Una de las pocas cosas buenas que, a mi juicio, ha traído toda esta majadería de la crisis, es el resurgir de las fruterías, al menos, en mi ciudad. Hasta hace nada, para comprar fruta fresca o las verduras para el potajito, había que limitarse, entre semana, al consabido supermercado o a la gran superficie, donde el producto (generalmente almacenado durante días en cámaras frigoríficas) se caracteriza por ser lindo y lustroso por fuera, e insípido por dentro. Y, eso, en el mejor de los casos; a veces, por dentro, directamente putrefacto. Pero, de repente, en los locales donde antes había tiendas de telefonía móvil y sospechosas entidades dedicadas a asfixiarnos un poquitín más -sólo que más sutilmente-, unificando todas nuestras deudas en una sola al triple de interés, ahora abundan las manzanas, las fresas, las lechugas y las coles; y los letreros mega-fashion con nombres ultramodernos y logos súper pensados, han sido reemplazados por cartulinas escritas con rotulador que rezan cosas como “La recovita vieja” o “Casa Paqui”.
Las fruterías de verdad deben estar regentadas por gente de campo, conocedora del valor de una papa que no se grela a los cinco minutos de haberla sacado de la bolsa; que entienda que un buen tomate para la ensalada tiene que oler a la tomatera que lo parió, y que saber un poco ácido y otro poco dulcito, y que derramarse jugosamente destripado por la barbilla al morderlo, y no parecer lo mismo que si uno estuviera mascando una pelota relajante de gomaespuma.
Siempre me gustaron las ventas de barrio, las panaderías de leña. Arístides me dijo una vez que esta ciudad había dejado de ser lo que era el día que doña Brígida cerró su pequeño negocio de la calle de La Sota y que doña Antonia dejó de hornear, para siempre, sus inmensos bizcochones en la tahona que estaba un poquitito más allá. Cuánta verdad encierra esa reflexión. Recuerdo los aromas del pan recién enhornado flotando, acera abajo, en el viento de mi calle, donde he vuelto a vivir, ya de grande, resignada a echar de menos la tentadora fragancia de los coditos crujientes aguardando, calentitos, frente a la plaza de la iglesia los domingos, después de misa. Quedan algunas ventitas resistentes en el casco, es cierto, pero sospecho que ya no huelen a embutido fresco y a queso recién cortado como antes, porque todo viene demasiado envuelto, demasiado plastificado.
Lo que pasa es que tengo miedo. Del paso del tiempo, fundamentalmente. Pero no del abstracto, ni de crecer, o envejecer, sino del efecto unificador, devastador y concreto que el invento de la globalización y el supuesto progreso están ejerciendo sobre las cosas auténticas y necesarias de la vida, como los verdaderos aromas, los sabores y las sensaciones. Y también del cambio climático, ya que estamos.
Lo que pasa es que tengo miedo. Del paso del tiempo, fundamentalmente. Pero no del abstracto, ni de crecer, o envejecer, sino del efecto unificador, devastador y concreto que el invento de la globalización y el supuesto progreso están ejerciendo sobre las cosas auténticas y necesarias de la vida, como los verdaderos aromas, los sabores y las sensaciones. Y también del cambio climático, ya que estamos.
Queenpar no puede oír hablar a Punset; si le nombras la inmensidad del universo o la descomposición infinitesimal de las partículas, te expones a provocarle un tremendo ataque de ansiedad. La entiendo. Hay un capítulo de “Futurama” en el que algunos personajes caen por error dentro de la cápsula cibernética en la que Fry ha llegado, mil años después, hasta Nueva Nueva York. Pero la máquina no está programada, así que se quedan florando en un ingrávido espacio en blanco, en medio de la nada más absoluta, sin posibilidad humana ni divina de salir ni regresar. No puedo soportarlo. Cada vez que lo reponen, cambio angustiada de canal. Me agobia la infinitud casi tanto como la pérdida progresiva de las referencias más cercanas.
Ahora que la ropa de invierno aguarda en los escaparates, aspirando a invocar al frío más que a protegernos de él, y que los hermosos osos polares tendrán que mutar en anfibios para lograr subsistir, siento real el temor de que las cosas ya nunca vuelvan a ser como antes. Porque nunca volverán a serlo. Las cosas que estaban bien como estaban, quiero decir: el calor en el verano y la nieve en el invierno; las pequeñas tiendas donde comprar fruta que no pareciera de cera y pan que no pareciera de chicle; las cafeterías donde la gente se saludaba cordialmente con la cabeza y el camarero no necesitaba preguntarte qué querías tomar; las botas de agua porque había charcos, y lluvia.
Ay, dios. Me estoy haciendo mayor.
(Música: Lenine, "Paciência")



7 comentarios:
Por suerte, M. me llevó este sábado a uno de esos bares en los que la camarera sabe qué quieres y cómo servírtelo, "porque es mi profesión", y me reconcilié un poco con la vida. Camareros profesionales, casi tan próximos a extinguirse como los osos polares.
Aquí en Madrid también han aparecido las fruterías, pero están regentadas por chinos y la mercancía que ofrecen, generalmente, parece que la han recogido de algún cubo de basura del supermercado.
El reciclaje en tiempos de crisis, otro clásico.
Desde que coja tino, escribo la Oda al Potolami Palace.
con lo que me gustan a mí los charcos...
gracias por tu mudez, preciosa. Es adorable.
Un abrazo
Este post huele a Nostalgia Otoñal. ¿A qué olerán las nubes?
A humedad. Las nubes huelen a humedad, coño, ya.
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