jueves 30 de julio de 2009

Burrocracia



De todas las absurdas expresiones recurrentes que se emplean en este trabajo, la socorrida “hacer una gestión” es, definitivamente, la que más me irrita. Mi jefa que, por lo demás, me cae bastante bien (no tengo intención de que conozca jamás este blog, así que no lo digo para que me suba el sueldo, me nombre empleada del mes o secretaria mayor del reino), la utiliza con mucha frecuencia y referida a cualquier cosa. Si quiere que le pida un taxi, me dice que le haga una gestión; si necesita que le consiga un teléfono, gestión que te pego; si le apetece un café, un zumo de naranja o una chocolatina, gestión, gestión, gestión… En esos momentos, experimento una profunda sensación de empatía hacia los asesinos en serie y los francotiradores de las azoteas, comprendo al increíble Hulk. Ni que decir tiene que me he vuelto una eficientísima gestora.

Estos días anda lesionada por una mala caída, así que bajo a recibirla al portal cada mañana para ayudarla a subir sus cosas. Al salir al descansillo, veo que el amigo Murphy ha estado haciendo de las suyas y en el ascensor cuelga el letrero de “en reparación”.
-Tal vez sea sólo una puesta a punto rutinaria- me dice cuando se lo cuento. –HAZ UNA GESTIÓN y mira a ver si nos lo pueden poner a funcionar.

Por no arrebatarle una muleta y arrearle en la pierna mala con ella, respiro hondo y me imagino alguna cosa absurda. A mí, por ejemplo, presentando en la ventanilla de hacer gestiones de la empresa de mantenimiento, el impreso 54BbarraJ23guiónZ debidamente cumplimentado, mediante el que se solicita que le sea comunicado al señor Perico Sánchez, reparador, que en el día de la fecha se ha personado en las instalaciones de la empresa “X” para el arreglo de un ascensor, que, si el citado ascensor no está estropeado sino en revisión de rutina, haga una gestión y lo ponga a funcionar. Para lo cual, el impreso de respuesta 47CbarraH34guiónJ deberá ser remitido, convenientemente sellado, con registro de salida y por duplicado para la devolución del “recibí”, a la ventanilla de hacer gestiones de la empresa “X”, a la mayor brevedad posible. Saludos.

Vamos que, si quiere, yo me doy un salto a ver si veo al muchacho y lo aclaramos enseguida. Pero supongo que en este gremio de la administración pública no se estila mucho hacer de manera sencilla las cosas que son sencillas.

(Música: Alaska y Dinarama, "La funcionaria asesina")


miércoles 29 de julio de 2009

Mar de leva

Sueño mucho con el mar. Supongo que tiene sentido, porque vivo rodeada de agua. El océano es mi frontera. Puedo verlo (a veces, incluso, hasta olerlo) desde donde ni siquiera hay costa.
En mis sueños, el mar es azul oscuro, gris oscuro, espumoso. Está sucio, del fondo revuelto, de las algas arrancadas, vomitadas a la orilla. Es un mar embravecido, que inunda, que arrastra, que rompe furioso contra las rocas (rocas negras, rocas rojas, roca viva, volcán).
Así es el mar que conozco. No es el calmo Mare Nostrum, ni el Caribe transparente. Este océano está hecho de un agua viva y salvaje, con un enfado esencial, primitivo, peligroso.

Siempre estoy desnuda y sola, en una playa de arena gruesa y oscura. No hay sombrillas de colores. No hay bañistas, ni chiquillos jugando a la pelota. No hay espacio. Porque la marea sube, siempre, demasiado (demasiado aprisa, demasiado arriba).
Detrás de mí se alza un acantilado, una altísima pared vertical, inapelable, contra la que las olas me empujan como queriendo romperme, como si fuese una de ellas. No hay manera de subir, de nadar hacia otro lado. No hay manera de escapar, no tengo fuerzas, no queda tiempo. Siento la sal en mi boca, trago agua, tengo miedo. Es el momento en el que suelo despertar.

En este sueño es distinto. La playa es algo más grande. Está cercada de rocas, escarpadas e insalvables, formando un pequeño circo, un teatrillo, con su luz artificial, su tablado, que es de arena, y un decorado de piedra y plantas secas. El telón es de agua y no tardará en caer.
No estoy sola en mi escenario. La perra se pasea dando vueltas nerviosas, como un león enjaulado. El instinto le dice que busque una salida, y también que no la encontrará. Yo la miro, miro al agua, suplico una solución. Sé que nadie va a ayudarme, sé que no podré salvarla.
De repente, algo sucede. El mar se queda en reposo. Sin la amenaza del agua, busco un camino en las rocas o algún lugar al que asirme para poder escalar. Sé que no podré trepar por la pared seca y polvorienta, desnuda como estoy, sin arrancarme la piel o despeñarme. Sé que no podré cargar con el animal, acantilado arriba. Estamos condenadas a quedarnos, a morir, seguramente. Entonces miro hacia fuera y comprendo la verdad. Me doy cuenta, con dolor, de que al menos a mí me queda una salida: por primera vez en miles de sueños, el mar está en calma, dándome una oportunidad. Sé nadar y no hay peligro. Pero es imposible llevarla conmigo.

He pensado en este sueño y creo que sé lo que significa. Siento que es una señal de que ahora es el momento, de que es hora de partir, suavemente, sin tormentas ni oleajes. Quizás no tenga sentido este empeño mío en despellejarme las manos, en arañarme las rodillas, en destrozarme las uñas, haciendo esfuerzos inútiles, dolorosos, por volver, por aferrarme. Quizás tenga que aceptar que renunciar al amor cálido, cómodo, seguro, tiene un precio, que es lo que vale crecer y ser valiente. Quizás deba confiar en sus posibilidades de sobrevivir sin mí, porque no soy imprescindible, porque tengo derecho, necesidad de caminar sola. Porque no puedo llevármelo todo siempre conmigo o acabaré por hundirme, ahogada por el peso de mi exceso de equipaje.

Tal vez tenga que dejar de pelearme y tener fe, por una vez, en mis propias decisiones. Y tal vez sea la hora de aceptar que este sabor salado es el de mis lágrimas, que tengo que soltar lastre y aprender a despedirme.


(Música: Javier Ruibal, "La dama de la isla")

martes 28 de julio de 2009

Sagitario. Martes, 28 de julio de 2009

Amor: hoy le pintan oros en sus relaciones íntimas, aprovéchelas.

Oráculo ludópata... ¡Que la timba no es hasta el jueves!


lunes 27 de julio de 2009

Sagitario. Lunes, 27 de julio de 2009

En el amor, deje las cosas quietas y no fuerce los acontecimientos hasta que tenga la sartén por el mango.

…como te lo estoy contando, pues ¿no va la niñata esta y se larga una parrafada de por lo menos un folio, que si hay que arriesgarse con esto, que si no hay que censurarse con lo otro? ¡Una cosa!… no, si es que tienes que leerlo, ¿no te di la dirección?… apunta, sí… eso... víbora.blogspot.com… ahora, que si se creía ella que me iba a estar calladito, va lista, porque ahí le he soltado la bomba… y un lunes por la mañana, para que empiece la semana comiéndose bien la cabecita, con un buen dolor de mandíbulas… vamos, que yo lo que son los lunes estoy fatal, del finde y eso, pero que si me lo tengo que currar me lo curro, y nada de pañitos calientes hasta el miércoles que me empiecen a funcionar otra vez las neuronas, se va a enterar ésta de lo que vale un peine... no, si es que eso del libre albedrío le habrá venido de perlas al de las barbas para justificar sus grandes cagadas divinas, pero a nosotros nos está dejando sin adeptos, que cada vez son menos crédulos… y que ahora cualquiera que se ponga a pintar frasecitas en lo alto de la carretera se vuelva un profeta, ¡vamos, hombre!, ¡al carajo con los siglos de tradición y de esfuerzo!... destrozaditas tengo las cuerdas vocales de hablar todo el tiempo como si fuese Pavarotti, he acabado escribiendo en un periodicucho local para pagar la hipoteca y, encima, tengo que aguantar el intrusismo y la chulería, lo que me faltaba por ver... oye, que me están llamando por el móvil, que el jueves hemos quedado el de Dádimos, el de Olimpia y yo para una timba de póquer, que si te apuntas… no, el de Delfos se va a un recital de poesía… sí, está hecho un aburrido. Dice que con nosotros no tiene emoción jugar, que siempre se sabe quién va a ganar…

domingo 26 de julio de 2009

Sagitario. Jueves, 23 de julio de 2009

En el amor, deje que se acerquen a usted y no al contrario.

Los oráculos, ya se sabe, son soberbios y caprichosos. A ellos nadie les dice lo que tienen que hacer. De ellos, nadie se ríe. Éste mío, por ejemplo: se me ocurrió escribir que sólo contaba cosas dignas de mi comentario los miércoles y va, y el jueves me deja esta perla. Pero yo no he sido menos y me he reservado el post para el domingo, ¡ja!

Tengo que admitir que, en buena parte, le doy la razón. Cuando tomo la iniciativa, por lo general, la fastidio. Mi amiga la psicóloga que, como corresponde, cuando se trata de resolver conflictos (de otros) y de dar consejos (a otros), es toda capacidad de análisis y pura objetividad, me repite que debo dejar de pensar de esa manera, que eso no es así. Que, porque me haya salido mal alguna vez, no me saldrá mal siempre y que, diciéndome esas cosas, sólo consigo creérmelas y boicotear mis propios intentos. También a ella le doy la razón, aunque sólo al cincuenta por ciento.
Es verdad que soy toda una experta en decir que no antes de dejar a nadie decirme que sí. Y que me pongo mucho la zancadilla. Y que al enemigo le tiendo el puente de plata pero para que entre, no para que se vaya. Pero también es cierto que los hombres de hoy en día han aprendido a disimular bastante bien. Cada vez estoy más convencida de que esa teoría de que se lían con cualquiera que lleve falda y les guiñe un ojo (por no decirlo de otra forma bastante más vulgar), es un bulo difundido por ellos mismos para que seamos nosotras las que nos animemos a entrarles. Total, si siempre van a querer… Y, ojo, que lo entiendo y me parece hasta bien. Se han pasado los siglos hincando la rodilla en el suelo y cantando serenatas a la luz de la luna, aún a riesgo de que les hicieran comerse el anillo o les lloviera pipí desde alguna ventana y, ahora, se están tomado la revancha. Esa mentirijilla de que no son nada selectivos les permite, precisamente, seleccionar.

No sé si tiene mucho que ver, pero pensando en estas cosas me he acordado de uno de mis finales de cine favoritos. Si alguien no ha visto todavía “Cinema Paradiso” que deje de leer esto inmediatamente, porque le voy a fastidiar lo que, para mí, es lo mejor de una hermosísima película. Me entusiasma el reencuentro de Totó, convertido en Salvatore (un hombre que asiste, desencantado, a la desaparición de su mundo de infancia), con la magia del celuloide que lo cautivó siendo un niño. Cómo se va fraguando en su mirada la emoción, en el momento en el que, sentado frente a la pantalla, contempla el contenido de la lata que el desaparecido Alfredo le deja como legado: todos los fotogramas cortados por la censura; todos los besos apasionados, las risas, los abrazos, las piernas, los pechos, los labios de mujer; toda la belleza, desaprobada durante años por el miedo y la ignorancia. De fondo, suena la maravillosa música de Ennio Morricone…
Por si recordar esto hubiese sido poco, ayer, mientras iba conduciendo con el aire caliente entrando por las ventanillas, me topé con el mensaje semanal del poeta de la autopista: “No eres inmortal. Experimenta”.

¿No son estas suficientes señales? Definitivamente, todo tiene mucho, muchísimo que ver. Yo no quiero censurarme. No quiero disimular, ni quedarme de brazos cruzados si siento que las cosas pueden suceder si yo las provoco. No he sido más feliz, ni me ha ido mejor cuando me he quedado paralizada, descifrando mensajes en el viento. Seguramente, el oráculo dispondrá de toda la eternidad para esperar pacientemente a que alguien venga a invitarlo a café, o al cine, o le plante un inesperado besazo en los morros. Pero a mí, por desgracia, la vida se me va a acabar (cruzo los dedos, toco madera, mientras esquivo una escalera atravesada en la calle y sujeto por la cola a un gato negro, que trata de pasarme por delante).
Creo que optaré por decir “me gustas” cuando eso sea, justamente, lo que quiera decir, porque no sé hacer las cosas de otra manera. Creo que me arriesgaré, porque ya me he dado cuenta de que, si una se calla durante demasiado tiempo, quizás llegué muy tarde a lo que podría haber sido.

De todos modos y por si acaso, estoy aprendido a cocinar pastel de calabazas.

viernes 24 de julio de 2009

Un mal día

No sé si cortarme las venas o dejármelas crecer...

Olor a naftalina



La primera vez que lo respiré, aquel tufo medicinal, mezcla de residencia geriátrica y consulta de practicante, casi me tiró para atrás. Mi padre, que cuidaba de su ropa con un ritual obsesivo, había repartido las bolsitas por los muebles del dormitorio. Eran, me dijo, para que las polillas no se la comieran. Yo había asimilado aquellas dos sensaciones (el olor, fuerte, penetrante; la imagen repugnante de los bichos devorando sus pantalones impecablemente planchados a raya). Así que, el día que encontré uno de los saquitos pestilentes, jugando a disfrazarme, las bolitas se me antojaron los huevos lechosos de aquellos malditos insectos de pesadilla. “¡No se te ocurra tocarlas!”, me advirtió rotundo mi padre: “podrías envenenarte”.

Cuando él se marchó, mi madre guardó durante un tiempo una especie de absurdo luto silencioso, consistente en fingir que nada había cambiado. Para ello, mantuvo intactas todas las cosas que se habían quedado tras la huída. Entre ellas, la ropa que se dejó en el armario. Después de unos meses, harta de disimular y de aguantarse la rabia, trasladó el contenido de cajones y perchas a una enorme maleta que yació durante años, sobrealimentada y cerrada a duras penas, bajo lo que fuera el lecho matrimonial.

Entre los muebles de mamá con los que me quedé, hay una bonita cómoda de madera oscura. A pesar del tiempo transcurrido, a veces abro las gavetas y aún puedo percibir el rancio olor de la naftalina impregnando mis jerséis, las blusas, los pañuelos. A menudo siento la tentación de rebuscar las apestosas bolsitas de bolas blancas que deben de haber quedado enterradas en los cajones -como la maleta bajo la cama de mis padres-, para tirarlas de una vez a la basura y eliminar para siempre su hedor, que aborrezco. Entonces recuerdo la advertencia lapidaria de mi padre. Y me detengo. No quiero envenenarme.

miércoles 22 de julio de 2009

Erotomanía


Durante mucho tiempo, no pude quitármelo de la cabeza. Aunque, siendo honesta, la punzada en cuestión no la sentía en esa precisa parte de mi cuerpo, no. Es recordarlo y todavía tengo que apretar las piernas, fuerte, fuerte, para contener el deseo. Él solía decirme que era “la puta química”. No lo sé, pero con nadie se ha me aflojado la voluntad de esa manera, como cuando nos mirábamos a hurtadillas entre las cientos de cabezas que abarrotaban los bares y ya no podía pensar con claridad.

Le encantaba cómo me vestía. Yo sólo quería que me desvistiera. Era un cobarde, es cierto. Y un vividor. Lo que se dice una pésima compañía. Pero me bastaba con sentir sus ojos clavados en la nuca para volverme toda piel. Y líquido.

(Música: La Shica y Miguel Poveda, "Dos carnes paralelas")

martes 21 de julio de 2009

Miedo



Conocí a Madame Augràs en una aburrida fiesta de la alta sociedad. Yo no la definiría exactamente como una mujer hermosa. En todo caso, poseía una extraña belleza animal, gélida y distante. He de admitir que le gusté enseguida. Tal vez fue mi cara de sopor, o la indiferencia absoluta que me producía aquel corral de pavos reales, lo que hizo que reparara en mi presencia. El caso es que me eligió. De inmediato, ejerció sobre mí un poder similar al que la Madre Naturaleza ha concedido a algunas arañas, que inyectan venenos paralizantes a sus víctimas y las dejan irremisiblemente atrapadas en la tela, esperando el momento de ser engullidas, sin poder hacer nada al respecto.
Iniciamos una relación basada exclusivamente en la satisfacción mutua de nuestros apetitos carnales. Una relación antropófaga, podría decirse, a juzgar por el ansia con el que nos devorábamos. Luego fumábamos, charlando educadamente sobre cualquier banalidad, y nos despedíamos con frialdad y corrección hasta nuestra siguiente cita. Habíamos elaborado un calendario perfectamente estudiado, de manera que casara con las agendas sociales de ambos sin impedirnos desarrollar ninguna de nuestras otras actividades ni, por supuesto, tenernos que avisar jamás. No había lugar para los retrasos, las esperas, los anhelos, ni la falta de puntualidad. Tampoco para el amor. Nuestra historia funcionaba con la precisión de un reloj suizo.

A la mujer que iba a convertirse en mi esposa la conocí, también, en una reunión de gente elegante. Sólo que, en este caso, todo había sido organizado a fin de ser presentados con ese objetivo concreto. Michelle era una muchacha dulce, de belleza inequívoca y serena, nada que ver con mi fría e insaciable amante.
El día fijado para nuestra boda, coincidía con una de mis inamovibles citas con Madame Augràs. Pero la hora estipulada me permitiría sobradamente cumplir con ambos compromisos, sin tener que faltar a mi palabra con ninguna de aquellas damas tan distinguidas. Todo hubiese ido como la seda de no ser porque el cura se sintió indispuesto en el último momento y hubo que recurrir a un suplente, lo que retrasó mucho la ceremonia. Fue la primera vez que falté a un encuentro con ella. Y sabía que aquello no iba a gustarle en absoluto.

En mi sueño, él era el atractivo Hugh Laurie y ella, la andrógina Tilda Swinton. De la dulce Michelle, sólo recuerdo que era rubia. Había trajes de época y coches de caballos. Todo -los nombres, el título, la narración en primera persona- formó parte durante no sé cuántos minutos de aquella breve pero increíblemente cinematográfica invención de mi subconsciente. Aunque desperté llena de intriga y de ideas para una historia, mi absurdo código ético de fidelidad a los sueños me impide inventar. Me he comprado un libro de auto-hipnosis. Puede que sea una misión complicada, pero no pierdo la esperanza de convencerme para soñar el final.

(Música: The Beatles, "Michelle")

domingo 19 de julio de 2009

Mala leche

Pedir un simple café, dependiendo de qué lugar del planeta procedas y en cuál te encuentres, puede ser una verdadera prueba de fuego para la capacidad de comunicación humana y constituir todo un aprendizaje, casi tan complejo como el de un nuevo idioma. Ni siquiera es necesario haber salido del territorio nacional, ni moverse de este archipiélago. Si un tinerfeño pide un cortado con leche natural, espera que le echen la materia líquida, blanca y sin burbujas que se así se conoce, mientras que un canarión confiará ciegamente en que no va a quemarse la lengua, porque se la habrán puesto del tiempo.

La globalización (o el supuesto cosmopolitismo de alguno, según se mire) tampoco ha hecho mucho en pro de la facilidad de entendimiento, ni del arraigo de las tradiciones, en lo que a materia cafetera se refiere. Lo que aquí fue un “cortado condensada” de toda la vida, con su solera y su cosa del bareto where everybody knows your name, es, hoy por hoy, un absurdo y pijo “café bombón”, que el camarero te servirá gustoso, siempre y cuando corrijas el imperdonable error de pueblerino ignorante que acabas de cometer llamándolo como lo hiciste siempre. Porque, a veces, el problema reside en el profesional de la hostelería en cuestión, que no tiene la actitud necesaria o la preparación suficiente como para saber algo esencial: que el cliente tiene la razón, aún cuando no la tenga.

Hablando de “cortados condensada” y de mal talante, me acuerdo de una tarde de calor y borrachera en el Teleclub de Mala, en la misteriosa y mágica Lanzarote. Veníamos de comer pescadito y beber cervezas en la costa, y nos apeteció el café en un paraje, digamos, exótico. Así que nos fuimos a la región nopalera, donde los oriundos se caracterizan por ser tan duros y espinosos como las pencas en las que se cría la cochinilla. Cuando entramos en tropel en el bar, con nuestros aires de juventud moderna y viajada y nuestras gafitas de sol, el propietario (de vuelta de todo y de mucho más) nos recibió con un “ahí llegaron los chicharreros”. Y eso que la única de fuera era yo; pero comprendo que pudiera oler el tufo a “estudio en universidad de isla mayor” que íbamos exhalando.
Pedimos los cafés, cada uno de una forma, color y tamaño distintos (que si su nube de leche, que si su poco de espuma, que si con azúcar moreno, que si descafeinado de máquina), como si estuviésemos en un Starbucks de Londres. El dueño nos miró con sorna y nos sirvió, a todos y cada uno, nuestro medio vaso de café con leche condensada, y pídeme una coca-cola, que verás lo que te voy a poner. Para mí, una ventaja que tenía el lugar, pues me gusta, cuando estoy indecisa ante la carta, que haya un experto del ramo dispuesto a despejarme las dudas sobre lo que me apetece tomar.

En la cafetería donde desayuno religiosamente con mis amigas los fines de semana y fiestas de guardar, en cambio, la vida es, como diría la mamá de Forrest, una caja de bombones. Da igual que vayas siempre, da igual que siempre tomes lo mismo: nunca sabrás lo que te va a tocar. Y, si coincides con la guagua que trae de visita a los del IMSERSO, ni siquiera, si te va a tocar.

A la Queenpar se le ocurrió pedir en un bar de la Península un "cortado leche y leche". El camarero le trajo su café solo, le sirvió leche una vez, hizo una prudente pausa, y le puso leche una segunda vez. Lo imaginamos solfeando, silencio de un compás y segundo golpe de leche, concentrado en conciliar la mano que sostiene la jarra con la que lleva el ritmo. Y así podríamos seguir durante horas...

A pesar de lo complejo del asunto, confieso que, si viene gente de fuera a verme, me encanta llevarlos a tomar café por mi ciudad, sólo por ver la cara de susto que se les pone cuando pido mi "barraquito".

(Música: Lagwagon, "Cheers theme")

viernes 17 de julio de 2009

Hablando, ¿se entiende la gente?

Esta mañana, un formador que viene a la empresa me pide que le reserve una sala para la próxima semana. “Voy a necesitar portátil, proyector y pantalla”. “No hay problema”, le digo. “Ah, casi me olvido, también me va a hacer falta un rotafolios”, añade. Yo entiendo lo que es porque me hace un gesto como de escribir en una pizarra con una mano, al tiempo que pasa grandes hojas imaginarias con la otra. “Muy bien, pues te lo busco. Nos vemos el lunes”.

“Ana, mira, que me ha dicho Juan que, además de lo de siempre, quiere que le pongamos un rotafolios en el aula”, le explico a mi compañera. “Ah, ¿te refieres a un papelógrafo? Sin problema. En la sala de juntas tenemos uno”.

Me he acordado de una historieta de los pitufos que me encantaba leer cuando era chiquita. “Oye, pásame el sacapitufos”. “¿Cómo? Querrás decir el pitufacorchos...”. “No, no, lo que he dicho, el sacapitufos”. Y se arma el follón, media aldea de los pitufos contra la otra media.

Resulta curioso y triste que, por cosas como estas, no sean sólo bichos azules de fantasía los que se declaren la guerra.

(Música: Ella Fitzgerald & Louis Armstrong, "Lets call the whole thing off")

jueves 16 de julio de 2009

Simpatía por el diablo


Tengo que escribir un texto sobre las bondades y excelencias de los quesos isleños. Uno de mis temas predilectos, porque yo, en otra vida, con seguridad fui un ratón. Muy bien, vamos a ver… quesos de leche de cabra… sabor inconfundible... alimentación con forraje natural… el pastoreo en libertad… ¡anda!, mira, la página oficial del Perro Pastor Garafiano. Es lo mejor de buscar cosas en la red. No sé cómo, por esos misterios de los viajes internáuticos, una comienza por un sitio, con un objetivo más o menos claro y, antes de llegar al puerto que esperaba, naufraga en una playita mucho mejor. Un animal bien bonito, ya lo creo… Yo quiero tener uno (claro que, si tiene cuatro patas y ladra, querré tener uno de lo que sea). Bueno, ahora mismo, no es que sea una opción muy viable. Con un monstruo gigantesco que alimentar, con una bestia que me arrastre calle abajo a la hora del paseo, tengo más que suficiente. Además, como dice siempre La Lupe, los perros nuevos le dan muy mala vida a los viejos. Pero quién sabe si en un futuro muuuuuy lejano, cuando mi perra salga en "Pelo, pico, pata" (o en "Gente") por haber fallecido siendo el can más longevo de la Tierra, no haga yo una visita a la Isla Bonita. Y, quizás, algún honrado y humilde pastor garafiano lector de blogs (me refiero al dueño del perro, no al perro, claro), me reconozca por mi media cara (porque por mí no habrá pasado el tiempo) y me regale, emocionado, el último y desamparado cachorrito de una hermosa camada de su larga y arraigada estirpe de perros pastores. Uhmm. Suena bonito. Veamos, “se puede decir que es un animal dócil y amigable”. Eso está bien. “Cuando se encuentra con extraños muestra la actitud típica: ladridos, plegamiento de orejas, movimientos de cola y giros en la cabeza mostrando la comisura de los labios en forma de sonrisa”... Un momento, ¿“actitud típica”? ¿Un perro al que le da vueltas la cabeza mientras sonríe? Que me perdonen los expertos en materia canina- pastoril- garafiana, pero esa actitud sólo puede ser típica de los perros esos para las bandejas de los coches, los que llevan un resorte en el cogote. Y eso, en el mejor de los casos. Porque a mí, sinceramente, me parece más propia del perro de los Baskerville, o de la niña de “El exorcista”. Ay, no, quita, qué miedo. Como el perro por la noche escuche un ruido raro y le dé por sonreír, me puede dar algo. Tal vez sea mejor un bicho más pequeño, manejable e inofensivo. ¿Qué tal un perrito Chihuahua? Me daría un toque exótico y bohemio, a lo Frida Kahlo quizás… Incluso podría irme a México a buscarlo. Quién sabe si un humilde campesino mexicano, lector de blogs… Aquí dice que “es un perrito muy gracioso aunque algo nervioso. Adora a su familia”. Bueno, no está mal. Mi perra es un manojo de nervios y he aguantado sin estrangularla más de una década. Y si me va a adorar… Sigue, “a todos los demás, sean perros o personas, como no se los puede comer, los enloquece con sus ladridos”. ¿Los enloquece con sus ladridos? ¡¿Como no se los puede comer?! ¡Pero bueno, ¿qué clase de animal es éste, carnívoro, reprimido y vengativo?! Esto me pasa por buscarle un sustituto a mi perra, tan buena, antes de que haya estirado las patas. Mala madre. Y mala secretaria, que también me pasa por desconcentrarme en el trabajo. Yo estaba buscando sobre queso, eso es, quesito rico. Veamos, por dónde iba… ah, sí, las cabras… cabras de razas autóctonas… ausencia de brucelosis… Hablando de animales diabólicos, eso del parentesco de los machos cabríos con el mismísimo Satán, ¿será porque sonríen y giran la cabeza cuando un desconocido se acerca al rebaño? O tal vez sea porque balan para enloquecer a los extraños, porque no se los pueden comer... No, esto último seguro que no. Las cabras se lo comen todo.

(Música: The Rolling Stones, "Simpathy for the devil")

miércoles 15 de julio de 2009

Sagitario. Miércoles, 15 de julio de 2009

Amor: Su vida sentimental mejorará con el tiempo.

Estooo... ¿Y de cuánto tiempo estaríamos hablando?

martes 14 de julio de 2009

Ensalada de la huerta



He tenido serias dudas a la hora de etiquetar esta entrada. El caso es que es un sueño. Pero su claro contenido hortofrutícola y el hecho de que trabajo para la consejería del ramo, me han llevado a plantearme su correcta clasificación. Por un momento, temí que la aparición de estas locuras vegetales en mi cerebro dormido pudiera deberse a algún tipo de síndrome por estrés laboral del sector primario, y a punto he estado de encasquetárselo a la secretaria.
Pero un sueño es un sueño. Así que seamos fieles a nuestros principios.

Él es un tipo atractivo, pero no un tío bueno. Mucho más en la línea de Sergio Castellito que de Brad Pitt, para entendernos. He de decir que le alabo el gusto a mi subconsciente. También por ella, que es una deliciosa muñeca de ojos inmensos, a lo María de Medeiros.

[En este punto, permítanme que haga un inciso aclaratorio- barra- guiño personal: De- Me-dei-ros, he dicho, querida Queenpar, tú que todo lo ves y todo lo sabes].

Los dos van vestidos de cocineros, con sus casacas blancas, o como quiera que se llamen esas camisas de botones cruzados que usan los restauradores. Ella lleva una faldita corta, calcetines enrollados y tenis blancos, y el pelo mal recogido en una coleta improvisada y deshecha. Como una colegiala o, más apropiadamente, como una aprendiza. Él, tiene un trapo de cuadros blancos y rojos colgando del pantalón.

Sólo tengo un vago y breve recuerdo, pero sé que es él quien habla mientras suceden las cosas, como una voz en off. Describe su relación como la pasión entre una “buena hortaliza”, refiriéndose a sí mismo (y acabo de caer en la cuenta de que esto es un poco porno), y una “trufa escondida”, que es ella (Dios, ¡Dios!, ¡¿es o no es todo un poco porno?!). Luego, ella lo incita a quererse en algo así como su “huerta secreta”, y empiezan a besarse sobre la mesa de la cocina, que está llena de cacharros, cuchillos, escurridores y verduras a medio lavar. El ambiente está cargado. Es caluroso y húmedo, por el vapor que desprenden los calderos de los fogones y que escurre por los azulejos.
Y nada más.

Es curioso que, al despertar, lo recordase como un sueño más bien romántico, tierno y hasta inocente. No me pregunten por qué, porque, ahora que lo escribo, me doy cuenta de que aquí había un enorme -o de eso presumía él- potencial para un guión de noche de viernes en Canal + (¿todavía existe eso?).

Ojalá me hubiese quedado para ver cómo terminaba de cocerse la historia. Los sueños se acaban siempre en el mejor momento. Y este se prometía bastante… ¿verde?

(Música: Los Vegetales, "Sueño nº 7")


lunes 13 de julio de 2009

Morderme la lengua

Es uno de esos sueños en que una se ve a sí misma desde fuera, como si un ojo, externo pero propio, flotase en el aire y revelara cómo es ese momento, privado y misterioso, en que perdemos el control de nosotros mismos y el contacto con la realidad.

Relajada, medio destapada por el calor, medio tapada por el frío, hay algo -un ruido de fondo, una voz-, que irrumpe en la placidez de mi descanso. Cuando me fijo bien, soy yo misma que no paro de cantar. Pero no la que está acostada, sino otra “yo” que sale de mi cintura y se sienta en la cama, perfectamente despabilada, ruidosa.
Como un bicho de feria, como un animal mitológico, de pronto tengo sólo dos piernas, como tiene que ser, pero también dos troncos con todo lo que conllevan (brazos, pechos, cabezas), unidos a un mismo y único vientre.

La “yo” despierta repite una y otra vez una canción escrita por mí, que habla de mí (la que soy cuando estoy consciente y sin desdoblar). Insiste en los mismos versos incongruentes, en un bucle enloquecedor, como si no recordase bien la letra. Y desafina pero, en su sordera, su tono es preciso, alto y claro.
La “yo” que intenta dormir quiere reprenderla, pero la voz le sale ahogada, opaca, como si fuese algo sólido que se quedara atascado en su garganta, como si llevara un calcetín metido en la boca, y una mordaza.

Siento que la que quiere dormir y mandar a callar a la loca de las voces, soy más yo que la otra. Pero la otra, también soy yo. Como no puedo decírselo, le pego con furia y violencia para que pare de una vez. Me duelen los puños al golpearla, pero también me duelen los golpes, porque los cuatro brazos son míos, porque los dos cuerpos, son mi cuerpo.

Lo que ella canta, lo que cuenta, es la verdad. Y yo no quiero escucharla. Sólo quiero que me deje en paz. No quiero que me enseñe mi rabia, mis heridas, mi cansancio; ni que me desnude más, que venda mi dolor y mi vergüenza en la plaza de mercado en que se ha convertido mi dormitorio, gracias a su falta de pudor y a sus gritos.

Sólo quiero tragarme la angustia, junto con una pastilla y un buen sorbo de agua fresca. Y dormir.
Dormir para no sentir nada.

(Música: Los Piratas, "Promesas que no valen nada")

domingo 12 de julio de 2009

Poniendo la oreja

Paso delante de un grupo de hombres que conversan en la calle. Uno de ellos cuenta que se ha quedado sin trabajo. “Lo dejé”, confiesa, orgulloso. A lo que añade, jactándose, “bueno, en realidad, me autodespedí yo mismo”. Sólo le falta rematar, “a mí mismo”.
Eso es lo que yo llamo tener amor propio.

Después de un silencio, mi amiga suspira mirando a ningún sitio, y dice, “me siento desesperanzada”. Mi otra amiga pregunta, “¿no querrás decir desesperada?”. “No”, responde ella. “Llevo pensando un rato la palabra exacta y es desesperanzada”.
Eso es lo que yo llamo tenerlo claro. Y crudo.

(Música: La Rue Morgue, "Palabras")

sábado 11 de julio de 2009

Instinto básico

No me gusta generalizar, ni hablar como una feministoide recalcitrante. Me precio de tener muchos y muy buenos amigos inteligentes, sensibles y apañaditos. Pero, lo cierto es que, en lo referente a los resortes que ponen a funcionar los apetitos, a las palancas que activan nuestras ganas, hombres y mujeres somos un poco diferentes. Y los hombres, bastante más elementales (por suerte para ellos, me temo).

Yo casi siempre voy trabajar en pantalón y camiseta, básicamente, por una cuestión de comodidad y sentido práctico. Con una posible cita en ciernes, me compré un par de vestidos de verano, muy monos. La cita se frustró, así que decidí emplear los vestidos en reforzar mi moral y mi autoestima, un poco tocadas. Y estrené uno de ellos para ir a la oficina.
Cuando llegué, mis compañeros me miraban como si no hiciese ya más de un año que trabajo con ellos, como si acabase de incorporarme recién llegada de Marte. Y, a juzgar por su expresión, estoy segura de que a esa chica nueva y marciana le hubiesen dado un recibimiento mucho más efusivo del que me dieron a mí, el día que me presenté a la entrevista con mis vaqueros.

Ayer tarde, de nuevo con el vestido, mientras paseaba con la perra, el efecto se reprodujo. En los jardines que hay por fuera de casa, un elemento metrosexual me hizo la recurrente broma- para- ligar- con- chica- con- mascota- canina, consistente en preguntar “¿muerde?”. Sólo que se puso nervioso y, en lugar de continuar, “¿y el perro?”, remató, “¿y la dueña?”. Me dio un poco de pena que invirtiera tanto tiempo y dinero en gimnasio y depilación, para eso.
Aun más sorprendente fue que, a nuestro paso, una panda de veinteañeros en coche hortera con lunas tintadas, emitiera toda una serie de silbidos, rugidos y otros sonidos y gestos indescifrables.

Yo no soy, precisamente, una adolescente con piercings, ni tatuajes estratégicamente colocados. Carezco de la falta de vergüenza necesaria para ponerme según que minifaldas, por estupendamente bien que sienten. Quiero decir que esos no son, en absoluto, el tipo de hombres a los que suelo llamar la atención.
Por otro lado, el traje en cuestión -muy largo, muy jipi- no es lo que podría definirse, exactamente, como un atuendo sexy. En realidad, lo único novedoso de mi anatomía que deja al descubierto, con respecto a la mayor parte de mi vestuario, son mis hombros, porque es de asillas muy finas. Ni siquiera es más escotado que la mayoría de mis blusas. Aunque, eso sí, tiene unas flores de colores muy llamativos bordadas en sitios lo bastante sugerentes. Pues parece que eso es más que suficiente para conectar el sencillo dispositivo masculino.

En el caso del trabajo, creo que fue por la novedad. Si una chica insospechada muestra partes insospechadas de su cuerpo, por muchas piernas, brazos y escotes que haya a la vista en ese mismo lugar, el factor sorpresa hará que produzca el mismo efecto que la última cebra entre los leones de la sabana africana.
Lo de la calle, ya me resulta más inquietante. Me cuesta entender que sea todo por unos hombros. Tal vez debería asegurármelos, como el culo de Jennifer López.

Hombros… Hombres…


viernes 10 de julio de 2009

Cero grados

El amor es importante. Es necesario. Es bonito. Y puede ser un asco, también. No me refiero al amor de las canciones ñoñas de amor, si te vas me voy a morir, sin ti no soy nada y bla, bla. Eso no es amor. Es chantaje emocional y baja autoestima, que no es lo mismo. Me refiero a amor del bueno. Al de, como me sigas mirando así, se me va a salir el corazón por la boca y te voy a comer entero. Al de, yo sola no estoy mal, pero, cuando estás conmigo, soy más lista, más guapa y mejor persona, y sé que a ti también te pasa.

No es un amor fácil de encontrar, ni de mantener. Exige paciencia, generosidad, confianza, espacio. Esas cosas de las que, al menos una servidora, carece habitualmente en las dosis necesarias. Es complicado alimentar bien un buen amor, sin que engorde y reviente de su propio ego, sin que muera de inanición y de olvido.

De todos los amores difíciles, para mí, el más que duele es el amor no realizado, el que se queda con las ganas. No me refiero exactamente al amor platónico, eso es otra cosa. No es como cuando una sabe que, haga lo que haga, nunca tendrá un hijo precioso, una casa, perros y mucho sexo con Jorge Drexler, por ejemplo. Eso, de tan real que es, se acepta con resignación porque no queda otra. Y la vida sigue.

Quiero decir, cuando una tiene cerca a alguien a quien sabe que podría amar, pero alguna razón extraña y no del todo definitiva, lo impide. Al deshojar esa margarita, el último pétalo no es un “no” rotundo e inamovible, pero nunca será un “sí”.

Una vez, pasé una noche entera hablando con un muchacho que estaba por aquí de paso. Cuando amaneció, lo acompañé a casa de sus amigos y, ya en la puerta, lo invité a venir a la mía. Antes de que él pudiera decir nada, yo misma sugerí que no era una buena idea, le di un beso fugaz en los labios y huí como una bellaca. Sé que, probablemente, nunca más volveré a verlo. Y sé, casi con la misma certeza, que pudimos habernos querido. Nunca me perdonaré no haberle dejado darme una respuesta.

No sé qué me está pasando, que tengo esta revoltura tan grande y no se me quita. Igual sea cosa del calor. Y no lo digo sólo porque es verano, sino por el calor que necesito, el que me falta.

Si ahora mismo pudiera elegir, elegiría no saber nada, no sentir nada, no haber dicho nunca nada. Que las cosas que me están pidiendo a gritos ser escritas, se estuvieran calladas y me dejaran en paz. Elegiría ser analfabeta.

Y, con todo lo que te quiero, desearía, a veces, no haberte conocido nunca. O no tener memoria.

(Música: Joaquín Sabina, "Y sin embargo te quiero")

jueves 9 de julio de 2009

Acto de fe

Tal vez no sea imprudencia, sino que somos unos valientes.

Hace ahora justo un año, me decidí a aplicar el Plan Renove a los estropeados accesorios de mi perra (correa y collar). Entonces se puso malísima y lo primero que me dijo la veterinaria fue que me preparase, porque probablemente se iba a morir. En esas circunstancias, pensar en su fondo de armario se volvió absurdo, además de por lo evidente, porque, durante los dos meses siguientes, me dejé una verdadera fortuna en una operación a vida o muerte, repetidos ingresos y varios tratamientos fallidos, hasta dar con el definitivo.

Cuando empezó a mejorar, tuve miedo de que aquello no fuera más que el típico restablecimiento engañoso que precede al desenlace fatal. Y esperé antes de comprar un collar nuevo.
La recuperación fue en progreso, pero yo estaba segura de que lo sucedido, teniendo en cuenta su edad, le iría pasando factura y de que, tarde o temprano, apareciería alguna otra cosa, esa sí, mortal de necesidad.
Nada. Pasado todo este tiempo, no le ha quedado ni una sola secuela evidente del mal rato. Acusa la edad con las patas flojas y los ojos turbios, pero jamás con el espíritu, ni con el apetito, que hay que ver lo que come este animal. Yo ya no debería tener más dudas, ni excusas para el cambio. Pero, empeñada en no creer, me las he estado inventando.

De alguna manera inconsciente, asocié el viejo collar con su milagrosa salvación y lo convertí en el amuleto protector que la mantenía con vida. Fui fabricando un maleficio a mi medida y alimenté un temor privado al mito de la profecía autocumplida, que, en este caso, consistía en que si le compraba un collar nuevo estaría condenándola a muerte. Es absurdo, lo sé. Y humano. Porque en el fondo de todo eso está el miedo. El miedo a que se vaya y me deje sola. Y la dependencia emocional, porque el nuestro es el amor más constante, sencillo e incondicional que he experimentado en los últimos once años.

El día aciago en que la ingresé de urgencia, ordené que no le hiciesen escáneres, pruebas, análisis, ni otras perrerías (la palabra “humanerías” sería más adecuada, si no fuese porque acabo de inventármela) si ya sabían que no iba a salvarse. En estado de shock, fui capaz de enfrentarme con entereza y frialdad a la posibilidad real, inmediata, de su muerte. Sin embargo, en estado de cotidiano aburrimiento, no puedo imaginar una muerte para ella sin morirme yo de miedo. No es la primera vez que esto me pasa. He descubierto que la muerte real me resulta mucho menos aterradora que la hipotética.

Después de lo que sufrió y de cómo supo resistir (a pesar de las veces que le susurré en la oreja que se fuera tranquila si ya no podía más, que me había dado muchos años de pelos por toda la casa y de buena compañía), siento que le debo un voto de confianza, un poco de fe en sus más que demostradas ganas de vivir.

Ayer tarde me fui a la tienda de mascotas y le compré un collar. Rojo. Y una correa. Extensible.
Sigue viva. Y está preciosa.

(Música: Chris de Burgh, "Lady in red")


miércoles 8 de julio de 2009

Sagitario. Miércoles, 8 de julio de 2009

Amor: Sus asuntos amorosos también están cotizando al alza y su índice erótico gana puntos sin cesar.



Con esto de la crisis financiera mundial, tiene que haber un montón de agentes de bolsa en paro buscándose la vida. Pobres.

martes 7 de julio de 2009

El clip de la cuestión

Paseamos por la calle hablando de cualquier cosa. De repente, ella se agacha, coge un clip que está tirado en la acera y me lo da. Yo me río y lo acepto. Un regalo es un regalo y no es cortés rechazarlo.

Hubo un tiempo en que hizo acopio de cuanto clip encontraba tirado por ahí. Llegó a tener varios frascos repletos de ganchitos metálicos, hasta que un día comprendió que aquello tendría que terminar, o los clips acabarían por sepultarla. Incapaz de resistirse a recogerlos, desde entonces, cuando se encuentra alguno se lo da al primero que pasa, argumentando que le traerá buena suerte. Sabe bien que, en estos tiempos de desamor y falta de fe, nadie en su sano juicio (o más bien, lo contrario) rechazaría semejante ofrecimiento.

Me cuesta creer que se puedan llenar botes y botes sólo con clips encontrados por la calle, y decido empezar a fijarme mejor por dónde piso. Caminando por la vida con la cabeza gacha, tomo conciencia de una certeza espeluznante: el mundo está lleno de clips. Y no me refiero a las universidades, las oficinas, los juzgados o las fotocopiadoras. Me refiero a los parques, las playas, las ramblas y las plazas públicas.

Tal vez haya una inteligencia superior, alguien que sabe algo que nosotros no sabemos, que los ha colocado justo donde están para hacernos reflexionar sobre lo intrincado de la realidad, o para transmitirnos algún mensaje del tipo: “pon orden en tu vida (o en la gaveta de los papeles) de una maldita vez”. O, quizás, “fabrica una ganzúa, roba a los ricos para dárselo a los pobres y acaba con las miserias del planeta”.

Puede que sea mi amiga quien, harta de encontrar tarros de conservas con clips en las alacenas de su cocina (en lugar de café o galletas de chocolate), salga por las noches a devolverlos al lugar donde los recogió. Pensándolo bien, es muy probable que la historia de los botes ni siquiera sea cierta. Posiblemente, se le ocurrió mientras se inclinaba a por aquel clip que me regaló. De hecho, es seguro que calculó que yo haría partícipe del misterio de los clips en las aceras a algún que otro pobre ingenuo más (como, efectivamente, hice), y supo que era el comienzo de una cadena imparable de búsquedas y falsas ilusiones.

Ahora mismo tiene que estar tronchándose de risa, imaginando a un batallón de ciudadanos confusos y absurdamente esperanzados, que sueñan clips entre las baldosas, ansiosos de fabricarse collares y amuletos con ellos, o para arrojarlos a las fuentes y pedir los deseos jamás realizados.

No sé… A lo mejor tendría que dejar de ver “Perdidos”.

(Música: Kiko Veneno, "Bilonguis")

lunes 6 de julio de 2009

Dormir or not to be

Esta noche no hay sueños. Esta noche nadie duerme. Yo, desde luego, no duermo. La perra, tampoco. Ella no sólo no duerme, sino que no me deja dormir, porque los gatos del barranco no duermen, ni la dejan dormir a ella. Se disputan a maullido limpio a alguna hembra en celo. La perra se enfada y sale corriendo a la huerta, dando ladridos de loca que me sobresaltan cuando estoy a punto de caer vencida por el cansancio. Tampoco dejan dormir al resto de perros del vecindario, que aúllan como lobos fantasmales y no dejan dormir a nadie. Es un círculo infernal de desvelos.

Tengo un peso grande justo en medio del pecho, como si me hubiese tragado una piedra, como si el capitán Haddock me hubiese hecho un buen nudo marinero en el esófago, imposible de desatar. Me acuerdo de una frase de La tregua: “esa presión en el pecho significa vivir”. Pues qué asco. Yo lo que quiero es dormir. No me importaría morirme un ratito, a cambio.

Si abro la ventana, me da frío. Si la cierro, me muero de calor. Un mosquito me zumba junto al oído. Esta casa se parece al Amazonas, al arca de Noé, con tanto bicho ladrando, maullando, zumbando. Como era de esperar, el mosquito me pica en una pierna. Con mi alergia, el verdugón no tarda en aparecer y me rasco, desesperada. Consigo que el verdugón pique mucho más y se haga mucho más grande. Fantástico. Enciendo el chisme- mata- mosquitos. Ahora, al sonido ambiente selvático, al previsible ataque de ansiedad, a las inclemencias meteorológicas y al picor insoportable, hay que sumar la luz roja del aparatito, que tampoco me va a dejar conciliar el sueño.

Me viene a la cabeza otra cita literaria, ésta, mucho más célebre: “morir, dormir… tal vez soñar”. Me imagino recitando, con un cráneo de gato (muerto, bien muerto) en la mano. Temo que se trate de un insomnio para intelectuales. Encima. Qué coñazo.

(Música: Diane Krall, "Dream a little dream of me")

domingo 5 de julio de 2009

Panaderos 27

Desperté con el cuerpo molido de la caminata del día anterior. Y de la noche queriéndonos. Era ese cansancio rico que dejan las buenas inversiones de energía. De espaldas a ti, con tu brazo rodeando mi cintura, aunque no podía verte, supe que sonreías, en sueños.

En el suelo, frente a la cama, tus enormes botas de montaña al lado de las mías, idénticas pero mucho más pequeñas. Emparejadas.

Era amor.

(Música: Lole y Manuel, "Nuevo día")

Sed de venganza

Ya van dos o tres veces esta semana que, para referirme a ese estado de perplejidad absoluta en que una se queda sin saber qué hacer, ni qué decir, utilizo la palabra “encasquillada”. No recuerdo haberla usado nunca antes en mi vida. No sé de dónde ha salido.

En qué estaré yo pensando.

sábado 4 de julio de 2009

Certezas (II)

Al principio, pensé que era por sus ojos de niño, mucho más jóvenes que él, luminosos y juguetones; porque me miraban desde el otro lado de la sala como si yo fuese una península inexplorada o una estrella desconocida, y ellos acabasen de descubrirme.

Luego, creí que era por su nombre raro, por su acento de otro lugar, que me transportaban a sitios inventados y me invitaban a adivinar las cosas que él no me estaba diciendo.

Cuando todo se volvió humo, comprendí que la realidad era mucho más simple, mucho menos romántica.

Sólo fue porque era otro ser humano, una persona distinta de mí, de carne y hueso, real. Alguien a quien podía tocar, morder, besar. Alguien que, quizás, en algún momento, pudo haberme deseado, pudo querer abrazarme y darme un poco de calor.

Y eso era todo lo que yo estaba buscando.

Certezas (I)

"Ahora, que tengo un alma que no tenía"

Ahora, que todos los que tenían que decirme que no, ya me lo dijeron; que ya fui rechazada por todos,

ahora que siento, pesados, incrustados en el pecho, la soledad y el fracaso,

ahora que nadie quiso; nadie, salvo tú, que esperabas, como siempre, al final de un largo pasillo silencioso,

y que, al oler el peligro, la despedida, la pérdida, viniste a recordarme que seguías allí, dispuesto, capaz, y me ofreciste brazos y consuelo,

ahora, cuando más fácil habría sido salir corriendo a refugiarme otra vez en tu pecho, y apagar el resto del mundo,

ahora, he conseguido decirte la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad,

que no quiero.

Y siento que, después de tanto que hace que te dejé, por fin, he conseguido dejarte.

(Música: Joaquín Sabina, "Ahora que")

jueves 2 de julio de 2009

Los viajes de Gulliver


Me mata reconocerlo, pero mi perra está vieja. Sorprendentemente, de algún lugar perruno y misterioso, al que sólo los chuchos mezcla de varias cosas pueden acceder, extrae la energía y la inconsciencia necesarias para comportarse como un cachorrito de seis meses. Pero sus patas, que saben bien la edad que tiene, la traicionan reiteradamente. Se cae de culo cuando se agacha a hacer pis. Se queda despanzurrada cuan grande es (una pezuña en cada dirección, igual que un dibujo animado), si de la por perseguir a un lagarto o a un perro chico.

Por prescripción facultativa, he tenido que “reducir su actividad”. Esto significa, esencialmente, que damos paseos más cortos. Y parece que le va sentando bien, porque ahora cojea menos y hace tiempo que no se va escaleras abajo. Cómo le funciona anímicamente, eso ya no lo sé. No hay cosa que haga más feliz a este animal que salir. Ni siquiera estoy segura de si lo cambiaría por un buen chuletón de buey. Me remuerde pensar que, por evitarle una cojera, le estoy amargando la vejez.

Cuando vamos de regreso a casa, hace largas pausas a la sombra. Me consuelo pensando que es por los años y el cansancio, y eso me reafirma en que no es una tortura que la saque menos rato del que está acostumbrada. Pero, lista como es, me temo que no sea más que una estratagema suya para prolongar la estancia en la calle.

En una de sus paradas tácticas, se echa en medio de un jardín. Contemplando sus cuarenta entrañables kilos de pelo y huesos sobre el césped, me sobreviene una visión que me hace sonreír: cientos, miles de pulgas minúsculas, lanzándose cabos de un lado a otro de su cuerpo gigante para tratar de amarrarla al suelo, mientras otras bailan a su alrededor, con servilletas blancas anudadas al cogote, cuchillo y tenedor en ristre.

La quiero.


(Música: Elvis Costello, "She")

miércoles 1 de julio de 2009

Ingles brasileñas

Y, hablando del tema

Perdona que te lo diga. Es que yo creo que la comunicación humana es una actividad que se practica poco y que, además, está muy infravalorada. Así que, te lo digo. ¿No te parece que, antes de haberme puesto esa plasta de materia derretida, pegajosa e hirviente justo en medio de donde acabas de ponérmela, tendrías que haberme consultado mi parecer al respecto? Ya, ingles brasileñas. No sé si te has dado cuenta de que no estamos en Brasil. Ya, higiénico y atractivo. Lo que me estás queriendo decir es que esto ya no va a salir con agua, ¿verdad? Ya, tirón seco y enérgico. Bueno, ¿dormiste bien anoche? ¿No estarás de resaca, ni te habrá dejado tu novio? Vale, ¿me prestas la palita de madera, esa con la que me has puesto la cera? No, no me he animado a ponerme más. Es para morderla mientras.

Zorra silenciosa

Lupe querida: todavía, felicidades

Eufemísticamente, dícese del ser humano hembra que oculta con premeditación, alevosía y (dependiendo de la hora) nocturnidad, a sus amigas -que sólo quieren quererla y agasajarla-, la fecha de su cumpleaños.

Como sucede con los superhéroes, desenmascarar a estas féminas es placentero y divertido, sobre todo si una se siente como Lex Luthor una mañana cualquiera y, especialmente, si ella tiene puesto el móvil en manos libres porque está con su esteticista –dicho de otro ser humano hembra, aquel que te somete a incontables y, en el fondo, innecesarias torturas voluntariamente aceptadas, y con el que ya se comparten demasiadas intimidades, como para que encima se entere por otra de que eres una zorra silenciosa-.

Motivo nº 47

Encontrar un motivo cada día, tenga el número que tenga, para que el corazón no se me vuelva de piedra.

Es difícil, admitámoslo. Pero es que una piedra dentro del pecho tiene que ser lo peor para las dorsales.