martes 15 de septiembre de 2009

Do not touch



A la loca de los sueños hace tiempo que no la dejo escribir nada porque, últimamente, todos resultan ser, o demasiado inconfesables, o pesadillas espantosas que, más que imágenes nítidas, transmiten una horrible sensación de peligro inminente, de desazón y de angustia que a veces dura varios días.
La última, sin embargo, la recuerdo con bastante claridad y me ha dejado con idéntico sabor de boca, aunque no tanto por lo repugnante de algunas de sus escenas como por lo descorazonador de sus posibles significados. Ha sido una de zombis, muy en la onda de las “28 semanas después” de Juan Carlos Fresnadillo. Yo no soy una gran fan de las pelis de miedo, pero lo cierto es que ésta me sorprendió bastante. Me gustó -aparte de porque me pareció muy bien hecha- por la densa atmósfera de desencanto que flota sobre un argumento aparentemente convencional, por el mensaje de irremediable desesperanza que parece trascender lo meramente terrorífico para contar algo más profundo e importante. Ni siquiera los héroes se salvarán. El intrépido soldado no se quedará con la guapa doctora y los críos (potenciales salvadores de la Humanidad) para repoblar, algún día, la Tierra. El código es la exterminación total. No hay futuro para nadie.

En mi sueño, el virus no se transmite por el ataque de rábicos infestados, sino a través del simple, sencillo y cotidiano contacto humano. Mientras la gente no se acerque demasiado a la gente, no pasa nada. Todos sanos y normales. Pero si a alguien se le ocurre tocar a otro (basta un roce despistado sobre la piel ajena), ambos empiezan a retorcerse en una transformación digna del más monstruoso de los licántropos y arranca una lucha encarnizada que termina, para alguno de los dos, en descuartizamiento y masacre.

Camino deprisa por una calle dolorosamente desierta, tratando de no cruzar una mirada con nadie, de no pensar si quiera en nadie. Mientras, a mi alrededor, los pocos incautos que deciden aventurarse y desafiar al extraño mal se destrozan a dentelladas con los que, hasta entonces, eran sus venerados padres, sus amados amigos, sus deseadas novias. Cuando por fin llego, me encierro y compruebo que todo esté a cal y canto, que no haya un hueco, una ventana, una trampilla, por la que a nadie pueda ocurrírsele penetrar con intención de tocarme. Desconozco si se trata de una especie de advertencia subliminal sobre la sociedad deshumanizada y aséptica en la que nos estamos convirtiendo (y bla, bla…) o si el sueño es un producto de esta larga y gélida abstinencia, de mi urgencia de calor. Pero la sensación que me inunda es terrible, terrible. No sólo porque entiendo que estoy condenada a una sádica y cruel forma de soledad, que no me priva de la compañía de los otros pero sí del lenguaje cómplice de las caricias, de la ternura curativa de los abrazos, de la aventura húmeda de los besos; sino porque sé que mamá y mi hermana ya vienen de camino a casa.

(Música: Radio Futura, "No tocarte")

2 comentarios:

aversimeentiendo dijo...

No estoy muy puesto en Freud, pero todo esto me suena a sexo y a muerte, la soledad parece sólo una derivada de cualquiera de esas dos opciones.

Ale, buenos días.

PD: tres de tres en canciones, enoooorme la de hoy.

Reinadelmango dijo...

Sí, Freud en eso estuvo bastante acertado: a sexo y a muerte se reduce prácticamente todo.

(La canción de hoy era casi inevitable. Y, a menos que haya cambio de planes, la de mañana ya te digo yo que me la vas a tirar a la cara, lo presiento, lo presiento...)

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