
Hace tiempo leí en la revista de El País un reportaje sobre la meditación. Parece ser que las personas humanas tenemos del orden de cuarenta mil a sesenta mil pensamientos al día. Bueno, estoy bastante de acuerdo con esa estimación. Porque hablamos de cuarenta mil a sesenta mil MILLONES de pensamientos, ¿verdaaaad? O, ¿acaso me pasa a mi sola? El “mono loco” llaman los budistas a nuestra cabecita pensante que discurre sin parar. Es como tener una radio encendida todo el día dentro de la cavidad craneal, afirmaba el periodista. Supongo que, por eso mismo, lo primero que hago cuando llego a casa, cuando me subo al coche, es poner a funcionar la de verdad, a ver si, así, mi emisora particular se está calladita durante un rato.
Que yo tengo tendencia a hundirme con relativa facilidad no es nada nuevo. Soy insegura y cavilo demasiado. No sé si una cosa estará directamente relacionada con la otra (aunque tendría sentido, en realidad) pero, sea como sea, la combinación de ambos factores resulta fatídica. A veces, basta un mínimo desencadenante, inocente, pasajero, para que la trituradora entre en acción y empiece a machacar sin piedad todo lo que, con convencimiento, escribí y rubriqué alguna vez en mis papeles; para que la bola de demoler arrase con todos mis muros, destrozando mis cuadros de nuevos y flamantes marcos dorados, colgaditos en paredes recién pintadas de lindos colores, y los entierre bajo los escombros de lo que fuera una construcción aparentemente sólida. Entonces, toda yo me convierto en una inmensa casa de muñecas con las habitaciones al descubierto (preciosa metáfora que le estoy robando a Sam Savage). Y siento vergüenza.
Ayer, sin ir más lejos, eso fue lo que me sucedió. El detonante pudo ser una frase que leí en el Diario de Ariel y que me hizo reflexionar (como casi siempre, no sé qué tiene ese muchacho, o sí lo sé, que me desbarata los esquemas con una facilidad apabullante); me hizo reflexionar –retomo- sobre si será una falta total y absoluta de consciencia, por mi parte, despellejarme de esta manera delante de los demás y sacar para afuera hasta lo que, normalmente, se barre, por pura compostura, debajo del felpudo de la entrada (seguirá estando ahí, cierto es, y todos lo sabremos, pero no hace falta irlo mostrando); me hizo preguntarme sobre qué derecho tendré yo a hablar de los demás (de las cosas que piensan, que sienten, de las que me dicen o las que les suceden cuando están conmigo); a nombrar a alguien, a alguien que no sea yo, en las confesiones que me permito el lujo de largar en esta pantalla. Me dio vergüenza. Vergüenza.
Busqué en el menú del blog la forma de hacer desaparecer para siempre lo que se me antojó un inmeso despropósito de principio a fin, y a punto estuve. Pero, como me conozco bien (afortunadamente, hace tiempo que aprendí lo importante que es darse cuenta de las cosas, aunque uno se vuelva a equivocar, pero darse cuenta), me olí que todo fuera producto de una tristeza pasajera, del mal día, de la mala semana dándole y dándole vueltas a las cosas (a las que son y a las que no son y a las que podrían ser…). Así que me limité a guardar una copia de seguridad, por si, llegado el caso, poseída por la rabia o presa de otro ataque repentino de pundonor, seleccionaba sin pensar demasiado la opción “suprimir” y luego me arrepentía. Es que, además de una insegura, debo ser una egocéntrica, lo que tampoco está nada mal como cóctel explosivo.
Hoy me siento un poco mejor (a la vista está, no sólo conservo el blog sino que lo estoy engrosando con algunas más de mis tonterías). Hace un momento hablaba con A. (quien, amablemente, pidió que me trajeran un cortado de la cafetería porque yo me había levantado de mi mesa) sobre los dudosos beneficios de seguir tomando leche cuando una ya es una mamífera adulta. “La ginecóloga me contó no sé qué cosa de las hormonas de las vacas, que se juntan con nuestras hormonas y entonces, imagínate…”; y, mientras ella iba tratando de convencerme de algo de lo que, por otra parte, estoy absolutamente segura, con alguna clase de explicación pseudocientífica que no logró desenmarañar del todo, yo sólo podía repetirme mentalmente, “hormonas, las muy zorras de las hormonas, ahí está, ellas son las responsables de todo”.
Que yo tengo tendencia a hundirme con relativa facilidad no es nada nuevo. Soy insegura y cavilo demasiado. No sé si una cosa estará directamente relacionada con la otra (aunque tendría sentido, en realidad) pero, sea como sea, la combinación de ambos factores resulta fatídica. A veces, basta un mínimo desencadenante, inocente, pasajero, para que la trituradora entre en acción y empiece a machacar sin piedad todo lo que, con convencimiento, escribí y rubriqué alguna vez en mis papeles; para que la bola de demoler arrase con todos mis muros, destrozando mis cuadros de nuevos y flamantes marcos dorados, colgaditos en paredes recién pintadas de lindos colores, y los entierre bajo los escombros de lo que fuera una construcción aparentemente sólida. Entonces, toda yo me convierto en una inmensa casa de muñecas con las habitaciones al descubierto (preciosa metáfora que le estoy robando a Sam Savage). Y siento vergüenza.
Ayer, sin ir más lejos, eso fue lo que me sucedió. El detonante pudo ser una frase que leí en el Diario de Ariel y que me hizo reflexionar (como casi siempre, no sé qué tiene ese muchacho, o sí lo sé, que me desbarata los esquemas con una facilidad apabullante); me hizo reflexionar –retomo- sobre si será una falta total y absoluta de consciencia, por mi parte, despellejarme de esta manera delante de los demás y sacar para afuera hasta lo que, normalmente, se barre, por pura compostura, debajo del felpudo de la entrada (seguirá estando ahí, cierto es, y todos lo sabremos, pero no hace falta irlo mostrando); me hizo preguntarme sobre qué derecho tendré yo a hablar de los demás (de las cosas que piensan, que sienten, de las que me dicen o las que les suceden cuando están conmigo); a nombrar a alguien, a alguien que no sea yo, en las confesiones que me permito el lujo de largar en esta pantalla. Me dio vergüenza. Vergüenza.
Busqué en el menú del blog la forma de hacer desaparecer para siempre lo que se me antojó un inmeso despropósito de principio a fin, y a punto estuve. Pero, como me conozco bien (afortunadamente, hace tiempo que aprendí lo importante que es darse cuenta de las cosas, aunque uno se vuelva a equivocar, pero darse cuenta), me olí que todo fuera producto de una tristeza pasajera, del mal día, de la mala semana dándole y dándole vueltas a las cosas (a las que son y a las que no son y a las que podrían ser…). Así que me limité a guardar una copia de seguridad, por si, llegado el caso, poseída por la rabia o presa de otro ataque repentino de pundonor, seleccionaba sin pensar demasiado la opción “suprimir” y luego me arrepentía. Es que, además de una insegura, debo ser una egocéntrica, lo que tampoco está nada mal como cóctel explosivo.
Hoy me siento un poco mejor (a la vista está, no sólo conservo el blog sino que lo estoy engrosando con algunas más de mis tonterías). Hace un momento hablaba con A. (quien, amablemente, pidió que me trajeran un cortado de la cafetería porque yo me había levantado de mi mesa) sobre los dudosos beneficios de seguir tomando leche cuando una ya es una mamífera adulta. “La ginecóloga me contó no sé qué cosa de las hormonas de las vacas, que se juntan con nuestras hormonas y entonces, imagínate…”; y, mientras ella iba tratando de convencerme de algo de lo que, por otra parte, estoy absolutamente segura, con alguna clase de explicación pseudocientífica que no logró desenmarañar del todo, yo sólo podía repetirme mentalmente, “hormonas, las muy zorras de las hormonas, ahí está, ellas son las responsables de todo”.
Supongo que eso me podrá servir. Seguiré vaciando mis cajones, sacudiendo mis alfombras a la vista de quien quiera mirar, dando fe de que toda yo puedo ser un inmenso error de cálculo, un diseño defectuoso, complicado y majadero porque la Madre Naturaleza, Dios Todopoderoso o LlámaloX se han empeñado en llenarme de nocivas y contradictorias sustancias glandulares hasta el cogote; y, encima, yo me obstino en añadir las de unas cornudas rumiantes de dudosa estabilidad mental. El caso es echarle siempre la culpa a otro. El mono loco, la vaca loca, qué más dará.
(Música: Kiko Veneno, "Reír y llorar")


6 comentarios:
Ornelia, querida, tu recomendación de leer el reportaje sobre las hormonas publicado en la misma revista la voy a obviar, por lo evidente y por el bien de mi salud mental.
Ni falta que hace, no dice nada de lo que una no se haya percatado ya.
Con un par de copas de Larios 1866 desaparecen o se difuminan los malos pensamientos. Solo permanecen los más agradables.
A mi me funciona.
Eso les pasa por leer.
Unas esclavas de las hormonas es lo que somos.
Yo me hincho a leche. Va a ser todo por eso...
¡Gran idea, Bwuana querido! A partir de hoy, el cortado con ginebra, nada de leche hormonada, ¡puaj!.
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