miércoles 14 de octubre de 2009

Ámsterdam


Siempre querré volver a Ámsterdam. No sé qué me pasó con esa ciudad, que es bonita (pero no sé si tanto, en realidad) y animada y populosa y todo eso. Pero no sé si fue… Yo creo que hubo una suma de amor en el aire (eran los buenos tiempos) y amanecida bajo un cielo nuevo y distinto, tras una larga noche de aeropuertos; de canales con casas- barco y frío y mucha, mucha civilización. Pocos sitios me han parecido más cívicos y respetuosos, pocas personas tan tolerantes y discretas, como Ámsterdam y sus pobladores. Y no lo digo por los hongos alucinógenos en las vitrinas de las tiendas, el chocolate con chocolate en las mesas de los coffees ni los escaparates del Barrio Rojo. Todo eso forma parte, para mí, más del tópico que de la realidad. Me refiero a un señor acercándose a preguntarte en el tranvía si necesitas ayuda cuando te ve desplegar el mapa, a otro señor avisando a dos turistas despistados, que están parados, sin saberlo, ante la casa- museo de Rembrandt, de que ese día la visita es gratis (y a esos dos mismos turistas desconfiando, porque nadie en su país es tan amable sin pretender, por lo menos, que comas en su restaurante); me refiero a las cajeras del supermercado esforzándose por decir “gracias”; me refiero a los semáforos que cambian de color y a nadie pegando un bocinazo si tardas medio segundo en meter primera y acelerar; me refiero a bicicletas enredadas de yedra y flores de plástico apoderándose de las calzadas, con niños chicos y perros chuchos en improvisado sidecar; a vecinos invadiendo las escalinatas de acceso a las casas de ladrillo (copa de vino en una mano, cojín o alfombra en la otra) cuando un cálido rayo de sol se abre paso entre las sombras de la arboleda y alegra los corazones; me refiero a inmensas cristaleras sin cortinas, a alféizares decorados con libros, tulipanes en floreros, gatos de escayola o gatos vivos que lo parecen, atontados por el calorcito, y a tenues lámparas encendidas en vacías salas de estar en medio de la noche, invitando a que entren la luz o las miradas, según la hora que sea; me refiero a ninguna voz más alta que otra, a ninguna mirada inquisitiva, preguntona, a menos, claro está, que procedan de algún extranjero.

Uno de los sitios que más me impresionó fue el antiguo edificio de oficinas, remozado exteriormente, en cuyas habitaciones traseras hubo de ocultarse la pequeña Ana Frank con su familia tras la ocupación de los nazis. Lo he recordado estos días porque la fundación que lleva su nombre acaba de colgar en el tubo unas imágenes inéditas de la niña (apenas veinte segundos), en que se la ve asomada a una ventana el día de la boda de unos vecinos.
Recorriendo las estancias que les sirvieron de refugio (convenientemente tamizada la luz con persianas traslúcidas, para potenciar la sensación de ocultación y aislamiento, debidamente rematada la visita con una sala dedicada al exterminio y sus horrendas consecuencias), nada me sobrecogió tanto como ver las marquitas de lápiz que las hermanas Frank fueron haciendo en la pared a medida que crecían, el mapa de Europa señalado con alfileres por su padre según iban avanzando las fronteras del horror. No es demagogia, lo juro, ni discurso lleno de impostada corrección política, ni nada de eso. Es que me puse triste en serio y el vello se me erizó, mucho más que con las terribles imágenes de esqueletos con la piel pegada paseándose en pijama tras el alambre de espino. Tal vez porque llegué a tener (gracias a aquellos tímidos pero verídicos rastros de lo cotidiano) la sensación física de que hubo personas escondidas en aquel lugar; y de que hay lugares que, quizás, sí hayan aprendido a ser amables y solidarios a fuerza de escarmentar con su pasado, y me dio pena hacer la comparación (idealizada, lo sé, por la felicidad que siempre me produce viajar, porque, después de todo, también existe la bárbara ultraderecha holandesa). Pero lo cierto fue que percibí como algo posible (no sé si me explico), como algo rotunda y absolutamente real, aquello que sólo conocía por las páginas de un diario infantil y algunas películas.

Claro que, a pesar de las imágenes, siempre habrá alguien dispuesto a defender que Ana es una invención más del lobby pertinente. Como el comentarista que apuntó, bajo el vídeo de Youtube, que hace tiempo que se sabe que el Diario no existió, que es “otra manipulación pos- israelí puntual”. Lo mismo que el Holocausto, supongo. Y pensar que Nelson Mandela dijo del libro que su lectura le transmitió fuerzas para aguantar los días de cautiverio bajo el terrorífico Apartheid… Bueno, todos sabemos que eso no fue más que otro invento, en este caso de la familia Obama, que ya estaba pensando por aquellos días en colocar a un negro en el Despacho Oval.

(Música: Coldplay, "Amsterdam")

2 comentarios:

si, bwana dijo...

Una ciudad, donde hasta los conductores de tranvía hablan inglés, es lógico que sea atractiva para quien disfruta con la buena educación de la gente. Y La Haya es por el estilo.

Reinadelmango dijo...

Las ciudades son muchísimo más que sus paisajes, definitivamente.

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