
La primera razón para abrir el blog fue que empecé a inventarme cosas que a algunos les gustaba leer. Marta me insistía en ello desde hacía mucho, pero yo ponía como excusa que ya pasaba demasiadas horas delante del ordenador en el trabajo como para, además, tener que dedicarle cuidados a esta especie de hijo exigente que, en el fondo, soy yo misma. Entonces, J. me propuso que creáramos uno donde escribir cuentos a cuatro manos, cadáveres exquisitos, como alguna vez hicimos jugando a través del Messenger. Pero, poco a poco, mis trozos fueron encontrando cada vez más razones para convertirse en historias enteras, así que le dije a J. si no le importaba buscarse otro compañero y me largué a fundar la Víbora. Lo único que tenía más o menos claro al comienzo eran el nombre y las ganas de contar mi sueño de un par de noches atrás, como cuando, en mis meses de terapia en busca de una cura para las fobias (y de una reconciliación con el pasado), los escribía para P.
Las cosas que me fueron saliendo empezaron a ser de todo menos ficticias. A menudo siento un poco de pudor por esta falta total del mismo que despliego a la hora de desnudar mi interior delante de la gente. No es tanto por los amigos, que saben de qué cien pies cojeo y lo más que hacen es interrumpirme cuando voy a hablarles de algo que me ha pasado, con un paciente “ya te leí”; sino por los desconocidos (para mi contento, bastantes más de los que nunca hubiera imaginado) que, sorprendentemente, encuentran interesante lo que tengo que decir y me dejan comentarios empáticos y agradables.
La segunda razón fue la música. Primero había pensado en un myspace pero, los mismos amigos que me animaron con lo del blog, me dijeron que aquello era un poco rollo y que en un diario virtual tendría ocasión para mostrar ambas facetas en un solo sitio. Y, bueno, que me convencieron, aunque, al final, he acabado colgando la música de todo el mundo menos la mía. La excusa que me he inventado, en esta ocasión, es que A. está trabajando todavía en la maqueta y que, si bien nos vamos acercando al sonido que queríamos (algo moderno, pero no demasiado, más acústico que marciano, con más sabor a banda que a ordenador), aun no está listo para enseñarlo. Como subterfugio para no publicar los temas eso me podrá servir durante algún tiempo más, hasta que A. me haga entrega del cd y tengamos que descorchar alegres el champán y cortar la cinta roja. Pero, desde luego, no es válido para explicar por qué desde que volví de mis vacaciones en Cádiz no había vuelto a coger la guitarra; por qué, un año y pico y veintitantas canciones después, sólo he buscado actuaciones en dos lugares y mi idea de arreglarlas con algunos colegas músicos se ha quedado en vagas e imprecisas conversaciones de bar.
El viernes por la tarde escuché en alguna parte un trocito de una melodía que se me incrustó en el cerebro hasta que, ya de noche, logré averiguar dónde la había oído antes. Tuve que correr a alquilar “Once”, como poseída por una fuerza superior, porque necesitaba volver a verla. Protagonizada por músicos de verdad, llena de buenas y emocionantes canciones, medio social, medio romántica, la película habla, sin pretenciones ni dramatismo, de la lucha de la gente sencilla por buscarse la vida, de la necesidad de encontrar calor y compañía en medio de la soledad, del valor que es necesario tener para no guardar eterno luto por las ausencias e ir en busca de los propios sueños. Y todo con una simplicidad pasmosa, sin finales de cuento de hadas ni orquesta sinfónica. Uno de esos sueños que la película invita a perseguir es, precisamente, la música.
Cuando acabaron los créditos, me levanté del sofá absolutamente removida por los acordes, conmovida por la belleza de las melodías, por la sinceridad y el desgarro de las letras; y así, en pleno trance, agarré la guitarra y compuse una canción de cabo a rabo en quince minutos. En honor a su fuente de inspiración, la he titulado “Una vez”.
Las cosas que me fueron saliendo empezaron a ser de todo menos ficticias. A menudo siento un poco de pudor por esta falta total del mismo que despliego a la hora de desnudar mi interior delante de la gente. No es tanto por los amigos, que saben de qué cien pies cojeo y lo más que hacen es interrumpirme cuando voy a hablarles de algo que me ha pasado, con un paciente “ya te leí”; sino por los desconocidos (para mi contento, bastantes más de los que nunca hubiera imaginado) que, sorprendentemente, encuentran interesante lo que tengo que decir y me dejan comentarios empáticos y agradables.
La segunda razón fue la música. Primero había pensado en un myspace pero, los mismos amigos que me animaron con lo del blog, me dijeron que aquello era un poco rollo y que en un diario virtual tendría ocasión para mostrar ambas facetas en un solo sitio. Y, bueno, que me convencieron, aunque, al final, he acabado colgando la música de todo el mundo menos la mía. La excusa que me he inventado, en esta ocasión, es que A. está trabajando todavía en la maqueta y que, si bien nos vamos acercando al sonido que queríamos (algo moderno, pero no demasiado, más acústico que marciano, con más sabor a banda que a ordenador), aun no está listo para enseñarlo. Como subterfugio para no publicar los temas eso me podrá servir durante algún tiempo más, hasta que A. me haga entrega del cd y tengamos que descorchar alegres el champán y cortar la cinta roja. Pero, desde luego, no es válido para explicar por qué desde que volví de mis vacaciones en Cádiz no había vuelto a coger la guitarra; por qué, un año y pico y veintitantas canciones después, sólo he buscado actuaciones en dos lugares y mi idea de arreglarlas con algunos colegas músicos se ha quedado en vagas e imprecisas conversaciones de bar.
El viernes por la tarde escuché en alguna parte un trocito de una melodía que se me incrustó en el cerebro hasta que, ya de noche, logré averiguar dónde la había oído antes. Tuve que correr a alquilar “Once”, como poseída por una fuerza superior, porque necesitaba volver a verla. Protagonizada por músicos de verdad, llena de buenas y emocionantes canciones, medio social, medio romántica, la película habla, sin pretenciones ni dramatismo, de la lucha de la gente sencilla por buscarse la vida, de la necesidad de encontrar calor y compañía en medio de la soledad, del valor que es necesario tener para no guardar eterno luto por las ausencias e ir en busca de los propios sueños. Y todo con una simplicidad pasmosa, sin finales de cuento de hadas ni orquesta sinfónica. Uno de esos sueños que la película invita a perseguir es, precisamente, la música.
Cuando acabaron los créditos, me levanté del sofá absolutamente removida por los acordes, conmovida por la belleza de las melodías, por la sinceridad y el desgarro de las letras; y así, en pleno trance, agarré la guitarra y compuse una canción de cabo a rabo en quince minutos. En honor a su fuente de inspiración, la he titulado “Una vez”.
El sábado, mientras E. y yo pintábamos las paredes de colores, concentradas y en silencio, de pronto me preguntó, "¿cuándo vuelves a tocar?". Le conté toda esta historia.
No puedo dormir tranquila si no he encontrado a lo largo del día al menos una razón que justifique alguna de mis cuitas. Pensando en esta experiencia, extraigo la enseñanza de que se me tiene que quitar este complejo de triste que tengo, de que tengo que dejar de confundir la emoción con el dolor. Debería entender que la vergüenza que tan a menudo siento de mostrarme como soy no es en absoluto compatible con la forma en que, sin embargo, necesito buscar formas de enseñar lo que llevo por dentro. De no ser así, ¿qué sentido tiene este teclear en el que llevo sumida la última media hora?, ¿qué significado le doy al hecho de haber escrito tanta música en los últimos meses, si no tenía pensado hacer nada con ella después? He de aceptar que ésa es una parte de mí que está pidiendo a gritos encontrar proyección, destinatarios.
Sin que sirva de precedente (porque el consejo que estoy a punto de darme suele ser, teniendo en cuenta mis remolinos interiores, una pésima idea viniendo de mí misma), no me vendría mal escucharme con más atención, aunque sólo fuera de cuando en cuando. Y hacerme un poquito de caso, para variar, aunque sólo fuera por una vez.
No puedo dormir tranquila si no he encontrado a lo largo del día al menos una razón que justifique alguna de mis cuitas. Pensando en esta experiencia, extraigo la enseñanza de que se me tiene que quitar este complejo de triste que tengo, de que tengo que dejar de confundir la emoción con el dolor. Debería entender que la vergüenza que tan a menudo siento de mostrarme como soy no es en absoluto compatible con la forma en que, sin embargo, necesito buscar formas de enseñar lo que llevo por dentro. De no ser así, ¿qué sentido tiene este teclear en el que llevo sumida la última media hora?, ¿qué significado le doy al hecho de haber escrito tanta música en los últimos meses, si no tenía pensado hacer nada con ella después? He de aceptar que ésa es una parte de mí que está pidiendo a gritos encontrar proyección, destinatarios.
Sin que sirva de precedente (porque el consejo que estoy a punto de darme suele ser, teniendo en cuenta mis remolinos interiores, una pésima idea viniendo de mí misma), no me vendría mal escucharme con más atención, aunque sólo fuera de cuando en cuando. Y hacerme un poquito de caso, para variar, aunque sólo fuera por una vez.


2 comentarios:
Tranquila, siga escribiendo tan bien que tiene muchos destinatarios.
Encantadores destinatarios es lo que tengo.
Publicar un comentario en la entrada