
En este sueño conduzco por una carretera llena de curvas. Cuando trato de pisar el embrague para reducir y frenar, caigo en la cuenta de que llevo los pies enmarañados en una enorme sábana de color carne, que se enrolla al mismo tiempo en los pedales y me impide controlar el coche. Quiero mirar hacia abajo para tener una noción exacta del lío en el que andan metidas mis piernas, pero temo perder la calzada de vista durante demasiado tiempo. Me agobio. No recuerdo nada más.
Cuando se ha tenido miedo alguna vez a las cosas más absurdas (como hacer cola en el supermercado o volver dando un paseo del trabajo a casa); cuando ese miedo ha salido de un lugar difícilmente identificable, recóndito, irracional; por más que una se haya hurgado en las entrañas a conciencia, se haya desenmascarado frente al espejo y haya puesto en orden el desbarajuste de amarillentas fotos del álbum familiar, siempre queda el temor a que la locura regrese del mismo modo aparentemente inexplicable en que apareció. Sacar el carné de conducir a la primera supuso, para mí, la constatación de que había ganado una batalla muy dolorosa, no contra la flagrante depredación de las autoescuelas (que anda que no hacen su negocio cobrando hasta por el desgaste de la tapicería), sino contra mí misma, contra la persona rabiosa y llena de agujeros que fui, sin saberlo, durante demasiado tiempo.
Conducir es un acto mecánico, cansino y hasta puede que estresante para gran parte de los que nos vemos obligados a hacerlo diariamente; y, sin embargo, cada vez que soy consciente de que llevo entre las manos, bajo los pies, sometido a mi control, un artilugio que es una potencial máquina de matar y de matarse, me dan ganas de darme besos, palmaditas en la espalda, de llorar y ponerme medallas. No lo hago porque no es aconsejable soltar el volante en según qué situaciones. Lo digo en serio. Puede parecer una soberana estupidez, pero yo no puedo dejar de asombrarme, hasta de vanagloriarme, por haber conseguido alcanzar esa meta (alguna vez tan lejana para mí), metáfora del agarrar el timón de mi existencia, toda una declaración de independencia y de fe en mí misma.
Eso no quita para que me sigan dando cierta cosa las autopistas, porque todavía paladeo, por allá atrás, como un retrogusto, la conocida sensación de la agorafobia. El regreso de la oficina en hora punta supone, a menudo, tener que pasar un mal rato. Pero a veces suceden cosas que me hacen experimentar una efímera sensación de poderío. Como el día aquel en que circulaba por el segundo carril cuando, a mi derecha, vi aparecer un flamante deportivo plateado, de esos que las mujeres solemos relacionar con hombres llenos de complejos. Se incorporaba a la vía y, por fuerza, tenía que ir a menos velocidad que yo, así que no me resultó difícil adelantarlo. Fue, claro está, una ilusión pasajera. Pero, sentada en mi pequeño utilitario lleno de raspones, me sentí, por un instante, la reina del mambo.
Cuando se ha tenido miedo alguna vez a las cosas más absurdas (como hacer cola en el supermercado o volver dando un paseo del trabajo a casa); cuando ese miedo ha salido de un lugar difícilmente identificable, recóndito, irracional; por más que una se haya hurgado en las entrañas a conciencia, se haya desenmascarado frente al espejo y haya puesto en orden el desbarajuste de amarillentas fotos del álbum familiar, siempre queda el temor a que la locura regrese del mismo modo aparentemente inexplicable en que apareció. Sacar el carné de conducir a la primera supuso, para mí, la constatación de que había ganado una batalla muy dolorosa, no contra la flagrante depredación de las autoescuelas (que anda que no hacen su negocio cobrando hasta por el desgaste de la tapicería), sino contra mí misma, contra la persona rabiosa y llena de agujeros que fui, sin saberlo, durante demasiado tiempo.
Conducir es un acto mecánico, cansino y hasta puede que estresante para gran parte de los que nos vemos obligados a hacerlo diariamente; y, sin embargo, cada vez que soy consciente de que llevo entre las manos, bajo los pies, sometido a mi control, un artilugio que es una potencial máquina de matar y de matarse, me dan ganas de darme besos, palmaditas en la espalda, de llorar y ponerme medallas. No lo hago porque no es aconsejable soltar el volante en según qué situaciones. Lo digo en serio. Puede parecer una soberana estupidez, pero yo no puedo dejar de asombrarme, hasta de vanagloriarme, por haber conseguido alcanzar esa meta (alguna vez tan lejana para mí), metáfora del agarrar el timón de mi existencia, toda una declaración de independencia y de fe en mí misma.
Eso no quita para que me sigan dando cierta cosa las autopistas, porque todavía paladeo, por allá atrás, como un retrogusto, la conocida sensación de la agorafobia. El regreso de la oficina en hora punta supone, a menudo, tener que pasar un mal rato. Pero a veces suceden cosas que me hacen experimentar una efímera sensación de poderío. Como el día aquel en que circulaba por el segundo carril cuando, a mi derecha, vi aparecer un flamante deportivo plateado, de esos que las mujeres solemos relacionar con hombres llenos de complejos. Se incorporaba a la vía y, por fuerza, tenía que ir a menos velocidad que yo, así que no me resultó difícil adelantarlo. Fue, claro está, una ilusión pasajera. Pero, sentada en mi pequeño utilitario lleno de raspones, me sentí, por un instante, la reina del mambo.
(Música: Arlo Guthrie, "Every body is talking at me")


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada