jueves 7 de enero de 2010

Contigo en la distancia

"El amor es ciego" tendría que ser una máxima forjada no sólo a golpe de malas experiencias: que tu novio te ponga los cuernos sistemáticamente y hagas como que no te enteras; que tu chica te someta a chantaje emocional o sea una manipuladora psicópata de libro y te comportes como si no pasara nada, mientras que todos se percatan... La frase debería dar cobijo, con idéntico cariz de autenticidad, a la posibilidad real de enamorarse de quien tan sólo nos gusta -aunque sea mucho, muchísimo- por dentro; a la opción de compartir, al menos, una intimidad divertida y deliciosa con alguien cuyo físico no nos atrae en lo absoluto, pero cuyo interior está repleto de recovecos maravillosos, de sorpresas inteligentes, de tesoros en forma de  interesante información y jocosas ocurrencias.

Conocí a S. la noche antes de partir para Berlín. Irrumpió en mi bandeja de entrada con un mensaje claro y conciso, sin medias tintas ni absurdas galanterías, o alardes innecesarios; un mensaje de una franqueza y una corrección tales, que, venciendo mis reticencias iniciales, me obligaron a responder con idéntica sinceridad. Si algo me ha demostrado el posterior devenir de los acontecimientos es que, no sólo (como sospechaba) es un chico que tiene completamente claro lo que está buscando en este momento, sino, además, un perfecto caballero.
Insistió en que nos conociéramos cuanto antes, en aquel mismo momento, sin pensarlo más ni dar más oportunidad a las dudas y los titubeos. Pero lo que él no sabía era que estaba hablando con la mujer que patentó la marca "Dudas y titubeos", y a mí me sobraban las excusas (salía de viaje por la mañana, temprano, tenía que descansar) y los temores (dios, ¡¿y si no estoy a la altura de sus expectativas físicas, de su potente intelecto?!) para decir que no.
Supo ser paciente, comprensivo; no insistió más allá  de lo tentador y lo necesario, y la cosa quedó pendiente, proponiéndonos volver coincidir a mi regreso. Decidí conscientemente no contar nada al respecto. A nadie. Ni siquiera a mis buenas, mis magníficas amigas. No sólo porque albergaba en mi interior el miedo a un nuevo fracaso, a la posibilidad de ver desplomarse la gráfica desde el pico más álgido de la optimista ilusión a lo profundo del barranco de los batacazos emocionales; sino porque, por una vez en mi vida, a mí, que todo lo cuento, que soy incapaz de callarme un regalo, una sorpresa, porque la impaciencia me devora las entrañas como ácido sulfúrico, me apetecía tener un secreto.

Los días siguientes se deshicieron paseando por la hermosa ciudad alemana con una sonrisa expectante dibujándose cada tanto en mis labios. Moldeaba con una mano escondida en mi bolsillo, invisible para los demás, una bolita de plastilina que era sólo mía, susceptible de adquirir cualquier forma posible, de convertirse en cualquier cosa, tan sólo una semana más tarde. Guardar secretos puede resultar a veces una tortura insoportable, pero otras constituye un placer exquisitamente privado y personal.

Escogimos como fecha para nuestro encuentro la víspera de los Reyes. Yo aun sigo de vacaciones, pero era mucho mejor para él evitar el doloroso madrugón y el larguísimo día de somnolencia en la oficina, en el ansiado (por ambos) caso de que se nos diera bien la noche y la acabáramos sin haber pegado un ojo. Él ya había tenido ocasión de verme, pero yo ignoraba por completo cuál era su aspecto. Aunque debo confesar que, a aquella altura de nuestras fascinantes conversaciones nocturnas, su vastísimo conocimiento de la música más rara y sorprendente, sus asombrosos gustos cinematográficos, sus competentes opiniones y la modestia y el seductor sentido del humor con el que hacía su discreto despliegue de semejante artillería cerebral,  me habían conquistado completamente, y estaba segura de que, me econtrase con lo que me encontrase, nada podría chafarme aquella sensación de haber dado con un auténtico mirlo blanco deseoso de intrercambiar personalmente -digámoslo así- sus impresiones conmigo.
Además de todas las cualidades ya mencionadas, no cabe duda de que S. es un tipo valiente. No quiero parecer una frívola sin corazón, tampoco una presumida; pero es cierto que la apariencia física no es una de sus principales bazas y es evidente que él lo sabe. Estaba, por otro lado, bastante contento con lo que había podido ver de mí. Y, sin embargo, no tuvo inconveniente en enviarme algunas fotos, "para que no haya chascos", me dijo; y, sin embargo, yo quise encontrarme con él convencida de que, con semejante mobiliario mental, la realidad (en un sentido positivo) superaría con creces a la ficción.

Lo dicho. Es un asco, una pena, una mierda total y absoluta que, para estas ocasiones, no exista un verdadero tercer ojo, una mirilla interna capaz de discriminar todo lo accesorio, de captar subjetiva y voluntariamente sólo aquello que nos seduce y nos arrebata de otra persona; sobre todo cuando esa persona es alguien tan brillante y encantador como S. El amor, para estos casos, sí tendría que ser ciego. Literalmente.



(Música: Jamie Cullum, "I only have eyes for you")

miércoles 6 de enero de 2010

Los Reyes de la Reina

En este sueño, una mujer que es un cruce entre una especie de Mercedes Sosa albina y la mejor amiga de mamá, entona con voz desgarradora esa canción que, cuando la escucho, me arrastra invariablemente a un llanto inconsolable nacido de lo más, lo más adentro. De hecho, eso es lo que hago mientras la observo cantar: sollozo frente a ella, llena de congoja.
Me despierto con la respiración entrecortada, ahogándome en mis lágrimas.

Desde que los niños empezaron a llegar a nuestras vidas, hace ahora cinco años, se instituyó la costumbre de que la mañana de Reyes tuviera lugar en medio de mi salón. Así, la nonagenaria tía Cándida, que vive en la planta alta de la vieja casa familiar, podría asistir más fácilmente al espectáculo de ver sus caras de sorpresa (o de contrariedad, que los niños, mientras todavía son niños, no tienen más que verdades en los ojos) al abrir los regalos.
Debo haberlo dicho unas miles de veces ya, pero las reuniones familiares me producen urticaria. La noche antes de un almuerzo, de un cumpleaños o  de un bautizo, duermo un sueño intranquilo y revuelto. Se me mezclan en la barriga los malos sabores del pasado con las absurdas inseguridades y recelos del presente, se me corta la mayonesa emocional y me paso las horas dando vueltas en la cama, presa de un empacho de sentimientos mal digeridos. Si tengo la buena suerte, además, de que la cumbre tenga lugar en el corazón de mi guarida, me voy escapando en cuanto puedo a la cocina a fregar los cacharros recién fregados, a preparar café o chocolate de manera compulsiva.
Pero hoy, no sé bien por qué razón, todo ha sido diferente. Nada me ha resultado más sencillo que relajarme y disfrutar en medio del ambiente distendido y alegre que se respiraba desde que empezaran a llegar los primeros pajes cargados de paquetes. Hemos desayunado dulces y cosas calentitas, que hemos empatado con el descorche de unos vinos para el aperitivo  -de los que sus Majestades nos habían dejado- acompañados de queso y pistachos, para acabar, completamente borrachos, calentando las hallacas que la tía venezolana ha estado almacenando durante toda la navidad en mi congelador y bebiéndonos cualquier cosa medianamente morada que quedara en mi bodega. Nos hemos reído, hemos conversado alegremente de lo divino y lo humano al compás de un Jamie Cullum en estado de gracia. Como una familia.

Eso no ha quitado (y hasta, más bien, ha ayudado) para que, a cada rato, me estuviera atragantando con el nudo que el sueño raro del amanecer me había dejado en la garganta, para que la canción no parase de resonarme en la cabeza; para que, a cada segundo, el llanto se me apretase contra los lagrimales y se me empapasen los iris, y me lanzara como una loca peligrosa a comerme a besos a los niños, acordándome de mamá, de lo feliz que hubiera sido con poder pasar una única mañana de Reyes viendo jugar a sus nietos. Por eso, cuando papá se ha ofrecido a salir a comprar pan, yo me he apresurado a decir que no, que cómo iba a ser, que de ninguna manera, que ellos eran los invitados, y he aprovechado el paseo hasta la pastelería para pegarme una llantina de órdago y volver a casa fresca como una lechuga recién lavada.

Mis queridos Reyes Magos: yo sé que es difícil lo que les voy a pedir. Y que tal vez sea ya muy tarde. O puede que demasiado pronto. Pero, para el año que viene, sólo hay una cosa que de verdad me gustaría. Para el año que viene, sólo quiero a mi mamá.



(Música: Mercedes Sosa, "Las manos de mi madre")