lunes 31 de agosto de 2009

Batido de alpiste


“Y tú, ¿por qué no tienes más cosas para niños?”. La pregunta es absolutamente pertinente y ella es hasta indulgente al hacérmela (todo el mundo tiene derecho a una defensa justa), porque su cara de perplejidad ante la puerta abierta de mi nevera ya es lo suficientemente elocuente. Los estantes que no parecen el desierto de Gobi son, por el contrario, el paraíso de los productos prebióticos, más vitales, con bífidus activo, con fibra lipo- succionadora, para rejuvenecer desde el interior, para que la flora intestinal parezca el mismísimo Jardín del Edén. Eso, o hay hortalizas crudas.
“Bueno, cariño”, me excuso, “si mamá me hubiese avisado con algo más de tiempo de que iba a traerlos, habría pasado por el súper a comprar algo rico para merendar” (galletas parlantes con forma de dinosaurio, petit- suisse con sabor a tutti fruti y a arcoíris, rico jugo de gomibayas).

Él, que es más pequeñito, que está descubriendo el placentero mundo del comer absolutamente de todo sin necesidad de que vaya en papilla, todavía se conforma con cualquier cosa que tenga un aspecto mínimamente apetitoso, y señala dos yogures de coco (¡alabado sea el Señor, no los había visto!) que mi ex, al que le gustan las cosas con su azúcar, su grasa y su sabor artificial a fruta natural, se dejó después de estos días ejerciendo de niñero canino. Ella, que se caracteriza por ser perfeccionista y reflexiva, y que empieza a adquirir algunos malos hábitos de los adultos tales como la desconfianza, se lo piensa durante un rato sopesando con escepticismo la calidad de la oferta. Finalmente, se decide y pide Colacao con galletas (¡aleluya!, ¡tengo de todo!, aunque la leche sea desnatada, las galletas integrales y el cacao, de marca blanca, pero habrá que arriesgarse).

Aunque estamos en agosto, esta ciudad es el equivalente terrenal de Mordor, con lo que no es de extrañar que, afuera, un nubarrón negro, al que sólo le falta el ojo de Sauron en medio, amenace a los viandantes, haga viento y chispee. Los niños no vienen preparados para el absurdo verano lagunero (abrigo de piel de mamut y raquetas para la nieve), así que no podemos salir al parque. Tocará merendar viendo algo chachi frente al televisor.
“Y tú, ¿por qué no tienes más cosas para niños?”. Si yo lo entiendo. Un DVD con un episodio rancio de Barrio Sésamo y otro con la versión cutre de “Mulán” (regalo del periódico un domingo cualquiera, tétricos dibujos animados españoles que conducen a los pequeños a la depresión y los incitan al suicidio), son una birria absoluta comparados con “Up”. El listón está tan alto… Gracias a la tecnología moderna, este televisor que me he comprado ya viene con TDT incorporada y todo. Y resulta que hay un canal de dibujos animados permanentes, en serio, así lo pongas a las cuatro de la mañana.

Después de un buen rato echándole tanto cacao a la leche que ésta adquiere el aspecto y la consistencia de unas peligrosas arenas movedizas, en las que cientos de miles de galletas troceaditas están condenadas a perecer, mi sobrina me mira y me dice, lánguida: “las galletas no me gustan”. “¿No te gustan, mi cielo?”. Y cómo le van a gustar, si saben a comida para pájaros. Y con ese chocolate barato tampoco hay quien lo disimule. “¿Te preparo un sandwichito? Venga, medio para cada uno”. Intentemos que no decaiga, que, cuando lleguen a los treinta y tantos y hagan repaso de lo que fue su infancia, no culpen a su tía la desastrosa de haberles creado el trauma que los condujo a la anorexia.
Ella se come su mitad dándole mordisquitos menudos alrededor (no sin antes observar que el pan está frío, por lo que tengo que volver a la cocina a darle una pasadita por la sartén; no, la tita tampoco tiene sandwichera). Mientras le va dando formas a las rebanadas con los dientes (“un hueso raro”, “una nota musical”, “un calcetín de Papá Noel”), yo no puedo evitar pensar que juega con la comida porque no está tan buena como para que tragársela, sin más, sea lo bastante placentero (pan de molde integral y sin corteza, pechuga de pavo y queso bajo en sal… ¡puaj!).

Suena el timbre. “¡Es papá!”. “Ay”, me disculpo con mi hermano, “siento no haber tenido mucho para darles de merienda, es que si me hubieran avisado con más tiempo…”. Menos mal que, antes de animarse a formar la suya propia, él perteneció durante los años suficientes a esta familia de salvajes desnaturalizados como para comprenderme, y me ataja con un gesto benevolente. Justo cuando recogen sus cosas para marcharse, mi niña me mira tierna y me pregunta, “tía, ¿me haces otro sandwichito?”. No me lo puedo creer. ¿Habré triunfado? O será que, por suerte, el amor, además de estar ciego, tiene afectadas las papilas gustativas.

(Música: Mercedes Sosa, "Como pájaros en el aire")

Motivo nº 598

El despertador suena de nuevo a las seis en punto de la mañana. Legañas. Mal cuerpo. Resaca de vacaciones. Tristeza sin digerir. Rutina. Rutina. Rutina.

Vestido verde con los hombros al descubierto. Brillo de labios. Se van a enterar.

Arranco el coche somnoliento, frío, desacostumbrado, que apenas puede subir renqueando la rampa del garaje.

Pongo la radio. Un locutor compasivo, rememorando lo que para él ha sido el mejor concierto del verano, me regala esta preciosidad.

Y quién dice que hoy no es un día perfecto para encontrarse un billete de cincuenta, para enamorarse, para ser feliz. Para hacerle una finta a la rutina.

(Música: Elbow, "On a day like this")

viernes 28 de agosto de 2009

Erotomanía (y III)


Recuerdo perfectamente cómo iba vestida la primera vez que nos besamos. Y también me acuerdo con exactitud de la ropa que me quitó la primera vez que nos fuimos a la cama. Es curioso, porque aun tardaría algún tiempo en confesarme que mi vestuario formaba parte del poder de seducción que, involuntariamente, ejercía sobre él. Pero, de alguna manera (supongo que por el modo en que me miraba de arriba a abajo y vuelta a subir), yo lo intuía. Cuando lo tenía cerca, siempre, siempre me sentía guapa.
Con los años (y a fuerza de ir ocupando puestos de cierta responsabilidad) me he vuelto más convencional. Digamos que queda poco serio que una secretaria de dirección reciba a los miembros del consejo de administración con sandalias multicolores calzadas sobre calcetines de machanguitos. Pero siempre me ha gustado cómo combinan el naranja con el fucsia, el verde con el rojo, y también los botones que no cumplen funciones aparentes, los pendientes llamativos y asimétricos. En una ocasión, solos en mi casa, de madrugada, me pidió que me quitara la ropa, sí, pero para cambiármela por otra distinta. Una especie de pase de modelos, vamos. Reconozco que aquella forma suya de fetichismo le excitaba casi tanto como verme desnuda.

En ese aspecto (en el vestir, quiero decir) lo cierto es que él era bastante soso; pero yo no tengo demasiado problema con eso. Definitivamente, prefiero a los hombres que me gustan completamente desnudos que con cualquier clase de indumentaria, aunque sea de Armani. No, mi fetiche particular habitaba en el interior de sus pupilas, en el fondo de sus ojos malvados, poderosamente manipuladores, que fundían mi capacidad de raciocinio como un trozo de mantequilla en una sartén caliente, convirtiéndome en esclava absoluta de sus perversas intenciones con sólo sentirlos clavados en mi espalda.
A lo largo de estos años, siempre que he intentado describir la calidad de ese sentimiento, cada vez que recuerdo aquella relación venenosa o que hablo de ella, noto que me faltan las palabras, que nunca doy con un vocabulario lo suficientemente acertado, lo necesariamente preciso como para definirlos. Tan sólo se ajustan a su magnitud y naturaleza el acto casi reflejo de apretar fuertemente las piernas, y un término que ya empleé en la primera entrega de este culebrón, porque lo considero casi el único adecuado: líquido. Denso, tibio, vivificante líquido.

Así que allí estábamos, aquella primera noche. Yo, con mi vestido granate hasta los tobillos que, a veces, como en esa ocasión, disfrazaba de falda encasquetándole encima una camiseta de colores que se degradaban desde el morado hasta el rosa clarito; mis botas altas tipo militar, de piel negra, como la chaqueta; el pelo recogido en un moño con un palillo oriental; pendientes de plata en forma de lágrimas, con piedras azabaches en el centro. Me apoyaba contra la pared de la residencia religiosa para chicas con su boca a escasos centímetros de la mía; los dos con las manos tras la espalda, como si estuviésemos esposados, sin atrevernos a tocarnos por miedo a que la magia se desintegrase al tratar de materializarla, o a que los desintegrados fuésemos nosotros por la intensidad de una pasión que ya intuíamos de proporciones nucleares.

No fue amor, nada que ver con eso. Afortunadamente, creo yo, porque esa clase de apetitos arrebatados suelen estar destinados a terminar como el rosario de la aurora, y pienso que fue más sano que no mediara otro tipo de sentimiento más exigente. Y así fue precisamente como acabó, claro: fatal. Pero antes de que llegasen los malos tiempos, hubo encuentros memorables. No voy a entrar en detalles, las señoritas no hacemos esas cosas. Sólo insistiré en que ni siquiera era preciso que nos tocásemos para alcanzar nuestro clímax pero, cuando lo hacíamos, la piel se nos derretía como film transparente dentro del microondas y, durante las horas que duraba la fusión, dejaba de existir todo lo demás.
Una noche, estando yo a unos cuantos miles de kilómetros de distancia, en la época en la todavía se consideraba una ordinariez que te sonara un teléfono dentro del bolso y el móvil se quedaba siempre en casa, volvía de cenar cuando me encontré con varias llamadas y mensajes de un número que no conocía. No hizo falta. Me bastó con leerlos para saber que eran suyos. El sol nos sorprendió sin haber dormido un instante, diciéndonos barbaridades en ciento sesenta caracteres. Hubiera matado por tenerlo durante cinco minutos a mi lado en el futón, en aquel estudio prestado justo debajo de la Alhambra.

Yo no sé si es verdad eso de que existen las almas gemelas y me parece que no creo en lo del amor verdadero. Tengo mis dudas de que haya una media naranja perfecta por ahí, para cada uno. Pero lo que puedo corroborar que existe, lo que he comprobado empíricamente que es posible encontrar, es una jugosa, excitante y deliciosa media fruta de la pasión. Tal vez a la larga resulte un poco indigesta. Pero, si la detectan, no sean bobos, no dejen de devorarla.

(Música: Michael Galasso, "Yumeji's Theme", B.S.O. de "In the mood for love")

jueves 27 de agosto de 2009

Coto privado


Recibo el correo semanal con la cartelera de los Renoir. Estrenan “Mapa de los sonidos de Tokio”. Me parece un título sugerente y precioso, como todos los de la directora en cuestión, pero me preocupa que eso sea lo mejor de la película. Me da miedo que a la Coixet le esté pasando lo mismo que a Almodóvar: que le haya dado por perder conscientemente todo su cinismo, su ácido a la par que tierno sentido del humor; que le haya dado por ponerse pretendidamente trascendente, pretenciosamente melodramática y profunda. No me resigno a creer que ya nunca jamás vaya a ser capaz de regalarme otra maravilla como “Las cosas que nunca te dije”, a conmoverme sencilla e inesperadamente como en “Mi vida sin mí”. A pesar de ello, he decidido que no quiero perder la fe en el género humano e inteligente, en que esta mujer de mirada tímida y desconfiada enmarcada en pasta será capaz de recordar el valor de las cosas simples (el helado de chocolate, los mensajes grabados en cintas de video) y dejarse de pamplinas. Así que, cada vez que hace algo nuevo, yo me recompongo y, cual Ave Fénix resurgiendo de las cenizas de su antigua decepción, regreso a la sala oscura con la misma ingenuidad, con la misma limpieza en los ojos e idéntica ausencia de perspectivas en el espíritu con las que fui a ver aquella primera película suya, que me dejó con la boca abierta y el corazón henchido de sangre caliente. Soy consciente, no obstante, de que nunca podrá ser lo mismo, precisamente porque ya sé de lo que es capaz, porque ya estoy prevenida, porque ya estoy esperando algo. Creo que ése es, justamente, el meollo del asunto: la sempiterna cuestión de las expectativas.

Hoy comía (y me emborrachaba, ay, qué resaca extemporánea) con las muchachas, mientras planeábamos la juerga del sábado noche. “Tengo muchas esperanzas puestas en ese día”, decía Ornelia. Entonces, reflexionó y se corrigió: “bueno, esperanzas no; ganas”. Y la matización no fue ninguna tontería porque, definitivamente, no es lo mismo.
Yo, por ejemplo, sé exactamente con quién me gustaría ir a ver esa película, con quién tendría ganas de verla. Es más, diría que sé con quién debería ir a verla, como si, al no hacerlo, estuviese traicionando un ritual ancestral y sagrado, una costumbre milenaria e inquebrantable establecida de forma tácita entre, por y para nosotros. El problema es que hay veces en que una quiere mucho pero no sabe querer bien, de la manera adecuada. Es verdad eso de que hay amores que matan o, como mínimo, que hieren. El inconveniente de obligar a la casualidad, de forzar los encuentros, es que, por el camino hasta la puerta del cine, se van barajando las probabilidades. ¿Y si luego las cosas no salen como una las había imaginado? ¿Y si vuelve a doler, allí donde debería hacer feliz, de nuevo?

Me gusta pensar que soy una romántica pero supongo que, en el fondo, lo que soy es una cobarde. Lo cierto es que en mi cabeza todo está perfectamente claro y equilibrado, pero me temo que no puedo fiarme de mi corazón, porque no sé en qué carajo estará pensando él mientras bombea con aparente despreocupación. Y las ganas de una tal vez sean las expectativas del otro, y volvamos a empezar one more time. Ésas son las razones que me doy (quién sabe si las excusas que me pongo) para aguantar un poco más en este exilio auto impuesto; ésas, y la hermosa perfección de la fatalidad que ya quiso que nos encontrásemos en una ocasión y que no veo por qué diantre no podría repetirse en un futuro, sin necesidad de planearla.
Pase lo que pase y, aun a sabiendas de que traicionaré las indestructibles normas no escritas por las que se rigen las buenas amistades, cuando esté sentada en mi butaca, sola o al lado de cualquier otra persona, sé que me parecerá que, por bien que lo haya hecho esta vez la Coixet (crucemos los dedos), sin tu compañía, nada de lo que pueda ofrecerme será nunca lo suficientemente perfecto.

(Música: Antony and The Johnsons, "Mysteries of love")


miércoles 26 de agosto de 2009

Suiza


Yo, desde hace algún tiempo, vivo instalada en territorio neutral. Estoy en tierra de nadie, a una temperatura constante de cero grados centígrados (ni frío, ni calor). Por aquí no se advierte peligro de invasión, no hay aviso de tsunami, ni se viven emociones fuertes.

Tengo una casa en propiedad. Está vieja, un poco destartalada, pero con algo de maña, bastantes muebles reciclados, muchos tapices tapando los agujeros de la pared y el típico perro pacífico durmiendo en la alfombra, he conseguido que parezca un hogar acogedor.
En una de mis muchas épocas de vacas esqueléticas, mi hermana (que es un primor absoluto y una hormiguita, gracias a lo cual vive en un permanente estado de lustroso y lechero ganado vacuno), liquidó lo que me quedaba del préstamo del coche, que es de segunda mano y ya empieza a tener años como para que merezca la pena seguir abonando letras todos los meses. Así que no tengo que pagar alquileres, créditos, ni hipotecas. Se puede decir que no trabajo para el banco, al menos no más de lo estrictamente necesario para pagar el mantenimiento de las tarjetas (que digo yo, que qué mantenimiento necesitará un cacho plástico de colores, que yo creo que nos engañan).
Disfruto, pues, de la práctica totalidad de mi salario (que, para los tiempos que corren, podríamos calificar de digno) para cosas como irme a Cádiz, o más o menos a donde me dé la gana, o para desayunar los fines de semana fuera de casa todo aquello que sea susceptible de rellenarse con dulce de leche.
Y, hablando de eso (del trabajo, no de desayunos ricos en calorías), ocupo un buen puesto que me ofrece estabilidad a medio plazo, lo que para mí, paradójicamente, es un alivio, porque me aburro de las cosas con mucha facilidad y me agobia todo aquello que implique estar atada a la misma silla por un periodo superior a un par de años.

Creo que, tras muchas idas y venidas, dudas y revolturas, y vueltas a empezar, estoy consiguiendo superar, sin demasiados estigmas emocionales, una ruptura sentimental después de casi una década de relación. Me llevo bien con mi ex y, lo que es más importante para mí, siento que podemos contar el uno con el otro.
Estoy bastante conforme con mi apariencia, en general, y voy logrando reconciliarme con el espejo y sentir que, como el vino, he mejorado con los años, pese a lo que no me importaría tener algún contacto en Corporación Dermoestética, particularmente durante ciertos peliagudos días del mes en los que experimento la terrible sensación de pesar, repentinamente, unas doscientas toneladas y de ser la mujer más horrenda sobre la faz de la Tierra.
Conozco mis toboganes interiores, el recorrido de mi montaña rusa. Cada vez me sé mejor mis recovecos, mis laberintos, y pienso que algo muy gordo tendría que pasarme (y creo que algunas cosas durillas ya me han ido tocando en suerte), como para que se me fuera la pinza inesperadamente porque saltase algún dispositivo no controlado.

Lo que se dice una balsa de aceite. Verdaderamente, no debería quejarme. Y, sin embargo, echo de menos el drama. Necesito acción, objetivos, ilusiones, paraísos perdidos hacia los que orientar el catalejo porque siento que me hundo en la apatía. Necesito bronca, necesito carcajadas, necesito pasión, necesito sexo (uyuyuy, qué mal ha sonado eso… me refiero en la vida en general, no en este preciso momento… me temo que esto ya no tiene arreglo, qué carajo, ¡necesito sexo!).
Mientras mi amiga la granadina me llevaba el domingo de camino a la estación, me lo iba diciendo, “tú lo que tienes es falta de algún proyecto, por eso no paras de pensar en vender la casa y marcharte a vivir a la playa. En la carrera, siempre decías que querías viajar a no sé qué sitio, que allí tenías familia...”.

Mi abuelo vino de Córdoba, Argentina, cuando Perón mandaba barcos de millo podrido desde aquella tierra de promisión, porque aquí la gente se moría de hambre. Era maestro y estraperlista y, aunque no lo conocí, me fascinan sus historias de tráfico de pieles de serpiente y huídas a Casablanca. Tengo sus ojos y su barbilla. Siempre sentí una enigmática atracción hacia su figura, siempre quise buscar en su país natal el trozo que me falta para completar mi puzle y encontrarme la raíz.
Esta mañana abrí el periódico por cualquier sitio, buscando la noticia del hallazgo de miles de obras falsamente atribuidas a Frida Kahlo, cuando di con algo inmensamente más interesante: resulta que, este domingo treinta de agosto, en el centro de Buenos Aires, se va a colocar una estatua de fibra de vidrio a tamaño natural de Mafalda sentada en un banco, para que todo el que quiera se instale a su lado a contemplar la ciudad.
Una vez fijado el objetivo, sólo me falta ahorrar para un billete Ginebra- Buenos Aires. Ay, no, cachis, que yo vivo en esta isla… Con tanta neutralidad, una se va volviendo imbécil.

(Música: Estrella Morente, "Volver", de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera)

martes 25 de agosto de 2009

Más allá


Camina descalza por un descampado embarrado, con una bata de esas que se atan por detrás pero te dejan con el culo al aire hagas lo que hagas. Yo la sigo de cerca, consciente de que ella no puede sentirme. La vigilo para que no le pase nada, para que nadie le haga daño. Y porque siento una enorme curiosidad por saber a dónde se dirige. Entonces escucho los ladridos: uno suena potente y amenazador, otro, raquítico e impertinente. Siguiendo la dirección del sonido, los veo aparecer y correr hacia ella desde lo alto de un montículo de tierra. Apenas consigo ver al pequeño, pero el grande es muy grande, blanco, hermoso y salvaje, con algo, más que de perro, como del dragón de "La historia interminable". A pesar de que la acosan y la rodean, no parecen querer atacar ni morderla. Ella da unas voces neutras, ahogadas, que no llegan a ser gritos. Justo como cuando uno quiere chillar en un sueño y no puede. Siempre le gustaron los animales; con mi padre, nos inculcó ese amor. Permanece quieta porque, de algún modo, se fía. Es ahí cuando salgo corriendo hacia ellos, tratando de espantarlos azuzándolos con los brazos.
No recuerdo nada más.

Creo que ella ya estaba muerta antes de que su corazón dejase de latir. Fue cuando la enfermedad comenzó a comerse su cerebro, más o menos en la época en que sus ojos fueron volviéndose opacos y gelatinosos, como los del pescado que no está fresco. Cuando su voz comenzó a brotar de algún lugar misterioso y recóndito de su anatomía, como desde el fondo de un pozo. Era como si alguien hiciese presión con un enorme almohadón de plumas sobre su boca cada vez que trataba de decir algo, y apenas podíamos oírla. Cuando dejó de ejercer el control de sus movimientos y le daba miedo hasta ponerse de pie. Fue así como empezó a desaparecer.
Supongo que por eso, desde entonces, cuando la veo en mis sueños siempre está en ese estado de apatía y tristeza, como una muerta viviente, como una zombi que vagara por el mundo de los vivos en busca de la luz al final del túnel, de la puerta hacia la otra dimensión. Aparece en una camilla de ambulancia, o se pasea absurdamente por la calle con una bata verde de hospital, o envuelta en una sábana. Y, aunque está conmigo, lo cierto es que no lo está. No hay contacto físico, ni amor. Sólo su mirada ida y mi tremendo sentimiento de culpa, mi acuciante necesidad de protegerla y ponerla a salvo en algún destino definitivo.

Es verdad eso de que los moribundos experimentan una repentina mejoría antes del desenlace fatal. La casualidad quiso que a mí me tocara cuidarla ese día. Y la mala suerte (sería más acertado decir "mi inconsciencia") que no me diera cuenta de lo que estaba pasando: que ya no habría más oportunidades para estar de verdad con ella, aunque aún tardaría en morir. Esa tarde hablamos mucho, merendamos natillas, vimos “Los chicos del coro”. Sabía que a ella, maestra vocacional, gran amante de la música y de la cultura francesa, y de naturaleza melancólica, igual que yo, la película le iba a encantar. Y así fue.
Luego se metió en la ducha sin que la atenazara aquel miedo incomprensible (para mí) a descalabrarse, como si en realidad estuviese haciendo equilibrios sobre el muro de la azotea del Empire State Building. Y, antes de cerrar los ojos en la cama para no volver a ser ella nunca jamás, me dio las gracias porque aquel día, me dijo, la había ayudado mucho. Yo suspiré con alivio pensando que empezaba a recuperarse, que saldríamos de la brecha. Sencillamente, preferí no enterarme de nada.

La noche de este sueño desperté de repente con un fuerte nudo en el vientre y la precisa sensación de que había alguien conmigo en la habitación. Afortunadamente, yo no creo en esas cosas. Unos minutos más tarde, sonó el teléfono móvil. Eran más de las cuatro de la madrugada. Llamante desconocido. He aprendido a no contestar nunca en esos casos porque lo único que se escucha al otro lado es un inquietante silencio y, aunque no soy una chica miedosa, me asusto. Lo desconecté rabiando, con el corazón a mil, preguntándome quién carajo sería el bromista. Porque, claro, creer otra cosa habría sido una estupidez.
El domingo volví a casa tras mis vacaciones y reparé en que uno de sus tapices favoritos (que constituyó parte de mi herencia) estaba colocado más alto que de costumbre. “Se descolgó de pronto la otra noche, menudo susto”, me dijo mi ex, que se había quedado cuidando de la perra. Y no le pregunté qué noche, ni a qué hora, porque yo, sinceramente, no creo en esas cosas. Como cuando mi hermana me dice que, si le vienen pensamientos dañinos o absurdos, se le cae de inmediato lo que esté sosteniendo entre las manos, como si alguien le estuviese diciendo “espabílate, niña, y deja de pensar estupideces”, y la devolviese a la realidad. “Yo siento que es mamá quien lo hace, ¿a ti no te pasa?”, me pregunta, como esperando recibir de mí una pizca de complicidad fraternal. No, a mí no me pasa. Claro que no. Yo no creo en esas cosas.

Si me animase a creer, tendría que bajarme de mi segura poltrona de sensatez, escepticismo y objetividad desde donde sólo se atisba lo que sucede en el previsible y conmensurable "menos acá", siempre en píldoras fácilmente digeribles con su aséptico envoltorio exterior. Tendría que quitarme la densa capa de barniz impermeable que tantos años me ha llevado ir aplicando para lograr que todo resbale bien ligero por mi superficie, para evitar que penetre el dolor y me mutile el corazón un poco más hondo, un poco más adentro. Tendría que admitir que esa segunda oportunidad que a veces nos da la vida quizás no sea siempre durante el tiempo reglamentario. Que, tal vez, se dé en los minutos del descuento. Que, tal vez, sea la muerte.

lunes 24 de agosto de 2009

Verano

Aire caliente. Tinto de verano con limón. Cazón en adobo. Acedías. Ortigas de mar. Más tinto. Borrachera. Sueño. Arena y sal. Una torre blanca. Lejos. Camino. No importa. Hay tiempo. No hay que regresar. Nadie espera. Pienso. Se pone el sol. Y sale. Aire acondicionado. Carretera. Más sal. Y más arena. Vacas junto al océano. Altas dunas doradas. Qué se verá al otro lado. Camino. Lejos. Un bosque fantasma de árboles quemados. Astillas en los pies descalzos. No importa. Hay tiempo. Tiempo para curarse. No hay que regresar. Nadie espera. Más carretera. Me paso la vida pensando en lo bueno y lo malo. Molinos de viento. Gasolineras. Calles empinadas. Casitas blancas. Castillos. Boy scouts. Luces de fiesta. Música. Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño. Verduras en tempura. No quedan pastelitos del califa. Tarta de chocolate y plátano. Más tinto. Más sangría. Más cerveza. Se pone el sol. Y sale. Viento de levante. Marea. Inundación. Mover la sombrilla. Cambiar la toalla. No importa. Hay tiempo. Nadie espera. Camino. Cometas. Escotes dorados. Traseros blancos. Mis hombros calientes. Los ojos cerrados. Espacio. Huellas. Espuma. El mar encendido. La playa incendiada. La puesta de sol. Inmensa. Naranja. Más tinto. Urta a la roteña. Boquerones frescos. Coquinas. Té moruno. Dulces sirios. Miel y pistachos. Risas en la calle. Ruido de motos. No importa. Tiempo para dormirse. Dormirse sin ropa. Sin despertador. Nadie espera. Nadie. Nada.

Hacía tiempo.


(Música: Chambao y Estrella Morente, "Lo bueno y lo malo", de Ray Heredia")

viernes 14 de agosto de 2009

Motivo nº 65

Toíto Cái.


(Música: Jorge Drexler, "Toíto Cái lo traigo andao", de Javier Ruibal")

jueves 13 de agosto de 2009

Motivo nº 17

"Hay música que necesita aire. Baja las ventanillas".
(Kirsten Dunst en "Elizabethtown")


(Música: Milton Nascimento, "Biromes y servilletas", de Leo Masliah)

martes 11 de agosto de 2009

Cadáveres exquisitos

Soy una gran fan de los imanes para neveras. Habrá a quien le parezcan una horterada pero, durante los muchos años que pasé con mi ex, tomamos por costumbre traernos uno de cada viaje que hacíamos (juntos o por separado) porque éramos demasiado pobres como para permitirnos otra cosa. Para mí se convirtió en una tradición entrañable y tierna, al tiempo que en un homenaje a las muchísimas satisfacciones que me trajo viajar de su mano. Sobra decir que la nevera está monísima y que, cada vez que la abro, los imanes me recuerdan que puedo prescindir de comprar el yogur más caro aunque sea el más sabroso, pero que no debo escatimar en dar un buen alimento a mi espíritu (menuda cursilada), porque un bocata de salchichón y una cerveza se convierten en los manjares más exquisitos si uno los toma sentado bajo un árbol centenario en un parque de, pongamos, la hermosa Viena. Por todo esto, he decidido conservar esa rutina.

Tanto entonces como ahora, he procurado no comprar nunca el típico suvenir para turistas escandalosos con camisas de palmeras, pese a lo que no he podido evitar hacerme con algunos hits como las obras completas de Picasso, Goya, Klimt o Van Gogh, de fácil adquisición en la tienda de cualquier museo (incluso de aquellos en los que no se exhiben las piezas en cuestión). Eso, supongo, es pura deformación profesional de la profesión que no ejerzo.
Pero, como decía, me esfuerzo por buscar cosas originales aunque no siempre lo consiga. Las navidades pasadas, en Londres, las voces de mi cabeza me obligaron a elegir el característico letrero de “Abbey road” (adoran a los Beatles, qué le vamos a hacer). Sin embargo, buscando, buscando, en una curiosa tiendita de Notting Hill en la que se vendían pomos para puertas o azulejos pintados, además de pulseras y monederos, encontré unas preciosas mariposas para pegar en la puerta del frigo. Los insectos, por muy de colores que éstos sean, despiertan mi fobia infantil nunca superada hacia todo lo que tenga patas peludas, abdómenes abultados y antenas; esas encantadoras e inofensivas cositas de plástico y metal me reconcilian con la primavera y me libran de pegar un respingo de puro asco cada vez que las veo de cerca.

Anoche, la dulce Ornelia, en lo que, imagino, fue un ataque de agradecimiento por haber logrado que el escuálido gato Truman aumentara dos tallas en tan sólo un fin de semana (como en los anuncios de la Teletienda, pero al revés), me obsequió con unos estupendos imanes en un envoltorio artesanal made in herself (esta muchacha es una artista, no entiendo cómo no monta un negocio de embalaje personalizado de regalos antes de que al listo del señor Dalmau le dé por llamar también a eso “customizar” y haya que pagar canon por ser una persona creativa). Son un montón de palabras magnéticas con las que se pueden componer infinidad de frases distintas. A algunas, incluso, les faltan las últimas letras para que, combinándolas con otras a modo de terminación, se pueda aumentar el vocabulario a voluntad.

También soy una gran aficionada a dejarme mensajes en el frigorífico, no sólo los clásicos "compra leche" o “viernes 24, dentista a las 16.00”, sino sobre todo del estilo “yo puedo” o “tengo derecho a comerme el mundo y a ser feliz, tanto como el que más”, así que la elección no pudo ser más acertada. Esta mañana, ilusionada como una niña chica (y peligrosa), he cogido un cuchillo, he rasgado el envoltorio, he sacado las nueve láminas de cincuenta palabras y el índice alfabético (que lo trae) de las disponibles y me he puesto a pensar ansiosamente en qué sentencia soltar. De pronto, el bloqueo, la peor pesadilla del creador, el terror al folio el blanco, el miedo escénico, el vértigo ante la obligatoriedad de demostrarse que una es una persona ocurrente y genial. Nada.
Entonces, he tratado de forzar la inspiración leyendo una y otra vez el contenido de las casillas en la primera de las hojitas. Cuando me he querido dar cuenta, estaba repitiéndolo en voz baja, como una oración o un conjuro, como un poema aprendido en la infancia, como hipnotizada por su musicalidad y su ilógico pero certero sentido:

colegio fría eres melón mojad
favorit ella más suerte muert
cuadro viaj más explot nunca
disfrut peg odio engañ compr
verano útil toca suspir viento
ilusión año tont puedo vosotr
tiempo qué está fuerte mente
mundo qué está amig sueldo
porque soy raro ironía sonido
grande que sent mujer cuarto

Creo que voy a pegarla tal cual. Millones de surrealistas no podían estar equivocados.

domingo 9 de agosto de 2009

Paz

El desayuno del domingo se prolonga hasta pasada la una. Después, paseamos lentamente hasta el mercado, compramos embutidos, pan de semillas y plantas. “El kalanchoe es una flor muy agradecida”, dice la vendedora, a lo que Queenpar responde con alivio, “eso es lo que yo necesito ahora, un poco de agradecimiento”. Nos despedimos en la plaza porque a mí me toca cuidar un rato de Truman, convertido temporalmente en un minino “rodríguez” mientras su dueña pasa estos días en la playa. Ya se sabe que a los gatos chicos, lo mismo que a los hombres (grandes), es mejor no dejarlos solos en casa por mucho tiempo. Yo soy una mujer perruna, con pocos gatos he convivido. Ya no me acordaba del placer que es sentir su ronroneo sobre la tripa mientras se lee un buen libro, el ruido de las uñitas enganchándose en la tela dura del pantalón vaquero.

Me da pena volver a dejarlo solo. Para entretenerlo en lo que huyo hasta la puerta, le pico una loncha del pavo recién comprado en una tapita que su madre utiliza como plato. Es de nutella, según leo antes de empezar a salivar cual perro de Pávlov, al tiempo que evoco la cara de duende de Valentino Rossi. Me pregunto si salivo más por el chocolate o por el motorista. Sospecho que él no me gusta, en realidad, pero los caminos de los estímulos condicionados son tan inescrutables…

Son más de las tres cuando emprendo el regreso a casa y ya vuelvo a tener hambre. Abro el envoltorio del pavo, el del queso, me fabrico un rollito mixto mientras camino y, con el primer mordisco, me acuerdo de cuando era pequeña y mi madre iba a recogerme al conservatorio. Buscábamos una venta de las de antes y comprábamos rico salchichón ibérico, que saboreábamos sentadas en un banco de la plaza bajo el chipi- chipi otoñal. El mismo que cae hoy. Sólo que hoy, es agosto.

Gozo del cuestionable placer de mojarme bajo una lluvia intempestiva, finita, que me libera de la absurda obligación de ser feliz entre las olas, luciendo el bronceado y el tipazo que no tengo. Después del almuerzo, repito paseo con la perra. También ella disfruta de no arrastrar sus viejos huesos bajo cuarenta caniculares grados. Olvido los consejos de la veterinaria y damos vueltas y más vueltas por la ciudad desierta y tranquila.

La expedición le pasa factura y se echa bajo la mesa cuando me siento a escribir. Respira con placidez, ronca suavito. El móvil pita con un mensaje de Lupe. También llueve absurdamente donde ella está. La diferencia es que en su verano sí hay sombrillas, arena, necesidad de broncearse y ser feliz entre las olas, que para eso está pagando el hotelazo con spa. Le respondo que esté tranquila, que el sol volverá a salir, seguro. Y que me siento sorprendentemente en paz. Tanto que, odiando como yo odio las tardes de los domingos, firmaría por quedarme el resto de mi vida en ésta.

(Música: Duke Ellington & Mahalia Jackson, "Come Sunday")

sábado 8 de agosto de 2009

Despedidas

Parece el mismo sueño de siempre. De nuevo estoy en su casa, en la que durante muchos años fue la mía. Pero esta vez, creo que me he despertado allí, como si nunca me hubiese marchado, como si se hubiesen marchado los demás. En plena noche, de pie en medio de la cocina, tengo el cabello revuelto y cara de dormida. Llevo el camisoncito blanco de verano. La luz está encendida y hay muchísimo desorden, de bolsas rasgadas, de cajas rotas, de latas abiertas, de cereales, galletas y frutas esparcidos por el suelo, como si un ladrón muy hambriento hubiese entrado a robar. Supongo que por eso he debido levantarme.

Entonces me acuerdo angustiada de los pájaros y salgo a la terraza, donde tendrían que estar abandonados, hambrientos y muertos de sed en sus jaulas cochambrosas, como siempre. Y allí están sólo que limpios, con comida suficiente y los bebederos llenos de agua. Duermen tranquilos hasta que mi irrupción los sobresalta. Todo está bien. No entiendo nada.

Vuelvo a la cocina en busca del causante de tanto desorden, de una razón para estar teniendo este sueño. Recorro la estancia con mirada más atenta y descubro un gran montón de excrementos de animal en un rincón. Cuando consigo salir de la estupefacción que me produce el hallazgo, lo veo. Es un enorme jabalí, parado enfrente de mí. Siempre he escuchado decir que son animales peligrosos e impredecibles, que, cuando se sienten amenazados, atacan sin contemplación. Pero éste me mira con ojos mansos, casi de perro asustado. Me sortea con agilidad y se escapa en dirección a la larga terraza, por la que corre como si no estuviésemos realmente en un ático y pudiese huir por ella hacia el mismo lugar misterioso del que procede. Me asomo para verlo marcharse cuando me doy cuenta de que se ha quedado fuera, lo bastante lejos como para sentirse a salvo, pero a la vista. Espera algo. Me pregunto el qué.

Siento su movimiento entre mis pies y doy un brinco, aterrada, cuando descubro al jabato que jugetea a mi alrededor. No demuestra ningún temor, parece dúctil, doméstico, incluso más que el adulto. Comprendo que se trata de una hembra que ha entrado en busca de alimento para su cachorro, que sigue jugando con mis dedos ajeno a todo peligro. Lo espanto para que vaya con ella, que lo aguarda fuera, atenta. Me mira con ojos pacientes y confiados, porque sabe que no hare ningún mal a su retoño. Cuando por fin se alejan, me despierto desconcertada.

Esta vez, no hubo animales abandonados. Y, los que debieron ser hostiles y salvajes, no lo fueron. No hubo angustia ni violencia, no hubo culpa ni dolor en la casa que tanto me apena recordar. Todos quedamos en paz. Todos, incluso yo, gracias a la madre que, marchándose para siempre con su cría, pareció decirme con su mirada mansa que puedo quedarme tranquila, que puedo hacerme mayor. Que ya he sido perdonada.


(Música: Bersuit Vergarabat "Madre hay una sola")

viernes 7 de agosto de 2009

Vacaciones

Al llegar esta mañana a la oficia caigo en la cuenta de que, por segunda vez esta semana, me he dejado el portátil en casa. Ese ordenador es mi cabeza, no soy nada sin él en el trabajo. Así que me toca volver para atrás a buscarlo, menudo coñazo…

O no.

En la radio del coche suena una canción desconocida, preciosa. Al fondo de la autopista veo la bruma que se acumula en lo alto del macizo violeta, refrescando la tierra que en unas horas estará caliente. El mar es como un espejo de mercurio, gris, metálico, plano como creían los antiguos. Las luces naranjas de la ciudad se reflejan en su superficie pulida. De pronto, se apagan todas a la vez. Un crucero fondeado más allá espera a que el sol se encienda del todo para acercarse al puerto. Imagino a los viajeros que duermen plácidamente en los camarotes. La luna brilla todavía, redonda, blanca, perfecta, como un queso sin cortar en el cielo, que empieza a ponerse azulito por arriba. Por las ventanillas entra un aire que huele un poco a sal y otro poco a la hierba recién cortada de los jardines.

Es fantástico. Para mí, hoy empieza el verano.




(Música: Billie Holiday, "Summertime")


jueves 6 de agosto de 2009

Sagitario. Jueves, 6 de agosto de 2009

Salud: Insomnio. Se mostrará intratable con cuantos le rodeen a lo largo de toda la jornada.

Sí, sí, muchas gracias, pero pudiste haberme mandado un mensajito al móvil anoche. Así, cuando me desperté a las cuatro de la mañana en medio de un ataque de ansiedad que duró más o menos hasta las seis –¡hora de levantarse!-, pensando:

a) en la clase de secretaria impostora que soy,

b) en que tengo la espalda fatal, pero no pienso pisar la clase de Pilates en todo el mes de agosto porque el profesor sustituto es un tío con el que me enrollé, por lo que mi acusado sentido del ridículo me impide adoptar la postura del "gato enfadado" delante de él sin sentirme la más absurda de las personas,

c) en que mi casa se cae a pedazos y debería ponerme a pintar las paredes, limpiar los cristales y podar las plantas de la huerta antes de que invadan el vecindario entero y la gente no pueda salir a la calle, ni asomarse a las ventanas nunca más, pero no tengo ganas,

d) en el inexorable paso del tiempo, particularmente inexorable cuando se trata de las patas de mi perra, que cualquier día dejará de caminar,

me habría quedado mucho más tranquila sabiendo que todo forma parte del gran plan divino, y que no debo angustiarme si mis pésimas decisiones y la desastrosa gestión de mi vida (por culpa de las cuales probablemente acabaré vieja, sola y encorvada, hablando con un animal disecado de cuarenta kilos, delante del televisor), me impiden dormir.

Luego dirás que soy intratable, claro.


miércoles 5 de agosto de 2009

Resortes



El deseo es caprichoso. Se activa con estímulos misteriosos e ilógicos, se despierta por razones incomprensibles e inesperadas. Una vez deseé a un hombre sólo por su billetera. Sé que quedo en mal lugar al confesarlo, pero es la cruda realidad. En mi defensa seré poco original y diré aquello de que no es lo que parece, que hay una explicación.

Era realmente guapo (pelo negro, ojos verdes con largas y espesas pestañas, bonitos labios). Y, contra todo pronóstico -al menos, contra todos mis pronósticos-, quiso tener una aventura conmigo. Habría que pensar: ¡maravilloso! Pero la belleza, me temo, no suele ser suficiente y, aparte de las dosis de autoestima que me inyectaban sus miradas de reojo, su insistencia en una cita, no me despertaba ningún apetito, no me movía ni un pelo. Y juro que lo intenté, pero nada, ni frío ni calor. Era una pena.

Una tarde se presentó sin avisar. Cogida por sorpresa, no me había preparado como otras veces para el esfuerzo mental que suponía buscar en él cualquier cosa, la que fuera, que disparase mis hormonas, que me hiciera reaccionar de algún modo en presencia de aquel adonis.
En esa época todavía no había heredado los restos de los naufragios -divorcios, mudanzas traumáticas, catástrofes naturales, defunciones- gracias a los que he conseguido ir amueblando mi casa. En lugar de sofá, tenía un incómodo colchón de guata y resortes levantado sobre palés. Incluso inapetente y desganada, soy una chica educada, así que lo invité a pasar y a sentarse, y le ofrecí el café que (los dos lo sabíamos) no había venido a tomarse. Para estar algo más cómodo en aquel potro de tortura, sacó su cartera del bolsillo trasero del pantalón, la dejó sobre la mesilla del teléfono y se fue un momento al baño. Tal vez fuera porque me había pillado con las defensas bajas pero, entonces, sucedió.

El abandono inconsciente y confiado de su billetera junto a mis velas y mis portarretratos, se me antojó de una intimidad equivalente a verlo abrirse el corazón con ambas manos y mostrarme su contenido. Tal vez suene exagerado pero allí, en contacto con mis cosas, al alcance de mis dedos, estaban las horribles fotos de carné que nadie enseña, su bono del transporte público, una entrada vieja del cine, un condón, el teléfono de alguna chica apuntado en un tique de la compra… la vida de todos los días, ésa que la gente se lleva a cuestas, como los caracoles. De pronto, aquel hombre cuya hermosa cobertura la distraía a una de penetrar hasta el relleno, se había quedado frente a mí desnudo e indefenso. En ese instante, ardí en deseos de ser suya.

La historia no prosperó. Salvando aquel breve destello, lo cierto es que la química orgánica o el electromagnetismo no quisieron que este polo se sintiera nunca más atraído por su opuesto.

Hace un tiempo me lo encontré en una exposición. Hacía mucho que no lo veía y él no me reconoció. Oculta entre la multitud y con la ventaja del anonimato, me abstraje contemplando su vaquero abultado. Tampoco es lo que parece. Estuve muy, pero que muy tentada de robarle la cartera.

martes 4 de agosto de 2009

Erotomanía (II)

Nos conocimos en carnaval. Su novia y mi chico, que eran buenos amigos, nos presentaron entre vapores alcohólicos, purpurina y pestañas postizas. Si dijimos algo coherente no consigo recordarlo, pero en algún rincón sobrio de mi cerebro registré la mirada peligrosa que sería mi perdición.

Era viernes por la noche cuando volvimos a vernos. Había pasado el tiempo, yo era otra vez soltera y estaba a punto de marcharme a acabar los estudios fuera. Él bostezaba aburrido, en busca de algún motivo para no irse a dormir en aquel preciso instante. A la altura de mis ojos, los suyos –líquidos y oscuros- se detuvieron en seco y pareció despertar. Sonrió sin disimulo, con sorpresa y fascinación, como si yo fuese la mujer más hermosa y deseable del planeta, como si estuviese desnuda en mitad de la calle y sólo él pudiese advertirlo. Nunca pienso que esas cosas me estén sucediendo a mí, así que, ingenuamente, aproveché para preguntarle su nombre, del que sólo recordaba que era raro: “y tú, ¿cómo te llamabas?”. Pícaro, respondió con una mentira porque creyó que flirteaba. Comprendí que no tenía ni idea de con quién estaba hablando.

Su colega me dijo alguna infantilidad (“mi amigo te quiere conocer”). Contesté “ya me conoce”, y aclaramos el embrollo. Le recordé el carnaval, el novio que ya no tenía. Se quedó petrificado, porque él seguía con la misma chica y estaba tonteando con alguien que la conocía. “Pero es que no me acordaba de que eras así”, me dijo. “Así, ¿cómo?”, pregunté ignorando el efecto que iba a producirme su respuesta. “Así. Bonita”.
No sé qué me pasó entonces. Fue como encender la mecha que va directa al barril de pólvora, como prender el chorro que se derrama de un bidón de gasolina. Bastó una mirada de sus ojos sucios, de niño malo, para que yo supiera todas las cosas que estaba dispuesto a hacerme si me dejaba. Tuve que rendirme a la evidencia porque, en ese momento, deseé desesperadamente que las hiciera.

Decidimos tácitamente no hacer nada de lo que arrepentirnos, pues había corazones ajenos en juego. Hablamos, bebimos, fuimos a los bares, aguantándonos las ganas durante horas, todo el tiempo al límite de la resistencia como dos ollas a presión. Nos despedimos para siempre, aquello no podía ser. Llegué a casa con el sol, pero fui incapaz de conciliar el sueño, consumida por un deseo como nunca antes había sentido.

Unas semanas después y en otra ciudad, descubrí que mi chico de ojos perversos era débil, pusilánime. Uno de esos que vendería a su abuela inválida con tal de no salpicarse si la cosa se ponía fea. Para salvar su trasero, me dejó con el mío al aire inventado una rocambolesca historia de lo que nunca sucedió, en la que yo era la malvada seductora de un hombre inocente y fiel. Pero calculó mal las consecuencias y su novia, en lugar de perdonarlo por honesto y por sincero, lo abandonó por estúpido al confesar una infidelidad que ni siquiera había existido. Ahora, nuestros ex me odiaban.

Después de más de dos años, una tarde tropezamos en el portal de una amiga. Resultó que iban a ser vecinos. Yo volvía del gimnasio sudando y como un tomate, pero él creyó que era la causa, según me contó cuando nos reconciliamos. “Qué dices, presumido, venía de hacer deporte”. No iba desencaminado. Menos mal que llevaba el chándal o, de lo contrario, habría tenido que inventar alguna buena explicación. Porque la verdad es que la carne es débil, mi memoria corta y que me prendí como papel de fumar cuando volví a encontrarme con su mirada incendiaria. Me decía que, si se me había pasado el enfado, seguía dispuesto a hacerme las cosas que nunca me hizo.

(Música: Alaska y Dinarama, "Dónde está nuestro error")

domingo 2 de agosto de 2009

Maniaca



Cuando coloco un rollo nuevo de papel higiénico, el trozo que cuelga para tirar debe quedar por dentro, del lado de la pared. Odio tener que desenrollarlo al contrario.

Hubiese estado bastante de acuerdo con Hitler si se le hubiera ocurrido exterminar a las personas que van al cine a charlar alegremente, como si estuviesen tomando café.

No soporto llevar sucios los zapatos.

Me irrita profundamente la gente que utiliza los infinitivos como si fuesen imperativos, y dice cosas como “venir para acá” o “callarse”.

Pero lo me más detesto en este mundo es dejar una nota en casa para alguien (un amigo que se ha quedado a pasar la noche, por ejemplo) y, a mi regreso, encontrarla exactamente en el mismo sitio en el que la puse, tal y como la puse, como si nadie la hubiese leído. ¿Sería mucho pedir que la doblase y se la guardase en el bolsillo del pantalón, como un bonito recuerdo? ¿O que la arrugase y la arrojase a la papelera -a una de la calle, claro- para así poder sentir que he sido tenida en cuenta, que he generado una reacción, que he dejado alguna huella?
Encontrar una nota mía absolutamente intacta me hace experimentar un terrible sentimiento de abandono y soledad.

El viernes, cuando me fui a trabajar, escribí sendas notas para mi primo (que vive en la parte alta de la casa) y para mi ex (que vendría a recoger algunas cosas). Me consta que las leyeron. Cuando regresé, agotada de la jornada de diez horas, aplastada por el calor y exhalando polvo sahariano en vez de aire, las hojitas seguían donde mismo, impolutas, burlonas.

Qué les hubiese costado a ellos dibujarles un muñequito sonriente, una flor o un corazoncito.

(Música: The police, "Message in a bottle"