
Con frecuencia me sorprendo diciendo cosas que, si bien salen de mi boca, parecen proferidas por cualquier otra persona. Me sucede sobre todo en el trabajo. Cuando un compañero me hace un comentario subido de tono o cargado de ironía, y yo contesto con una agilidad y una frescura insólitas en alguien de mi inseguridad y de mi torpeza, vuelvo a la mesa con cara de tonta preguntándome quién sería ésa que habló, porque juro que no he sido yo. Cuando un cliente insatisfecho (o un proveedor cabreado, o un político irritado) llama insistentemente porque quiere reunirse con la jefa “a la orden de YA”, y yo lo convenzo serenamente -con los argumentos propios de quien se sabe en posesión de la verdad absoluta- de que es mejor dejar el agua correr, de que encontraremos la solución más adecuada para su problema, y consigo que no vuelva a molestar y envíe flores para la jefa (y un queso), salgo corriendo a mirarme en el espejo del lavabo para ver quién es la que anda por ahí, porque, desde luego, yo no soy.
Una secretaria de dirección debe tener mano izquierda, cintura, agallas. Exceptuando lo último -porque entonces sería la mujer- pez-, yo tengo una de cada, seguro, pero en el sentido literal; y me temo que aquí el que vale es el figurado. No creo que haya nadie más confiado, más impresionable, con menos carácter y menos dotes de mando que yo. Así que no tengo ni idea de quién demonios es esa mujer que me sale de dentro.
Y, hablando de demonios, he pensado que puede tratarse de un caso de posesión diabólica transitoria (de siete a tres, de lunes a viernes), o de los síntomas leves y poco peligrosos de una incipiente doble personalidad. No sé, pero estoy harta de terapia, así que creo que optaré por probar con un exorcista. El ritual en sí mismo no me asusta en exceso. Lo que más me preocupa es que, una vez que la hayan expulsado, me dé cuenta demasiado tarde de que la que en realidad no soy, es ésta.
Una secretaria de dirección debe tener mano izquierda, cintura, agallas. Exceptuando lo último -porque entonces sería la mujer- pez-, yo tengo una de cada, seguro, pero en el sentido literal; y me temo que aquí el que vale es el figurado. No creo que haya nadie más confiado, más impresionable, con menos carácter y menos dotes de mando que yo. Así que no tengo ni idea de quién demonios es esa mujer que me sale de dentro.
Y, hablando de demonios, he pensado que puede tratarse de un caso de posesión diabólica transitoria (de siete a tres, de lunes a viernes), o de los síntomas leves y poco peligrosos de una incipiente doble personalidad. No sé, pero estoy harta de terapia, así que creo que optaré por probar con un exorcista. El ritual en sí mismo no me asusta en exceso. Lo que más me preocupa es que, una vez que la hayan expulsado, me dé cuenta demasiado tarde de que la que en realidad no soy, es ésta.
(Música: Antonio Machín, "Y yo quién soy")


4 comentarios:
¿Un demonio a tiempo parcial que te ayuda con el trabajo? Déjalo estar.
Visto así...
¿Cintura? Para torear los problemas como si fueran un hula-hoop, supongo. Sí, eso ha de ser.
Y para bailar el hula-hoop literalmente, que una secretaria, además, ha de tener recursos para entretener al personal.
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