martes 30 de junio de 2009

Expiación

Donde quiera que estés

En una ocasión fueron perros, pero nunca volvió a repetirse. Muchas otras, son peces. Casi siempre, pájaros.

Yo estoy en la que fue nuestra casa. Siento que hace mucho que no paso por allí, pero desconozco la razón por la que no he ido en todo ese tiempo. Entonces, veo a los animales. Trato de recordar cuándo les di de comer por última vez, o les cambié el agua, y me invade una angustia insoportable. Cómo he podido olvidarlos.

El acuario está (como estuvo) en el salón grande, donde escuchábamos música y teníamos la biblioteca. Cuánto más me fijo, más peces hay, como si se multiplicasen con cada parpadeo. Apenas tienen líquido en el que nadar y se retuercen en el charco insalubre en que se ha convertido la pecera. Me apresuro a rellenarla, pero mis manos son como mantequilla y el agua siempre se me derrama.

Saltan ansiosos cuando me ven, porque están famélicos. En su desesperación, se salen del agua y tengo que volver a meterlos antes de que mueran asfixiados. Pero su textura resbaladiza hace que se escurran entre mis dedos. Si consigo devolverlos al interior, les vacío el bote de la comida para verlos devorar con avidez. Dicen que a los peces hay que darles el alimento en pequeñas cantidades, porque nunca se sienten saciados y, de lo contrario, no pararían hasta morir empachados. Yo lo sé, pero no me importa. Han pasado tanta hambre y yo siento tanta culpa, que prefiero que revienten.

Cuando son pájaros, están en el cuarto de la terraza, donde el arcón de los disfraces de carnaval. Al principio, sólo hay una jaula sucia, con animales débiles y descuidados, sin comida ni agua. Como pasaba con los peces, me voy dando cuenta de cada vez hay más y más, muchos pájaros de todo tipo, de diferentes tamaños y colores, hacinados. No doy abasto en atenderlos a todos. No entiendo cómo han podido salvarse de semejante abandono. Pero, sobre todo, lo que no entiendo es cómo he podido olvidarme de que estaban allí. Y me desespero.

De pequeños tuvimos un hámster. Una vez, se quedó sin agua varios días seguidos por un descuido vergonzoso. Yo fui la primera en darme cuenta. Cuando llené su bebedero, el animal, exhausto, se abalanzó sobre él como el superviviente de una tormenta de arena que encuentra un oasis en medio del desierto. Esa imagen me traumatizó de tal forma que, durante mucho tiempo, reconocí la razón de estos sueños en la sombra acusadora de aquella tortura inconsciente. Hasta que, un día, el hombre que me ayudó a no enloquecer me contó que no era eso lo que había detrás, sino mi instinto maternal.

Cuando ella se fue, soñé muchas veces que la olvidaba, como a los animales. Recordaba en los sueños que no había ido a verla, que la había dejado sola, y me invadían la culpabilidad y la angustia. Aunque la madre era ella, lo cierto es que, en los últimos meses, ya no era capaz de cuidar a nadie y los papeles se cambiaron, porque sólo le quedaban fuerzas para dejarse morir. Yo, que soy la pequeña de la casa, no se lo perdoné jamás. Y me encargué de hacérselo saber cada día.

Hace poco, soñé que lloraba desconsoladamente su pérdida. Cuando desperté, me sentí vacía y aliviada. Me gusta pensar que tal vez fuera una especie de despedida, alguna clase de enmienda, porque la pesadilla del abandono no se ha vuelto a repetir. Ansío que signifique que podré perdonarme, algún día, lo increíblemente mal que lo hice todo. Pero, sobre todo, necesito que signifique que es ella la que ha podido, por fin, perdonarme.

(Música: The Beatles, "Black bird")

lunes 29 de junio de 2009

Duda existencial

Que una compañera de trabajo, pongamos por caso, la que se sienta a apenas un metro y medio de distancia, en un despacho cerrado, de una secretaria rubia (pongamos por caso, yo), padezca, aparentemente, un trastorno severo de la personalidad (pongamos por caso, que la tenga doble, o múltiple); y que ese trastorno la lleve a ser lo mismo encantadora y cordial, que, de pronto, la niña del exorcista; y que esa compañera de trabajo tenga un (pongamos por caso) novio y futuro marido (también supuesto compañero de trabajo de la secretaria rubia), y lo maltarte psicológicamente haciéndole cosas como llamarlo imbécil, colgarle el teléfono o colgarle el teléfono después de llamarlo imbécil (y palabras más feas) delante de la secretaria rubia, sin ningún tipo de pudor y con total desprecio; y que a él no sólo no parezca molestarle, sino que vuelva insistentemente a por más como si lo necesitase, como si le gustase que lo tratasen como a (pongamos por caso) la suela de un zapato; y que la compañera de trabajo con personalidad múltiple se arrebate con inesperados ataques de ira, o se ría sola, o hable sola, o maldiga sola delante del ordenador:

¿se considera riesgo laboral?

domingo 28 de junio de 2009

Ciencia exacta

Es bien sabido que, cuando la desilusión se instala en un corazón humano, ocupa exactamente el mismo volumen que desalojan las expectativas frustradas. Pesa exactamente lo mismo. Mide exactamente lo mismo.

A la hora de aplicar esta sencilla fórmula, hay que tener en cuenta que las ilusiones las pone cada uno de su propio bolsillo. Nadie es responsable de lo que los demás esperen de él. Nadie es responsable de la felicidad de otro. Ni de su infelicidad. Cada uno cree porque decide creer. Porque quiere creer. O porque lo necesita. Así pues, que cada cual asuma su propio desencanto.

Estos parámetros, que llamaremos “constantes”, son, en esencia, inamovibles. Y sería bueno aceptarlo cuanto antes.

Ahora bien, en ciencia existen otros factores llamados "variables", de naturaleza mutable. Para entender en qué consisten, bastará con citar algunos sencillos ejemplos. A saber:

a) que mi felicidad es directamente proporcional a la tuya porque me importas, porque te quiero.

b) que mis expectativas aumentan con el tamaño de la confianza que voy depositando en ti, porque sé que, pase lo que pase, puedo contar contigo.

Y viceversa.

(Música: Fito Páez, "Eso que llevas ahí")

sábado 27 de junio de 2009

Comunicando

Tendría que ser mucho más fácil. Con la variedad de medios para comunicarnos que existe hoy en día, tan efectivos, tan inmediatos, debería costarnos muchísimo menos decir las cosas con sencillez y claridad. Y, sin embargo…
Era mucho mejor cuando sólo existía el teléfono fijo. Si no estabas, no estabas. Ya volverías. Si la desesperación te hacía llamar con demasiada insistencia a un chico y no contestaba, sin pantallita delatora ni identificador, no se dejaba ningún rastro del delito. Y, sin contestador, no se corría el riesgo de decir cosas de las que luego una tendría que arrepentirse, ni de que quedaran grabadas para la posteridad y el posible chantaje.
Ahora, vamos dejando pistas de nuestra debilidad por todos lados, nos delatamos continuamente. No sabemos medir cuándo es demasiado, cuándo insuficiente. Si no cabe en ciento sesenta caracteres, mejor no decirlo. Si usas un emoticón, asegúrate bien de qué signo le pones en la boca, para que parezca triste y no cabreado. Es agotador.
Yo, después de casi diez años fuera del mercado amoroso, me siento como si acabase de salir de la criogenización. Tengo que pedir a mis amigas solteras que me corrijan los sms y me dibujen un gráfico con la secuencia temporal en que debo irlos enviando, para parecer interesada a la par que interesante, y despreocupada al mismo tiempo que seductora. Me van a salir canas de tanto programar mis deseos y calcular mis malas intenciones.
Luego está lo del lenguaje. Aprendí a escribir con las cartillas “Rubio” y no me acostumbro a que las palabras no tengan tildes, ni las frases, comas. Cuando mis amigos veinteañeros me mandan cosas como “ns vms n l bar d la skina pnt wapa”, siento que haya podido pasarles algo que los ha incapacitado para una escritura fluida y normal (algo leve, que los quiero bien, como una buena resaca, o haberse cortado la yema del dedo pulgar con el cuchillo de las papas). Entonces, me acuerdo del salto generacional.
Y, hablando de dedos pulgares, creo que esa confrontación índice- pulgar, que se supone que nos salvó de no ser más que unos simples monos insulsos, no nos está trayendo sino problemas de comunicación.
Empiezo a preocuparme. Entre que la muerte de Michael Jackson no me ha dejado ni frío ni calor, que tengo ganas de comportarme como un animal salvaje y que animo al público presente a tirar el móvil a la taza del váter y a abrazarse, seguidamente, con quien tengan más a mano, me temo que me clausurarán el blog por hacer apología de la vida cavernícola.

(Por cierto, que lo del cuchillo de las papas es un homenaje (des)velado a La Lupe, otra de las joyas de mi colección. Quienes aún vivan en la ignorancia, deben visitar con urgencia su blog –aquí al ladito, entre la gente rara-, y leer su “Vida tinta”. De la piel de esa lagarta salen cosas mucho mejores que un bolso, se los digo yo).

(Música: Palmera, "Lucy")

viernes 26 de junio de 2009

Desconcierto

No sé qué siento más, si pena o alivio, cuando pienso que el vacío que dejaste empieza a convertirse en espacio.

(Música: Pedro Guerra, "De menos")

La risa tonta

Me encanta despertarme con mi propia risa cuando sueño algún disparate. Por suerte, mi subconsciente es bastante más divertido que yo, y eso me pasa con cierta frecuencia.

Anoche, por ejemplo. No sé qué diablos pintaba Nicolas Sarkozy en mi sueño (lo suyo es que hubiese estado Michael Jackson, digo yo). Aclaro desde el principio que no hubo comportamientos cariñosos por ninguna de las partes, ni mucho menos sexo explícito. Se lo dejo enterito a la Bruni, que no haya dudas al respecto. Además, me recuerda muchísimo al marido de una amiga y ella lo sabe, así que me temo que, de haber pasado algo intenso (y de haberme animado a hacerlo público), hubiese tenido que dar alguna que otra explicación.

No, nada de eso. Fue un sueño político, aunque no políticamente correcto. Me acuerdo apenas del instante en el que alguien, refiriéndose a los franceses, decía que eran todos “unos andorranos de mierda”. Después me despertó una carcajada que resultó ser mía.

Carezco del nivel de genialidad, incluso dormida, de una colega -de la realeza, como una servidora-, que soltó en un sueño la siguiente perla: “soy más calvinista que Calvin Klein”. Con una cosa así, yo me habría despertado bañada en pipí, directamente. Son palabras dignas de un personaje de Forges, por lo menos. Y dignísimas de ella, tan lista, tan rápida, tan rara.

Que me perdone la Reina Parsimonia el hurto y la violación de la intimidad. Rodeada de semejantes joyas, es difícil no volverse una ratera.

(Música: Carla Bruni, "Quelqu'un m'a dit")

jueves 25 de junio de 2009

Eva

Una vez, fuimos animales. Olíamos las cosas, para saber lo que eran; a los otros animales, para saber quiénes eran. Mordíamos a nuestra pareja en un ritual hermoso y salvaje para el apareamiento. Tocábamos, lamíamos, probábamos. Teníamos curiosidad, hambre, instinto cazador. Y eso nos mantenía a salvo. Y nos hacía estar vivos. Fue así como se descubrieron todas las cosas.

En algún punto del recorrido perdimos la raíz, el apetito, la intuición. Dejamos de percibir el miedo con el olfato, de saborear el deseo en la punta de la lengua, de hollar la tierra con las pezuñas descalzas. Y nos pareció que sólo era verdad aquello que podíamos ver.

Si está en Internet, existe. Si sale en la tele, existe. Lo veo, luego existe. Apaga el ordenador y estarás acabado, amigo. Mejor será no tocar nada con las manos, por si acaso mancha, destiñe o tiene bacterias. Mejor será tener sexo virtual, no vayamos a contagiarnos. O peor, a enamorarnos.

Cerrar los ojos es morirse. A veces, literalmente. Pero yo me arriesgaré. Peor es estar muerta sin estarlo.

Quiero sentir el mundo con los ojos cerrados, con las manos en garras, con la boca abierta, con la nariz aguda, con los oídos finísimos, con los pies desnudos sobre la hierba. Quiero sentir el contacto musical de mis dedos con las teclas, quemarme con tu risa incendiaria al otro lado del auricular. Y, si te dejas, te arrancaré el corazón a mordiscos, sólo por descubrir a qué sabe tu sangre.

Después, me quitaré la venda. Y lo que veré no será la verdad.

miércoles 24 de junio de 2009

Miércoles de ceniza

"Nadie debe vivir sin amor"

Dicen que la noche de las hogueras hay que echar al fuego las cosas de las que una necesita desprenderse. Es un rito mágico para traer renovación y esperanza.

Anoche encendí una cerilla y prendí un papelito, con cuidado de no quemarme. Y no me quemé, pero igual dolió bastante. En él, estaba escrito tu nombre.

Esta mañana, antes de salir a la calle, me he pintado los labios. Y he guardado en mi cartera un trozo de papel en blanco.


(Música: Fito Páez, "El amor después del amor")

martes 23 de junio de 2009

Agenda cultural

We'll always love you, Paul





En el ciclo de cine dedicado a Paul Newman, esta noche pasan "El coloso en llamas". Acertadísima elección para la víspera de San Juan.

Yo, por si las moscas, me voy a quedar en casa.

Regreso al futuro

Anoche, yo era yo, y él, Michael J. Fox. El de antes del Parkinson. Aquel al que los vaqueros dos tallas más grandes, las deportivas blancas de baloncesto y la cara de adolescente en crisis de angustia permanente le quedaban tan bien. Todo lo que pasó en el sueño (besos y arrumacos incluidos) me parece mucho menos interesante y susceptible de análisis y rememoración, que el guiño generacional hecho por mi subconsciente.
Desde que me desperté esta mañana, no he parado de preguntarme por qué Michael, por qué ahora. He tratado de recordar si, estos días atrás, vi alguna película suya o escuché una noticia que tuviera que ver con él. Pero no, nada. Al menos nada lo bastante relevante como para que pueda acordarme. Entonces, de pronto, se me ha encendido una luz.
Ayer, para ir al trabajo, harta de llorar en la ducha con Jorge Drexler (virtualmente, claro; ojalá, aunque hubiese sido sólo llorar), me cogí para el coche “La canción de Juan Perro”, glorioso disco de Radio Futura. Hay pocas cosas tan liberadoras como cantar “A cara o cruz” o “37 grados” a pleno pulmón, como una loca cualquiera, a las siete menos cuarto de la mañana, cuando todos circulan como zombis por la autopista. Creo que ese fue el detonante: volver a sentirme, durante los quince minutos que dura mi recorrido hasta la oficina, como en los años 80.

Lo que no entiendo es por qué demonios el sueño no pudo ser con Santiago Auserón. Y, la verdad, viendo en lo que se ha quedado el pobre Michael, me habría conformado hasta con un electroduende.


(Música: Radio Futura, "37 grados")

lunes 22 de junio de 2009

Las cosas simples

Durante el almuerzo familiar del domingo, Lucía y yo estuvimos ensayando algunos trucos de magia. El que nos pareció que tenía más futuro consistía en convertir uno de los tapones de corcho de las botellas de vino, en tres. A falta de pañuelo blanco, utilizamos las toallitas perfumadas para bebés de su hermano Jorge.
Cuando determinamos que nos salía lo bastante bien, pasamos a concretar los pequeños pero fundamentales detalles de nuestro singular espectáculo: la escenografía y, por supuesto, el vestuario. Ella es la Maga Lucía y yo, sólo soy su rubia ayudante. Así que estaba claro por quién teníamos que empezar.
Le sugerí la clásica (pero siempre efectiva) indumentaria del mago tradicional: frac negro con capa, pajarita y guantes blancos y, desde luego, la imprescindible chistera. Olvido con demasiada frecuencia que ella es una princesa, así que mi ocurrencia le pareció un espanto absoluto. Pensé entonces en algo más acorde con su aristocrática personalidad: vestido con lentejuelas, zapatillas brillantes, alas y varita mágica. Todo ello, de un indiscutible color rosa. Eso la dejó más convencida aunque, a mi sobria apuesta cromática, ella añadió el azul, el rojo y el verde pistacho. Cómo pude no pensarlo.
Luego, pasamos a lo mío. Pensé que yo podría ir vestida de conejo. Ella lo sopesó muy seriamente y me respondió, rotunda: “de león”. En un flash que duró exactamente una décima de segundo, el cuadro de "El Aduanero" que preside este rincón apareció en mi cerebro. No tuve ninguna duda. Su propuesta era perfecta.

Después reciclamos las toallitas, y las reconvertimos en pulseras y brazaletes de diseño exclusivo para las calurosas noches africanas.

Ya hemos quedado para el sábado que viene. El plan consiste en hinchar a los patos de la plaza de tantos gusanitos como sean capaces (o no) de engullir. Me pregunto quién necesita coach, terapeuta o curandero alternativo, teniendo una sobrina de cuatro años y medio.


(Musica: Chavela Vargas, "Canción de las simples cosas")

domingo 21 de junio de 2009

Motivo nº 100

Con el permiso de la bella Ornelia, inventora de esta infalible fórmula para vivir mejor.


Hoy empieza el verano. Salgamos al sol, aunque llueva dentro.

Motivo nº 4

Cuando lloras, tu boca hace un gesto absolutamente precioso. Pero, lo mejor de todo, es que hayamos podido llorar. LLorar juntos.

Se diría que el llanto es algo malo. Pero, si no lloran los ojos, llora el corazón, el hígado, los pulmones.

Una lágrima tuya bastará para sanarme. Curada, volveré para estar siempre contigo.

(Música: Cold Play, "Fix you")

sábado 20 de junio de 2009

Motivo nº 378

Oírte decir la verdad.

Heridas

Buenos días. Necesitaría que me diera Usted algo… ¿Síntomas? Veamos, tengo mucho dolor aquí, en el estómago. No, vómitos y diarreas, no, la verdad. Es más bien como una enorme sensación de vacío. Como si tuviera un agujero justo aquí, en medio del cuerpo. Sí. Ajá. ¿Batidos saciantes sabor a fresa? ¿Usted cree? Ah, vaya, tres al día y una tiene sensación de plenitud permanente. Ya veo. Bien, entonces deme cinco o seis cajas. Luego está lo de los ojos. Me lloran, todo el rato. Lagrimeo constante, eso es. Bien, entonces, ¿una gota de colirio en cada uno cada seis horas? Y lavados con manzanilla. Ah, pues no estoy segura. Té sí tengo. Ya, claro, no es lo mismo. Sí, vale, pues démela también. Perfecto. Sí, es que, en realidad, me duele el cuerpo. Todo en general. Y tengo frío. No, no he viajado a México recientemente. Tengo un amigo que acaba de volver de allí, pero vamos, que él está bien. Seguro, sí. No, no creo que necesite mascarillas. ¿Aspirinas? Bueno. Y tiritas, un paquete grande. Y, para el frío, ¿qué cree Usted…? Termómetro y manta eléctrica. Perfecto. Nada más. Ay, bueno, sí. En realidad hay otra cosa. Es el corazón. Pues que está roto. Roto, sí. ¿Infarto? No, no creo… En fin, ESPERO que no. Ya, las pastillas de nitroglicerina son con receta médica. Entiendo. Bueno, ya le digo que no creo que sea eso. Pues, es todo, creo. La cuenta, sí, por favor. Y gracias por todo, ha sido Usted muy profesional. Y muy paciente.

Oiga, perdone. Una cosita nada más. ¿Y un abrazo? Eso lo venden sin receta, ¿no?

(Música: Jorge Drexler, "Sanar")

viernes 19 de junio de 2009

Puentes quebradizos

Tú en tu isla. Yo en la mía. Robinsones solitarios. Islas. Yo arrojo al agua, una y otra vez, botellas de cristal con sus mensajes dentro. No sé si tú los leerás. No sé para quién son tus respuestas. No sé en qué piensas, allá, en tu isla.

He tirado tantas y tantas, que el estrecho entre nuestros dos pedazos de tierra ha acabado por estar lleno de botellas de cristal con papelitos dentro, flotando. Es arriesgado, pero yo diría que, uno de los dos, podría atravesar el río, brincando ligero por encima de las botellas, y llegar al otro lado. Tal vez, incluso, podríamos hacer el esfuerzo de recorrer cada uno nuestra mitad. Y encontrarnos en el centro, para darnos un abrazo, aunque eso suponga hundirse. Sabemos nadar. Tendríamos que intentarlo.

Lo peor de todo es que, si sigo arrojando botellas, si siguen acumulándose en el mar, acabaré por levantar un muro de cristales rotos.


(Música: Jorge Drexler, "Al otro lado del río")

Motivos nº 265 y 266

Ir a la ferretería.
¿Por qué será que los ferreteros son gente tan demoledoramente triste?
Cuando salí de comprar las bolsas de la aspiradora, sentí, por comparación, que estoy viviendo realmente al límite.

La Galaxia M51, también conocida como “Galaxia Remolino”.
Se encuentra a veintitrés millones de años luz de distancia de la Tierra, y se observa con el instrumento “Osiris” y un tiempo de exposición de dos minutos.
Es rosita y turquesa. Tan linda.


jueves 18 de junio de 2009

Motivo nº 174

Ayer por la tarde, en la feria del libro, encontré un cuento perfecto para Lucía. Ya puedo imaginarme sus ojos cuando lo vea.

Clarividente

Para E.
Para todos los chicos del Centro.


Es un muchacho muy guapo. Y muy listo. Eso se nota con sólo mirarlo. Tiene los ojos brillantes, vivos. Parece libre, despierto, a pesar del encierro y de la previsible medicación. A pesar del disfraz de malo. Parece estar por delante, saber lo que va a pasar. Me acuerdo del cuento de Cortázar, “Las babas del diablo”. De la frase genial del protagonista, “esto lo estoy tocando mañana”. Él también es negro. Y, sea lo que sea lo que está pasando por su cabeza, también está pasando mañana.
En su trozo de papel, pega algunas frases sacadas de una revista. Todas me conmueven profundamente. Todas me aplastan, al leerlas, como si fueran losas. Como si yo fuera el Coyote y el Correcaminos acabase de hacerme caer en mi propia trampa, tirándome la inmensa piedra desde lo alto del desfiladero. Y yo la estuviese viendo venir, sin poder mover una pestaña. Su clarividencia es absoluta y demoledora. Sobre todo, porque no tendrá más de quince o dieciséis años.
A pesar del impacto que me causan todas, sólo consigo recordar unas palabras, escritas con letras de imprenta, pegadas con limpieza y cuidado: “tenemos un futuro juntos”. Debajo, la foto de una pareja de espaldas, que pasea cogida por la cintura.
Cuando le pregunto por qué, encoge los hombros, los ojos se le humedecen y, rápidamente, se pone otra vez la máscara y comienza a hacer su teatro.

Telón. De hormigón y alambre electrificado.

(Música: Bob Marley, "Redemption song")

miércoles 17 de junio de 2009

Sagitario. Miércoles, 17 de junio de 2009

Salud: No se olvide del ejercicio.
Sí, ya lo sé, ya lo sé. Ya sé que hace como dos semanas que no paso por el Pilates. Y que el sábado me comí dos tarrinas de tarta de chocolate con galletas del Mercadona.
Los oráculos tendrían que pillarse, de vez en cuando, un orzuelo o una conjuntivitis.

Excusas

Lo de que una vez estuve loca no es cierto, pero casi. Digamos que le vi las orejas al lobo y pude contarle los pelos. Que fui a darme una vuelta por el lado salvaje y casi se me escapa el tren de regreso. Metí la cabeza en el laberinto. Y el laberinto, era mi cabeza.
Por eso, que alguien ponga como excusa para lo que sea que es una persona complicada, me hace gracia y me da pena a partes iguales. Si uno no quiere, no quiere. Si uno no siente, no siente. Y qué le vamos a hacer. No es justo que las excusas nos priven de conocer la verdad, transparente y meridiana.
Otra cuestión es el miedo. Cuando en el fondo de todo está el miedo, la cosa cambia. La fórmula a aplicar, sin embargo, sigue siendo más o menos la misma: que los árboles no nos impidan ver el bosque. Que las excusas no nos impidan ver el miedo.

(Música: Albert Plá, "El lado más bestia de la vida")

martes 16 de junio de 2009

Sonámbula

Cuando era pequeña, sufría una misteriosa forma de sonambulismo. No me levantaba con los brazos estirados, como La Momia, y salía a la calle en camisón, o sostenía interesantes charlas con la nevera abierta. Ni siquiera me quedaba en el umbral de la habitación de mis padres, mirándolos con cara espectral, como una niña posesa. Yo era consciente. Tengo el recuerdo. Nadie me lo ha tenido que contar. Luego no estaba exactamente dormida. Pero tampoco estaba despierta.
Me levantaba siempre asustada, siempre temblando. Tampoco era que acabara de tener una horrible pesadilla. De alguna manera, seguía dentro de ella, sin poder escapar, viviéndola, pero comprendiendo que esa parte de mí no estaba en el mismo plano de la realidad que mi cuerpo en movimiento. Es difícil de explicar.
Aquello tampoco podría definirse literalmente como pesadillas. No había monstruos, ni hombres asesinos, ni una manada de toros bravos persiguiéndonos a mi hermana y a mí, calle abajo (que era una que se me repetía mucho). En esos sueños, lo único verdaderamente aterrador era que las cosas comenzaban a suceder cada vez más deprisa, en secuencias rítmicas progresivamente aceleradas. Yo perdía absolutamente el control y sentía que estaba entrando en un bucle que me conduciría indefectiblemente a la locura, a menos que logara escapar. Y, más o menos, escapaba.
Tiritando, medio dormida, medio despierta, iba a buscar a mamá que, familiarizada a la fuerza con aquel extraño padecimiento, sin hacer preguntas y con la sabiduría infusa de una madre, me abrazaba fuertemente y me decía que pensara en algo bonito, hasta que por fin dejaba de agitarme. Sólo había una cosa de la que yo no era consciente y que mi madre solía contarme siempre, con una sonrisa asustada, a la mañana siguiente. Parece ser que ponía una espantosa cara de lunática. Ella, para evitar un posible shock irreversible, trataba a toda costa de que no me viera en ningún espejo, en lo que duraba mi proceso de vuelta a la normalidad.
La última vez que me sucedió, yo tendría dieciocho años. Estaba con unos amigos, pasando el fin de semana en la casa de verano de mi noviete de la universidad. Soñé que alguien me dictaba la lista de ingredientes necesarios para fabricar una bomba, prefiero no saber por qué. El recital fue adquiriendo un ritmo cada vez más veloz, haciendo que mi corazón latiera también cada vez más rápido, hasta que se hizo insoportable para mí y necesité escapar del sueño sin tiempo para recobrar del todo la consciencia. Cuando abrí los ojos, mi madre, lógicamente, no estaba cerca para calmarme el temblor. Tuve que hacerlo yo solita. Y procuré tener muy en cuenta el no mirarme en el espejo.
Puede que ese fuera el clic necesario para que aquello no me haya vuelto a pasar nunca más. Quién sabe si fue una especie de presentimiento, una sabia advertencia sobrenatural, algo que me avisaba de que, antes de lo previsto, iba a dejar de tener, para siempre, su consuelo.

Corazón contento

Es mi hora del desayuno. Junto a mí, en la barra, la simpática mujer de siempre, que trabaja en el concesionario donde está la cafetería, se dispone a pagar. Me sonríe con los ojos, como cada día aunque fuera caigan chuzos de punta, y me dice: “barriguita llena…”.
Deja la frase en suspenso y, justo antes de marcharse, termina, encogiendo los hombros: “a ver si es verdad”.
Tanta falta de amor.

lunes 15 de junio de 2009

Lunes de pasión

Llego a la oficina cargando con mi cruz. El maletín del portátil pesa hoy lo mismo que un yunque. Subo los tres pisos por las escaleras, hasta mi Monte Calvario particular. Me arrastro por los pasillos enseñando a los curiosos los estigmas de mi sacrificio: las ojeras profundas, del madrugón y del sueño nervioso de las noches de domingo. El dolor de piernas y riñones, porque soy una mujer y me toca apechugar con la maldición de la sangre. Y un enorme agujero en el corazón.
Necesito urgentemente café por vía intravenosa, pastillas para el dolor menstrual y un donante compatible.
(Música: Jamie Cullum, "Hy & dry" en "Pointless Nostalgic")

domingo 14 de junio de 2009

Ni siquiera náufraga


Unas veces voy de crucero. Otras, de viaje a alguna isla. Siempre empieza con sabor a vacaciones, como una aventura ilusionante y veraniega. Siempre sé hacia donde me dirijo (Grecia, El Hierro). Pero nunca llego a esos lugares. La satisfacción esperada, las alegrías prometidas (cerveza fresquita, sol, nuevos sitios por descubrir), no se producen.
Unas veces, el barco es inmenso, desangelado, inhóspito. No hay casi pasajeros y tenemos que llevar el chaleco salvavidas puesto, porque de pronto es invierno, y el mar es gélido y gris. Otras, es una pequeña embarcación frágil e insuficiente. Entonces sí hay sol, demasiado. Y navegamos muy cerca del agua. Demasiado.
Unas veces, el destino es como un inmenso iceberg, o un pequeño continente congelado, donde no hay huella de presencia humana y sólo existe la vida animal. Otras, son islotes volcánicos, minúsculos, con poca vegetación y sin gente. A veces son apenas fragmentos de lava, grandes placas de roca con la consistencia y el peso del corcho, flotando a la deriva.
Siempre son lugares extraños e inhabitados. Tienen algo alucinógeno, de viaje de ácido. Tienen algo desasosegante, de presagio de invasión nazi o extraterrestre, de día del fin del mundo. Me siento como Tintín en “La estrella misteriosa”, rumbo a un fragmento de meteorito donde las arañas crecen terribles y amenazadoras, y las setas explotan a medida que brotan del suelo. Pero no exactamente. Porque yo nunca llego a desembarcar.
En mis viajes, nunca hay muelle. Ni siquiera naufragamos. Así, al menos, podría poner los pies en la tierra. Siempre me toca mirarla desde el barco. Y seguir navegando.

sábado 13 de junio de 2009

Despertador

Cada día me despierto y me miro en el espejo. Me estiro las arruguitas de debajo de los ojos. Abro la boca y me observo los dientes. Me hago grande. Es difícil hacerse grande. Cuesta. Es doloroso. Casi siempre quiero a mi mamá. Casi nunca quiero estar sola. Cuando pienso en esas cosas, en el espejo se aparece una niña pequeña. Le pido por favor que no me asuste, que no me diga que va a venir el coco, el lobo feroz, la muerte. Eso ya lo sé. Ya lo sé. Necesito creer en que las cosas buenas están siempre por llegar. Aprieto los párpados y juro solemnemente: “están por llegar”. Entonces abro los ojos y vuelvo a mirarme durante un rato. Me gusta lo que aparece.

Hoy me despierto con el corazón pisoteado y la voluntad a ras de suelo. No tengo ganas de mirarme en el espejo, donde la niña pequeña me espera canturreando, burlona, un “ya te lo dije”. Tengo los síntomas de una resaca de ilusión tirada a la basura. Me pasa cuando trazo un plan disparatado y feliz como, por ejemplo, soltar los pájaros de mi cabeza para que vuelen y canten como locos. Y entonces alguien viene y mata todos los pájaros de un tiro. Aprieto los párpados y pido por favor que resuciten ellos solos. Porque hacerle el boca a boca a un pájaro moribundo, pica.

Ese alguien que estropea los planes casi siempre eres tú. Y casi nunca te das cuenta. Creo que lo segundo me resulta más doloroso que lo primero. Pediría por favor que apretaras los párpados, esperases un segundo y te dieras cuenta. Pero sé que la que tiene que darse cuenta soy yo.
(Música: Jorge Drexler y María Rita, "Soledad" en "Doce segundos de oscuridad")

viernes 12 de junio de 2009

Balance mensual

A favor: casi siempre está muy serio. Por eso, cuando sonríe, es como si, inesperadamente, alguien hubiese puesto música o encendido la luz.
En contra: tiene familia. No padres o hermanos. Propia, quiero decir. Mujer y, que yo sepa, al menos una niña pequeña. A mí su mujer me da lo mismo. Si quiere, que la deje (la que quiere que la deje, obviamente, soy yo). Pero a su niña, no. Las niñas pequeñas necesitamos un papá que nos quiera mucho, que nunca se vaya. Si no, de mayores nos da por llorar constantemente y ser infelices, hasta que conseguimos resolver, tras muchos meses de terapia intensiva (ejemplos: dibujarnos de niñas con nuestro papá, dibujarnos de adultas con nuestro papá, patear rabiosamente un cojín imaginando que es nuestro papá…), un conflicto que se evitaría muy sencillamente aplicando esta fórmula elemental:
Si decide usted tener hijos, sea consecuente, viva con ello. Quédese usted cerca mientras lo necesiten. Quiéralos. No huya. No sea cobarde.
A favor: es altísimo, muy grande. Pero habla suave, muy bajito. Y se arrastra tristemente por el parking cuando llega por las mañanas, como un fantasma con cadenas en los pies. Cuando está molesto por algo, pone la misma cara que los niños enfurruñados. Dan ganas de quererlo mucho, de hacerlo inmensamente feliz. Me despierta el instinto maternal (los bebés son bonitos, así que eso debe ser algo bueno, digo yo). También me despierta otros muchos instintos.
En contra: tiene familia. Como el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de las personas de esta oficina. Yo debo ser, posiblemente, la única que a estas alturas no ha sentado la cabeza. En mi descargo diré que sufro de persistentes dolores cervicales y tengo una lesión en el hombro derecho. Sentar la cabeza debe ser incomodísimo, y estoy segura de que mi monitora de Pilates me lo desaconsejaría contundentemente.
A favor: es tímido, huraño y tiene las habilidades sociales más bien oxidadas. Todo un reto para mí, que soy una tímida patológica y tengo algunas habilidades sociales muy, muy oxidadas. Tratar de seducirlo me obliga a enfrentarme a mis propios temores. Es como mirarme en un espejo. El año pasado, se me ocurrió preguntarle si iría a la fiesta de Navidad de la empresa. “Claro”, me contestó con un gesto entre el temor y la sorpresa. Durante un segundo que se hizo eterno, él comprendió lo que yo estaba intentando hacer y sintió pánico. Luego, quiso disimular pidiéndome que le explicase dónde estaba el pub, exactamente. Y yo terminé de arreglarlo no yendo a la fiesta. Una jugada maestra. Después de preguntarle si él iría, yo no voy. Desconcierto total.
En contra: tiene familia, tiene familia, tiene familia. Y, no nos engañemos, no es que sea muy consciente de que existo, en general. Pero eso es porque todavía no le he hecho llegar este perfecto y estudiado balance de pros y contras. Él, que entiende de cuentas y estudios de mercado, sabrá valorar que, en este caso, los beneficios de lanzarse de cabeza a una relación prohibida y clandestina son infinitamente mayores que las posibles pérdidas.
Ay, no. Vaya. Me olvidaba de la niña.

jueves 11 de junio de 2009

El bosque

Cuando sueño con mi huerta, mi huerta nunca es mi huerta. Para empezar, en mis sueños nunca es el recinto de dimensiones modestas, aunque suficientes, que me aísla del mundo exterior (más o menos, porque del reggaetón de mis vecinos no hay quien se aísle). No seré yo quien se queje de su tamaño: vivo en el centro de la ciudad y tengo árboles, tengo pájaros -no son míos, pero se alimentan de los bichos de mis árboles y se bañan en mi bañadero para pájaros, luego son algo así como mis inquilinos o mis invitados-. Tengo huerta.
Cuando sueño con mi huerta, ésta suele ser un jardín gigantesco, un bosque, que empieza justo donde terminan las escaleras del patio de la casa. “¡Fantástico!”, habría que pensar. Pero no es eso lo que yo siento. En mis sueños, el terrenito nunca está acotado por el viejo muro de bloques con alambre de espino, oxidado y endeble, que contribuye (en la vida real, no en los sueños) a crearme una cierta (aunque falsa) sensación de seguridad. En el fondo lejano del bosque, si acaso, hay una valla frágil, bajita, medio caída, o con un agujero por el que cualquiera podría pasar. Y pasan. En mis sueños, yo puedo sentir que hay gente allá fuera. A veces son niños, a veces son hombres, y casi ninguna de esas veces traen buenas intenciones.
Cuando estoy despierta, trazo planes para escapar de mis visitantes nocturnos el día que no logre abrir los ojos a tiempo. Casi siempre llego a la conclusión de que lo mejor será salir por la ventana de mi cuarto, que está en la segunda planta, y esconderme hecha un ovillo en el tejado, hasta que se aburran de buscarme y se vuelvan a su morada siniestra, más allá de la verja torcida que no sirve para guardar mi bosque.
Entonces me asalta una preocupación todavía más grande que la de tener que esconderme yo. Y es cómo hacer para esconder a la perra. Con las patas como las tiene –son ya más de once años de vida perruna- es absurdo pretender que saltará ágilmente conmigo por la ventana. Ni siquiera sé si yo -treinta y tres años de vida humana- seré capaz de saltar ágilmente. Más absurdo todavía es pretender que podré cargar con sus cuarenta kilos ventana afuera para escondernos juntas en el tejado. Y, lo más absurdo a todas luces, es pretender que se estará callada durante todo el proceso y que no ladrará en cuanto sienta a los hombres malos, a los niños perversos, subir por las escaleras (más que nada, para ver si quieren jugar a la pelota). Me da miedo que le hagan daño. Y me angustia no saber cómo resolveré la situación.
En el último sueño con mi huerta, mi huerta tampoco era mi huerta. Era apenas un callejoncito arbolado, que casi no me separaba de la huerta de mis ordinarios vecinos del reggaetón. Ellos estaban por allí, peleándose, gritando. Había dos mujeres que se revolcaban por el suelo dándose golpes. Cuando ya no pude más, me asomé y les pedí que se estuvieran callados. No recuerdo bien qué fue lo que pasó después, sólo que ellas dejaron de pelearse y me miraban, acusadoras, vestidas de chándal y con cadenas de oro en el cuello. Yo llevaba mi pijama malva, el que parece de hombre.
Cuando me desperté y abrí la ventana, mi huerta seguía siendo mi huerta. Enfrente no había mujeres golpeándose, ni hombres que las azuzaran. Sólo el triste husky siberiano de siempre, abandonado en una azotea.
Si pienso en ese pobre animal, no sé, la verdad, qué pesadilla me parece peor.

miércoles 10 de junio de 2009

Sagitario. Miércoles, 10 de junio de 2009

Salud: Mejora de sus constantes vitales.
Menudo alivio. Por un momento, llegué a pensar que estaba muerta.

Consuelo de tontas

¡Por fin ha llegado el ansiado correo! A partir de la semana que viene, los demás saldrán a las dos.

Aire

El de anoche fue verdaderamente angustiante. Estaba bañándome en una piscina, con mi hermano el mayor. Al principio todo parecía normal, incluso divertido. Pero entonces empecé a darme cuenta de que aquel no era un sitio corriente. Para empezar, la piscina no estaba al aire libre, con su sol y su brisa corriendo. Eso, por si solo, no tendría nada de particular. Existen desde hace mucho las piscinas cubiertas. Pero esta, más que cubierta, estaba encerrada. Era como estar en el interior de una cueva, las paredes musgosas, verdes y desagradables al tacto. Y un techo de piedra sobre nuestras cabezas. Cuando comprendí cómo era el lugar en que nos encontrábamos, empecé a mirar hacia arriba, tratado de atisbar si había un hueco para que entrase la luz o el aire por algún lado, porque el techo estaba realmente bajo, pegado a nosotros. Entonces me angustié todavía más. No era el techo el que estaba bajo, sino el nivel del agua el que, en algún momento, había subido vertiginosamente, hasta cubrirnos por completo. El agua era turbia, espesa y tibia como líquido amniótico, y nos tapaba la cabeza. Estábamos sumergidos.
Me alarmé y le pregunté a mi hermano cómo era posible que no nos estuviésemos ahogando, que pudiésemos hablar, hundidos como estábamos por completo. Él estaba tranquilo y sonriente, y me decía que no me preocupase, que era una peculiaridad de aquel lugar. Pero yo no me sentía cómoda. A pesar de que podía respirar, empezaba a notar que me faltaba el aire y quería marcharme de allí. Entonces mi hermano me indicó la salida y yo buceé hasta ella. Era una minúscula trampilla perfectamente cuadrada, situada en una esquina, en lo más hondo de aquel estanque. Cuando la vi, estuve casi segura de que no cabría por ella, y aumentó mi claustrofobia. Pero pude atravesarla, por uno de esos milagros misteriosos que sólo se dan en los sueños, cuando nuestra voluntad de sobrevivir se hace más fuerte que cualquier fase REM y cualquier grado de inconsciencia.
Al otro lado había más agua. Estaba en el fondo de otra piscina, más azul, más fresca y más transparente. Y mucho, mucho más grande. Pero allí no se podía respirar a menos que uno sacara la cabeza al exterior. Entendí que, si comenzaba a nadar hacia arriba, en algún momento llegaría a la superficie, así que me puse a ello, ansiosamente. Pero la distancia cada vez se hacía mayor. Era como estar en el vestíbulo de un enorme rascacielos, en una ciudad sumergida de una horrible película futurista. Y, por más que daba y daba brazadas, yo nunca conseguía llegar hasta la azotea.

Con permiso

Con el permiso de Luis García Montero (y con el de La Lupe, que cree que este señor está ya en demasiados sitios al mismo tiempo), le he robado el título para este blog. Bueno, en realidad, lo he hecho sin su permiso. Pero es que, por más que pensé y pensé, no se me ocurría otro que me gustase más, ni que me pareciera más apropiado. También le he robado un cuadro a uno que llaman "El Aduanero". Pero ese ya está muerto, así que no creo que me meta en problemas con él.
Espero, Don Luis, que no me denuncie usted a la SGAE. Y que la SGAE no me denuncie por haber puesto "SGAE " sin permiso de la SGAE.
En fin, esta es la bienvenida. Con permiso.

Canción víbora

Ten paciencia conmigo.
Porque a veces el mundo,
la víbora del tiempo y del pasado,
cabe entre dos palabras.

Si la piel se hace noche,
si vuelven las cenizas a los labios,
cabe entre dos palabras.

De verdad, yo lo sé,
una estrella apagada que cruza el universo
con su puñal frío.

Y repta por la vida,
por caminos sin nadie, por ciudades,
con su puñal de olvido.

A través del amor,
incluso por encima de la felicidad,
cabe entre dos palabras.

La víbora del miedo,
la víbora del miedo derrotado,
mi calor y su frío.

Y se queda en el pecho,
anidada en la sombra, hasta el amanecer.

Ten paciencia conmigo.
Porque el mundo es así, y vengo herido,
ten paciencia conmigo.

Luis García Montero. Completamente viernes (1998).