En jaque por esta suerte de gripe A que no termina de atacarme, a media mañana me he tenido que volver del trabajo en taxi, presa de convulsos escalofríos y un profundo mareo que me aconsejaban dejar el coche aparcado en la oficina. Ya en casa, sin fuerzas para nada más (ni siquiera para “Firmin”), me he puesto un pantalón de chándal y me he tirado en el sofá a ver cualquier cosa en la caja tonta. Y, cuando digo cualquier cosa, estoy siendo de lo más benevolente.
Si yo fuera capaz de asesinar a alguien escogería sin dudarlo a una tal Emma García, presentadora de ese esperpento llamado “Mujeres y hombres y viceversa”. No voy a invertir ni un segundo de mi tiempo, ni un gramo de mi ahora mismo escasa energía, en analizar su contenido; resumiré diciendo, simplemente, bazofia. Por suerte para mí (que miro poco la tele, pero que la miro casi todos los días, un rato mientras como, otro rato mientras ceno), debieron de cambiar esa cosa incalificable de hora y, como, por lo que se ve, ahora la echan mientras estoy trabajando, no corro el riesgo de tropezarme (a menos que sea, como hoy, por accidente) con la estúpida maliciosa que trata de camuflar la basura que encabeza argumentando que su loable porpósito final es guiar a jóvenes corazones solitarios al encuentro con el amor. Ahora mismo me vendría muy bien el “polo de soja con inhibidor de arcadas” que un Hugh Grant de dibujos animados saborea en el capítulo de "Los Simpsons" (quienes, para mi regocijo, habitan otro canal en el mismo horario).
Cuando era pequeña, si algo me daba miedo o me producía pesadillas, corría temblando a la cama de mamá y ella me acariciaba la espalda, y me decía que pensara en cosas bonitas. Decido, pues, seguir tan sabio consejo y combatir este irrefrenable instinto homicida rememorando el mejor momento del buen día que pasé ayer.
Le había pedido a mi ex algunas brochas y rodillos, porque este puente que viene quiero dedicarlo a poner la casa bonita. Con esa excusa, quedamos para comer en un agradable restaurante que, como su sugerente nombre indica (“La marea”), se asoma sobre el agua azul oscuro y la negra costa de Bajamar. La comida estaba rica; el café en el balcón de su apartamento, frente a la playa, y el baño de después en la piscina tampoco estuvieron mal. Pero, sin duda, lo mejor fue recorrer el trayecto en coche hasta que llegué a su casa.
En los cursos de arte que doy ocasionalmente, para explicar a los alumnos eso tan aparentemente complejo que es “la abstracción”, suelo decirles siempre lo mismo: si quieren conectar con esa forma de expresión deben tratar de abstraerse en la medida en que la pintura lo hace. Les aconsejo que no intenten leer los cuadros en clave figurativa o narrativa, como si representasen o contasen algo reconocible; sino que procuren identificar, al menos en el primer vistazo, solamente la esencia del lenguaje pictórico: luz, color, forma y movimiento. Siendo cualidades que forman parte de todas las cosas que nos rodean, que conocemos, tomadas en sí mismas, exentas de la materia a la que definen, nos permiten salir de la realidad inmediata y componer otra distinta. Eso es abstraer. Y ayer, mientras iba al encuentro de mi ex, me di cuenta de que con el jazz pasa lo mismo.
Aunque sea música construida a partir de elementos perfectamente reconocibles (sonidos, ritmos), la particular forma en que estos se combinan -en una escala y un tiempo distintos a los convencionales-, la convierte en una entidad independiente, lo que no implica, ni mucho menos, que sea desordenada o aleatoria, como tampoco lo es la pintura abstracta. Y, siendo como es la música el más inaprensible y etéreo de todos los lenguajes artísticos, esa emancipación respecto de la realidad inmediata puede multiplicarse por mil.
El jazz es una música perfecta para sumirse en ese estado de semiinconsciencia (o mejor, de automatismo) que permite evadirse en la medida justa en la que no se deja, sin embargo, de reaccionar ante las alertas. El jazz es ideal para conducir. No, desde luego, para la conducción presurosa, desconfiada (agresiva, si me apuro) de la autovía en hora punta. Para eso es mejor AC/DC o Chopin, según el momento. Pero conducir es, también, ese placer poco apreciado cuyas delicias, a menudo, se me olvidan. Creo que pocas cosas me resultaron tan gratas de vivir en la extraterrestre y mágica Lanzarote como transportarme cada mañana por carreteras sin tráfico, tornándose la rutina hipnótico trance cuando los volcanes o los islotes del Chinijo aparecían inquietantes en el retrovisor.
Ayer, pues, mientras bajaba por la preciosa carretera hacia la costa, jalonada de verdes viñedos y casas de teja, primero, luego de barrancos imponentes y escarpadas montañas (el mar todo el tiempo de fondo), fue necesario un cochecito circulando a cuarenta por hora delante de mí para obligarme a reducir y tomar consciencia del increíble regalo que era aquel momento: trompeta, piano, contrabajo y escobillas alternando sus latidos sincopados en la radio; imprescindible, certero piloto automático en una mitad de mi cabeza y nada en la otra, salvo pura combinación de notas descriptivas, sensaciones, matemáticos compases ajenos al mundo cotidiano, perfectos en su extrañeza, abstractos.
Gracias, Emma querida -a ti y a tu troupe de insustanciales-, porque, después de todo, es cierto que cumples con un noble cometido: hacerme valorar las cosas que verdaderamente merecen la pena.
Si yo fuera capaz de asesinar a alguien escogería sin dudarlo a una tal Emma García, presentadora de ese esperpento llamado “Mujeres y hombres y viceversa”. No voy a invertir ni un segundo de mi tiempo, ni un gramo de mi ahora mismo escasa energía, en analizar su contenido; resumiré diciendo, simplemente, bazofia. Por suerte para mí (que miro poco la tele, pero que la miro casi todos los días, un rato mientras como, otro rato mientras ceno), debieron de cambiar esa cosa incalificable de hora y, como, por lo que se ve, ahora la echan mientras estoy trabajando, no corro el riesgo de tropezarme (a menos que sea, como hoy, por accidente) con la estúpida maliciosa que trata de camuflar la basura que encabeza argumentando que su loable porpósito final es guiar a jóvenes corazones solitarios al encuentro con el amor. Ahora mismo me vendría muy bien el “polo de soja con inhibidor de arcadas” que un Hugh Grant de dibujos animados saborea en el capítulo de "Los Simpsons" (quienes, para mi regocijo, habitan otro canal en el mismo horario).
Cuando era pequeña, si algo me daba miedo o me producía pesadillas, corría temblando a la cama de mamá y ella me acariciaba la espalda, y me decía que pensara en cosas bonitas. Decido, pues, seguir tan sabio consejo y combatir este irrefrenable instinto homicida rememorando el mejor momento del buen día que pasé ayer.
Le había pedido a mi ex algunas brochas y rodillos, porque este puente que viene quiero dedicarlo a poner la casa bonita. Con esa excusa, quedamos para comer en un agradable restaurante que, como su sugerente nombre indica (“La marea”), se asoma sobre el agua azul oscuro y la negra costa de Bajamar. La comida estaba rica; el café en el balcón de su apartamento, frente a la playa, y el baño de después en la piscina tampoco estuvieron mal. Pero, sin duda, lo mejor fue recorrer el trayecto en coche hasta que llegué a su casa.
En los cursos de arte que doy ocasionalmente, para explicar a los alumnos eso tan aparentemente complejo que es “la abstracción”, suelo decirles siempre lo mismo: si quieren conectar con esa forma de expresión deben tratar de abstraerse en la medida en que la pintura lo hace. Les aconsejo que no intenten leer los cuadros en clave figurativa o narrativa, como si representasen o contasen algo reconocible; sino que procuren identificar, al menos en el primer vistazo, solamente la esencia del lenguaje pictórico: luz, color, forma y movimiento. Siendo cualidades que forman parte de todas las cosas que nos rodean, que conocemos, tomadas en sí mismas, exentas de la materia a la que definen, nos permiten salir de la realidad inmediata y componer otra distinta. Eso es abstraer. Y ayer, mientras iba al encuentro de mi ex, me di cuenta de que con el jazz pasa lo mismo.
Aunque sea música construida a partir de elementos perfectamente reconocibles (sonidos, ritmos), la particular forma en que estos se combinan -en una escala y un tiempo distintos a los convencionales-, la convierte en una entidad independiente, lo que no implica, ni mucho menos, que sea desordenada o aleatoria, como tampoco lo es la pintura abstracta. Y, siendo como es la música el más inaprensible y etéreo de todos los lenguajes artísticos, esa emancipación respecto de la realidad inmediata puede multiplicarse por mil.
El jazz es una música perfecta para sumirse en ese estado de semiinconsciencia (o mejor, de automatismo) que permite evadirse en la medida justa en la que no se deja, sin embargo, de reaccionar ante las alertas. El jazz es ideal para conducir. No, desde luego, para la conducción presurosa, desconfiada (agresiva, si me apuro) de la autovía en hora punta. Para eso es mejor AC/DC o Chopin, según el momento. Pero conducir es, también, ese placer poco apreciado cuyas delicias, a menudo, se me olvidan. Creo que pocas cosas me resultaron tan gratas de vivir en la extraterrestre y mágica Lanzarote como transportarme cada mañana por carreteras sin tráfico, tornándose la rutina hipnótico trance cuando los volcanes o los islotes del Chinijo aparecían inquietantes en el retrovisor.
Ayer, pues, mientras bajaba por la preciosa carretera hacia la costa, jalonada de verdes viñedos y casas de teja, primero, luego de barrancos imponentes y escarpadas montañas (el mar todo el tiempo de fondo), fue necesario un cochecito circulando a cuarenta por hora delante de mí para obligarme a reducir y tomar consciencia del increíble regalo que era aquel momento: trompeta, piano, contrabajo y escobillas alternando sus latidos sincopados en la radio; imprescindible, certero piloto automático en una mitad de mi cabeza y nada en la otra, salvo pura combinación de notas descriptivas, sensaciones, matemáticos compases ajenos al mundo cotidiano, perfectos en su extrañeza, abstractos.
Gracias, Emma querida -a ti y a tu troupe de insustanciales-, porque, después de todo, es cierto que cumples con un noble cometido: hacerme valorar las cosas que verdaderamente merecen la pena.
(Música: John Coltrane, "Greensleeves")


6 comentarios:
Yo cada vez que pienso en Emma García siento brotar en mí el ardor revolucionario de la adolescencia. Oh, iniciar la Revolución definitiva con los fusilamientos al amanecer en la plaza del pueblo...
Dónde están Jason y su sierra mecánica cuando de verdad se los necesita...
Qué envidia ese rato de conducción, sólo me pasa cuando subo a la sierra en invierno y veo acercarse las cumbres nevadas, el resto del año se reduce a atasco y AC/DC. Jazz, quién pudiera.
la extraterreste y mágica Lanzarote, muy bonito.
No sé quién es la tal Emma, me quedé en Mayra Gomez Kemp, pero si dices que bazofia, tratándose de tv, me lo creo.
Sí, mejor, créetelo y no te molestes en corroborarlo, ahórrate el mal rato.
Dña Emma García, entró hace tiempo a formar parte de mi ranking particular de odiados a muerte por siempre jamás.
Me ha recordado lo que dices del jazz, a la tésis de mi profesor de filosofía de bachillerato, que explica la historia de los estados unidos, mediante la evolución de la música, de cómo estos compases no convencionales, van acordes con la realidad social en América,como los negros hacían musica de blancos, pero a la perversa.
Uno de mis preferidos Coltrane, por cierto.
Un saludo, un nuevo seguidor de tu blog, que me ha encantado.
Bienvenido, pues, y muchas gracias.
Pues ya somos unos cuantos para organizar una horda asesina e ir a por Emma. ¿Alguien tiene un plan mejor para este puente?
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