
El sábado, ojeando el periódico mientras desayunaba, me di de bruces con un anuncio que hizo que se me atragantasen el café y los churros de pura y dura indignación. El libro en cuestión se titula “La nueva cocina del bienestar emocional para niños”, y los editores del señor o la señora Koni Selinger (que me perdonen mis congéneres, pero yo voto porque es una mujer) publicitan el invento con la siguiente parrafada: “recetas para preparar deliciosos platos que ayudan a resolver los conflictos emocionales más comunes en la infancia”.
Esta mañana, mientras hacía lo propio en el bar de los camioneros poligoneros (otro gran nombre para una banda de rock sucio), me tropecé con un titular que rezaba: “Dieta mediterránea contra la depresión”, y el subsiguiente artículo explicando cómo un estudio de la Universidad de Navarra, realizado con más de diez mil voluntarios, ha concluido que dicho régimen alimenticio previene hasta en un cincuenta por ciento los casos del temido mal.
Así que era por eso, ¿ehhh? Así que era tan fácil…
No seré yo la que disctuta que la comida proporciona felicidad. Pocas cosas encuentro tan agradables, satisfactorias y hasta divertidas como disfrutar de ricos manjares en buena compañía. No seré yo quien desmitifique las propiedades curativas del chocolate, cuyos efectos ansiolíticos y antidepresivos más, muchísimas más de diez mil mujeres (sufridoras en carnes propias de las devastadoras consecuencias del síndrome premenstrual) podríamos refrendar, sin necesidad de que medien universidad ni estudio alguno. Ni seré, tampoco, la que niegue que una dieta saludable ahorra, con seguridad, muchos achaques; previene, con seguridad, muchos males. Pero, ¿comida contra los traumas infantiles?, ¿aceite de oliva contra la depresión?
Dios me libre de atreverme a opinar legítimamente sobre semejantes interrelaciones, a mí que soy una profana, desconocedora absoluta de cualquier entresijo científico, de las cavernosas profundidades de la ciencia médica. Pero no puedo evitar que la palabra “patraña” se dibuje sinuosa y ondulante (como cuando el blog exige la clave para dejar un comentario) en mi pantallita mental.
No me cabe la menor duda de que un niño es infinitamente más feliz con un plato de tarta de cumpleaños que de espinacas, ni de la total satisfacción que debieron experimentar las diez mil y pico afortunadas cobayas que se habrán pasado el estudio de la Universidad de Navarra engullendo como dioses de la antigua Grecia. Pero, de ahí a curar la falta de amor, la necesidad de atención, los complejos corporales (y, particularmente, los complejos corporales), la inseguridad, la rabia, la pérdida o el dolor profundo, con caramelos o tomates, según la edad que se tenga, no sé yo, no sé yo… A mí me parece que la fórmula "problema + comida" da como resultado bulimia.
Sonrío pensando en M. que, cuando supo lo que se le avecinaba, me advirtió de que, como a alguien se le ocurriera recomendarle zumo de remolacha con aloe para lo suyo, no respondía. Y también me río al acordarme de cierto fisioterapeuta zen al que un compañero de nuestra escuela de Lanzarote me mandó por un hombro que no me dejaba vivir; dado el tiempo que había transcurrido desde la lesión, se negó muy seriamente a cualquier manipulación y me recetó potaje de zanahorias biológicas con mojo verde (de cilantro de cultivos ecológicos, obvio) como todo tratamiento. Y eso en una isla donde las zanahorias no crecen ni echándoles hormonas radiactivas (no te quiero contar si es sólo con agua); donde la verdura, hasta congelada, se paga a precio de oro.
Me da la sensación de que hay mucho terapeuta freudiano al que se le terminó el chollo metiéndose a escritor de libros de cocina. Y mucho cocinero listo vendiendo (literalmente) humo de esto y espuma de lo otro, como secreto para el bienestar. Se deben haber dado cuenta de que, con tal de no parecer unos retrógrados, ignorantes y garrulos, o con tal de no arriesgarnos a ser unos infelices, estamos dispuestos a pagar lo que haga falta por un plato de aire frito, por un flan de paz interior. Siempre que sean biológicos, claro.
Esta mañana, mientras hacía lo propio en el bar de los camioneros poligoneros (otro gran nombre para una banda de rock sucio), me tropecé con un titular que rezaba: “Dieta mediterránea contra la depresión”, y el subsiguiente artículo explicando cómo un estudio de la Universidad de Navarra, realizado con más de diez mil voluntarios, ha concluido que dicho régimen alimenticio previene hasta en un cincuenta por ciento los casos del temido mal.
Así que era por eso, ¿ehhh? Así que era tan fácil…
No seré yo la que disctuta que la comida proporciona felicidad. Pocas cosas encuentro tan agradables, satisfactorias y hasta divertidas como disfrutar de ricos manjares en buena compañía. No seré yo quien desmitifique las propiedades curativas del chocolate, cuyos efectos ansiolíticos y antidepresivos más, muchísimas más de diez mil mujeres (sufridoras en carnes propias de las devastadoras consecuencias del síndrome premenstrual) podríamos refrendar, sin necesidad de que medien universidad ni estudio alguno. Ni seré, tampoco, la que niegue que una dieta saludable ahorra, con seguridad, muchos achaques; previene, con seguridad, muchos males. Pero, ¿comida contra los traumas infantiles?, ¿aceite de oliva contra la depresión?
Dios me libre de atreverme a opinar legítimamente sobre semejantes interrelaciones, a mí que soy una profana, desconocedora absoluta de cualquier entresijo científico, de las cavernosas profundidades de la ciencia médica. Pero no puedo evitar que la palabra “patraña” se dibuje sinuosa y ondulante (como cuando el blog exige la clave para dejar un comentario) en mi pantallita mental.
No me cabe la menor duda de que un niño es infinitamente más feliz con un plato de tarta de cumpleaños que de espinacas, ni de la total satisfacción que debieron experimentar las diez mil y pico afortunadas cobayas que se habrán pasado el estudio de la Universidad de Navarra engullendo como dioses de la antigua Grecia. Pero, de ahí a curar la falta de amor, la necesidad de atención, los complejos corporales (y, particularmente, los complejos corporales), la inseguridad, la rabia, la pérdida o el dolor profundo, con caramelos o tomates, según la edad que se tenga, no sé yo, no sé yo… A mí me parece que la fórmula "problema + comida" da como resultado bulimia.
Sonrío pensando en M. que, cuando supo lo que se le avecinaba, me advirtió de que, como a alguien se le ocurriera recomendarle zumo de remolacha con aloe para lo suyo, no respondía. Y también me río al acordarme de cierto fisioterapeuta zen al que un compañero de nuestra escuela de Lanzarote me mandó por un hombro que no me dejaba vivir; dado el tiempo que había transcurrido desde la lesión, se negó muy seriamente a cualquier manipulación y me recetó potaje de zanahorias biológicas con mojo verde (de cilantro de cultivos ecológicos, obvio) como todo tratamiento. Y eso en una isla donde las zanahorias no crecen ni echándoles hormonas radiactivas (no te quiero contar si es sólo con agua); donde la verdura, hasta congelada, se paga a precio de oro.
Me da la sensación de que hay mucho terapeuta freudiano al que se le terminó el chollo metiéndose a escritor de libros de cocina. Y mucho cocinero listo vendiendo (literalmente) humo de esto y espuma de lo otro, como secreto para el bienestar. Se deben haber dado cuenta de que, con tal de no parecer unos retrógrados, ignorantes y garrulos, o con tal de no arriesgarnos a ser unos infelices, estamos dispuestos a pagar lo que haga falta por un plato de aire frito, por un flan de paz interior. Siempre que sean biológicos, claro.
(Música: Kevin Johansen, "Guacamole")


10 comentarios:
Ay qué buena pinta tiene ese dulce de chocolate. ¿Te has fijado que las magdalenas saben mucho mejor cuando las llamamos muffins?
Sí, y cuando en vez de venir de veinte en veinte en una bolsa de "Hacendado", te las sirven calentitas, de una en una, en un plato con nata y hojas de menta y te estallan cinco euros por ración. Después de eso, si no te sientes feliz, te sientes una completa imbécil. Puro marketing, querida.
¿Y qué te pasa a ti ahora con el marketing? Que me entere yo...
Oye, y ¿a ti?, ¿desde cuándo te interesa? ¿O es que estás metiendo hojas de menta en los panes y yo no me he enterado?
Yo me quito la depresión con una bamba de nata en La Menorquina.
Su post, estupendo.
Entonces, ¿va a ser que sí, y yo aquí poniendo a parir a todo el mundo...?
Pues nada, voy a terminarme ahora mismo la caja de bombones que me regaló el amable deconocido, ¡y este día en la oficina será maravilloso!
(Me interesa desde que me da de comer. Básicamente. Y no comida de la de quitar la depresión, ni espumas de aire ni cosas de esas. pa engañar la barriga con arroz, me da...)
Marketing comestible, ¿ehhh?... interesante idea para un nuevo libro de autoayuda...
Terapeutas y cocineros, ojalá sólo fueran ellos, hasta los antiguos adivinos se han reconvertido en analistas fincieros.
Definitivamente hay demasiados vendedores de humo y, lo que es peor, compradores de humo. ¿El IVA del humo también va a subir? Ay, que allí no tenéis. IVA, digo, no humo.
Tengo que cambiar de medicación.
Aquí tenemos IGIC y subirá el del humo, ya te lo digo yo...
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