Soledad en el amor.
...
Anoche soñé que iba por toda la oficina empujando una carretilla aparatosa y ridícula. Se supone que estaba cargada de cartuchos de impresora gastados que yo debía apilar en algún sitio para llevarlos a reciclar. Pero eran cientos de botellines de agua vacíos, manchados de restos de tinta negra, que pesaban muchísimo más de lo que en el mundo despierto lo harían.
Estaba vestida con una falda de peto que me compré hace muchos años, cuando vivía en Granada, y que he dejado prácticamente de usar porque ahora me queda bastante larga, a pesar de lo cual, cuando hago limpia espiritual simbólica vaciando los armarios, nunca puedo regalarla, porque le tengo un cariño especial. Como en los sueños todo suele ser excesivo, me estaba infinitamente más ancha y más baja que en la realidad, así que, entre lo incómodo de la carretilla y lo largo de la ropa, iba tambaleándome y tropezando como una borracha. Por si eso fuera poco, a las ruedas les pasaba lo que tan amenudo a las de los carros de los supermercados, que se giraban continuamente hacia un lado, conduciéndome, por esa inercia y su peso, siempre en la misma dirección. Y daba igual con cuánto empeño tratase de controlar mi torpe recorrido, porque acababa chocando invariablemente con él, como si sus pies fuesen un imán para aquel vehículo metálico.
"Él" es el chico para el que tricoto imaginarios sabores y me invento dedos expertos y delicados; con el que establezco falsas e inexplicables conexiones oníricas. Es uno, aunque, en mis ensoñaciones, tiene trocitos de otros varios compañeros de trabajo a los que encuentro cierto interés o atractivo pero que sé que están casados, con hijos, o con novias. Así que se trata de una fantasía basada en hechos reales; o de un tipo real construido a golpe de fantasías, no sé bien. El caso es que es de los pocos solteros, como yo, y tiene una bonita espalda y una tierna manera de saludarme tímidamente a través del cristal de mi despacho.
No es que me guste tanto, en verdad. Es que estoy un poco empeñada en que me guste. Y tampoco es porque no sepa vivir sola y sin nadie en la cabeza. He ido aprendiendo poco a poco y la sensación no me parece nada mal. El problema es temo que el corazón se me esté volviendo un indiferente, un conformista. Tanto tiempo después de separarme, todavía noto inequívoca la punzada de haber perdido, por completo, la fe en el amor. Creo que he dejado de creer. Del todo. Siento que nunca más volverá a pasarme, que nunca más le sucederá a nadie conmigo. Y lo peor de todo es que esa certeza ni siquiera me produce pena o dolor. Lo creo y punto. Lo noto y basta. Es como si esa parte de mí se hubiese muerto, como si me hubiese abandonado para siempre y yo me hubiera resignado, perfecta y pragmáticamente, a ser invisible para todos los que podrían sentir algo por mí; a no sentir nada por nadie, porque todos se han vuelto invisibles.
Por eso me empeño en mirar al muchacho de bonitas espaldas muy concrentrada, guiñando fuertemente los párpados, como haciendo fuerza; como mi sobrino de dos años y medio cuando le pido que mastique bien porque me da miedo que se atragante y, de pronto, se transforma en una especie de Increíble Hulk en chiquitito, apretando exageradamente sus pequeñas mandíbulas.
Necesito encontrar una razón para sentir. No es que me asuste estar sola. Tengo miedo de estar muerta.
Necesito encontrar una razón para sentir. No es que me asuste estar sola. Tengo miedo de estar muerta.
(Música: Marisa Monte, "O que me importa")


