
Una de las cosas que más me costó, cuando empecé a trabajar en esta empresa, fue aprenderme de qué jefe era cada despacho y de qué cosa era jefe cada uno, porque aquí no utilizamos aburridos cartelitos con letras de molde:
Sr. PERICO PÉREZ
JEFE DE ALGO
no, no.
En esta empresa hemos optado por un moderno (a la par que desconcertante y sutil) sistema de identificación, fundamentado en los indiscutibles beneficios del feng shui. En lugar de los (paradójicamente) impersonales letreros identificativos en antipáticas puertas cerradas, se ha dispuesto que en el interior de cada oficina haya una bonita imagen de gran formato relacionada con la competencia directa de cada quien. Y, como en esta compañía nos dedicamos a la gestión del sector primario (¿¿??), todo está lleno de fotos de vacas, tomateras y tortugas marinas (mis favoritas).
La cuestión -se estarán preguntando- es cómo se hace si el cuadro, por grande que sea, cuelga DENTRO del habitáculo y NO EN EL EXTERIOR, para saber de qué director de qué departamento estamos hablando. Pues es muy sencillo: paredes de cristal. Una va por el pasillo y nunca recuerda bien quién ocupa cada lugar, porque somos tantos… Basta, entonces, con asomarse por la cristalera y mirar la foto; mirar la foto y mirar al que está sentado enfrente del ordenador, y ¡voilà!, dilema resuelto. “Ahhh, claaaro, éste era el sitio de la señora esa de pelo ensortijado, encargada del negociado de chocos y pejines”. Y, para evitar que nadie trate de escaquearse, se distraiga o se parapete y se eche una siesta, tenemos prohibido el uso de mobiliario alto, así como colgar fotos de los nenes o del perro en los muros transparentes, que empañen la diafanidad al conjunto. ¿Es o no es todo de un feng shui que tira para atrás?
Lo de los nombres propios, eso cada uno se lo tiene que estudiar, porque, insisto, los rótulos, en general, quedan muy poco orientales (podríamos ponerlos en chino, que quedaría oriental, sin duda, pero que no se entiende). Mi sistema, al principio, consistió en rebautizar a los jefes mentalmente con motes como “el hortera de las corbatas horteras”, “la antipática que muerde manzanas con aburrimiento” o “el guapo que nunca va a dejar a su mujer para fugarse conmigo”. Ahora, ya, los conozco a casi todos por el nombre, aunque como hay cinco mil Josés Marías, a muchos los conozco, sobre todo, por el apellido.
Volviendo al asunto de las fotos, para que se hagan una idea, en la oficina de la responsable de agricultura hay una imagen de fértiles bancales sembrados, y el responsable de ganadería tiene una de cabritas pastando. Las paredes de los del área de pesca lucen fotos de chalanas pintadas de blanco y azul, refulgentes bajo la luz del atardecer, y de límpidos fondos marinos donde nadan inquietantes morenas y gigantescos meros. Mi jefa, como es la jefa, tiene un poquito de cada cosa: una composición con molinos, dunas, riscos y palmeras (todo muy general y muy inconcreto, que no parezca que hay más pasta para una división que para las otras).
Hasta aquí, el organigrama impone una lógica aplastante: quesos para el de los quesos. Pero hay departamentos en los que la cosa podría no estar tan clara y, sin embargo, opino que el chino que hizo la selección atinó de pleno en la asignación de imágenes. Por ejemplo: para los que llevan los asuntos financieros hay fotos de populosos bancos de pescado azul y abigarrados cestos de papas negras. Teniendo en cuenta lo carísima que es esta variedad del tubérculo y lo difícil que se está poniendo la pesca del atún, se me antojan una perfecta metáfora de la crisis, que transmiten al personal un subliminal mensaje de ahorro y recorte presupuestario, a la par que, para el inocente visitante, son iconos de opulencia y sobreabundancia.
La jefa de servicios jurídicos tiene un cuadro con erizos de castañas, espinosos como demandas por despido improcedente; a las chicas de prevención de riesgos les ha tocado un balayo rebosante de judías (¿habrá cosa más peligrosa?), y en recursos humanos (departamento desde el que se envían las cestas de frutas para las recién paridas y los cheques para los recién casados, en el que se gestan las fiestas de navidad y demás tenderetes) cuelga una imagen de las vides de La Geria, rebosantes de uva con la que hacer rico vino para las celebraciones.
Hasta hoy, nunca me había fijado en las fotos que tengo en mi despacho: dos impresionantes picados de El Golfo, en la isla de El Hierro, y la Caldera de Taburiente, en La Palma; dos profundas, insondables y escarpadas depresiones que se generaron por el hundimiento de sendos edificios volcánicos. Vamos, dos enriscaderos, como gustamos de decir por aquí. Yo veo varias lecturas posibles:
a) El puesto de secretaria de dirección facilita la obtención de una visión global de la realidad de la empresa y su día a día.
b) El puesto de secretaria de dirección favorece un control absoluto de todo cuanto se cuece, como a vista de pájaro.
c) El puesto de secretaria de dirección conduce a la depresión, hunde a cualquiera e incita arrojarse al vacío.
no, no.
En esta empresa hemos optado por un moderno (a la par que desconcertante y sutil) sistema de identificación, fundamentado en los indiscutibles beneficios del feng shui. En lugar de los (paradójicamente) impersonales letreros identificativos en antipáticas puertas cerradas, se ha dispuesto que en el interior de cada oficina haya una bonita imagen de gran formato relacionada con la competencia directa de cada quien. Y, como en esta compañía nos dedicamos a la gestión del sector primario (¿¿??), todo está lleno de fotos de vacas, tomateras y tortugas marinas (mis favoritas).
La cuestión -se estarán preguntando- es cómo se hace si el cuadro, por grande que sea, cuelga DENTRO del habitáculo y NO EN EL EXTERIOR, para saber de qué director de qué departamento estamos hablando. Pues es muy sencillo: paredes de cristal. Una va por el pasillo y nunca recuerda bien quién ocupa cada lugar, porque somos tantos… Basta, entonces, con asomarse por la cristalera y mirar la foto; mirar la foto y mirar al que está sentado enfrente del ordenador, y ¡voilà!, dilema resuelto. “Ahhh, claaaro, éste era el sitio de la señora esa de pelo ensortijado, encargada del negociado de chocos y pejines”. Y, para evitar que nadie trate de escaquearse, se distraiga o se parapete y se eche una siesta, tenemos prohibido el uso de mobiliario alto, así como colgar fotos de los nenes o del perro en los muros transparentes, que empañen la diafanidad al conjunto. ¿Es o no es todo de un feng shui que tira para atrás?
Lo de los nombres propios, eso cada uno se lo tiene que estudiar, porque, insisto, los rótulos, en general, quedan muy poco orientales (podríamos ponerlos en chino, que quedaría oriental, sin duda, pero que no se entiende). Mi sistema, al principio, consistió en rebautizar a los jefes mentalmente con motes como “el hortera de las corbatas horteras”, “la antipática que muerde manzanas con aburrimiento” o “el guapo que nunca va a dejar a su mujer para fugarse conmigo”. Ahora, ya, los conozco a casi todos por el nombre, aunque como hay cinco mil Josés Marías, a muchos los conozco, sobre todo, por el apellido.
Volviendo al asunto de las fotos, para que se hagan una idea, en la oficina de la responsable de agricultura hay una imagen de fértiles bancales sembrados, y el responsable de ganadería tiene una de cabritas pastando. Las paredes de los del área de pesca lucen fotos de chalanas pintadas de blanco y azul, refulgentes bajo la luz del atardecer, y de límpidos fondos marinos donde nadan inquietantes morenas y gigantescos meros. Mi jefa, como es la jefa, tiene un poquito de cada cosa: una composición con molinos, dunas, riscos y palmeras (todo muy general y muy inconcreto, que no parezca que hay más pasta para una división que para las otras).
Hasta aquí, el organigrama impone una lógica aplastante: quesos para el de los quesos. Pero hay departamentos en los que la cosa podría no estar tan clara y, sin embargo, opino que el chino que hizo la selección atinó de pleno en la asignación de imágenes. Por ejemplo: para los que llevan los asuntos financieros hay fotos de populosos bancos de pescado azul y abigarrados cestos de papas negras. Teniendo en cuenta lo carísima que es esta variedad del tubérculo y lo difícil que se está poniendo la pesca del atún, se me antojan una perfecta metáfora de la crisis, que transmiten al personal un subliminal mensaje de ahorro y recorte presupuestario, a la par que, para el inocente visitante, son iconos de opulencia y sobreabundancia.
La jefa de servicios jurídicos tiene un cuadro con erizos de castañas, espinosos como demandas por despido improcedente; a las chicas de prevención de riesgos les ha tocado un balayo rebosante de judías (¿habrá cosa más peligrosa?), y en recursos humanos (departamento desde el que se envían las cestas de frutas para las recién paridas y los cheques para los recién casados, en el que se gestan las fiestas de navidad y demás tenderetes) cuelga una imagen de las vides de La Geria, rebosantes de uva con la que hacer rico vino para las celebraciones.
Hasta hoy, nunca me había fijado en las fotos que tengo en mi despacho: dos impresionantes picados de El Golfo, en la isla de El Hierro, y la Caldera de Taburiente, en La Palma; dos profundas, insondables y escarpadas depresiones que se generaron por el hundimiento de sendos edificios volcánicos. Vamos, dos enriscaderos, como gustamos de decir por aquí. Yo veo varias lecturas posibles:
a) El puesto de secretaria de dirección facilita la obtención de una visión global de la realidad de la empresa y su día a día.
b) El puesto de secretaria de dirección favorece un control absoluto de todo cuanto se cuece, como a vista de pájaro.
c) El puesto de secretaria de dirección conduce a la depresión, hunde a cualquiera e incita arrojarse al vacío.
La madre del feng shui.
(Música: 091, "La vida qué mala es")


8 comentarios:
Tiene que ser estupendo trabajar en una empresa tan ecológica. Lo que no termina de gustarme son
las cristaleras; deben resultar incómodas para echar la siesta.
¿Estupendo? No sé yo... ¿Ecológica? Ya te digo yo que no, medio Amazonas se va por nuestras fotocopiadoras. La imagen corporativa está cuidadita, eso quizás sí. Las cristaleras, un asco, una no puede ni meterse un dedo en la nariz a gusto.
Cuánta modernez.
De las lecturas que obtienes de tus cuadros saco la siguiente conclusión: tienes pasmosa facilidad para encontrarle ciento cincuenta pies al gato.
A saber qué estaba pensando el que decidió que los colocaran allí.
(erizos de castañas, jiji)
Sí, los amigos, cuando van a casa, me dicen "¡mira, un cienpiés con bigotes!", y yo les digo, "noooo, es mi gato". Yo soy así, enrevesadita, qué le vamos a hacer.
(no entiendo por qué te hacen tanta gracia los erizos, o ¿cómo los llaman ustedes, la gente fina de la capital?, ¿coberturas espinosas de fruto otoñal?)
Es el cuadro que me correspondería, y no lo imaginaba aquí colgado.
Ahhhh, era por eso, vaaale. Hum, bonitos marrones, entonces, me imagino. Bueno, marrones como el otoño, las castañas, los erizos...
(voy a ver si me lo robo y te lo mando por mensajería, aunque me temo que sobresaldrá un poco por fuera del bolso, lo mismo me trincan... ¡¡y me despiden!! ¡¡Allá voy!!)
Ay, me encantó. Pero tendrían que ponerte una foto bien bonita de una víbora hocicuda que abra la boca y cante.
Tú siempre anticipádote a los acontecimientos, querida. El próximo post, que estoy escribiendo tal que ahora mismo, habla de la Víbora Cantora
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