
Desde que tuve uso de razón, en medio de la plaza donde se celebran las fiestas de mi ciudad recuerdo haber visto una fuente. No estuvo siempre allí pero, el que tuvo la idea de ponerla, anduvo bastante acertado. Si bien en este lugar no tenemos costumbres bárbaras del tipo lanzamiento de cabras desde campanarios o decapitación manual de patos colgados boca abajo (de ser así, yo me habría borrado hace tiempo del padrón y me habría nacionalizado polinesia, donde también tendrán costumbres bárbaras, oh, dios, acabaré volviéndome una apátrida sin remisión), en fechas de celebración cometemos algunos excesos, como casi todos los pueblos. En concreto, el día del Cristo se festeja con una larga y vistosa exhibición pirotécnica que culmina con la gran traca final. Hasta aquí, todo normal. Sólo que la traca no es lanzada desde lo alto de la montaña que hay frente al santuario, como el resto de los fuegos, sino que se coloca en larguísima hilera doble de imponentes y enormes petardos rodeando el recinto cuan grande es, sobre las cabezas desprotegidas de los orgullosos nativos. Así pues, si la cosa te pilla en medio del mogollón, nunca está de más que haya agua en las proximidades donde poder sofocar las incipientes llamas que prenden la falda o el abrigo, donde refrescar unos cabellos humeantes. Y no exagero: mi madre solía referirme como un año el palo de un volador atravesó de lado a lado el sombrero de mi abuelo (mientras lo llevaba puesto, se comprende). Aunque, de haber seguido su trayectoria tan sólo unos centímetros más abajo, dudo de que la pileta le hubiera servido de mucho al pobre viejo.
Como ya he dicho, la fuente no estuvo siempre allí. Antes, en medio de la plaza donde se celebran las fiestas de mi ciudad, lo que hubo fue un templete. Era lo que se llama una "arquitectura efímera", que albergaba la imagen del Cristo durante los fuegos (para evitar que un volador le atravesara el sombrero, supongo) y se quitaba después. Pues bien, un buen día, algún alcalde brillante y respetuoso con la tradición tuvo la feliz idea de quitar la fuente para recuperar el templete. Lo bueno de su ocurrencia fue que, en lugar de colocar un horrible “falso histórico” (una de esas malas imitaciones junto a la que los turistas se sacarían fotos como si se tratase de una verdadera antigüedad), se propuso hacer una “relectura moderna” del quiosco. Y lo malo fue que la reinterpretación contemporánea del antiguo cenador resultó ser un adefesio, compuesto por cuatro horrendos, inexplicables y gigantescos pilares de hierro oxidado que ni cubrían nada ni encerraban nada, iluminados por inmensos focos de cancha de fútbol, de campo de concentración, que lo convertían en la otra construcción humana perceptible desde el espacio exterior, junto con la Gran Muralla China. Aquel helipuerto para extraterrestres (que, a juzgar por sus dimensiones y el material del que estaba hecho, debió costarnos a los ciudadanos un ojo de los impuestos), trajo poco orgullo y bastante indignación al ánimo de mis convecinos, y permaneció en el lugar de la fuente (que era fea pero que, al menos, ya estaba amortizada y tenía alguna utilidad) durante unos cuantos y vergonzantes años.
Hace no mucho, los ferrugientos pilares se esfumaron en mitad de la noche. Oí entonces a algunos preguntarse dónde habrían ido a parar, pero a nadie soliviantarse seriamente por el despilfarro hecho (tan corta es la memoria de los bolsillos cuando el dinero parece no ser nuestro, tan horrendos y tan grandes eran los mojones). Poco tiempo después, empezaron a florecer en las empedradas calles del casco histórico unas bonitas y modernas señalizaciones turísticas: minimalistas estelas con letras troqueladas, iluminadas desde en interior, cuyo acertado diseño todo el mundo convino en admirar. ¿Adivinan de qué material están hechas? El hierro oxidado es lo que tiene, que combina de maravilla con la piedra volcánica de las viejas fachadas, con la losa verdosa de las calles peatonales. Y, hace unos días, leí en la prensa local que la plaza podría recuperar su fuente, pero no la antigua, sino la elegida previa convocatoria de un concurso de ideas (tiemblo sólo de pensar en las "relecturas modernas" que habrán de venir).
No es lo que están pensando, por favor. No es que la política municipal apeste a pequeños chanchullos cotidianos, a juegos de manos más o menos descarados, más o menos sutiles, que van sumando desfalcos con disparates, arruinándonos las arcas mientras nos distraen las nuevas luces navideñas (tan brillantes, tan hipnóticas), cambiándonos el panorama doméstico y las flores de los parterres de la noche a la mañana, según sea el primo del alcalde representante de una empresa de mobiliario urbano, o dueña de algún vivero, su mujer. La realidad es mucho menos siniestra, mucho más filosófica y científica, y está bien clara en los libros de texto de todas las escuelas, así que no nos empeñemos en pelear como gatos panza arriba contra el inevitable devenir humano y disfrutemos del helado sentados en nuestros estilosos bancos de diseño italiano.
Tesis- antítesis- síntesis, la vida es pura dialéctica, movimiento pendular, ciclos. Y las fuentes aparentemente permanentes, los templetes pretendidamente efímeros, el hierro forjado, las piedras, las ideas y el dinero público, lo mismo que la energía, ni se crean ni se destruyen: simplemente, se transforman.
Como ya he dicho, la fuente no estuvo siempre allí. Antes, en medio de la plaza donde se celebran las fiestas de mi ciudad, lo que hubo fue un templete. Era lo que se llama una "arquitectura efímera", que albergaba la imagen del Cristo durante los fuegos (para evitar que un volador le atravesara el sombrero, supongo) y se quitaba después. Pues bien, un buen día, algún alcalde brillante y respetuoso con la tradición tuvo la feliz idea de quitar la fuente para recuperar el templete. Lo bueno de su ocurrencia fue que, en lugar de colocar un horrible “falso histórico” (una de esas malas imitaciones junto a la que los turistas se sacarían fotos como si se tratase de una verdadera antigüedad), se propuso hacer una “relectura moderna” del quiosco. Y lo malo fue que la reinterpretación contemporánea del antiguo cenador resultó ser un adefesio, compuesto por cuatro horrendos, inexplicables y gigantescos pilares de hierro oxidado que ni cubrían nada ni encerraban nada, iluminados por inmensos focos de cancha de fútbol, de campo de concentración, que lo convertían en la otra construcción humana perceptible desde el espacio exterior, junto con la Gran Muralla China. Aquel helipuerto para extraterrestres (que, a juzgar por sus dimensiones y el material del que estaba hecho, debió costarnos a los ciudadanos un ojo de los impuestos), trajo poco orgullo y bastante indignación al ánimo de mis convecinos, y permaneció en el lugar de la fuente (que era fea pero que, al menos, ya estaba amortizada y tenía alguna utilidad) durante unos cuantos y vergonzantes años.
Hace no mucho, los ferrugientos pilares se esfumaron en mitad de la noche. Oí entonces a algunos preguntarse dónde habrían ido a parar, pero a nadie soliviantarse seriamente por el despilfarro hecho (tan corta es la memoria de los bolsillos cuando el dinero parece no ser nuestro, tan horrendos y tan grandes eran los mojones). Poco tiempo después, empezaron a florecer en las empedradas calles del casco histórico unas bonitas y modernas señalizaciones turísticas: minimalistas estelas con letras troqueladas, iluminadas desde en interior, cuyo acertado diseño todo el mundo convino en admirar. ¿Adivinan de qué material están hechas? El hierro oxidado es lo que tiene, que combina de maravilla con la piedra volcánica de las viejas fachadas, con la losa verdosa de las calles peatonales. Y, hace unos días, leí en la prensa local que la plaza podría recuperar su fuente, pero no la antigua, sino la elegida previa convocatoria de un concurso de ideas (tiemblo sólo de pensar en las "relecturas modernas" que habrán de venir).
No es lo que están pensando, por favor. No es que la política municipal apeste a pequeños chanchullos cotidianos, a juegos de manos más o menos descarados, más o menos sutiles, que van sumando desfalcos con disparates, arruinándonos las arcas mientras nos distraen las nuevas luces navideñas (tan brillantes, tan hipnóticas), cambiándonos el panorama doméstico y las flores de los parterres de la noche a la mañana, según sea el primo del alcalde representante de una empresa de mobiliario urbano, o dueña de algún vivero, su mujer. La realidad es mucho menos siniestra, mucho más filosófica y científica, y está bien clara en los libros de texto de todas las escuelas, así que no nos empeñemos en pelear como gatos panza arriba contra el inevitable devenir humano y disfrutemos del helado sentados en nuestros estilosos bancos de diseño italiano.
Tesis- antítesis- síntesis, la vida es pura dialéctica, movimiento pendular, ciclos. Y las fuentes aparentemente permanentes, los templetes pretendidamente efímeros, el hierro forjado, las piedras, las ideas y el dinero público, lo mismo que la energía, ni se crean ni se destruyen: simplemente, se transforman.
(Música: Jorge Drexler, "Todo se transforma")


5 comentarios:
Desgraciadamente en Madrid tenemos un alcalde que está empeñado en solucionarnos el problema de la energía. A este efecto, dedica sus esfuerzos a realizar prospecciones petrolíferas por toda la urbe.
Es una forma peor de transformar la ciudad que la que Vd. relata con tanto acierto.
Y el amago de infarto que me dio a mí escuchando a la alcaldesa que tuvo la genial idea de poner los pilares (ayer fue su día, no?) esos de hierro diciéndole a Puchi Méndez (enhorabuena a todos los que no saben quién es) diciéndole que los habían quitado para poner el mercado, y que menos mal, porque eran bastante feítos...
Yo voy a presentar mi proyecto de fuente: seré yo misma echando agua por la boca, o por el orificio corporal que corresponda. Para eso al menos serviré, digo yo...
Te veo, te veo... Y, teniendo en cuenta la generosidad de nuestro ayuntamiento, te vas a llevar un pico por hartarte de cervezas y hacer gárgaras y pis...
Bwana, querido, el mal endémico del alcalde medio es el deseo voraz de trascender.
Qué bonito es reciclar, si de las torres de Mordor aquellas salieron unos carteles tan estéticos, a la par que modernos. Yo la fuente antigua, llegué a conocerla sólo como paraje de ranas, tan verde estaba. Espero que si ponen otra, con la Cuinpar, a modo de tritón, me cuiden un poco más la presencia, que las ancas de rana son muy indigestas.
A la Cuinpar la veo tritona total...
Publicar un comentario en la entrada