El dinero entrará con la misma facilidad con la que lo va a gastar.
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Últimamente, no sé qué me pasa que atraigo el dinero con una simplicidad pasmosa. Hace un par de semanas, por ejemplo, pasé una tarde estupenda con las chicas y era tan bien lo que me sentía, y eran tantas las ganas que tenía de agradecerles el buen rato, que decidí convidarlas a la copa de vino y los montaditos que nos acabábamos de tomar en plan piscolabis. Siempre que puedo me gusta invitar, hacer regalos. Dar algún tipo de alegría a la gente que me hace feliz me parece, junto con viajar y comer, la mejor manera -y la única verdaderamente placentera- de gastar un salario.
De regreso a casa (un poco piripi), cruzaba el paso para peatones que atraviesa la gasolinera cuando vi un papelito enrollado, que en la semi oscuridad de la noche parecía medio grisáceo, medio azulado, con unas cositas plateadas que relumbraban bajo la luz de los focos. Me agaché como un resorte y, con un movimiento que duró media milésima de segundo, lo recogí y seguí caminando mientras pensaba, “¡qué suerte, qué suerte, un billetito de cinco!”. Y era de cinco, efectivamente: el que venía envuelto dentro del de veinte. Recuperé la inversión hecha un rato antes en las muchachas, con intereses.
Cuando se lo conté a Ornelia, fue tajante en la adjudicación de lo que allí había pasado: era cosa del karma.
Este sábado hacía la compra en el súper y, al ir a pagar, entregué el importe casi exacto a la cajera, de manera que sólo tenía que darme algunas monedas chicas. Observé algo intranquila cómo, no obstante, iba sacando billete tras billete de la caja, como si yo le hubiese pagado con uno de quinientos o algo así; bueno, tal vez no tanto, pero iba a devolverme bastante más de lo que me correspondía. Por una milésima de segundo, casi tan pequeñita como la que había tardado en agacharme a recoger el dinero días antes, tuve la tentación de agarrar la pasta y marcharme silbando. Pero, no sé qué me pudo más -si la honradez o la vergüenza de que alguien de la cola se estuviese quedando con la jugada-, que tuve que confesar: “oye, que mi cambio son cuarenta y un céntimos”.
La muchacha de la caja, azorada y temblorosa, me dio las gracias mil veces por el marrón del que supongo que acababa de librarla (horas y horas venga a hacer y a hacer la caja); otra muchacha, la que esperaba detrás de mí, me miró con la palabra “panoli” claramente escrita en sus pupilas, en neones parpadeantes y relucientes de color rojo iracundo, porque unos minutos antes me había colado haciéndome la despistada y aquella equivocación iba destinada, en realidad, a acabar en sus bolsillos.
Desde entonces, vivo esperando mi karma. No tengo mucha prisa, la verdad. Acostumbrada a subsistir en la precariedad más absoluta, mi actual situación es un paraíso de tranquilidad pecuniaria, así que puedo permitirme aguardar con los pies sobre la mesa, tomando una cervecita, a que el señor que maneja este asunto de las compensaciones y los retornos me devuelva la buena obra.
Hoy puse los veinte euros para la peña de la lotería en la empresa y ya llega la navidad. Quién sabe si mi cuesta de enero consista, el próximo año, en encaramarme al Empire State o a la Torre Eiffel…
(Música: Pink floyd, "Money")
(Música: Pink floyd, "Money")



2 comentarios:
Ya verás, ya verás, por las reglas del karma algo bueno vendrá...Y me pongo el turbante y voy a las entrevistas de trabajo donde buscan vidente con experienci...aaaaylolalilola
ah, y a la q te puso cara de panoli, q se agarre las trenzas,ufff
Muy buena acción lo de avisar a la cajera que está devolviendo de más, ya que, de lo contrario, lo pagaría élla. Y lo de invitar, no deja de ser otra buena acción.
No me extraña que se encuentre con dinero en la calle; le recomiendo que juegue a la primitiva.
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