
[Un día cualquiera de agosto. Vacaciones. En la radio piden a los oyentes que llamen para contar en qué consisten sus pequeñas satisfacciones cotidianas -el cálido ronroneo del gato sobre las rodillas, despertarse de madrugada, mirar el reloj y ver que aún quedan horas de sueño por delante-].
Cuando salgo con Juno (Juno es mi perra, por cierto, tanto gusto en conocerles), lo que casi siempre constituye en sí mismo un pequeño placer, hay dos itinerarios posibles para recorrer:
Opción A: paseo por las calles peatonales del casco histórico de esta noble ciudad, haciéndome pasar por dueña fina de perra fina. “Ay, qué monada, es pastor alemán de pura raza, ¿verdad?”. Deja tú que levante la cola y se le enrosque como la de un cochino para que veas; raza aria, pura, pura.
[Este recorrido tiene algunos inconvenientes, porque los canes, por muy finos que se les considere, pierden todo el refinamiento y la compostura en cuanto se les ponen delante los cuartos traseros de otro perro al que se le presupone idéntica finura; con el lío de correas extensibles, mobiliario de terraza de cafetería, jardineras, bancos, bicicletas, mimos, carritos de bebé, señalización turística y gente respetable paseando, la cosa se puede poner complicada].
Opción B: recorrido paralelo a las vías del tranvía que discurren junto al antiguo campus de la Universidad. Atléticos muchachos haciendo footing que cambian fulminantemente de dirección en cuanto ven aparecer al animalito.
[Éste suele ser nuestro favorito, porque ella puede pasear suelta, al ser un lugar más solitario, y porque, gracias a eso, ambas nos entregamos con desinhibición al goce de nuestros pequeños placeres].
Opción A: placer humano. La avenida está sembrada de palmeras, pinos, moreras… Pero mis favoritos son, sin duda, los laureles. Sus semillas parecen peras diminutas que, al pisarlas, revientan bajo los zapatos con el delicioso estallido de lo que pasa en un segundo del prieto estado de solidez al fluir de lo líquido. Cada pequeña explosión libera mis endorfinas y relaja mis sentidos. Poseída por el espíritu de Amélie, del egipcio al que se le ocurrió estrujar la primera aceituna dos mil años antes de Cristo, de una báquica ninfa descalza escachando uvas en tiempo de vendimia, me prodigo en la destrucción de futuros vergeles, saltando de aquí para allá, con las puntas de las sandalias haciendo presión sobre bolitas que detonan a mi paso como inofensivas minas anti-persona. ¡Al diablo con el puenting y la danza del vientre!, esto es millones de veces más liberador, infinitamente menos arriesgado y muchísimo más económico.
Opción B: placer perruno. La avenida está sembrada (además) de cajas de cartón con restos de pizza, bolsas de hielo vacías, residuos orgánicos de diversa índole, vasos de tubo de los que se deshacen y acaban pareciendo la falda de una hawaiana, botellas con restos de ron y güisqui, Fanta, Coca- Cola y Seven Up. Junto a la señal que advierte del peligro de atravesar las vías, debería haber otra -como las del ganado suelto y los animales salvajes en libertad-, que avisara de riesgo de niñatos alcoholizados en carga y descarga, de jueves por la noche a domingo por la mañana.
Ella indaga pacientemente, busca aquí y allí, olisquea, selecciona. Cuando da con la que le gusta, la recoge con la boca. Es importante que esté cerrada, porque desenroscar el tapón constituye el comienzo de su ritual sagrado. También es importante que esté vacía, porque si se llega a rociar con los restos de alguno de esos brebajes incalificables que, en ocasiones, han sido adulterados con pis, me vuelvo a casa sin mascota.
Entonces, elige una sombra lo bastante acogedora, se echa y, sujetando la botella con las pezuñas, empieza a mordisquearla por el gollete. Una vez arrancada la tapa, el aire ya puede salir, así que clava los colmillos una y otra vez agujereando toda su superficie. Con cada presión de las poderosas mandíbulas se escucha un reconfortante “psssss”, que estoy segura de que también libera sus endorfinas (los perros, ¿tienen de eso?) y relaja sus sentidos. Y debo confesar que los míos, así que me parece que salgo ganando, a menos que a ella la satisfaga verme pisotear semillas dando brinquitos como una bailarina chiflada (sospecho que, más bien, la abochorna).
La buena vida es sencilla, en realidad.
Cuando salgo con Juno (Juno es mi perra, por cierto, tanto gusto en conocerles), lo que casi siempre constituye en sí mismo un pequeño placer, hay dos itinerarios posibles para recorrer:
Opción A: paseo por las calles peatonales del casco histórico de esta noble ciudad, haciéndome pasar por dueña fina de perra fina. “Ay, qué monada, es pastor alemán de pura raza, ¿verdad?”. Deja tú que levante la cola y se le enrosque como la de un cochino para que veas; raza aria, pura, pura.
[Este recorrido tiene algunos inconvenientes, porque los canes, por muy finos que se les considere, pierden todo el refinamiento y la compostura en cuanto se les ponen delante los cuartos traseros de otro perro al que se le presupone idéntica finura; con el lío de correas extensibles, mobiliario de terraza de cafetería, jardineras, bancos, bicicletas, mimos, carritos de bebé, señalización turística y gente respetable paseando, la cosa se puede poner complicada].
Opción B: recorrido paralelo a las vías del tranvía que discurren junto al antiguo campus de la Universidad. Atléticos muchachos haciendo footing que cambian fulminantemente de dirección en cuanto ven aparecer al animalito.
[Éste suele ser nuestro favorito, porque ella puede pasear suelta, al ser un lugar más solitario, y porque, gracias a eso, ambas nos entregamos con desinhibición al goce de nuestros pequeños placeres].
Opción A: placer humano. La avenida está sembrada de palmeras, pinos, moreras… Pero mis favoritos son, sin duda, los laureles. Sus semillas parecen peras diminutas que, al pisarlas, revientan bajo los zapatos con el delicioso estallido de lo que pasa en un segundo del prieto estado de solidez al fluir de lo líquido. Cada pequeña explosión libera mis endorfinas y relaja mis sentidos. Poseída por el espíritu de Amélie, del egipcio al que se le ocurrió estrujar la primera aceituna dos mil años antes de Cristo, de una báquica ninfa descalza escachando uvas en tiempo de vendimia, me prodigo en la destrucción de futuros vergeles, saltando de aquí para allá, con las puntas de las sandalias haciendo presión sobre bolitas que detonan a mi paso como inofensivas minas anti-persona. ¡Al diablo con el puenting y la danza del vientre!, esto es millones de veces más liberador, infinitamente menos arriesgado y muchísimo más económico.
Opción B: placer perruno. La avenida está sembrada (además) de cajas de cartón con restos de pizza, bolsas de hielo vacías, residuos orgánicos de diversa índole, vasos de tubo de los que se deshacen y acaban pareciendo la falda de una hawaiana, botellas con restos de ron y güisqui, Fanta, Coca- Cola y Seven Up. Junto a la señal que advierte del peligro de atravesar las vías, debería haber otra -como las del ganado suelto y los animales salvajes en libertad-, que avisara de riesgo de niñatos alcoholizados en carga y descarga, de jueves por la noche a domingo por la mañana.
Ella indaga pacientemente, busca aquí y allí, olisquea, selecciona. Cuando da con la que le gusta, la recoge con la boca. Es importante que esté cerrada, porque desenroscar el tapón constituye el comienzo de su ritual sagrado. También es importante que esté vacía, porque si se llega a rociar con los restos de alguno de esos brebajes incalificables que, en ocasiones, han sido adulterados con pis, me vuelvo a casa sin mascota.
Entonces, elige una sombra lo bastante acogedora, se echa y, sujetando la botella con las pezuñas, empieza a mordisquearla por el gollete. Una vez arrancada la tapa, el aire ya puede salir, así que clava los colmillos una y otra vez agujereando toda su superficie. Con cada presión de las poderosas mandíbulas se escucha un reconfortante “psssss”, que estoy segura de que también libera sus endorfinas (los perros, ¿tienen de eso?) y relaja sus sentidos. Y debo confesar que los míos, así que me parece que salgo ganando, a menos que a ella la satisfaga verme pisotear semillas dando brinquitos como una bailarina chiflada (sospecho que, más bien, la abochorna).
La buena vida es sencilla, en realidad.
(Música: Jazz Noir, "My favourite things")


6 comentarios:
¿La vida es sencilla? Hum...
Lo que sí pude comprobar este fin de semana paseando por la sierra con un perro ajeno es que ese hecho tan simple ayuda a disfrutar de algunas cosillas, invisibles de otro modo.
Tooooodo el párrafo de la Opción A es una delicia.
La BUENA vida es sencilla. Tu fin de semana, mis paseos con la chucha... La mala vida es la que nos trae por el camino de la amargura y es mucho menos llevadera, pero nos empeñamos y nos empeñamos... :-)
Últimamente no tengo muchas palabras, y las que tengo son casi todas tuyas. Por ejemplo, hoy fui a desayunar al bar de abajo y pedí un sandwichito y un zumo de gomibayas. A la mujer le dio igual, porque no me escuchó y me puso lo de siempre. Pero tú verás que mañana acabo masticando botellas de plástico en el parque.
A esa señora del bar le hace falta un sobrino.
Pues uno de mis grandes placeres es ver de lejos a la víbora y al caballo por la calle y gritar: ¡Juno! como una loca con voz cantarina y entonces disfrutar del espectáculo... La perra ladra, salta y tira, y la dueña, toda apurada, gana un par de milímetros de brazo...
Y lo bueno que es el esquí-náutico-sin-agua-con-perro para tonificar los músculos... (cabrona)
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