
“Y tú, ¿por qué no tienes más cosas para niños?”. La pregunta es absolutamente pertinente y ella es hasta indulgente al hacérmela (todo el mundo tiene derecho a una defensa justa), porque su cara de perplejidad ante la puerta abierta de mi nevera ya es lo suficientemente elocuente. Los estantes que no parecen el desierto de Gobi son, por el contrario, el paraíso de los productos prebióticos, más vitales, con bífidus activo, con fibra lipo- succionadora, para rejuvenecer desde el interior, para que la flora intestinal parezca el mismísimo Jardín del Edén. Eso, o hay hortalizas crudas.
“Bueno, cariño”, me excuso, “si mamá me hubiese avisado con algo más de tiempo de que iba a traerlos, habría pasado por el súper a comprar algo rico para merendar” (galletas parlantes con forma de dinosaurio, petit- suisse con sabor a tutti fruti y a arcoíris, rico jugo de gomibayas).
Él, que es más pequeñito, que está descubriendo el placentero mundo del comer absolutamente de todo sin necesidad de que vaya en papilla, todavía se conforma con cualquier cosa que tenga un aspecto mínimamente apetitoso, y señala dos yogures de coco (¡alabado sea el Señor, no los había visto!) que mi ex, al que le gustan las cosas con su azúcar, su grasa y su sabor artificial a fruta natural, se dejó después de estos días ejerciendo de niñero canino. Ella, que se caracteriza por ser perfeccionista y reflexiva, y que empieza a adquirir algunos malos hábitos de los adultos tales como la desconfianza, se lo piensa durante un rato sopesando con escepticismo la calidad de la oferta. Finalmente, se decide y pide Colacao con galletas (¡aleluya!, ¡tengo de todo!, aunque la leche sea desnatada, las galletas integrales y el cacao, de marca blanca, pero habrá que arriesgarse).
Aunque estamos en agosto, esta ciudad es el equivalente terrenal de Mordor, con lo que no es de extrañar que, afuera, un nubarrón negro, al que sólo le falta el ojo de Sauron en medio, amenace a los viandantes, haga viento y chispee. Los niños no vienen preparados para el absurdo verano lagunero (abrigo de piel de mamut y raquetas para la nieve), así que no podemos salir al parque. Tocará merendar viendo algo chachi frente al televisor.
“Y tú, ¿por qué no tienes más cosas para niños?”. Si yo lo entiendo. Un DVD con un episodio rancio de Barrio Sésamo y otro con la versión cutre de “Mulán” (regalo del periódico un domingo cualquiera, tétricos dibujos animados españoles que conducen a los pequeños a la depresión y los incitan al suicidio), son una birria absoluta comparados con “Up”. El listón está tan alto… Gracias a la tecnología moderna, este televisor que me he comprado ya viene con TDT incorporada y todo. Y resulta que hay un canal de dibujos animados permanentes, en serio, así lo pongas a las cuatro de la mañana.
Después de un buen rato echándole tanto cacao a la leche que ésta adquiere el aspecto y la consistencia de unas peligrosas arenas movedizas, en las que cientos de miles de galletas troceaditas están condenadas a perecer, mi sobrina me mira y me dice, lánguida: “las galletas no me gustan”. “¿No te gustan, mi cielo?”. Y cómo le van a gustar, si saben a comida para pájaros. Y con ese chocolate barato tampoco hay quien lo disimule. “¿Te preparo un sandwichito? Venga, medio para cada uno”. Intentemos que no decaiga, que, cuando lleguen a los treinta y tantos y hagan repaso de lo que fue su infancia, no culpen a su tía la desastrosa de haberles creado el trauma que los condujo a la anorexia.
Ella se come su mitad dándole mordisquitos menudos alrededor (no sin antes observar que el pan está frío, por lo que tengo que volver a la cocina a darle una pasadita por la sartén; no, la tita tampoco tiene sandwichera). Mientras le va dando formas a las rebanadas con los dientes (“un hueso raro”, “una nota musical”, “un calcetín de Papá Noel”), yo no puedo evitar pensar que juega con la comida porque no está tan buena como para que tragársela, sin más, sea lo bastante placentero (pan de molde integral y sin corteza, pechuga de pavo y queso bajo en sal… ¡puaj!).
Suena el timbre. “¡Es papá!”. “Ay”, me disculpo con mi hermano, “siento no haber tenido mucho para darles de merienda, es que si me hubieran avisado con más tiempo…”. Menos mal que, antes de animarse a formar la suya propia, él perteneció durante los años suficientes a esta familia de salvajes desnaturalizados como para comprenderme, y me ataja con un gesto benevolente. Justo cuando recogen sus cosas para marcharse, mi niña me mira tierna y me pregunta, “tía, ¿me haces otro sandwichito?”. No me lo puedo creer. ¿Habré triunfado? O será que, por suerte, el amor, además de estar ciego, tiene afectadas las papilas gustativas.
(Música: Mercedes Sosa, "Como pájaros en el aire")
“Bueno, cariño”, me excuso, “si mamá me hubiese avisado con algo más de tiempo de que iba a traerlos, habría pasado por el súper a comprar algo rico para merendar” (galletas parlantes con forma de dinosaurio, petit- suisse con sabor a tutti fruti y a arcoíris, rico jugo de gomibayas).
Él, que es más pequeñito, que está descubriendo el placentero mundo del comer absolutamente de todo sin necesidad de que vaya en papilla, todavía se conforma con cualquier cosa que tenga un aspecto mínimamente apetitoso, y señala dos yogures de coco (¡alabado sea el Señor, no los había visto!) que mi ex, al que le gustan las cosas con su azúcar, su grasa y su sabor artificial a fruta natural, se dejó después de estos días ejerciendo de niñero canino. Ella, que se caracteriza por ser perfeccionista y reflexiva, y que empieza a adquirir algunos malos hábitos de los adultos tales como la desconfianza, se lo piensa durante un rato sopesando con escepticismo la calidad de la oferta. Finalmente, se decide y pide Colacao con galletas (¡aleluya!, ¡tengo de todo!, aunque la leche sea desnatada, las galletas integrales y el cacao, de marca blanca, pero habrá que arriesgarse).
Aunque estamos en agosto, esta ciudad es el equivalente terrenal de Mordor, con lo que no es de extrañar que, afuera, un nubarrón negro, al que sólo le falta el ojo de Sauron en medio, amenace a los viandantes, haga viento y chispee. Los niños no vienen preparados para el absurdo verano lagunero (abrigo de piel de mamut y raquetas para la nieve), así que no podemos salir al parque. Tocará merendar viendo algo chachi frente al televisor.
“Y tú, ¿por qué no tienes más cosas para niños?”. Si yo lo entiendo. Un DVD con un episodio rancio de Barrio Sésamo y otro con la versión cutre de “Mulán” (regalo del periódico un domingo cualquiera, tétricos dibujos animados españoles que conducen a los pequeños a la depresión y los incitan al suicidio), son una birria absoluta comparados con “Up”. El listón está tan alto… Gracias a la tecnología moderna, este televisor que me he comprado ya viene con TDT incorporada y todo. Y resulta que hay un canal de dibujos animados permanentes, en serio, así lo pongas a las cuatro de la mañana.
Después de un buen rato echándole tanto cacao a la leche que ésta adquiere el aspecto y la consistencia de unas peligrosas arenas movedizas, en las que cientos de miles de galletas troceaditas están condenadas a perecer, mi sobrina me mira y me dice, lánguida: “las galletas no me gustan”. “¿No te gustan, mi cielo?”. Y cómo le van a gustar, si saben a comida para pájaros. Y con ese chocolate barato tampoco hay quien lo disimule. “¿Te preparo un sandwichito? Venga, medio para cada uno”. Intentemos que no decaiga, que, cuando lleguen a los treinta y tantos y hagan repaso de lo que fue su infancia, no culpen a su tía la desastrosa de haberles creado el trauma que los condujo a la anorexia.
Ella se come su mitad dándole mordisquitos menudos alrededor (no sin antes observar que el pan está frío, por lo que tengo que volver a la cocina a darle una pasadita por la sartén; no, la tita tampoco tiene sandwichera). Mientras le va dando formas a las rebanadas con los dientes (“un hueso raro”, “una nota musical”, “un calcetín de Papá Noel”), yo no puedo evitar pensar que juega con la comida porque no está tan buena como para que tragársela, sin más, sea lo bastante placentero (pan de molde integral y sin corteza, pechuga de pavo y queso bajo en sal… ¡puaj!).
Suena el timbre. “¡Es papá!”. “Ay”, me disculpo con mi hermano, “siento no haber tenido mucho para darles de merienda, es que si me hubieran avisado con más tiempo…”. Menos mal que, antes de animarse a formar la suya propia, él perteneció durante los años suficientes a esta familia de salvajes desnaturalizados como para comprenderme, y me ataja con un gesto benevolente. Justo cuando recogen sus cosas para marcharse, mi niña me mira tierna y me pregunta, “tía, ¿me haces otro sandwichito?”. No me lo puedo creer. ¿Habré triunfado? O será que, por suerte, el amor, además de estar ciego, tiene afectadas las papilas gustativas.
(Música: Mercedes Sosa, "Como pájaros en el aire")











