Un par de veces al año mi perra se pone a parir. No es que practique algún tipo de terapia gelstática consistente en mirarse al espejo y empezar a decirse las cosas que detesta de sí misma; a reprocharse sus miedos, complejos e inseguridades para sentirse, después, absolutamente liberada. Tampoco es que yo haya montado una fábrica de perritos pastores con falso pedigrí para vender en los chinos. Lo que le pasa es que, unas ocho semanas después de cada celo (que es lo que dura un embarazo perruno aproximativamente -guiño-), sus hormonas le juegan la mala pasada de hacerle creer que vienen “niños” (a ella, que no ha conocido varón) y se prepara para el alumbramiento que jamás habrá de ser.
La cosa del parto psicológico cobra un cariz tan real que hay perras que incluso sufren contracciones y llegan a segregar leche. Empiezan entonces días de jadeos y llantos para ella, y noches de insomnio para las dos. Se pasa las horas dando vueltas, acurrucándose compungida por los rincones; vaga como un alma en pena por la casa, da igual lo tarde o lo pronto que sea. A veces bajo al salón y me la encuentro hecha un ovillo en el sofá. Ella sabe bien que eso es constitutivo de delito, y que se castiga con tarjeta roja y expulsión al patio. Pero, en cuanto me tiene enfrente con el índice levantado y el entrecejo fruncido, me mira con ojos de estar poseída por una fuerza sobrenatural que la impulsa a encaramarse a cualquier sitio cómodo y calentito, mientras parece decir “yavienenyavienenyavienen”, y me parte el corazón; entonces, la cojo suavemente del collar, la ayudo a bajar y la acompaño hasta su alfombra, donde la acaricio hasta que se calma.
Otra cosa es el agujero del sótano. En este punto no me permito ser flexible. En más de una década de partos imaginarios, ha ido excavando una madriguera de tales dimensiones en la vieja bodega de la casa, que valdría para dar cobijo a los más de cien cachorros (a razón de unos cinco por parto –y poquitos me parecen- y dos partos al año) que ya debería haber tenido, además de a algún que otro perro callejero. No exagero: mi amigo Joaquín se metió un día enterito en el hueco, y creo que encontró un cementerio indio completo, con sus vasijas, sus ajuares funerarios y todo.
Mi ex, que es un auténtico partido (las manos quietas, bandidas), aprovechó mis días de ausencia para hacer limpieza y tirar algunas cosas viejas, rellenó el agujero con tierra y colocó una buena barricada para impedir futuras incursiones de la chucha -que iban a acabar, me temo, en casa de mi vecino-. Pero nada es más poderoso que el instinto de una madre, aunque sea la de los ciento un perritos- fantasma. Hace un par de noches, a eso de las cuatro y en pleno sueño profundo, empecé a escuchar un ruido como si Steve McQueen trabajara en el túnel de "La gran evasión" para escapar de los nazis. Sólo que, en este caso, Steve no era el rubio irreverente de la moto y el guante de béisbol, sino una perraza neurótica. Y los nazis, era yo. Y estaban cabreados; muy, muy cabreados…
Es curioso; supongo que, precisamente porque nunca ha sido madre, el resto del tiempo ella tiene tendencia al comportamiento infantiloide, como si fuera todavía un cachorrito, pidiéndome que le lance cosas para correr detrás de ellas y rompiendo a mordiscos botellas de plástico. Sólo parece adoptar su rol de hembra adulta y responsable, de madre sacrificada y valiente, cuando el implacable látigo del reloj biológico le sacude las entrañas. Dicen que los perros se parecen a sus dueños…
La cosa del parto psicológico cobra un cariz tan real que hay perras que incluso sufren contracciones y llegan a segregar leche. Empiezan entonces días de jadeos y llantos para ella, y noches de insomnio para las dos. Se pasa las horas dando vueltas, acurrucándose compungida por los rincones; vaga como un alma en pena por la casa, da igual lo tarde o lo pronto que sea. A veces bajo al salón y me la encuentro hecha un ovillo en el sofá. Ella sabe bien que eso es constitutivo de delito, y que se castiga con tarjeta roja y expulsión al patio. Pero, en cuanto me tiene enfrente con el índice levantado y el entrecejo fruncido, me mira con ojos de estar poseída por una fuerza sobrenatural que la impulsa a encaramarse a cualquier sitio cómodo y calentito, mientras parece decir “yavienenyavienenyavienen”, y me parte el corazón; entonces, la cojo suavemente del collar, la ayudo a bajar y la acompaño hasta su alfombra, donde la acaricio hasta que se calma.
Otra cosa es el agujero del sótano. En este punto no me permito ser flexible. En más de una década de partos imaginarios, ha ido excavando una madriguera de tales dimensiones en la vieja bodega de la casa, que valdría para dar cobijo a los más de cien cachorros (a razón de unos cinco por parto –y poquitos me parecen- y dos partos al año) que ya debería haber tenido, además de a algún que otro perro callejero. No exagero: mi amigo Joaquín se metió un día enterito en el hueco, y creo que encontró un cementerio indio completo, con sus vasijas, sus ajuares funerarios y todo.
Mi ex, que es un auténtico partido (las manos quietas, bandidas), aprovechó mis días de ausencia para hacer limpieza y tirar algunas cosas viejas, rellenó el agujero con tierra y colocó una buena barricada para impedir futuras incursiones de la chucha -que iban a acabar, me temo, en casa de mi vecino-. Pero nada es más poderoso que el instinto de una madre, aunque sea la de los ciento un perritos- fantasma. Hace un par de noches, a eso de las cuatro y en pleno sueño profundo, empecé a escuchar un ruido como si Steve McQueen trabajara en el túnel de "La gran evasión" para escapar de los nazis. Sólo que, en este caso, Steve no era el rubio irreverente de la moto y el guante de béisbol, sino una perraza neurótica. Y los nazis, era yo. Y estaban cabreados; muy, muy cabreados…
Es curioso; supongo que, precisamente porque nunca ha sido madre, el resto del tiempo ella tiene tendencia al comportamiento infantiloide, como si fuera todavía un cachorrito, pidiéndome que le lance cosas para correr detrás de ellas y rompiendo a mordiscos botellas de plástico. Sólo parece adoptar su rol de hembra adulta y responsable, de madre sacrificada y valiente, cuando el implacable látigo del reloj biológico le sacude las entrañas. Dicen que los perros se parecen a sus dueños…
(Música: The Beatles, "Here comes the sun")


12 comentarios:
da un poco de miedo el pensar que un día seamos atacados por la legión de fantasmas de lo que pudo haber sido...también el hecho de no haber conocido varónn.
Jo, me ha llamado la atención algo que subyace debajo del relato los partos imaginarios de tu perra.
En el párrafo segundo: A veces bajo al salón y tarjeta roja y expulsión al patio; en el tercer párrafo: una madriguera de tales dimensiones en la vieja bodega de la casa.
¿Dos plantas? ¿patio? ¿bodega? ¡¿Pero eso es casa o palacete?!
Me voy a por un café en el que ahogar la envidia :P
Aversi, es un palacete en toda regla, con su patio, su huerta, su foso y hasta sus fantasmas (los perritos no nacidos) y millones de cosas más. La rubia esta es un buen partido, te lo digo yo...
Pero bueno, cómo hay que decir aquí las cosas, con lo listos que parecen todos: REINA del Mango. Con pisitos a mí...
Ornelia, querida, y nosotras, ¿habremos conocido varón? ¿O apenas los habremos visto venir?
(Gracias, Lamarde, por no dar detalles de en qué estado se encuentra el palacete... Ni de en qué estado mental se encuentra la Reina, tampoco)
Por cierto, las dos últimas líneas son bastante impactantes.
Y ya. Un adjetivo suave que luego dices que me paso.
Vas aprendiendo...
Varon dandy.
Mucho macho, poco hombre.
Ay, ¿dónde están Bebo y el Cigala cuando una quiere que le hagan una copla?
Me temo que vas a tener que pagar por ver a Raphael, pero se te entregará en cuerpo y alma, no me cabe duda.
Lamarde es ahora Cuinpar. Que ya está bien, coño.
Rubi, el sábado te convenzo pa lo de Rapha, no te apures
Bueno, eres la mujer de la identidad múltiple, una superheroína que confunde a los malos con sus cambios de personalidad inesperados. Es emocionante, misterioso, tanto como el misterioso hombre de negro de Liniers... (intento distraerte, a ver si te olvidas de lo de Raphael)
En lo de Raphael nos encontraremos muchas, sin duda, de casualidad, nadie avisará para quedar, porque nadie admitirá haber ido,veremos, veremos.
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