miércoles 7 de octubre de 2009

Complejo de conejo

-Ay, Reina, siempre te estás marchando.

R. tiene razón. A falta de reloj de bolsillo (a falta de cualquier tipo de reloj), abro y cierro la tapa del móvil compulsivamente, cual moderno Conejo Blanco, y repito una y otra vez aquello de “llego tarde, llego tarde”. Podría parecer que llevo una vida de estrés y agitación, que mi agenda social es un sindiós. Pero la verdad es que no. Aparte de alguna semana que otra al mes en el trabajo, de algún disgusto ocasional, sólo cafés, paseos con perra, paseos con amigos, sobrinos, exposiciones, cines.
No es por eso. Es por los restos de culpa y por la inercia por lo que me cuesta disfrutar del momento. Todavía.

En este sueño estoy en una casa que debería ser la mía pero que es mucho mejor. Sobre un acantilado, junto al océano, en los ventanales abiertos se agitan cortinas color salmón al compás irregular de la brisa marina, el salitre y el rumor de olas. Yo no puedo gozar de ello porque tengo prisa. En el reloj que sí llevo veo que pasan cinco minutos de mi hora del Pilates y todavía no me he cambiado. Pero mis cosas están en la habitación contigua y la puerta que conduce hasta ella es un agujero muy pequeño a la altura del zócalo de la pared, como las ratoneras en los dibujos animados. Me pongo a cuatro patas para mirar al otro lado y compruebo, con desesperación, que todo cuanto necesito (todo cuanto creo necesitar) está allí. Es como si hubiera mordido el pastelito con la palabra "CÓMEME" escrita en letras de grosellas y me hubiese vuelto gigante; o, más bien, como si ese único acceso hubiera menguado repentinamente, porque mi ropa y mis tenis en la otra estancia sí son del tamaño del que deberían ser. Ante la sola idea de atravesar reptando el estrecho paso (como si eso fuera, en verdad, posible) y quedarme allí, atrapada, noto que me falta el aire, que me invade la claustrofobia. Mientras trato de meter la mano, de estirar el brazo para alcanzar lo que pueda, oigo una carcajada fresca que pocede de la sala, transportada en el embate vivificante del viento marino. Vuelvo la cabeza y, detrás de mí, las chicas juegan pícaramente a intercambiarse la lencería sin desvestirse. Si hubiera algo impúdico o perverso en su travesura, la ingenuidad, el desembarazo infantil con que se desenvuelven no me deja percibirlo. Lo pasan tan bien porque están haciendo algo que es ilógico, prohibido, porque se sienten como niñas, porque son cómplices. Pero yo no puedo acompañarlas. Llego tarde. Llego tarde.

Podría parecer la pesadilla de una vigoréxica obsesionada con el paso del tiempo, cuyas amigas son unas absolutas guarras (en cualquiera de las múltiples acepciones del término). Pero me temo que no sea el caso. Cuando recuerdo las palabras de R., identifico en esta fantasía de mi subconsciente el sentimiento de quien, durante mucho tiempo, se privó de disfrutar de cualquier placer que la vida pudiera brindarle, porque alguien a quien quería, a quien necesitaba, estaba sufriendo. No es que se pudiera hacer mucho; o es, más bien, que lo poco que se podía hacer era tan simple que no supo verlo. La cuestión es que empezó marchándose antes de hora de todos los sitios divertidos, diciendo que no a todas las propuestas apetecibles, a todas las fiestas y a todos los viajes, y acabó por encerrarse siempre en casa, por sentir culpa del sexo, de la risa. Simplemente, dejó de permitirse pasarlo bien, no se perdonaba tratar de ser feliz en aquellas circunstancias.

Los expertos en la materia tienen un nombre más serio para mi complejo de conejo; lo llaman “la depresión del cuidador”. Juro que me estoy esforzando por aprender a vivir en el País de las Maravillas.

(Música: Bill Withers, "Ain't no sunshine")

7 comentarios:

A.Cantó dijo...

Es jodido, niña.
Pero yo no lo llamaría complejo sino exceso de responsabilidad.

Reinadelmango dijo...

¡Eso seguro! Pero lo del "complejo de conejo" rima y suena menos grave, como una cancioncita infantil... ;-)

aversimeentiendo dijo...

Qué duro.. es que ni la última línea (demasiado tímida para ser esperanza) ayuda a comentar.. ¿Ánimo?

(me encanta esa canción)

Reinadelmango dijo...

Hacía mucho que no la escuchaba. El otro día la pincharon en Radio 3 y pensé, "esta canción me está pidiendo un post". Luego vinieron el sueño y el análisis.

Estas cosas del coco son como adicciones, también. Es triste, pero uno se puede volver adicto a cualquier cosa, hasta al sufrimiento. Ahora me lo estoy currando mucho para hacerme adicta a la calle, al coche y el aire libre. Me va saliendo, me va saliendo...

solounamas dijo...

parece que tenemos metido en los genes el tema de cuidadoras nosotras, pues no, no está en los genes, así que a currar para quitárselo de encima, que el Pais de las maravillas bien vale el esfuerzo. Ánimo

Reinadelmango dijo...

Ole ahí.

si, bwana dijo...

Esa experiencia me recuerda tiempos pasados, en los que ocupé el cargo de cuidador. Por fortuna, ya estoy en el País de las Maravillas.

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