El viernes por la mañana le mandé un mensaje a mi ex y ayer todavía no me había contestado. Por la tarde me llamó y me dio algunas explicaciones que no eran necesarias, en realidad. Estaba todo bien, no pasó nada. Si esto me hubiera sucedido unos cuantos meses atrás, me habría sentido el ser más insignificante sobre la faz del planeta, sola y abandonada como un abuelo en una gasolinera. Habría acabado llamándolo yo, con seguridad, para cerciorarme de que alguna causa de fuerza mayor (un secuestro exprés, un ataque repentino de amnesia o el extravío del móvil) le impidió dar señales. Pero esta vez no ha sido así. Si en algún momento, a lo largo del fin de semana, llegué a pensar que no me respondía porque estaba durmiendo con “X” o se había despertado con “Y”, seguramente me alegré por él, porque creo que explorar nuevos territorios es lo que ambos estamos necesitando.
No me apetece comenzar nada, no todavía. Porque es muy pronto (qué supone un año medio después de casi diez de amor y convivencia) y no me veo, aún, haciendo hueco a los calzoncillos en mi gaveta de la ropa interior, preguntando por enésima vez en qué consiste el fuera de juego; porque me debo un poco de soledad -de aprender a estar yo sola, quiero decir-, que es una conquista tan compleja y gratificante como pueda serlo el construir una vida conjunta; porque me apetece pendonear, también es verdad, aunque no me salga mucho; y porque, con esta inevitable sensación de fracaso que deja el que termine algo que tenía todas las papeletas para durar eternamente, me da una pereza espantosa ponerme a colocar ladrillos, a amasar cemento, nuevamente.
Pero, si hay una cosa (sí, hay una cosa) que echo de menos de tener pareja, es la proximidad de la anatomía masculina. De un cuerpo, un cuerpo de tío. Y nada más. Y no lo digo tanto (o sólo) por la cama; el cuerpo masculino (para quien los prefiera, claro está), cuando reúne los ingredientes necesarios para que cada quien lo encuentre atractivo, deseable, tiene (además de eso) algo de guarida, de refugio, de osera donde esconderse hasta que pase el frío invierno. Qué rico es, qué seguro, sentir unos brazos más fuertes que los propios, unas manos más grandes, abrazar la cintura desde atrás, y acoplar la curvatura de la espalda a un vientre más firme y más tibio, y sentir un aliento más espeso en la nuca, y besar unos labios que, por el rededor, raspen apenitas, como con barba de unas pocas horas. Contacto, puro y duro. Piel y calor. Ahora mismo, ni siquiera amor. Ahora mismo, ni siquiera sexo. Aunque, bien mirado, tal vez un polvazo carnívoro, voraz, de esos que acaban con gritos, derramándose como cera caliente sobre el colchón, me dejara lo suficientemente vacía durante un rato como para no pensar en que echo en falta un cuerpo, otro.
Ari dice que “si en todo momento fuéramos conscientes de lo que es realmente un problema grave, no gastaríamos la vida sufriendo por gilipolleces sin sentido". Ari tiene tantísima razón… Ojalá, en este momento, las preocupaciones de algunas de las personas a las que más quiero fueran una simple cuestión de ausencia de musculatura y vellos ajenos...
En realidad, lo que yo había venido a decir es que estoy pensando en ti, M. querida, porque, el otro día, con el renacer de tu olfato al universo de los aromas masculinos, conseguiste que se me abriera el apetito. Pero, si te digo la verdad, el único cuerpo que en este momento me interesa es el tuyo. Que esté bien. Que esté limpito.
No me apetece comenzar nada, no todavía. Porque es muy pronto (qué supone un año medio después de casi diez de amor y convivencia) y no me veo, aún, haciendo hueco a los calzoncillos en mi gaveta de la ropa interior, preguntando por enésima vez en qué consiste el fuera de juego; porque me debo un poco de soledad -de aprender a estar yo sola, quiero decir-, que es una conquista tan compleja y gratificante como pueda serlo el construir una vida conjunta; porque me apetece pendonear, también es verdad, aunque no me salga mucho; y porque, con esta inevitable sensación de fracaso que deja el que termine algo que tenía todas las papeletas para durar eternamente, me da una pereza espantosa ponerme a colocar ladrillos, a amasar cemento, nuevamente.
Pero, si hay una cosa (sí, hay una cosa) que echo de menos de tener pareja, es la proximidad de la anatomía masculina. De un cuerpo, un cuerpo de tío. Y nada más. Y no lo digo tanto (o sólo) por la cama; el cuerpo masculino (para quien los prefiera, claro está), cuando reúne los ingredientes necesarios para que cada quien lo encuentre atractivo, deseable, tiene (además de eso) algo de guarida, de refugio, de osera donde esconderse hasta que pase el frío invierno. Qué rico es, qué seguro, sentir unos brazos más fuertes que los propios, unas manos más grandes, abrazar la cintura desde atrás, y acoplar la curvatura de la espalda a un vientre más firme y más tibio, y sentir un aliento más espeso en la nuca, y besar unos labios que, por el rededor, raspen apenitas, como con barba de unas pocas horas. Contacto, puro y duro. Piel y calor. Ahora mismo, ni siquiera amor. Ahora mismo, ni siquiera sexo. Aunque, bien mirado, tal vez un polvazo carnívoro, voraz, de esos que acaban con gritos, derramándose como cera caliente sobre el colchón, me dejara lo suficientemente vacía durante un rato como para no pensar en que echo en falta un cuerpo, otro.
Ari dice que “si en todo momento fuéramos conscientes de lo que es realmente un problema grave, no gastaríamos la vida sufriendo por gilipolleces sin sentido". Ari tiene tantísima razón… Ojalá, en este momento, las preocupaciones de algunas de las personas a las que más quiero fueran una simple cuestión de ausencia de musculatura y vellos ajenos...
En realidad, lo que yo había venido a decir es que estoy pensando en ti, M. querida, porque, el otro día, con el renacer de tu olfato al universo de los aromas masculinos, conseguiste que se me abriera el apetito. Pero, si te digo la verdad, el único cuerpo que en este momento me interesa es el tuyo. Que esté bien. Que esté limpito.
Calla, calla, que ya sé que tienes novio.
(Música: Dinah Washington, "Mad about the boy")
























