viernes 2 de octubre de 2009

Concatenaciones (I)


El día se prometía raro ya desde la madrugada. Durmiendo un sueño inquieto por tantas cosas perturbadoras (la operación de M., la presentación para la ponencia de la jefa en el seminario, que no sabía si iba a ser capaz de preparar -con esta cabeza mía metida en un infierno de batas verdes, cuajo y lactosa-, los mosquitos, que me rondan cada noche de este no-otoño –por qué demonios les gustará tanto mi sangre a esos pequeños vampiros camuflados, por qué me harán reacción sus picaduras como si me hubiesen inyectado una dosis de Ébola-), de pronto, me devolvió de la semiinconsciencia la magnética, triste, dolorosa y bellísima melodía de “Eye in the sky”, versión Noa. Me quedé como una zombi, escuchando hasta que acabó.

[De mis tiempos de locura, fobias e insomnio, conservo la mala costumbre de dormir con auriculares. Las horas en vela, con la losa de dos mil toneladas oprimiendo el pecho, se hacían más llevaderas escuchando la voz de algún otro ser humano hablando de cosas sin importancia a las tres de la mañana (“llámenos y cuéntenos qué es lo más absurdo que se ha puesto usted en su vida”). Cualquier día me despertaré con uno de los cascos incrustado en el oído interno, estrangulada por el cable de mi pequeño transistor. En realidad, es un hábito que perdura de los tiempos en que compartía la cama porque, salvo a la perra, a nadie podría molestarle ahora el ruido, pero la rutina defiende inercias que la razón no entiende…]

Siempre pensé -por aquello de “soy el ojo en el cielo, mirando hacia ti, puedo leer tu mente”-, que esa canción hablaba del amor después de la muerte; pero, leyendo la letra (traducida, no me las voy a dar yo aquí de…), veo que, de lo que habla, más bien, es de la muerte del amor. Fue parte de la banda sonora de estas vacaciones en Cádiz y, desde que volví de allá, Marta y yo apenas nos hemos comunicado un par de veces por correo electrónico. El día antes, me había enviado uno al que no respondí, así que interpreté que aquel momento sublime en medio de la oscuridad había sido un inequívoco recordatorio de que tenía que contestarle. Y, sin embargo, la presencia fantasmal, la idea de la muerte, no me abandonó cuando me fui a trabajar y aun después de haberle escrito.

Sin tiempo para ver la prensa en el despacho, ojeaba los periódicos en el rápido desayuno cuando tropecé con el rostro ajado de tiempo y de experiencias, con sus ojos mansos, sabios, como los de un viejo bardino, y me sacudió el titular: “Rafael Arozarena ha muerto”.
No diré que es porque haya sido una gran seguidora de su obra. Aparte de “Mararía”, si leí alguna otra cosa suya en el pasado, no lo recuerdo. Solía decir de ese libro que ni siquiera se reconocía en él, que sólo eran cosas que le habían contado, así que, aunque fue el que lo catapultó a una fama más bien territorial y discreta, no era el trabajo que más le enorgullecía. No fue por el escritor, pues, sino por el hombre -al que tampoco conocí más que por unas breves horas-, por lo que me puse triste de verdad.

Cuando yo era pequeña, Rafael vino al colegio a hablarnos de “Mararía”. Gracias a la pasión de mi padre por la literatura, teníamos en casa un ejemplar casi de cualquier libro imaginable, así que llevé el mío para que me lo firmase. “Para Elisa, aunque yo no sea Beethoven”, fue lo que me escribió. Sentí una rotunda punzada de íntima conexión con aquel hombre de ojos transparentes, porque mi padre había elegido ese nombre para mí, precisamente, porque su otro gran amor era la música. Y yo, que tuve más biblioteca que padre, deseé que Rafael me adoptase inmediatamente; pero, como debía ser más o menos consciente de la complejidad de los trámites necesarios, me aferré al libro firmado para aplacar mi insuficiencia filial.
No sé a quién carajo, ni en qué momento de ofuscación, se me ocurrió prestarle esa joya. No entiendo cómo pude no pensar que el mundo está lleno de desaprensivos que no devuelven los libros dedicados a sus legítimos propietarios. Hay algunos que se dejan a fondo perdido, es cierto, pero no “Mararía” con la rúbrica de su autor debajo de una anotación tan certera. Nunca me perdonaré no recordar a quién se lo di.

Me pasé la mañana con la pena por Rafael y los nervios por M., tarareando por los pasillos de la oficina “I am the eye in the sky, looking at you- u- uuuu, I can read your mind”, los compañeros mirándome como si estuviera loca –como casi siempre, porque canto mucho en el trabajo-. Todos salvo Rosi, la chica de la recepción que, cuando paso canturreando algo en dirección al baño me dice, invariablemente: “esa canción me la tienes que enseñar” o “me tienes que decir qué canción es esa, para el iPod”.
Pero Rosi está de vacaciones. Me sentí realmente sola (sin noticias de los vivos, con señales de los muertos) en mi lánguido paseo de camino a los aseos.

(Música: Noa, "Eye in the sky", de Alan Parsons Project)

6 comentarios:

si, bwana dijo...

No está sola en su insomnio ni en el uso de auriculares en la cama. A veces pienso que, precisamente, escuchar conversaciones es lo que me impide dormir; entonces busco música en otra emisora y suelo dormir un buen rato, hasta que tengo la desgracia de que me ponen un rap flamenco. Entonces ya tengo que levantarme a desayunar, aunque sean las 4 de la madrugada

Reinadelmango dijo...

El rap flamenco es lo que tiene, que da un hambre...
(creo que lo de hacerme un blog fue, más que nada, para combatir la persistente amenaza de la soledad. Gracias.)

aversimeentiendo dijo...

Y está bien el libro? Mararía, digo. Ayer estuve haciendo una lista de libros que tengo pendientes de leer y se aceptan sugerencias.

Ay la batalla contra el insomnio! Yo tengo una radio pequeñita al lado de la cama, sintonizo los deportes nocturnos y en dos minutos me he quedado frito.

Lo de Beethoven, precioso.

Buen finde, si puede ser.

Reinadelmango dijo...

Me leíste el pensamiento, ¿sabes que estaba por mandarte estos días unas recomendaciones literarias, así, en plan enteradilla?
Ahora te escribo.
Buen finde, que va a tener que ser, que nos lo hemos ganado.

aversimeentiendo dijo...

Lo que yo te diga: madera de oráculo ;)

Reinadelmango dijo...

Acabo de descubrir que puse "moquitos" en vez de "mosquitos". Primer mandamiento del bloguero: "no escribirás de estrangis en la oficina y, sí lo haces, no lo releerás, que seguro que has puesto alguna tontería y ya te la habrán leído".

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