domingo 27 de septiembre de 2009

El hombre de las estrellas


Resulta que él se había venido a estudiar aquí -porque, obviamente, era de otro sitio, pero parece que aquí las estrellas se estudian divinamente-. Y resulta que teníamos muchos conocidos en común y, en particular, a uno de mis mejores amigos. Así que seguro que fuimos a las mismas fiestas, que nos sentamos cerca en los mismos cines y bailamos al lado en los mismos conciertos. Pero, en todo ese tiempo, no recordábamos habernos visto, ni nos presentamos ni llegamos a cruzar una palabra. Luego le dieron una beca y se fue bastante lejos. Y, casualmente, yo acabé emigrando a su ciudad (y no es que el arte se enseñara mejor allá que aquí, pero lo de las tapas fue una razón determinante).

Mi buen amigo fue a visitarme unos días. Volvíamos de pasear por las callejuelas del mercado árabe cuando me comentó que tenía que llamar a un colega suyo, que ya tenía que haber regresado de Centroamérica. Y, mientras me lo contaba, cruzamos la calle y allí estaba él. No sólo había vuelto hacía poco y acababa de instalarse en la ciudad (en realidad, era de un pueblo cercano), sino que lo había hecho en un piso justo enfrente del mío. Esa vez sí que nos presentamos y, puede parecer una cursilada pero, cuando nos miramos a los ojos, tuve la certeza de que algo iba a suceder en los meses venideros. En el tiempo que había pasado fuera, él había terminado una relación de muchos años y volvía a estar, digamos, receptivo. Por mi parte, yo acababa de aterrizar en un lugar nuevo, estaba sola, necesitaba gente y buenas razones para el arraigo. Sencillamente, era el momento perfecto para que las cosas se dieran. Y estoy convencida de que, por eso, se dieron.
Insisto en que me resulta ingenuo creer en lo de la predestinación y soy bastante escéptica al respecto. Por más que esté segura de que algo sucedió la primera vez que nos vimos, sé que eso es sólo el punto de vista de quien estuvo muy enamorada. Pero, para esta historia en concreto, tengo pruebas fehacientes, señor fiscal (aunque un pelín esotéricas, me temo).

Hablamos de unos doce años atrás. El correo electrónico y el móvil eran, todavía, modernidades reservadas a unos pocos privilegiados; inventos de Satanás que nos conducirían al caos y la destrucción. Él era un chico viajero, yo iba y venía de la isla a la universidad y éramos pobres, así que, para mantener vivo el amor, nos escribíamos y pintábamos corazoncitos de colores con creyón los sobres, que era lo más barato.
Estaba pasando el verano en casa y llevaba semanas esperando recibir su última carta, que sabía que tenía que haber llegado ya, pero cada día abría el buzón y allí no había más que facturas y publicidad. Un día, al salir del ascensor, una especie de energía cósmica, tan potente como misteriosa, me retuvo con los pies clavados en el suelo y los ojos fijos en las dos largas filas de buzones de las, al menos, treinta viviendas del edificio. Fui escrutando cada puertita minuciosamente en busca de alguna señal y, de repente, de una rendija lejana, muy lejana (de una casa del primer piso y vivíamos en el ático), vi que asomaba la blanca punta de un sobre blanco. No se distinguían el destinatario, el matasellos ni corazón alguno que pudiera darme la más mínima pista de que aquella era la carta que aguardaba. Y, sin embargo, armada de una seguridad casi sobrenatural, avancé hasta ella, tiré del papel y allí estaba escrito, con su familiar letra ondulante, juguetona, mi nombre.

Repito: que me chamusque en las llamas del infierno si alguna vez he concedido crédito a este tipo de cosas (y a la existencia del infierno, por cierto). Pero la verdad es que cuesta resistir la tentación de sentirse un poco Aramis Fuster cuando una las ha experimentado en propia piel; cuando te saetean el pecho y, con el impacto del flechazo, llega también la seguridad de que el destino reserva una nube ajardinada para dos. Y, durante el tiempo que persiste esa sensación, juro que no hay cosa tan definitiva.

(Música: Silvio Rodríguez, "Casiopea")

4 comentarios:

aversimeentiendo dijo...

¿Energía cósmica? ¿Intuición femenina? ¿Corazonada olímpica? Ni idea, pero de lo que estoy seguro es que la sensación de cuando nos miramos a los ojos, tuve la certeza de que algo iba a suceder en los meses venideros sucede de veras, suene cursi o suene a tuna. Ay qué recuerdos.

Reinadelmango dijo...

Somos unos sentimentales, para que luego digan...

aversimeentiendo dijo...

Ladran, luego cabalgamos.
Ejem.

Reinadelmango dijo...

Veo que acabas de tomarte el güisqui de las 16h. (una hora más por donde andas, creo). Muy bien, sana costumbre; si no, el curro después de comer no hay cuerpo que lo resista. (El ejem me inquieta un poco...)

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