
Seguramente fue un tío el que tuvo la ocurrencia de que los coches deben llevar, al menos, dos ruedas iguales en cada eje. Yo siempre he sido más partidaria de eso de que “en la variedad está el gusto”, pero la Benemérita es como es. Así que, después de un reventón, tuve que pedir presupuesto en mi taller de confianza, donde el muchacho insiste en darme lecciones de mecánica para inútiles, que yo suelo interrumpir con un “tú échale lo que necesite y no me engañes con el precio”. Supongo que, harto como debe estar de que me empeñe en no aprender nada (y, tal vez, porque soy una tía), en esta ocasión decidió engordar un pelín el presupuesto. Pero, una vez más, súper-ex-novio vino al rescate y me negoció en otro sitio un par de neumáticos nuevos, su alineación y su contrapesado (esto logré retenerlo), justo por la mitad de lo que iba a costarme. En agradecimiento, le propuse que eligiera el día, la hora y el restaurante.
El francés de Taborno se llama “Historias para no dormir" y es uno de los lugares más insólitos a los que alguien me ha llevado a comer. Si no se hubiese tratado de un hombre de tanta confianza, habría jurado que albergaba funestas intenciones. En pleno caserío perdido al final de una carretera toda hecha de curvas que serpentean en medio del imponente bosque de laurisilva (a un lado el barranco profundo y reza porque la guagua no se aproxime en sentido contrario), el sitio tiene el aspecto de un guachinche de carnecabra y cuartavino, pero ofrece un menú lleno de exquisiteces por un precio irrisorio. Teniendo en cuenta la pasta que me había ahorrado en caucho, decidimos tirar la casa por la ventana y pedir el caldo más caro de los (dos) que había en la carta, oro líquido corso que un amigo de la dueña les consigue en exclusiva, porque apenas se exporta.
A medida que bajaba la botella, la conversación trivial fue derivando en temas más peliagudos: nuestra separación, la soledad y los hijos que nunca tuvimos. “El otro día las chicas me preguntaban si pienso casarme”, empezó a contarme entonces. “Y yo les dije que, antes que eso, tengo mucho más claro que quiero tener un hijo. Una niña, para ser exactos”. Visto cómo estaba el patio y que tenía sus dudas de si alguna vez se volvería a enamorar, lo de resolver el tema de la compañía con una mujer le daba más o menos lo mismo, pero no quería perderse la experiencia de ser padre. “Ustedes lo tienen mucho más sencillo”, prosiguió. “Si tú decidieras ahora quedarte embarazada, bastaría con que te liaras por ahí una noche con alguno. Pero si un tío quiere ser padre soltero, eso sí que está jodido. Deberían inventar una máquina que, con un poco de material genético, nos fabricase a los hijos”.
Tengo que admitir que, concentrada como he estado en mi propia crisis, no me había parado a pensar en cómo podría estar gestionando él esta vertiente del asunto. Siempre he tenido la certeza de que es un padrazo en potencia y, oyéndole hablar, sentí una profunda empatía por su reivindicación, una inmensa comprensión de su sentimiento de injusticia. No creo que yo optase nunca por embaucar a un extraño; la inseminación me parece un método más aburrido aunque seguramente más honesto (y probablemente más fiable). Pero lo de menos son las formas; comparto absolutamente la cuestión de fondo, y es que debería haber idénticas posibilidades para los hombres de decidir ser padres naturales si, llegado el momento, les apeteciera tener un hijo y no tuviesen con quién. Desafortunadamente, no se puede luchar contra la fisiología y la ética empantana el tema de los vientres de alquiler.
Animada por el brebaje corso y el posterior chupito de coñac francés, decidí proponerle un trato según el cual, pasados un par de años y con nuestros relojes biológicos a punto de petar, si no habían inventado todavía su máquina ni yo había violado a algún imprudente en un callejón oscuro, podríamos juntarnos para tener esa nena, que seguro que nos saldría razonablemente bonita y no demasiado tonta. Él tiene bastante mejor beber que yo. No describiré la cara de desconcierto con la que alzó el vasito para el brindis.
Me dejó en la puerta de casa con una borrachera densa que me impedía pensar con claridad y me hacía moverme torpemente. Con la compra para la semana todavía por hacer, fui al supermercado completamente colocada y volví con un cortaúñas pequeño, un bote de humus con aceite de oliva y loción hidratante para bebés (en qué estaría yo pensando).
Esta mañana me retiré del desayuno comunal bastante pronto, con la cabeza embotada y mucho dolor en las piernas. Queenpar me dijo que eso era la resaca, seguro. Eso, y que hoy tocaba almuerzo con mi padre y, treinta y tres años más tarde, todavía no me he acostumbrado a tener un padre con el que almorzar. Pero no sé, yo creo que también había algo de suciedad de conciencia. Puede que sea cierto que con la bebida afloran los verdaderos sentimientos y que uno se expresa tal cual es. Pero haciendo repaso del tique de la compra, pienso que, bajo los efectos del alcohol, seguramente haya tareas domésticas que sea mejor no afrontar. Y pactos que sería más prudente no hacer.
El francés de Taborno se llama “Historias para no dormir" y es uno de los lugares más insólitos a los que alguien me ha llevado a comer. Si no se hubiese tratado de un hombre de tanta confianza, habría jurado que albergaba funestas intenciones. En pleno caserío perdido al final de una carretera toda hecha de curvas que serpentean en medio del imponente bosque de laurisilva (a un lado el barranco profundo y reza porque la guagua no se aproxime en sentido contrario), el sitio tiene el aspecto de un guachinche de carnecabra y cuartavino, pero ofrece un menú lleno de exquisiteces por un precio irrisorio. Teniendo en cuenta la pasta que me había ahorrado en caucho, decidimos tirar la casa por la ventana y pedir el caldo más caro de los (dos) que había en la carta, oro líquido corso que un amigo de la dueña les consigue en exclusiva, porque apenas se exporta.
A medida que bajaba la botella, la conversación trivial fue derivando en temas más peliagudos: nuestra separación, la soledad y los hijos que nunca tuvimos. “El otro día las chicas me preguntaban si pienso casarme”, empezó a contarme entonces. “Y yo les dije que, antes que eso, tengo mucho más claro que quiero tener un hijo. Una niña, para ser exactos”. Visto cómo estaba el patio y que tenía sus dudas de si alguna vez se volvería a enamorar, lo de resolver el tema de la compañía con una mujer le daba más o menos lo mismo, pero no quería perderse la experiencia de ser padre. “Ustedes lo tienen mucho más sencillo”, prosiguió. “Si tú decidieras ahora quedarte embarazada, bastaría con que te liaras por ahí una noche con alguno. Pero si un tío quiere ser padre soltero, eso sí que está jodido. Deberían inventar una máquina que, con un poco de material genético, nos fabricase a los hijos”.
Tengo que admitir que, concentrada como he estado en mi propia crisis, no me había parado a pensar en cómo podría estar gestionando él esta vertiente del asunto. Siempre he tenido la certeza de que es un padrazo en potencia y, oyéndole hablar, sentí una profunda empatía por su reivindicación, una inmensa comprensión de su sentimiento de injusticia. No creo que yo optase nunca por embaucar a un extraño; la inseminación me parece un método más aburrido aunque seguramente más honesto (y probablemente más fiable). Pero lo de menos son las formas; comparto absolutamente la cuestión de fondo, y es que debería haber idénticas posibilidades para los hombres de decidir ser padres naturales si, llegado el momento, les apeteciera tener un hijo y no tuviesen con quién. Desafortunadamente, no se puede luchar contra la fisiología y la ética empantana el tema de los vientres de alquiler.
Animada por el brebaje corso y el posterior chupito de coñac francés, decidí proponerle un trato según el cual, pasados un par de años y con nuestros relojes biológicos a punto de petar, si no habían inventado todavía su máquina ni yo había violado a algún imprudente en un callejón oscuro, podríamos juntarnos para tener esa nena, que seguro que nos saldría razonablemente bonita y no demasiado tonta. Él tiene bastante mejor beber que yo. No describiré la cara de desconcierto con la que alzó el vasito para el brindis.
Me dejó en la puerta de casa con una borrachera densa que me impedía pensar con claridad y me hacía moverme torpemente. Con la compra para la semana todavía por hacer, fui al supermercado completamente colocada y volví con un cortaúñas pequeño, un bote de humus con aceite de oliva y loción hidratante para bebés (en qué estaría yo pensando).
Esta mañana me retiré del desayuno comunal bastante pronto, con la cabeza embotada y mucho dolor en las piernas. Queenpar me dijo que eso era la resaca, seguro. Eso, y que hoy tocaba almuerzo con mi padre y, treinta y tres años más tarde, todavía no me he acostumbrado a tener un padre con el que almorzar. Pero no sé, yo creo que también había algo de suciedad de conciencia. Puede que sea cierto que con la bebida afloran los verdaderos sentimientos y que uno se expresa tal cual es. Pero haciendo repaso del tique de la compra, pienso que, bajo los efectos del alcohol, seguramente haya tareas domésticas que sea mejor no afrontar. Y pactos que sería más prudente no hacer.

(Música: Chavela Vargas, "En el último trago")


11 comentarios:
En las series de mujeres desquiciadas nunca sale un punto de vista masculino. También es verdad que ahí se concentran en ejemplos de macho chungo. Deberían salir a la luz los testimonios de algún hombre bueno, sólo que esos suelen estar más que cogidos y ya no tienen luz pública...
Es una idea perfectamente razonable, muchacha. Por eso da tanto miedo. Mi mejor amigo y yo firmamos lo mismo hará ocho años. Y luego actuamos como si nada, claro.
Desde esta plataforma, reivindicamos el rodaje de "Hombres desesperados" para ya. Queremos ver manoplas de cocina, básculas y kleenex. ¡¡Y que no la protagonice Schwarzenegger embarazado, por dios!!
Este relato es justo, justo, justo, lo mejor para empezar el lunes.
Si quieres ver kleenex te paso un enlace a la webcam, verás a un tipo, no sé si bueno, pero sí desesperado.
¿Detecto cierto tono de ironía? Desde que no dejo que te metas conmigo, es mucho más difícil descifrarte...
Cuélgate en Youtube, tendrías tanta audiencia femenina... Lo estamos demandando, hombres en crisis hartándose de chocolate.
(Ánimo, ya nos quedan dos horas menos)
Yo, lo siento mucho, leí "kleenex y "enlace a webcam" y no quiero contarles lo que pensé. De todo menos a un señor llorando y comiendo chocolate...
Arrgggg... (no son horas, ni lugares)
Hombre en crisis hartándose de chocolate. No te imaginas hasta qué punto aciertas.
Mejor, sí, que no sea Cuinpar la que haya acertado...
oh, ¿qué quieres ahora? (Cuando nos conocimos te dije que yo era parrandera...)
Pensé que te gustaba el vino pirriaco. Si es que soy una inocente sin remedio...
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