Donde quiera que estés
En una ocasión fueron perros, pero nunca volvió a repetirse. Muchas otras, son peces. Casi siempre, pájaros.
Yo estoy en la que fue nuestra casa. Siento que hace mucho que no paso por allí, pero desconozco la razón por la que no he ido en todo ese tiempo. Entonces, veo a los animales. Trato de recordar cuándo les di de comer por última vez, o les cambié el agua, y me invade una angustia insoportable. Cómo he podido olvidarlos.
El acuario está (como estuvo) en el salón grande, donde escuchábamos música y teníamos la biblioteca. Cuánto más me fijo, más peces hay, como si se multiplicasen con cada parpadeo. Apenas tienen líquido en el que nadar y se retuercen en el charco insalubre en que se ha convertido la pecera. Me apresuro a rellenarla, pero mis manos son como mantequilla y el agua siempre se me derrama.
Saltan ansiosos cuando me ven, porque están famélicos. En su desesperación, se salen del agua y tengo que volver a meterlos antes de que mueran asfixiados. Pero su textura resbaladiza hace que se escurran entre mis dedos. Si consigo devolverlos al interior, les vacío el bote de la comida para verlos devorar con avidez. Dicen que a los peces hay que darles el alimento en pequeñas cantidades, porque nunca se sienten saciados y, de lo contrario, no pararían hasta morir empachados. Yo lo sé, pero no me importa. Han pasado tanta hambre y yo siento tanta culpa, que prefiero que revienten.
Cuando son pájaros, están en el cuarto de la terraza, donde el arcón de los disfraces de carnaval. Al principio, sólo hay una jaula sucia, con animales débiles y descuidados, sin comida ni agua. Como pasaba con los peces, me voy dando cuenta de cada vez hay más y más, muchos pájaros de todo tipo, de diferentes tamaños y colores, hacinados. No doy abasto en atenderlos a todos. No entiendo cómo han podido salvarse de semejante abandono. Pero, sobre todo, lo que no entiendo es cómo he podido olvidarme de que estaban allí. Y me desespero.
De pequeños tuvimos un hámster. Una vez, se quedó sin agua varios días seguidos por un descuido vergonzoso. Yo fui la primera en darme cuenta. Cuando llené su bebedero, el animal, exhausto, se abalanzó sobre él como el superviviente de una tormenta de arena que encuentra un oasis en medio del desierto. Esa imagen me traumatizó de tal forma que, durante mucho tiempo, reconocí la razón de estos sueños en la sombra acusadora de aquella tortura inconsciente. Hasta que, un día, el hombre que me ayudó a no enloquecer me contó que no era eso lo que había detrás, sino mi instinto maternal.
Cuando ella se fue, soñé muchas veces que la olvidaba, como a los animales. Recordaba en los sueños que no había ido a verla, que la había dejado sola, y me invadían la culpabilidad y la angustia. Aunque la madre era ella, lo cierto es que, en los últimos meses, ya no era capaz de cuidar a nadie y los papeles se cambiaron, porque sólo le quedaban fuerzas para dejarse morir. Yo, que soy la pequeña de la casa, no se lo perdoné jamás. Y me encargué de hacérselo saber cada día.
Hace poco, soñé que lloraba desconsoladamente su pérdida. Cuando desperté, me sentí vacía y aliviada. Me gusta pensar que tal vez fuera una especie de despedida, alguna clase de enmienda, porque la pesadilla del abandono no se ha vuelto a repetir. Ansío que signifique que podré perdonarme, algún día, lo increíblemente mal que lo hice todo. Pero, sobre todo, necesito que signifique que es ella la que ha podido, por fin, perdonarme.
Yo estoy en la que fue nuestra casa. Siento que hace mucho que no paso por allí, pero desconozco la razón por la que no he ido en todo ese tiempo. Entonces, veo a los animales. Trato de recordar cuándo les di de comer por última vez, o les cambié el agua, y me invade una angustia insoportable. Cómo he podido olvidarlos.
El acuario está (como estuvo) en el salón grande, donde escuchábamos música y teníamos la biblioteca. Cuánto más me fijo, más peces hay, como si se multiplicasen con cada parpadeo. Apenas tienen líquido en el que nadar y se retuercen en el charco insalubre en que se ha convertido la pecera. Me apresuro a rellenarla, pero mis manos son como mantequilla y el agua siempre se me derrama.
Saltan ansiosos cuando me ven, porque están famélicos. En su desesperación, se salen del agua y tengo que volver a meterlos antes de que mueran asfixiados. Pero su textura resbaladiza hace que se escurran entre mis dedos. Si consigo devolverlos al interior, les vacío el bote de la comida para verlos devorar con avidez. Dicen que a los peces hay que darles el alimento en pequeñas cantidades, porque nunca se sienten saciados y, de lo contrario, no pararían hasta morir empachados. Yo lo sé, pero no me importa. Han pasado tanta hambre y yo siento tanta culpa, que prefiero que revienten.
Cuando son pájaros, están en el cuarto de la terraza, donde el arcón de los disfraces de carnaval. Al principio, sólo hay una jaula sucia, con animales débiles y descuidados, sin comida ni agua. Como pasaba con los peces, me voy dando cuenta de cada vez hay más y más, muchos pájaros de todo tipo, de diferentes tamaños y colores, hacinados. No doy abasto en atenderlos a todos. No entiendo cómo han podido salvarse de semejante abandono. Pero, sobre todo, lo que no entiendo es cómo he podido olvidarme de que estaban allí. Y me desespero.
De pequeños tuvimos un hámster. Una vez, se quedó sin agua varios días seguidos por un descuido vergonzoso. Yo fui la primera en darme cuenta. Cuando llené su bebedero, el animal, exhausto, se abalanzó sobre él como el superviviente de una tormenta de arena que encuentra un oasis en medio del desierto. Esa imagen me traumatizó de tal forma que, durante mucho tiempo, reconocí la razón de estos sueños en la sombra acusadora de aquella tortura inconsciente. Hasta que, un día, el hombre que me ayudó a no enloquecer me contó que no era eso lo que había detrás, sino mi instinto maternal.
Cuando ella se fue, soñé muchas veces que la olvidaba, como a los animales. Recordaba en los sueños que no había ido a verla, que la había dejado sola, y me invadían la culpabilidad y la angustia. Aunque la madre era ella, lo cierto es que, en los últimos meses, ya no era capaz de cuidar a nadie y los papeles se cambiaron, porque sólo le quedaban fuerzas para dejarse morir. Yo, que soy la pequeña de la casa, no se lo perdoné jamás. Y me encargué de hacérselo saber cada día.
Hace poco, soñé que lloraba desconsoladamente su pérdida. Cuando desperté, me sentí vacía y aliviada. Me gusta pensar que tal vez fuera una especie de despedida, alguna clase de enmienda, porque la pesadilla del abandono no se ha vuelto a repetir. Ansío que signifique que podré perdonarme, algún día, lo increíblemente mal que lo hice todo. Pero, sobre todo, necesito que signifique que es ella la que ha podido, por fin, perdonarme.
(Música: The Beatles, "Black bird")




