martes 29 de septiembre de 2009

Quizás


Quizás fue porque mis sobrinos se marcharon el domingo llevándose con ellos la poca energía de la que consigo hacer acopio durante el meteórico fin de semana. O, tal vez, por que ayer comenzó el segundo y definitivo asalto de once horas de trabajo diario ininterrumpido, de la dieta de bocadillos y bombones (que me trajo un amable desconocido tras haberse pasado dos meses dando la tabarra para conseguir quince minutos de audiencia con la jefa y entradas para la cata mundial de quesos); en el peor de los casos, de la dieta del aire. Puede que fuera por la laringitis, la tos, la sensación de que iba a morir asfixiada sobre el teclado del ordenador en cualquier momento. Pero el caso es que, ayer lunes, llegué a casa deseando con toda mi alma que alguien me desenmascare de una maldita vez y me echen a la calle.

No tengo los arrestos suficientes como para ser yo la que tome esa determinación porque este puesto, si bien no me hace feliz, tampoco me molesta en exceso y me proporciona una estabilidad hasta ahora desconocida para mí. Tratando de justificar mi falta de iniciativa, me he inventado una especie de justicia poética según la cual me he ganado, después de tanta penuria, vivir sin miedo al hambre ni a los embargos, harta como estoy de trabajos preciosos y edificantes pagados con pura y dura precariedad.

Luego está lo de mi exacerbado sentido de la responsabilidad y este cochino sentimiento de culpa que constituye lo peor de mi herencia genética, y que me impide dejar en la estacada a mi jefa antes de que acabe la legislatura. No quiero ni imaginarme la cara de chasco que pondría si un día le dijera que abandono el barco en plena singladura, no porque yo crea que ella cree que soy la persona adecuada para este puesto; sino porque -calada como me tiene- sé que me quiere (porque me quiere) justamente por las cosas que tendría que ser, pero no soy, dentro de estas cuatro paredes. Y yo la quiero a ella (porque la quiero) precisamente por las muchas cosas que es dentro de ellas y que no tendría por qué. La mayoría de la gente, en un puesto similar, (su antecesor, pongamos por caso) se limitaría a firmar los papeles y a delegar. Pero, por alguna misteriosa razón, ella cree en el compromiso y en la voluntad, y se está dejando la piel, la salud y las horas de estar en casa jugando con su niño por hacer un esfuerzo que nunca nadie le reconocerá lo suficiente. Supongo que, cuando nos miramos, cada una detecta en la otra (cada una a su manera) a una soñadora, a una idealista, comiéndose su respectivo marrón.

El caso es que, para no sentir que me he resignado del todo, me suscribí a uno de esos buscadores de empleo por internet, en los que uno rellena los campos básicos de un currículum tipo y la máquina los baraja con información virtual, que circula por no se sabe muy bien dónde, para hacer el resto. No digo yo que, al otro lado de este sistema, tendría que haber una secretaria eficiente, concienzuda y pulcra (vamos, que si se llamase Cristo yo sería el “anti”), que sopesase ordenadamente las posibilidades y contrastase objetivamente los datos, para ofrecer un puesto a la medida de cada uno a los ilusos que nos apuntamos a estas cosas y conservamos intacta la fe. Y es verdad que, como palabras clave para la recepción de ofertas, yo señalé "arte", "educación" y "cultura", que abarcan terrenos bien amplios. Pero, “profesora de baile flamenco” y “animadora- maga de juegos infantiles” me parece demasiado ampliar.
El remate del disparate se produce en momentos como, por ejemplo, cuando la jefa me reclama en su despacho y yo entro diligentemente, y ella me mira muy seria a los ojos y me pregunta: “¿qué tiempo hace hoy en Madrid?”. ¿Llevaré una estación meteorológica colgando de cada oreja y yo pensando “qué modernos mis pendientes”? ¿Tendré cara de saber leer los posos del café, de interpretar esotérica y meteorológicamente el dibujo que componen los post- it reburujados en la papelera?

A lo mejor todo es una señal de que nunca resolveré esta crisis de identidad, de que mi destino será seguir dando tumbos sin mucho tino, de aquí para allá, agarrándome a trabajos alimenticios -cuando los haya- y manteniendo, a base de colaboraciones no lucrativas, la esperanza de que soy la persona que una vez me propuse ser. Pero, mira, igual es porque algo hay de cierto en lo de la soñadora, la idealista, que hoy me da la gana de pensar que, cuando la gente me mira, ve a en mí a una mujer de infinitas e insospechadas posibilidades. Que puedo ser cualquier cosa imaginable. Cualquiera que me proponga.

(Música: Kevin Johansen, "Timing")

3 comentarios:

aversimeentiendo dijo...

21º, nublado, viento a 11 km/h, humedad del 46%.
Todo el día parece a punto de llover.

Ornelia dijo...

Cualquier cosa que se proponga. Y es fácil decirlo, y qué difícil es llevarlo a la práctica.

A tu jefa, que te invite a un plato de calamares rebozados pal almuerzo. La lealtad también puntúa en el CV.

Reinadelmango dijo...

Chucho, querido, ya lo sabía. No te olvides de mis pendientes y de mi clarividencia (pero gracias).
Ornelia, guapa, los calamares, mejor, nos los comemos tú y yo el finde en Bajamar o algo... ¡y no quiero queso!

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