día, la Tierra. El código es la exterminación total. No hay futuro para nadie.

En mi sueño, el virus no se transmite por el ataque de rábicos infestados, sino a través del simple, sencillo y cotidiano contacto humano. Mientras la gente no se acerque demasiado a la gente, no pasa nada. Todos sanos y normales. Pero si a alguien se le ocurre tocar a otro (basta un roce despistado sobre la piel ajena), ambos empiezan a retorcerse en una transformación digna del más monstruoso de los licántropos y arranca una lucha encarnizada que termina, para alguno de los dos, en descuartizamiento y masacre.

Camino deprisa por una calle dolorosamente desierta, tratando de no cruzar una mirada con nadie, de no pensar si quiera en nadie. Mientras, a mi alrededor, los pocos incautos que deciden aventurarse y desafiar al extraño mal se destrozan a dentelladas con los que, hasta entonces, eran sus venerados padres, sus amados amigos, sus deseadas novias. Cuando por fin llego, me encierro y compruebo que todo esté a cal y canto, que no haya un hueco, una ventana, una trampilla, por la que a nadie pueda ocurrírsele penetrar con intención de tocarme. Desconozco si se trata de una especie de advertencia subliminal sobre la sociedad deshumanizada y aséptica en la que nos estamos convirtiendo (y bla, bla…) o si el sueño es un producto de esta larga y gélida abstinencia, de mi urgencia de calor. Pero la sensación que me inunda es terrible, terrible. No sólo porque entiendo que estoy condenada a una sádica y cruel forma de soledad, que no me priva de la compañía de los otros pero sí del lenguaje cómplice de las caricias, de la ternura curativa de los abrazos, de la aventura húmeda de los besos; sino porque sé que mamá y mi hermana ya vienen de camino a casa.

(Música: Radio Futura, "No tocarte")

lunes 14 de septiembre de 2009

Sagitario. Lunes, 14 de septiembre de 2009

Para hacer realidad sus ilusiones deberá cambiar de residencia, o recorrer pequeñas distancias.
...

Veamos. Un par de cositas:

Teniendo en cuenta el imparable desarrollo de las nuevas tecnologías y el vertiginoso progreso de las autopistas de la comunicación, así como el irrefrenable estrechamiento de los lazos interculturales, que nos conducen indefectiblemente a la consolidación definitiva del concepto de “aldea global”, Tenerife- Buenos Aires, ¿se consideraría una pequeña distancia?

De no ser así, pintar las paredes de otro color, ¿podría ser admitido como cambio -metáfora de la evolución y el crecimiento personal, paso de la crisálida al estado adulto, o catarsis- de residencia?

Ahora, que si todo esto lo estás diciendo por lo mío con Colin, oráculo envidioso, deberías saber que está ilusionadísimo con lo nuestro y dispuesto a recorrer cualquier distancia que nos separe, por grande que ésta sea, para pasar el resto de su vida conmigo.


(Música: Led Zeppelin, "Starway to heaven")

domingo 13 de septiembre de 2009

El tratado de Taborno


Seguramente fue un tío el que tuvo la ocurrencia de que los coches deben llevar, al menos, dos ruedas iguales en cada eje. Yo siempre he sido más partidaria de eso de que “en la variedad está el gusto”, pero la Benemérita es como es. Así que, después de un reventón, tuve que pedir presupuesto en mi taller de confianza, donde el muchacho insiste en darme lecciones de mecánica para inútiles, que yo suelo interrumpir con un “tú échale lo que necesite y no me engañes con el precio”. Supongo que, harto como debe estar de que me empeñe en no aprender nada (y, tal vez, porque soy una tía), en esta ocasión decidió engordar un pelín el presupuesto. Pero, una vez más, súper-ex-novio vino al rescate y me negoció en otro sitio un par de neumáticos nuevos, su alineación y su contrapesado (esto logré retenerlo), justo por la mitad de lo que iba a costarme. En agradecimiento, le propuse que eligiera el día, la hora y el restaurante.

El francés de Taborno se llama “Historias para no dormir" y es uno de los lugares más insólitos a los que alguien me ha llevado a comer. Si no se hubiese tratado de un hombre de tanta confianza, habría jurado que albergaba funestas intenciones. En pleno caserío perdido al final de una carretera toda hecha de curvas que serpentean en medio del imponente bosque de laurisilva (a un lado el barranco profundo y reza porque la guagua no se aproxime en sentido contrario), el sitio tiene el aspecto de un guachinche de carnecabra y cuartavino, pero ofrece un menú lleno de exquisiteces por un precio irrisorio. Teniendo en cuenta la pasta que me había ahorrado en caucho, decidimos tirar la casa por la ventana y pedir el caldo más caro de los (dos) que había en la carta, oro líquido corso que un amigo de la dueña les consigue en exclusiva, porque apenas se exporta.
A medida que bajaba la botella, la conversación trivial fue derivando en temas más peliagudos: nuestra separación, la soledad y los hijos que nunca tuvimos. “El otro día las chicas me preguntaban si pienso casarme”, empezó a contarme entonces. “Y yo les dije que, antes que eso, tengo mucho más claro que quiero tener un hijo. Una niña, para ser exactos”. Visto cómo estaba el patio y que tenía sus dudas de si alguna vez se volvería a enamorar, lo de resolver el tema de la compañía con una mujer le daba más o menos lo mismo, pero no quería perderse la experiencia de ser padre. “Ustedes lo tienen mucho más sencillo”, prosiguió. “Si tú decidieras ahora quedarte embarazada, bastaría con que te liaras por ahí una noche con alguno. Pero si un tío quiere ser padre soltero, eso sí que está jodido. Deberían inventar una máquina que, con un poco de material genético, nos fabricase a los hijos”.

Tengo que admitir que, concentrada como he estado en mi propia crisis, no me había parado a pensar en cómo podría estar gestionando él esta vertiente del asunto. Siempre he tenido la certeza de que es un padrazo en potencia y, oyéndole hablar, sentí una profunda empatía por su reivindicación, una inmensa comprensión de su sentimiento de injusticia. No creo que yo optase nunca por embaucar a un extraño; la inseminación me parece un método más aburrido aunque seguramente más honesto (y probablemente más fiable). Pero lo de menos son las formas; comparto absolutamente la cuestión de fondo, y es que debería haber idénticas posibilidades para los hombres de decidir ser padres naturales si, llegado el momento, les apeteciera tener un hijo y no tuviesen con quién. Desafortunadamente, no se puede luchar contra la fisiología y la ética empantana el tema de los vientres de alquiler.
Animada por el brebaje corso y el posterior chupito de coñac francés, decidí proponerle un trato según el cual, pasados un par de años y con nuestros relojes biológicos a punto de petar, si no habían inventado todavía su máquina ni yo había violado a algún imprudente en un callejón oscuro, podríamos juntarnos para tener esa nena, que seguro que nos saldría razonablemente bonita y no demasiado tonta. Él tiene bastante mejor beber que yo. No describiré la cara de desconcierto con la que alzó el vasito para el brindis.

Me dejó en la puerta de casa con una borrachera densa que me impedía pensar con claridad y me hacía moverme torpemente. Con la compra para la semana todavía por hacer, fui al supermercado completamente colocada y volví con un cortaúñas pequeño, un bote de humus con aceite de oliva y loción hidratante para bebés (en qué estaría yo pensando).
Esta mañana me retiré del desayuno comunal bastante pronto, con la cabeza embotada y mucho dolor en las piernas. Queenpar me dijo que eso era la resaca, seguro. Eso, y que hoy tocaba almuerzo con mi padre y, treinta y tres años más tarde, todavía no me he acostumbrado a tener un padre con el que almorzar. Pero no sé, yo creo que también había algo de suciedad de conciencia. Puede que sea cierto que con la bebida afloran los verdaderos sentimientos y que uno se expresa tal cual es. Pero haciendo repaso del tique de la compra, pienso que, bajo los efectos del alcohol, seguramente haya tareas domésticas que sea mejor no afrontar. Y pactos que sería más prudente no hacer.


(Música: Chavela Vargas, "En el último trago")

jueves 10 de septiembre de 2009

La reina


Nunca voy a olvidar cómo nos conocimos. Era mi primer día en la escuela. Ella salía de su despacho (que iba a ser también el mío) y nos tropezamos en la puerta. No digo que ahora no esté guapísima con su oscura melena indomable, pero entonces llevaba el cabello muy, muy cortito. Siempre he tenido cierta envidia de las mujeres a las que eso les sienta tan bien. Yo he hecho varios intentos, pero mi pelo tiene una tendencia natural a la complejidad y el enrevesamiento (como casi todo en mí) que dificulta un poco el asunto, así que he acabado por desistir y dejar que la gravedad siga su curso, aunque lo siga despacio. Pero ella tiene esa piel de muñeca de porcelana, de señora antigua (como dice su madre); ese algo de la gente de buena familia. Y no me refiero a los apellidos, ni a los posibles… Me refiero a la gente que está hecha, como diría Benedetti, “de buena madera”. Gente con cabeza y con corazón. Con el pelo cortito tenía un estilazo. Estaba regia, no existe otra palabra.

Pues eso, encontronazo en la puerta del despacho y ella que me pregunta, con gesto digno de mujer indignada (la ceja convenientemente enarcada, advirtiéndome del terreno que piso; la vocecilla de Piolín, que no se pierdan nunca las formas): “¿te puedo ayudar en algo?”. Lo que se traducía en un “tú, ¿a dónde carajo crees que vas?”, sutil y educado, eso sí. Me gustó que me confundiera con una alumna. Al fin y al cabo, mi resistencia a ponerme tacones, mi empeño en calzar merceditas y en vestirme de colores inapropiados tendrá que valer, al menos, para que me quiten los años que casi siempre me echan de más.

Fue una suerte que nos tocara trabajar juntas, la verdad. Una de esas cosas buenas que tiene la vida, que donde podría juntarte con una compañera a la que le gustan el reggaetón, el punto de cruz y los libros de Paulo Coelho, resulta que te regala a una que escucha a Caetano y a Ruibal, que adora al doctor House, detesta las cucarachas y es capaz de pasarse una noche en vela para gestionar la crisis de claustrofobia de una perra gigante en un piso pequeño.
Recuerdo cómo miraba de reojo el fondo de pantalla de su ordenador (aquel morenazo en vaqueros, sentado en lo que mi imaginación recreaba como un palafito sobre las transparentes aguas de Hawai). Ella me había contado que tenía al “muchacho” fuera, así que era fácil pensar que se trataba de aquel exótico bombón, y maldecirla mil veces, farfullando por lo bajo “qué pedazo de novio tiene, la muy zorra”. Luego supe que era una foto de Jack Johnson y, sintiéndolo mucho por ella, me noté más conforme con la justicia divina y con su distribución, en general. Ahora que la conozco mejor, he de decir ningún tipo es lo bastante bueno para una mujer de su tamaño (y no lo digo, precisamente, porque sea alta).

Ella es la verdadera reina, qué les voy a contar. Le debo el nombre, no diré más. De no ser por sus lecciones magistrales de geografía (y por la curiosa forma que tenían sus alumnos de interpretarlas) yo habría acabado poniéndome algo cursi y horrible como “Campanilla” o “femmefatale”, y este blog sería rosa.
No siempre se puede estar regia, eso es cierto. A veces una tiene que llorar y dejar que se le estropee el rímel, porque la vida, como te hace un regalo, te da también sus buenos palos. Pero sé que pasarán los malos tiempos y regresarán aquellos en los que una peluca no sirva más que para lo que tiene que servir: disfrazarse de catgüoman intergaláctica en carnaval. Llegarán los días en que se derritan los polos y el nivel del mar suba hasta Salamanca, y sus gentes tendrán que volverse, por fuerza, simpáticas y agradables. Entonces, y sólo entonces, la práctica del lanzamiento de mangos no será considerada una absurda excentricidad y volveremos a reír a carcajadas, como cuando fuimos felices entre los volcanes.

(Música: Russian Red, "Girls just wanna have fun", de Cyndi Lauper"

miércoles 9 de septiembre de 2009

Sobre túneles y luces


Un par de veces al año mi perra se pone a parir. No es que practique algún tipo de terapia gelstática consistente en mirarse al espejo y empezar a decirse las cosas que detesta de sí misma; a reprocharse sus miedos, complejos e inseguridades para sentirse, después, absolutamente liberada. Tampoco es que yo haya montado una fábrica de perritos pastores con falso pedigrí para vender en los chinos. Lo que le pasa es que, unas ocho semanas después de cada celo (que es lo que dura un embarazo perruno aproximativamente -guiño-), sus hormonas le juegan la mala pasada de hacerle creer que vienen “niños” (a ella, que no ha conocido varón) y se prepara para el alumbramiento que jamás habrá de ser.

La cosa del parto psicológico cobra un cariz tan real que hay perras que incluso sufren contracciones y llegan a segregar leche. Empiezan entonces días de jadeos y llantos para ella, y noches de insomnio para las dos. Se pasa las horas dando vueltas, acurrucándose compungida por los rincones; vaga como un alma en pena por la casa, da igual lo tarde o lo pronto que sea. A veces bajo al salón y me la encuentro hecha un ovillo en el sofá. Ella sabe bien que eso es constitutivo de delito, y que se castiga con tarjeta roja y expulsión al patio. Pero, en cuanto me tiene enfrente con el índice levantado y el entrecejo fruncido, me mira con ojos de estar poseída por una fuerza sobrenatural que la impulsa a encaramarse a cualquier sitio cómodo y calentito, mientras parece decir “yavienenyavienenyavienen”, y me parte el corazón; entonces, la cojo suavemente del collar, la ayudo a bajar y la acompaño hasta su alfombra, donde la acaricio hasta que se calma.

Otra cosa es el agujero del sótano. En este punto no me permito ser flexible. En más de una década de partos imaginarios, ha ido excavando una madriguera de tales dimensiones en la vieja bodega de la casa, que valdría para dar cobijo a los más de cien cachorros (a razón de unos cinco por parto –y poquitos me parecen- y dos partos al año) que ya debería haber tenido, además de a algún que otro perro callejero. No exagero: mi amigo Joaquín se metió un día enterito en el hueco, y creo que encontró un cementerio indio completo, con sus vasijas, sus ajuares funerarios y todo.
Mi ex, que es un auténtico partido (las manos quietas, bandidas), aprovechó mis días de ausencia para hacer limpieza y tirar algunas cosas viejas, rellenó el agujero con tierra y colocó una buena barricada para impedir futuras incursiones de la chucha -que iban a acabar, me temo, en casa de mi vecino-. Pero nada es más poderoso que el instinto de una madre, aunque sea la de los ciento un perritos- fantasma. Hace un par de noches, a eso de las cuatro y en pleno sueño profundo, empecé a escuchar un ruido como si Steve McQueen trabajara en el túnel de "La gran evasión" para escapar de los nazis. Sólo que, en este caso, Steve no era el rubio irreverente de la moto y el guante de béisbol, sino una perraza neurótica. Y los nazis, era yo. Y estaban cabreados; muy, muy cabreados…

Es curioso; supongo que, precisamente porque nunca ha sido madre, el resto del tiempo ella tiene tendencia al comportamiento infantiloide, como si fuera todavía un cachorrito, pidiéndome que le lance cosas para correr detrás de ellas y rompiendo a mordiscos botellas de plástico. Sólo parece adoptar su rol de hembra adulta y responsable, de madre sacrificada y valiente, cuando el implacable látigo del reloj biológico le sacude las entrañas. Dicen que los perros se parecen a sus dueños…

(Música: The Beatles, "Here comes the sun")

martes 8 de septiembre de 2009

Rumores

Hay lugares que palpitan en colectivo, que respiran con la conciencia del todo, que marchan al ritmo del zumbido de la colmena, de la canción del hormiguero. La ciudad en la que vivo es pequeña, no tanto por su tamaño como por su manera de funcionar. Si bien la periferia ha ido expandiéndose hasta confundirse con las poblaciones cercanas, por las viejas arterias empedradas fluye hasta su corazón, que nunca creció, la savia del pueblo que una vez fue. Aquí uno no se libra jamás de ser un conocido, de comportarse como si conociera a los demás. Siempre hay quien te saluda aunque sea con los párpados; siempre hay alguien que sabe de quién eres, con quién vives. Hay gente que se agobia con eso y, sin embargo, a mí me resulta tranquilizador pensar que el día que me arroje a las calles como una enferma, en medio de una crisis existencial, de una amnesia galopante, cualquiera podrá sujetarme y recordarme quién soy.

El domingo por la tarde me crucé con una pareja a la que hacía mucho que no me encontraba. Son un poco mayores que yo, aunque no demasiado, y en realidad no los conozco, pero llevo viéndolos juntos desde mi época del instituto, así que les calculo unos veinte años de relación. Ahora tienen un bebé, claro.
No deja de sorprenderme que personas más o menos de mi generación hayan mantenido la misma historia durante tantísimo tiempo. Entonces pienso en cómo nos verían a mi ex y a mí después de casi diez años; en que seguro que había alguien que alucinaba, como yo, y decía: “mira a éstos dos, llevan saliendo toda la vida”. Y, aunque no fue para tanto, lo cierto es que duró como un tercio de la mía, que se dice pronto.

A pesar de que estoy bastante segura (“lo estás, Reina, lo estás”, ulula el viento por las esquinas) de haber tomado la decisión correcta, de haber hecho lo más coherente con mis sentimientos y lo más honesto con los suyos, no puedo evitar que me dé una punzadita de dolor al mirar a los matrimonios octogenarios que todavía se pasean cogidos de la mano; pensar que las doñas de cabello violeta que habitan las ventanas de este microcosmos no volverán a hacerse cruces a nuestro paso.

(Música: Paulinho Moska, "As vitrines", de Chico Buarque)

lunes 7 de septiembre de 2009

Yo, ¿soy ésa?


Con frecuencia me sorprendo diciendo cosas que, si bien salen de mi boca, parecen proferidas por cualquier otra persona. Me sucede sobre todo en el trabajo. Cuando un compañero me hace un comentario subido de tono o cargado de ironía, y yo contesto con una agilidad y una frescura insólitas en alguien de mi inseguridad y de mi torpeza, vuelvo a la mesa con cara de tonta preguntándome quién sería ésa que habló, porque juro que no he sido yo. Cuando un cliente insatisfecho (o un proveedor cabreado, o un político irritado) llama insistentemente porque quiere reunirse con la jefa “a la orden de YA”, y yo lo convenzo serenamente -con los argumentos propios de quien se sabe en posesión de la verdad absoluta- de que es mejor dejar el agua correr, de que encontraremos la solución más adecuada para su problema, y consigo que no vuelva a molestar y envíe flores para la jefa (y un queso), salgo corriendo a mirarme en el espejo del lavabo para ver quién es la que anda por ahí, porque, desde luego, yo no soy.

Una secretaria de dirección debe tener mano izquierda, cintura, agallas. Exceptuando lo último -porque entonces sería la mujer- pez-, yo tengo una de cada, seguro, pero en el sentido literal; y me temo que aquí el que vale es el figurado. No creo que haya nadie más confiado, más impresionable, con menos carácter y menos dotes de mando que yo. Así que no tengo ni idea de quién demonios es esa mujer que me sale de dentro.

Y, hablando de demonios, he pensado que puede tratarse de un caso de posesión diabólica transitoria (de siete a tres, de lunes a viernes), o de los síntomas leves y poco peligrosos de una incipiente doble personalidad. No sé, pero estoy harta de terapia, así que creo que optaré por probar con un exorcista. El ritual en sí mismo no me asusta en exceso. Lo que más me preocupa es que, una vez que la hayan expulsado, me dé cuenta demasiado tarde de que la que en realidad no soy, es ésta.

(Música: Antonio Machín, "Y yo quién soy")

domingo 6 de septiembre de 2009

Tempus fugit


Para Ari. No sé por qué.

Laura tiene tres años, seis meses y catorce días. Está a punto de empezar a ir al colegio y dice que ya es una niña grande.

A Laura le gusta ponerse el reloj de pulsera de su madre porque así se siente mayor. Después de llevarlo un rato, la hebilla le trilla la piel y Laura se queja:
-Mami, el reloj duele.
Su madre se lo quita con cuidado y lo abrocha de nuevo en su muñeca.

Cuando Laura sea grande de verdad, aprenderá que es difícil encontrar a alguien dispuesto a cargar con el dolor de otro. Laura es una chica lista, así que tal vez aprenda también que se puede ignorar el dolor. Es tan sencillo como no usar reloj.
En realidad, dará igual todo lo que haya aprendido antes, porque al final comprenderá que, lo lleve quien lo lleve, lo use ella o no lo use, lo cierto es que el reloj duele. Siempre.

(Música: Mercedes Sosa, "Palabras para Julia")


jueves 3 de septiembre de 2009

Vida salvaje


[… el macho tiene una pinza delantera de gran tamaño, a menudo de color llamativo, que representa hasta la mitad de su peso corporal; la otra pinza es mucho más pequeña y sirve para cavar, como las dos pinzas de la hembra, más pequeñas y menos llamativas. Los cangrejos violinistas suelen ser gregarios, y se reúnen en bancos de cieno durante la marea baja…]

La empresa donde trabajo se enclava en un lugar inhóspito y salvaje: el polígono industrial. Si uno es perezoso, como yo, no se pone a hornear madalenas a las cinco de la mañana para llevarlas fresquitas al curro y mojarlas en el horrendo café de la máquina del office. Pero, en un sitio como éste, las posibilidades de encontrar una cafetería agradable para el desayuno son escasas. Concretamente, dos. Concretamente, poco agradables.
Está el bar que hay encima del concesionario de coches (amable servicio -menos la camarera argentina-, oferta muy limitada, calor abrasador); y está el bar de la curva, con sus militares, sus camioneros, sus contratistas de obra y sus bebedores de güisqui mañaneros. Si se están buscando emociones fuertes o amoríos fugaces, sin duda es el lugar ideal. El personal es muy antipático, pero la comida está rica y es contundente (“como tiene que ser, joder”, pienso, mientras me recoloco el mono a la altura de la entrepierna y me calo bien el lápiz detrás de la oreja).

Supongo que es algún tipo de tic adquirido, una enfermedad profesional (como el síndrome del túnel carpiano o el aumento de volumen en el trasero para las secretarias de dirección –ejem, para algunas-). De otra forma, no me explico por qué el camarero que sirve las tapas, la muchacha de la plancha, abren y cierran sin parar, compulsivamente, las pinzas metálicas vacías en el aire, como si atraparan invisibles rodajas de tomate, imaginarias lonchas de jamón, que flotaran en un simulador de gravedad cero.
Observándolos caminar de lado, de un extremo al otro de la barra, agitando enérgicamente sus pinzas (clap-clap, clap-clap), tengo la sensación de estar asistiendo a un milenario ritual de apareamiento, de estar viendo un documental de La 2.

(Música: Los acusicas, "La chica del polígono industrial)

miércoles 2 de septiembre de 2009

Sagitario. Miércoles, 2 de septiembre de 2009

Trabajo: actuación brillante e importante, se convertirá en el centro de atención en el terreno profesional.

Bueno, bueno, bueno… está mal que yo lo diga, soy una chica modesta y no me gusta presumir. Pero, cuando entré por la oficina agitando rítmicamente la chistera, dando ágiles pasos de baile en dirección al despacho, con mis brillantes zapatos de claqué y mis medias de rejilla, al tiempo que hacía gala de mis notables habilidades de majorette con el bastón, temí que el edificio se desmoronara en aplausos.

Éxito de crítica, público y oráculo. Espectáculo magnífico, dijeron. Y esdrújulo.



(Música: Eva Cassidy, "Cheek to cheek")

martes 1 de septiembre de 2009

Pequeños placeres


[Un día cualquiera de agosto. Vacaciones. En la radio piden a los oyentes que llamen para contar en qué consisten sus pequeñas satisfacciones cotidianas -el cálido ronroneo del gato sobre las rodillas, despertarse de madrugada, mirar el reloj y ver que aún quedan horas de sueño por delante-].

Cuando salgo con Juno (Juno es mi perra, por cierto, tanto gusto en conocerles), lo que casi siempre constituye en sí mismo un pequeño placer, hay dos itinerarios posibles para recorrer:

Opción A: paseo por las calles peatonales del casco histórico de esta noble ciudad, haciéndome pasar por dueña fina de perra fina. “Ay, qué monada, es pastor alemán de pura raza, ¿verdad?”. Deja tú que levante la cola y se le enrosque como la de un cochino para que veas; raza aria, pura, pura.
[Este recorrido tiene algunos inconvenientes, porque los canes, por muy finos que se les considere, pierden todo el refinamiento y la compostura en cuanto se les ponen delante los cuartos traseros de otro perro al que se le presupone idéntica finura; con el lío de correas extensibles, mobiliario de terraza de cafetería, jardineras, bancos, bicicletas, mimos, carritos de bebé, señalización turística y gente respetable paseando, la cosa se puede poner complicada].

Opción B: recorrido paralelo a las vías del tranvía que discurren junto al antiguo campus de la Universidad. Atléticos muchachos haciendo footing que cambian fulminantemente de dirección en cuanto ven aparecer al animalito.
[Éste suele ser nuestro favorito, porque ella puede pasear suelta, al ser un lugar más solitario, y porque, gracias a eso, ambas nos entregamos con desinhibición al goce de nuestros pequeños placeres].

Opción A: placer humano. La avenida está sembrada de palmeras, pinos, moreras… Pero mis favoritos son, sin duda, los laureles. Sus semillas parecen peras diminutas que, al pisarlas, revientan bajo los zapatos con el delicioso estallido de lo que pasa en un segundo del prieto estado de solidez al fluir de lo líquido. Cada pequeña explosión libera mis endorfinas y relaja mis sentidos. Poseída por el espíritu de Amélie, del egipcio al que se le ocurrió estrujar la primera aceituna dos mil años antes de Cristo, de una báquica ninfa descalza escachando uvas en tiempo de vendimia, me prodigo en la destrucción de futuros vergeles, saltando de aquí para allá, con las puntas de las sandalias haciendo presión sobre bolitas que detonan a mi paso como inofensivas minas anti-persona. ¡Al diablo con el puenting y la danza del vientre!, esto es millones de veces más liberador, infinitamente menos arriesgado y muchísimo más económico.

Opción B: placer perruno. La avenida está sembrada (además) de cajas de cartón con restos de pizza, bolsas de hielo vacías, residuos orgánicos de diversa índole, vasos de tubo de los que se deshacen y acaban pareciendo la falda de una hawaiana, botellas con restos de ron y güisqui, Fanta, Coca- Cola y Seven Up. Junto a la señal que advierte del peligro de atravesar las vías, debería haber otra -como las del ganado suelto y los animales salvajes en libertad-, que avisara de riesgo de niñatos alcoholizados en carga y descarga, de jueves por la noche a domingo por la mañana.

Ella indaga pacientemente, busca aquí y allí, olisquea, selecciona. Cuando da con la que le gusta, la recoge con la boca. Es importante que esté cerrada, porque desenroscar el tapón constituye el comienzo de su ritual sagrado. También es importante que esté vacía, porque si se llega a rociar con los restos de alguno de esos brebajes incalificables que, en ocasiones, han sido adulterados con pis, me vuelvo a casa sin mascota.
Entonces, elige una sombra lo bastante acogedora, se echa y, sujetando la botella con las pezuñas, empieza a mordisquearla por el gollete. Una vez arrancada la tapa, el aire ya puede salir, así que clava los colmillos una y otra vez agujereando toda su superficie. Con cada presión de las poderosas mandíbulas se escucha un reconfortante “psssss”, que estoy segura de que también libera sus endorfinas (los perros, ¿tienen de eso?) y relaja sus sentidos. Y debo confesar que los míos, así que me parece que salgo ganando, a menos que a ella la satisfaga verme pisotear semillas dando brinquitos como una bailarina chiflada (sospecho que, más bien, la abochorna).

La buena vida es sencilla, en realidad.

(Música: Jazz Noir, "My favourite things")