miércoles 21 de octubre de 2009

Magno (y II)

La adolescencia tiende a las manifestaciones exageradas, a las expresiones excesivas, cualquiera que sea el rumbo que tome. Mientras algunos sienten que van a devorar el mundo, que todo está por llegar, otros se comportan como si el mismo mundo se fuese a terminar al día siguiente. Los extremos progresan hasta tocarse y los resultados, en un caso y en el otro, llegan a ser muy similares. Como les gusta justificarse a los avergonzados concursantes de los realitys cuando se ven en los resúmenes de la tele, ahí dentro todo se magnifica.
Supongo que, por eso, no era raro convivir con uno de aquellos pájaros sombríos que anidaban en la cabeza de Alejandro, cuyo nombre indio hubiera sido "Acecho de la Tragedia". Él presentía que algo malo iba a pasarle y debo decir que, de alguna manera, yo también. No sabría explicar por qué, pero siempre tuve la impresión de que el muchacho que yo conocí se quedaría allí, eternamente, en aquel momento y de la manera en que era cuando nos encontramos. En todas las dedicatorias de los libros, en todas las cartas, las notas y los versos, el sentimentalismo y la ternura quedaban enturbiados por una nube oscura con amargo regusto a despedida. Recuerdo, por ejemplo, que una de aquellas citas robadas -no sé si de una canción- que solíamos regalarnos decía, “algún día moriremos tú y yo”. Siempre flotaba a nuestro alrededor el extraño perfume de lo que no podría ser, éramos románticos a lo siglo XIX, como una de esas parejas condenadas a no poder quererse plenamente, salvo en otro mundo perfecto creado sólo para ambos, quizás en otra vida... Pero, con quince y diecisiete años, ¿quién se cree eso de verdad?.

La noche que soñé con él, hacía  ya bastante que no nos veíamos. Le había destrozado el corazón dejándolo de aquella manera y, tras algunos intentos por recuperarme -discretos y delicados, porque no era hombre de estridencias-, sencillamente, desapareció. Y, claro está, se enamoró de otra chica, lo que desbarató mi armadura y me borró la estúpida sonrisa, incluso, de la máscara. Cuando entendí que era él quien, definitivamente, me había abandonado, traté patéticamente de que volviéramos a vernos. Como cabía esperar, él no quiso y tuve que comerme solita aquel dolor que, por otra parte, tan concienzudamente me había buscado.
Pasé la mañana con su imagen palpitando locamente en mi cerebro. Me fui a clase pensando en él y pensando en él bajé de la guagua, decidiendo que quizás podría llamarlo, que podríamos tomar un último café y tratar de que las cosas quedaran bien entre nosotros, después de todo. Fue construyendo esta estrategia que pasé por la puerta de una grasienta hamburguesería en la que jamás se me hubiese ocurrido buscar a nadie conocido; pero miré para adentro y allí, sentado en la barra, leyendo el periódico, estaba él. Me detuve durante un instante, con el pecho bombeando a mil por hora, acordándome del sueño, de mi firme determinación de hacía tan sólo unos minutos, dándome perfecta cuenta de que aquella era la oportunidad que había estado invocando, inconscientemente, desde la noche anterior. Pero fui incapaz de entrar. Seguramente  farfullé alguna excusa del tipo “ya habrá otra ocasión mejor” y, aprovechando que él no me había visto, escapé. De nuevo. De mí.

Nunca hubo otra oportunidad mejor. Tal vez la culpa fue suya por no mirar a ambos lados al cruzar. O tal vez el conductor iba demasiado deprisa, jamás lo supe. Pero aquel coche lo levantó por los aires como a un muñeco un día que salía de la facultad y, al caer, recibió un golpe certero de consecuencias fatales para su preciosa cabecita. La siguiente vez que lo vi, luchaba en la cama de un hospital por despertarse del coma. Y despertó, aunque nunca del todo.

Hoy es veintiuno de octubre. Tampoco he podido olvidar esta fecha, que es el día en que empezamos a salir. Tal vez haya sido por eso que me he estado acordando de él últimamente, no sé. O tal vez sí existan las casualidades, después de todo, y yo debería apagar mi maquinita. Sé que carece de todo sentido pensar en lo que podría haber sido y no fue. También sé que, probablemente, si a él nunca le hubiese ocurrido nada malo, yo le habría ido olvidando poco a poco. O quizás hasta nos hubiéramos vuelto a encontrar, quién sabe, pero es lindo imaginarlo...
Resulto ser una desastrosa combinación de soñadora nihilista, que lo mismo que construye deliciosos castillos en el aire, los destroza de un plumazo con la certeza de que no hay más realidad que la presente. Mientras la nihilista está consiguiendo que pierda progresivamente mi fe en el amor, la soñadora disfruta inventando cosas, como que existe un lugar mejor para las grandes personas que tuvieron mala suerte, una especie de paraíso de las segundas oportunidades. Yo no soy una gran persona, aspirante apenas a buena gente y no sé si lo consigo, así que no reclamaré el mío. Pero, sinceramente, espero que Alejandro me encuentre en el suyo.



(Música: El último de la fila, "Andar hacia los pozos no quita la sed")

4 comentarios:

si, bwana dijo...

No desespere, la felicidad puede estar a la vuelta de la esquina.
Me ha parecido un relato muy bien escrito, se nota la vena literaria.

Reinadelmango dijo...

La felicidad va y viene; no se preocupe, que ya me lo sé y no desespero. No es tristeza, es que soy una nostálgica incurable.
(Gracias por el piropo, no sé si muy merecido)

solounamas dijo...

yo estoy segura de que romper con él fue lo mejor para ti querida, imaginate si hubieses estado saliendo con él cuando el accidente...., la vida tiene esas cosas Reina, y ten por seguro que no hay más realidad que la presente, que los recuerdos donde mejor están es ahí mismo, en el recuerdo.

Reinadelmango dijo...

Seguro que tienes razón. Y he pensado en eso muchas veces, no creas, en lo duro que hubiera sido estar con él en ese momento...
Repito, es sólo boba nostalgia. Aunque también hay mucho de homenaje a un tío delicioso y un poquito de rabia de que a la gente buena le tengan que pasar cosas malas (y de que la gente mala no esté toda pudriéndose en el trullo).
En fin. Besos.

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