jueves 17 de septiembre de 2009

Una vez estuve loca


El miedo me sobrevino una mañana que bajaba a visitarla a la clínica. Entonces todavía no había sacado el carné (hice un primer intento cerca de los dieciocho, como casi todo el mundo, pero yo misma lo boicoteé convenciéndome de mi total inutilidad), así que cogía la guagua. Y fue una cosa muy rara, la verdad, porque no recuerdo que estuviese particularmente nerviosa (me fastidiaba terriblemente aquella situación de mierda que alteraba mis planes y coartaba mi independencia, cabreada como estaba, pero, por lo demás, todo normal). El caso es que, de repente, empecé a tener la sensación de que las cosas sucedían más deprisa a cada instante. Se aceleraba la guagua, al tiempo que se aceleraban las conversaciones de los viajeros y la música en los cascos de mis oídos. Empezaba a darme vueltas la cabeza, cada vez más rápido, también. Y el corazón se precipitaba al ritmo vertiginoso que iba adquiriendo todo lo demás. Sentía que me faltaba el aire, que mis pulmones no darían abasto para responder a la demanda de tantísimos latidos por segundo. Sólo quería gritar y salir, salir y gritar. Eso, o desmayarme para dejar de sentir aquel pavor a nada que yo fuera capaz de identificar; si acaso, a hacer el ridículo más espantoso perdiendo los papeles en público.

Ése fue el desencadenante. A partir de ahí, la cosa fue cada vez a peor. Empecé a tener miedo de estar en la cola del banco y del supermercado, en la oscuridad del cine. Miedo en las entrevistas de trabajo y, en los bares repletos, más miedo. Miedo y necesidad de tener una puerta siempre cerca, de detectar la vía de escape más rápida, de diseñar mentalmente un perfecto simulacro de huída por si, llegado el momento, tenía que salir corriendo. Miedo a la gente, miedo a la calle. Miedo. Miedo.
Algunas noches me despertaba (eso si conseguía dormirme) sintiendo que no podría volver a respirar hondo nunca más, que tenía una losa de doscientas, trescientas, mil toneladas sobre el pecho; notaba que cruzaba la línea, que mi cabeza se iba más y más allá, al sitio de donde no regresan las personas que se vuelven locas. Abría los ojos y me incorporaba como un tentetieso, y encendía la luz, desesperada, porque necesitaba con urgencia percibir la realidad. Eso fue antes de que lo echase de mi lado la primera vez. Él trataba de ayudarme, me recogía silencioso en las paradas de bus en las que había tenido que bajarme, presa del pánico; me dejaba usar sus camisetas (cuando aún las llevaba puestas) como paño de mis lágrimas inconsolables. Me abrazaba y me decía que todo iba a salir bien. Pero a veces se cansaba de no entender nunca nada y me preguntaba, suavito, con ojos llenos de angustia, “pero, ¿qué te pasa?”. “Tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo”.

Tuve que decirle que se fuera. Era demasiado para mí. Demasiado para ambos. Demasiado. Tuve que buscar la forma de resolverlo, de resolverme, porque ya estaba muy harta de llorar y no saber, y tener miedo. Alguien me habló de un hombre y fui a verlo, sin demasiada fe pero con verdaderas ansias. Él también me preguntó qué me pasaba, pero en sus ojos no había angustia, sino una cierta sonrisa que a mí se me antojaba burlona. “Fobias”, respondí. “Qué chungo eso, ¿no?”, dijo él, y ya no me quedaron dudas de que se estaba riendo. No volvimos a hablar del tema, nunca en los tres meses siguientes. Hablamos de muchas otras cosas, eso sí, pero jamás de guaguas, aviones o coches precipitándose en el vacío; de espacios irremisiblemente cerrados, minúsculos o tan abarrotados que fuesen potencialmente peligrosos. Los espacios potencialmente peligrosos estaban por todo mi cerebro y fue necesario invadirlos y limpiarlos, vaciarlos u ordenarlos. Entenderlos. Perdonarme.
El principio del fin llegó el día que me preguntó, "¿cuándo vas a dejar de pelearte?". Algo se me aflojó dentro del cuerpo y lloví torrencialmente. Entendí que tenía que parar.

Sí, es cierto, el miedo es un asco. Pero puede ser un buen indicio. Un indicio necesario, también. A veces todavía se asoma y me pilla conduciendo, porque ahora ya tengo carné. Entonces me acuerdo de un truquito que aquel hombre me enseñó -"piensa en tus pies"-, y me concentro en el contacto de cada uno de sus cinco dedos (reales, físicos, presentes) con la piel de mis zapatos y de éstos, con los pedales, mientras me voy repitiendo: "estás aquí. De regreso".

(Música: Queen, "I want to break free")

9 comentarios:

Reinadelmango dijo...

Claro que, concentrada como estoy en mis pies, me voy saltando semáforos. Y el miedo lo sienten otros. Menudo peligro estoy hecha...

aversimeentiendo dijo...

Jo tres meses de terapia, sí que eran chungas las fobias. Me ha recordado a la crisis que pasó alguien cercano y a mí preguntando tontamente ¿qué te pasa?, sentir miedo tan irracional es un horror, y sentirte inútil tampoco es un caramelo.

Buen fin de semana, con o sin semáforos.

(¡Bingo! Creo que no escuchaba esa canción desde Cou)

Reinadelmango dijo...

Ay, niño, teniendo en cuenta los casi treinta años de mejunje interior que las habían provocado,tres meses no fueron ná...

(¡Qué ilusión, es la primera vez que me gano algo!)

Cuinpar dijo...

A quién carajo le puede dar miedo que el conductor se salte un semáforo en rojo? Si tu mente está totalmente dedicada a recordar un cacho de una canción de palmera que se te había olvidado no hay lugar para el miedo...
Que sepan que, además de todo, la Reina esta es una taxista sin par.

Reinadelmango dijo...

Sin par, tú lo has dicho. A temeraria no me iguala ni Fittipaldi, que yo no sé cómo estoy viva, con el despiste que tengo.
(Oye, y la foto esta ahora por qué carajo saldrá...)

Ornelia dijo...

Me gusta este rinconcito que se tienen aqui montado por las mañanas. Es como el patio de vecinas pa tomar cafe, a ver si empezamos a despellejar cuanto antes que tengo prisa.

Reinadelmango dijo...

Pues a mi es que eso de "reina de esto", "reina de lo otro" me parece una horterada, serán pavas las tías estas, con sus neuras y sus semáforos en rojo...
(¿así?)

aversimeentiendo dijo...

¿Las tías estas me incluye a mi? Jarl.

Reinadelmango dijo...

No, por favor, usted es un TÍO, dicho así, con voz ronca y atronadora (con tus neuras y tu semáforos en rojo, de eso sí que no te libras)

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