martes 20 de octubre de 2009

Magno (I)



Todavía no he visto “El curioso caso de Benjamin Button”. No sabría decir muy bien por qué, pero creo que tengo algún tipo de prejuicio con esa película, que la presupongo cursi y eso me echa para atrás (aunque luego me vuelva agua un viernes por la noche con “Once”, si es que no tengo remedio…). Sin embargo, hoy me he puesto a recordar mi historia con el primer chico con el que salí, digamos, en serio y he pensado que, seguramente, lo de vivir para detrás podría tener su gracia de vez en cuando; lo de nacer con cierta experiencia acumulada para no desaprovechar por inmadurez y falta de preparación las buenas oportunidades que a veces nos brinda la vida.

Tuve la dudosa suerte de tener un primer amor a la edad en la que se supone que esas cosas deben tenerse. Digo “dudosa” porque, cada vez que recuerdo al muchacho en cuestión, me pregunto por qué no pudimos conocernos unos cuantos años más tarde, pongamos hoy, pongamos ahora. Supongo que, si tomo en cuenta el posterior devenir de los acontecimientos, todo cobra un cierto sentido para explicar que fuera entonces y no después, pero eso son cosas mías y de mi manía de buscar una razón para todo, de no dejarle el más mínimo margen a la casualidad. Reflexionando sobre lo que ocurrió, lo menos que debería hacer es alegrarme por la fortuna que tuve al tropezarme con él cuando todavía era él; por haberlo conocido, por haberlo querido y que él me quisiera mientras todavía pudo querer como quería...

Aparte de tener el precioso nombre un afamado conquistador, Alejandro era un chico muy alto, muy delgado, muy guapo y muy listo. ¿Se puede pedir algo más? Aunque suene a que no quiero parecer una superficial, juro que me hubiera dado lo mismo que le faltase todo lo primero, porque de sobra lo habría compensado tan sólo con lo último, ya que tenía una cabecita llena de originales y bonitos muebles, aunque también de algunos oscuros pájaros; porque era imaginativo, simpático, enigmático, romántico, profundo y sensible. Y, encima, venía en un precioso envoltorio; insisto, ¿se podía pedir más?
Éramos unos pibes por aquel entonces; supongo que, con la pátina del tiempo derramándose sobre todas las cosas, resulta fácil caer en la idealización. Pero, si para algo me ha servido irme haciendo mayor, ha sido para aprender que la buena gente no cambia, en esencia; que uno estará hecho de por vida del mismo material con el que fue fabricado. El mal bicho lo será, aunque lo disimule, también por toda la eternidad (o, al menos, mientras viva).

Yo era la chica “llenita” del grupo (y estoy siendo benevolente, pero ya me fustigo demasiado, por lo general, como para meter más adentro el dedo en las palpitantes llagas de mi memoria). Quien ha sido gordo alguna vez sabe que -como dice la publicidad de una película en cartelera-, llevará un gordo dentro para siempre; el espíritu no adelgaza jamás y se sentirá perpetuamente una solidaria empatía hacia el potencial sufrimiento de quien convive con el sobrepeso, no por ninguna clase de lástima derivada de su aspecto o de sus dificultades, sino porque se conoce bien que hay gente que puede ser muy, pero que muy cabrona.
Se podrán imaginar que la combinación de kilos con adolescencia resulta bastante terrible y, a pesar de que yo era una chica querida y bien aceptada, de que tenía muchos y muy buenos amigos (y hasta algún admirador), me hicieron el daño y los escarnios suficientes como para que quedara considerablemente herida y llena de vergüenza, de complejos y de miedo a la gente, lo que trataba de compensar haciéndome la sobrada siempre que podía. Pero he aquí que, de entre todas las chicas delgadas y preciosas que formaban parte de la pandilla, él se fijó en mí. De entre todas, se fijó en mí.

Estuvimos juntos durante un maravilloso y prácticamente perfecto año y medio. Me gustaban sus labios carnosos, sus ojos casi negros, su voz en el auricular, sus dedos largos. Me gustaban las cosas que me leía y las que me escribía en servilletas de papel en las cafeterías. Y él estaba loco por mis huesos, o por mis carnes, lo mismo da. Todavía soy capaz de recordar el teléfono de casa de sus padres, porque nos quisimos en serio. Pero un día, sin que mediara enfriamiento gradual ni razón aparente por la que las cosas debieran estropearse, sencillamente, lo dejé. Me pasó lo que me ha venido sucediendo durante años, más o menos hasta que conocí a mi ex y me planteé seriamente resolver ese problema debido al cual, cuando se me acercaba alguien que merecía la pena con intenciones de quedarse, yo salía huyendo en la dirección contraria, para acabar lamentándome de mi terrible equivocación una vez que el elemento en cuestión ya había conocido a otra.
Fui una abandonadora nata hasta ésta, mi última relación, que también abandoné, aunque no sin antes haberlo intentado en varias ocasiones, haberlo sopesado mucho y muy gravemente. Esta vez se podría decir que desistí, más que escaparme. Porque supongo que escaparse es lo que se hace cuando se tiene tan poca autoestima como para concebir la posibilidad de merecerse algo bueno de verdad, pero yo no me estaba dando cuenta... Ya voy aprendiendo a merecerme las cosas. Lo que pasa es que el amor, lamentablemente, no sólo se deja; también se termina.

(Música: Niños mutantes, "Como yo te amo")

8 comentarios:

A.Cantó dijo...

Es la única de B.P. que no he visto y sí sé por qué.
Es mejor ser abandonadora, niña. (Eso creo).

Ornelia dijo...

Pues espero que el espíritu no te adelgace naíta, sino que siga ensanchándose hasta la obesidad. Lo de las grasas saturadas es otra historia.

si, bwana dijo...

Es muy difícil conseguir un peso ideal; se lo dice quien ha pasado del: "Oye, flacucho, a ver si te comes un chuletón, que te va a llevar el viento", a "Tú, el de las grasas, a ver si dejas el helado".
Es muy complicado acertar, de verdad.

Reinadelmango dijo...

El peso, menuda cruz. Y cuando se lleva en la conciencia, no les quiero ni contar. En fin, que to be continued y esas cosas.

aversimeentiendo dijo...

como para que quedara considerablemente herida y llena de vergüenza, de complejos y de miedo a la gente, lo que trataba de compensar haciéndome la sobrada

¿Te ha ocurrido alguna vez que alguien (con más capacidad para ordenar y expresar ideas) explique aspectos de tu vida con más claridad de como podrías nunca hacerlo tú?

Hasta se me ha revuelto el estómago.

Reinadelmango dijo...

Ufff, casi siempre que leo un buen libro, que escucho una buena canción, que hay buenas entradas nuevas en los blogs ajenos... Pero ¿sabes?, yo creo que a veces está bien que el mundo esté tan lleno de espejos.
(siento tu revoltura, te invito a una manzanilla virtual)

Arcana Mundi dijo...

Estimada señorita:
Es mi ilusión invitarla a que siga a lo largo de estas semanas, a través de mi humilde blog (www.molestoluegoexisto.blogspot.com), el ensayo que realizó acerca de la dulce obra escrita por el genial Saint Exupery; El Principito. Esta breve creación tiene mucho de profundo. Pero no se trata de una profundidad plomiza, suprametafísica o hiperintelectual, ¡para nada! Todo lo contrario, el mensaje del principito es sencillo, directo y preclaro.
Mi objetivo es que juntos saquemos el máximo jugo a la brillante creación del francés… sin duda esta apasionante labor nos servirá para alegrar nuestros espíritus y crecer un poquito más.
Un animoso saludo desde la isla de Gran Canaria.

Reinadelmango dijo...

Ay, pues, qué bien, qué inesperada y original invitación. Me pasaré, me pasdaré. Muchas gracias.

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