jueves 3 de septiembre de 2009

Vida salvaje


[… el macho tiene una pinza delantera de gran tamaño, a menudo de color llamativo, que representa hasta la mitad de su peso corporal; la otra pinza es mucho más pequeña y sirve para cavar, como las dos pinzas de la hembra, más pequeñas y menos llamativas. Los cangrejos violinistas suelen ser gregarios, y se reúnen en bancos de cieno durante la marea baja…]

La empresa donde trabajo se enclava en un lugar inhóspito y salvaje: el polígono industrial. Si uno es perezoso, como yo, no se pone a hornear madalenas a las cinco de la mañana para llevarlas fresquitas al curro y mojarlas en el horrendo café de la máquina del office. Pero, en un sitio como éste, las posibilidades de encontrar una cafetería agradable para el desayuno son escasas. Concretamente, dos. Concretamente, poco agradables.
Está el bar que hay encima del concesionario de coches (amable servicio -menos la camarera argentina-, oferta muy limitada, calor abrasador); y está el bar de la curva, con sus militares, sus camioneros, sus contratistas de obra y sus bebedores de güisqui mañaneros. Si se están buscando emociones fuertes o amoríos fugaces, sin duda es el lugar ideal. El personal es muy antipático, pero la comida está rica y es contundente (“como tiene que ser, joder”, pienso, mientras me recoloco el mono a la altura de la entrepierna y me calo bien el lápiz detrás de la oreja).

Supongo que es algún tipo de tic adquirido, una enfermedad profesional (como el síndrome del túnel carpiano o el aumento de volumen en el trasero para las secretarias de dirección –ejem, para algunas-). De otra forma, no me explico por qué el camarero que sirve las tapas, la muchacha de la plancha, abren y cierran sin parar, compulsivamente, las pinzas metálicas vacías en el aire, como si atraparan invisibles rodajas de tomate, imaginarias lonchas de jamón, que flotaran en un simulador de gravedad cero.
Observándolos caminar de lado, de un extremo al otro de la barra, agitando enérgicamente sus pinzas (clap-clap, clap-clap), tengo la sensación de estar asistiendo a un milenario ritual de apareamiento, de estar viendo un documental de La 2.

(Música: Los acusicas, "La chica del polígono industrial)

2 comentarios:

aversimeentiendo dijo...

Qué bueno.. trabajé de camarero una noche hace poco y no solté las pinzas, suponía que era por los nervios (clap-clap).. pero debe ser parte de la idiosincrasia de estar tras la barra.

(Dicho esto, me retiro a morir de sueño.)

Reinadelmango dijo...

Buenas noches.

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