Además de ser una secretaria impostora, hay muchas otras cosas por las que habitualmente me hago pasar, como, por ejemplo, crítica de arte. Una vez al mes, ataviada con antifaz negro, bolígrafo y cuaderno en ristre, y con cara de saber de lo que hablo, me dispongo a visitar alguna exposición para escribir la consiguiente reseña, que sale publicada en una agendita de ocio. Hace unos días hablaba con el redactor jefe (que lo mismo también es un impostor, porque no nos hemos visto nunca y no sé ni si tiene despacho) y acordábamos que la próxima sería sobre una muestra de grabados de Picasso que acaban de inaugurar.
Esa noche me llamó Lupe y me contó un sueño (que no osaré destripar), uno de cuyos protagonistas era Alfio, la bola troglodita, de nuestro venerado Liniers.
Con estos ingredientes del día y las neuras habituales de mi congelador, mi subconsciente cocinó un bonito pastel, que pueden catar a continuación:
Estoy en lo que parece una gran sala de espera abarrotada (de hombres, en su mayoría). Hay gente de pie por todos lados, y también humo abundante y animada charla (¿como en una inauguración?). Sólo faltan los cubatas. Y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me enjabono la cabeza. De pronto, entre el gentío, veo abriéndose paso con los brazos, sonriente, a Miguel.
[Para los fieles seguidores de este blog –y me consta que, al menos, somos yo y las voces de mi cabeza-, diré que Miguel es el protagonista de “Resortes”, el chico cuya billetera me encandiló mucho más que su belleza. Para los no seguidores… lean un poco, carajo, que no les va a venir mal. Si aun así se me rebelan y se niegan a leer, aclararé que Miguel era un hombre muy, muy guapo. Pero en el sueño está horrible. Su cabello -cortito pero recio, espeso, oscuro y brillante, de esos que a algunas mujeres nos gusta revolver durante los besos-, se ha convertido en una ridícula melena lacia a lo Príncipe de Beckelar y, en lugar de simpática camiseta marcando pectorales, viste una ñoña camisa blanca de botones con hombrecito a caballo jugando al polo. Está delgadísimo y no hay una cartera en el bolsillo trasero de su vaquero con pinzas que invite a contemplar su culo inexistente. Parece Borja Mari después de la dieta del sirope de savia de arce, vamos].
Miguel se me acerca encantado de la vida, me planta dos besos, se alegra de verme. Yo no sé si tanto, teniendo en cuenta que llevo cuernos de espuma, como cuando de pequeña compartía el baño con mis hermanos mayores; y, aunque él haya perdido buena parte de sus encantos, no deja de ser, en esencia, el tío bueno al que me permití el lujo de rechazar una vez. Así que me hago la espléndida, con mis cuernos bien tiesos y mi mejor sonrisa.
Charlamos durante un rato, mientras él no deja de acariciarme la cara, nervioso. “Te tengo que contar una cosa”, me suelta de pronto. “Ay, madre”, digo para mis adentros, “éste se va a casar, o va a tener un hijo, o las dos cosas”. Pero yo -sonrisa Profident y cuernos divinos de la muerte-, no altero el rictus de mi cara mientras me repito mentalmente, “resiste”.
-He reservado una habitación en uno de los mejores hoteles de por aquí porque mi novia va a venir a verme y…
-¡Y le vas a pedir que se case contigo! –interrumpo, mostrando toooodos mis dientes, como si estuviera realmente exultante con la noticia.
-¡Nooo, qué va!, no es eso… -me responde, desechando mi ocurrencia con un gesto.
Entonces, empiezo a elucubrar: ¿será éste la clase de sádico que alquila una suite de lujo porque cree que su novia se lo tomará mejor si la abandona en un entorno refinado y selecto? O pensará dejarla primero y luego llevarme a mí a la suite, y me enjuagará la cabeza en la bañera de hidromasaje, a lo “Memorias de África"...
Antes de que pueda sacarme de dudas se produce la desbandada general, y Miguel y su estúpido peinado desaparecen engullidos por la masa. Yo me dispongo también a marcharme, abducida por el “efecto borrego”. Pero, justo antes de salir, con la sala casi vacía, miro al único sofá de la habitación y descubro a una misteriosa figura de colores hecha de fragmentos móviles -casi un dibujo animado- que, acostada en imposible contorsión cubista, se vuelve para mirarme. Y, aunque nada debería sorprenderme ya en este sueño, para mi asombro, tiene el rostro de una de las señoritas de Avignon.
“Oye, Liniers” -digo al verla, dirigiéndome a la persona que me precede hacia la salida-, “tienes que dibujarme una como ésa”. Pero Liniers no es Liniers, con sus orejas de conejo y sus gafas de pasta, como en las tiras… (¿o acaso no es ése el verdadero aspecto de Liniers?), sino una especie de Frida Kahlo, con traje de tehuana pero voz de hombre.
Esa noche me llamó Lupe y me contó un sueño (que no osaré destripar), uno de cuyos protagonistas era Alfio, la bola troglodita, de nuestro venerado Liniers.
Con estos ingredientes del día y las neuras habituales de mi congelador, mi subconsciente cocinó un bonito pastel, que pueden catar a continuación:
Estoy en lo que parece una gran sala de espera abarrotada (de hombres, en su mayoría). Hay gente de pie por todos lados, y también humo abundante y animada charla (¿como en una inauguración?). Sólo faltan los cubatas. Y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me enjabono la cabeza. De pronto, entre el gentío, veo abriéndose paso con los brazos, sonriente, a Miguel.
[Para los fieles seguidores de este blog –y me consta que, al menos, somos yo y las voces de mi cabeza-, diré que Miguel es el protagonista de “Resortes”, el chico cuya billetera me encandiló mucho más que su belleza. Para los no seguidores… lean un poco, carajo, que no les va a venir mal. Si aun así se me rebelan y se niegan a leer, aclararé que Miguel era un hombre muy, muy guapo. Pero en el sueño está horrible. Su cabello -cortito pero recio, espeso, oscuro y brillante, de esos que a algunas mujeres nos gusta revolver durante los besos-, se ha convertido en una ridícula melena lacia a lo Príncipe de Beckelar y, en lugar de simpática camiseta marcando pectorales, viste una ñoña camisa blanca de botones con hombrecito a caballo jugando al polo. Está delgadísimo y no hay una cartera en el bolsillo trasero de su vaquero con pinzas que invite a contemplar su culo inexistente. Parece Borja Mari después de la dieta del sirope de savia de arce, vamos].
Miguel se me acerca encantado de la vida, me planta dos besos, se alegra de verme. Yo no sé si tanto, teniendo en cuenta que llevo cuernos de espuma, como cuando de pequeña compartía el baño con mis hermanos mayores; y, aunque él haya perdido buena parte de sus encantos, no deja de ser, en esencia, el tío bueno al que me permití el lujo de rechazar una vez. Así que me hago la espléndida, con mis cuernos bien tiesos y mi mejor sonrisa.
Charlamos durante un rato, mientras él no deja de acariciarme la cara, nervioso. “Te tengo que contar una cosa”, me suelta de pronto. “Ay, madre”, digo para mis adentros, “éste se va a casar, o va a tener un hijo, o las dos cosas”. Pero yo -sonrisa Profident y cuernos divinos de la muerte-, no altero el rictus de mi cara mientras me repito mentalmente, “resiste”.
-He reservado una habitación en uno de los mejores hoteles de por aquí porque mi novia va a venir a verme y…
-¡Y le vas a pedir que se case contigo! –interrumpo, mostrando toooodos mis dientes, como si estuviera realmente exultante con la noticia.
-¡Nooo, qué va!, no es eso… -me responde, desechando mi ocurrencia con un gesto.
Entonces, empiezo a elucubrar: ¿será éste la clase de sádico que alquila una suite de lujo porque cree que su novia se lo tomará mejor si la abandona en un entorno refinado y selecto? O pensará dejarla primero y luego llevarme a mí a la suite, y me enjuagará la cabeza en la bañera de hidromasaje, a lo “Memorias de África"...
Antes de que pueda sacarme de dudas se produce la desbandada general, y Miguel y su estúpido peinado desaparecen engullidos por la masa. Yo me dispongo también a marcharme, abducida por el “efecto borrego”. Pero, justo antes de salir, con la sala casi vacía, miro al único sofá de la habitación y descubro a una misteriosa figura de colores hecha de fragmentos móviles -casi un dibujo animado- que, acostada en imposible contorsión cubista, se vuelve para mirarme. Y, aunque nada debería sorprenderme ya en este sueño, para mi asombro, tiene el rostro de una de las señoritas de Avignon.
“Oye, Liniers” -digo al verla, dirigiéndome a la persona que me precede hacia la salida-, “tienes que dibujarme una como ésa”. Pero Liniers no es Liniers, con sus orejas de conejo y sus gafas de pasta, como en las tiras… (¿o acaso no es ése el verdadero aspecto de Liniers?), sino una especie de Frida Kahlo, con traje de tehuana pero voz de hombre.
-Bueno -responde, dubitativo-, si quieres una igual te va a costar bastante cara.
-No seas listo –contesto yo, resuelta, sentándome junto a la picassiana figura que me tiene embelesada–, que yo sé que esto te lo has copiado.
-No seas listo –contesto yo, resuelta, sentándome junto a la picassiana figura que me tiene embelesada–, que yo sé que esto te lo has copiado.
(Música: Bob Dylan, "Like a rolling stone")


9 comentarios:
La canción es para Alfio, la bola troglodita, claramente.
Que cosas tu...Oye, y el mal que ha hecho el cine, que todas quieren un novio peluquero desde Memorias de Africa...yo no, que el pelo mio solo lo entiendo yo y acabaria a ostias desde que me diera tres o cuatro tirones...
Ay, Liniers.
Mucha cosa con el pelo hay en este sueño, sí... ¿Alguien sabe qué opinaba Freud sobre ese particular?
Gracias, Reina, guapa, ya yo conté el sueño ya, no es que tenga pies ni cabeza, pero aproveché para poner una tira de Alfio bailando claqué...
Ay, la comunicación telepático- somnolienta es lo que tiene. Y Alfio baila al ritmo de Bob Dylan, claro está...
Besos con tirita y betadine.
No he entendido naaaa de ná, y mucho menos sé si Freud formuló alguna tesis sobre un mejunje de este calibre.
Liniers es otro cantar, lo conocí sólo hace un par de años cuando ilustró el disco de Calamaro y está más que bien.
Qué mañana más larga joder.
Pues no sé por qué lo dices, está clarísimo todo...
Freud opinaba que esos sueños revelan un deseo imperioso de quedarse desnudo/a en medio de una conferencia.
Ay, sí, qué ganitas ahora que lo dices...
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