El sábado, mientras desayunábamos, nos derretíamos al unísono mirando los ojos (y el culo) del albano- kosovar, que nos trajo el café de la manera exacta en que a cada una nos gusta tomarlo sin que tuviéramos que pedírselo. Y, mientras nos derretíamos (e inventábamos y proferíamos toda clase de ordinarieces en relación con aquel hombre y su cuerpo), nos dejábamos esposar por Ángel a la mesa, entre nosotras, con él y de nuevo a la mesa, completamente embobadas.
Si no fuera porque Ángel tiene seis años y porque las esposas eran de juguete, esto podría haber sido, bien un relato para la loca de los sueños, bien una perfecta performance para modernos, muy en sintonía con los pensamientos lascivos que este espécimen despierta en nosotras; escenificación que podía haber llevado por título el ya célebre “Ven aquí que yo te digo cómo es” (¡clinc!, caja para la abue de Queenpar).
Una vez terminados los churros y, con ellos, las excusas para seguir babeando sin que se nos notara que no era por la comida, nos fuimos a la librería de N. a por algunos regalos de cumpleaños y a por otros regalos para nosotras. N. es de esas libreras que se preocupa por el género que encarga y que, como la buena farmacéutica (o el buen camello), siempre te da la dosis exacta de lo que necesitas en cada momento: alguna novedad editorial, un buen libro de arte o diseño, un cómic curioso de su selecto repertorio... Gracias a N., sin ir más lejos, descubrimos a Liniers.
Pero debo confesar que, por lo que verdaderamente nos encanta visitarla (al menos a mí), es por su cuidada sección de libros infantiles. Hay que ver lo que se disfruta tirando de una pestaña para que algún personaje haga esto o aquello; manipulando cuentos torcidos, escritos del revés o en forma de caja rellena de murciélagos y espejos; pasando páginas donde, con bellísimas ilustraciones, se nos descubre la genealogía de las verdaderas brujas, se nos revela la naturaleza del elefanmero o la tortumélida. Cuando digo “éste para mi sobrina” o “éste para mi sobrino” es que, al final, los libros acabarán en mis estanterías o en las de algún amigo con bastante más de cuatro años.
Pero debo confesar que, por lo que verdaderamente nos encanta visitarla (al menos a mí), es por su cuidada sección de libros infantiles. Hay que ver lo que se disfruta tirando de una pestaña para que algún personaje haga esto o aquello; manipulando cuentos torcidos, escritos del revés o en forma de caja rellena de murciélagos y espejos; pasando páginas donde, con bellísimas ilustraciones, se nos descubre la genealogía de las verdaderas brujas, se nos revela la naturaleza del elefanmero o la tortumélida. Cuando digo “éste para mi sobrina” o “éste para mi sobrino” es que, al final, los libros acabarán en mis estanterías o en las de algún amigo con bastante más de cuatro años.
N. nos brindó a café y se ofreció a ir a buscarlo, así que nos quedamos cuidándole un rato el chiringuito. Cuando ya estábamos solas, le confesé a Queenpar lo mucho que envidio a N. por ser la propietaria de un establecimiento tan bonito, lo mucho que me gustaría trabajar en ese lugar. Como Queen tiene que lidiar cada día con clientes en su trabajo y estos (con lo de que se supone que deben tener siempre la razón) pueden volverse absolutamente insufribles, la idea, en principio, no la seduce demasiado. Ella aspira, más bien, a que el mito del buen salvaje (en su caso, la salvaje a secas) se materialice en sus carnes, a retirarse del mundanal ruido y pasar tres pueblos de la sociedad y sus majaderías. Me la imagino como una especie de Gollum de hirsuta cabellera, atrapando pejes con sus propias garras en el charco de La Aldea, encaramándose a cuatro patas por las rocas del barranco de Tasarte. Yo la entiendo, la verdad. El horario comercial es un asco y la gente, a veces, puede ser un soberano coñazo. Pero, como durante algún tiempo conocí la ilusión de tener un negocio propio con mi ex, sé que, si te gusta lo que vendes, ser tu único jefe puede aproximarse bastante a la auténtica felicidad. Recuerdo los días tranquilos, sentada al solito, leyendo en la puerta de nuestra tiendita, oyendo la música que me apetecía y sin que pasara nada porque abriera cinco minutos más tarde o porque cerrase un ratito para ir a buscar un cortado.
Posiblemente esas reflexiones ablandaron la coraza de mi rocosa amiga (que, en realidad, pierde toda la fuerza por la boca y tiene un corazón de peluche, pues no conozco a ninguna salvaje con semejante agenda social) y me confesó que, una vez, había llegado a planear la forma de asesinar a N. para quedarse con la librería (bueno, sí, la ablandé, pero no tanto).
Posiblemente esas reflexiones ablandaron la coraza de mi rocosa amiga (que, en realidad, pierde toda la fuerza por la boca y tiene un corazón de peluche, pues no conozco a ninguna salvaje con semejante agenda social) y me confesó que, una vez, había llegado a planear la forma de asesinar a N. para quedarse con la librería (bueno, sí, la ablandé, pero no tanto).
No creo que yo llegase a matar por hacer realidad este sueño, pero no perderé la ocasión de tirarle un tejo cibernético a nuestra querida librera: si algún día se harta del asunto y decide mandarlo todo a freír chuchangas, vaya por delante mi proposición de arrendamiento. Estoy segura de que si, llegado el caso, le ofreciera a mi Queenpar una perchita (como las de los loros finos) donde posarse a leer cada mañana, con tal de que me asesorase en la elección del material y de que me ayudase a aconsejar a los clientes, no iba a decirme que no. Le juro que ni siquiera tendría que hablar directamente con ellos.
Ya lo tengo todo pensado: la perchita para Queenpar, un escaparate exclusivo para los libros de M., cafetera y a vivir.
Ya lo tengo todo pensado: la perchita para Queenpar, un escaparate exclusivo para los libros de M., cafetera y a vivir.
(Música: Rockpile, "When I write the book")



9 comentarios:
Reina, bendito sea el Señor en su inexistencia, yo también quiero. Yo quiero ser librera. Preferentemente ahí donde N.
(y gracias, muchas gracias)
Ups, perdón a los millones de taSarteños seguidores de este blog (y, en particular, a mi amiga la salvaje que miedito me da). No sé por qué lo hacía yo escrito con Z...
a) Lo que saques en efectivo por las frases de abue me lo puedes ir dando a mí, que ya se lo llevo yo si eso.
b) El cliente casi nunca tiene la razón. Particularmente los míos, que son bastante fronterizos.
c) Salvaje sí, pero en Tasarte ni de coña, que me conocen todos. El pescado no me gusta tanto. Mi plan es irme al monte a comer castañas y a hablar con dios. Y bastante más mona que Gollum que iba a estar, bruja.
d)Yo no me ablando con nada. Soy una tía muy chunga.
e)De perchita nada. Sillón de orejas como mínimo. Y si algún cliente intenta hablarme le prendo fuego con una antorcha. (al cliente, no al sillón).
f) Me voy a adobar un par de niños que me comeré hoy a la hora del almuerzo.
Y déjense ya de boberías, que las tres no íbamos a caber en la librería.
Pueden venir a visitarme a mi casa vallada del monte. Prometo vestirme y no tirarles caca.
Queen, queridita, ¿nos estás llamando gordas, acaso? Pues los churros rellenos no engordan nada, lo sepas, y el colesterol que llevan es todo del güeno.
No es eso. Ya sé que los churros están hechos de harina y aceite. La harina sale del trigo, el aceite, de las aceitunas o de otras semillas. Por lo tanto, los churros son verdura. Y el dulce de leche es eso, leche.
sanísimo todo. Y estupendísimo. Por eso forman parte de mi dieta.
quien le habra dicho a la cuin que el trigo y la leche son buenos, las rubia de esto sabemos: el trigo son hidratos de carbono, nada saludables pal cuerpo y la leche, los adultos, no la digerimos ni la sintetizamos bien, asi que queridas amigas, dejen los churros y tomen vino que tiene mucho resveratrol, el último descubrimiento antienvejecimiento. Uy, no me había dado cuenta de que estaban hablando de libros....
Qué libro, ni libro. Descorche, querida, y vaya sirviendo.
¿Ahora los hidratos de carbono no son buenos? Querida, permítame que me ponga seria un minutito y le replique: una cosa es que si una se jarta de hidratos y se echa a sobar se le ponga un culo como el de conchita Alonso, que es una señora que tiene un supermercado en mi pueblo, y otra que sean malos pal body.
Déjense de boberías de modernos y coman de todo, háganme el favor.
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